The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 36. Fuego en la piel #2
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Capítulo 36. Fuego en la piel #2

Me obligué a abrir los ojos y encontré su mirada clavada en la mía, negra y dorada, noche y día. La mano que me apoyaba en la cadera me rodeó y me bajó por la espalda, apretándome contra él. Cada punto de contacto entre nuestros cuerpos me marcaba a fuego.

—Puedo sentir tu poder —susurró contra mis labios sin llegar a rozarlos.

Yo también lo sentía. Bullía por debajo de mi piel; el fuego me corría por las venas como si fuera luz estelar líquida.

Pero, justo cuando se acercaba al cénit, topó con una barrera invisible.

Mi magia rompió contra ella con un fragor, como las olas contra un acantilado, pero no logró llegar a la cima.

—Xül… —susurré a duras penas.

—Mira que eres cabezota —gruñó.

Y, entonces, sus labios reclamaron los míos.

El beso dio al traste con todas mis expectativas, con toda mi experiencia previa.

Aquello no se parecía a la exploración vacilante de los chicos de Cresta Salada; era posesión pura y dura.

Sus labios, firmes y exigentes, obligaban a los míos a abrirse.

Cuando me introdujo la lengua en la boca para probar mi sabor, algo a mitad de camino entre un jadeo y un gemido escapó de mi garganta.

Forcejeaba con las manos que me sujetaban contra la roca; quería tenerlo más cerca, sentirlo más. Su mano me apretó la cintura, empujándome hacia él mientras el beso se hacía más profundo, más desesperado. Me rozó con los dientes el labio inferior y en mis venas estallaron chispas.

Me ahogaba en las sensaciones. La fuerte presión de su cuerpo contra el mío, la forma en que bajaba la mano de la cintura a la cadera, hundiendo los dedos, posesivo.

Cuando me rendí al beso, a él, mi poder se inflamó, amenazando con estallar. Por encima de nosotros, las estrellas latían al ritmo de mi corazón acelerado en respuesta a mi ansia, a mi deseo.

Xül sonrió contra mi boca y empujó las caderas hacia delante, contra las mías. Sentí en el vientre la presión de su dura longitud, que me desató una oleada de avidez.

—Muy bien —gruñó contra mis labios con la voz más ronca que le había oído nunca—. Ahora, sé buena chica y déjate llevar.

Las imágenes me cruzaban la mente: su cuerpo encima del mío, debajo del mío; sus manos en mi piel desnuda, su boca por todas partes. Gemí, incapaz de contenerme, y reaccionó intensificando el beso.

Todo mi cuerpo ardía desde dentro. Estaba lista para estallar, para rendirme del todo…

Y entonces se apartó.

Su repentina ausencia me dejó helada. Me desplomé contra las ataduras, con el corazón martilleándome el pecho, el cerebro hecho un torbellino, el cuerpo pidiendo a gritos su contacto.

Xül estaba unos pasos más allá, como si no hubiese ocurrido nada. De no ser porque le veía los labios hinchados, creería que habían sido imaginaciones mías.

—Ahora —dijo con una serenidad exasperante—, usa ese poder.

Las manos me soltaron y trastabillé hacia delante, nerviosa, avergonzada, enfadada y extrañamente desposeída.

Pero por debajo de todo aquello bullía, como un torrente, el poder que él había despertado.

Alargué una mano hacia ese poder, ya no aferrándolo, sino rindiéndome a esa energía descontrolada que amenazaba con consumirme.

El muro se desmoronó. La barrera que había erigido y reforzado con cada momento de miedo, con cada vez que me había echado atrás en lugar de seguir adelante, se hizo añicos como si fuera de cristal, y mi poder salió a raudales por la abertura, inundando cada célula, cada terminación nerviosa, cada rincón de mi ser.

Eché la cabeza hacia atrás y grité, atravesada por la energía. Un resplandor me atravesaba la piel, me salía por los poros como si me hubiera tragado el sol.

Alcé las manos al cielo y tiré de él.

Pero no se formaron espadas, sino que bajaron siete fragmentos de luz estelar, los siete incandescentes, y abrasaron el aire mientras caían hasta quedar flotando alrededor de mi cabeza.

El suelo se estremeció. El viento nos azotaba frenético, levantándome el pelo como si ya no existiera la gravedad. Me sentía liviana, sin límites, desligada de todo salvo de aquel momento y aquel poder.

—Fascinante —susurró Xül casi con reverencia mientras se protegía los ojos de mi resplandor—. Nunca había visto nada parecido.

Me erguía allí, con el corazón latiéndome con fuerza y el cuerpo aún vibrando, mientras las estrellas danzaban a mi alrededor, la tierra temblaba bajo mis pies y hasta el aire parecía doblegarse a mi voluntad.

Había hecho algo más que acceder a mi poder: lo había desencadenado, lo había aceptado por completo.

Pero ¿a qué precio?

—¿Cómo te sientes? —preguntó Xül con más suavidad.

Me llené los pulmones mientras evaluaba la sensación. El poder corría por mis venas, distinto de cuando concentraba la energía en una espada. Aquel era más salvaje y cantaba con violencia dentro de mí.

—Diferente —acerté decir—. Más… todo.

Asintió como si aquella respuesta incoherente tuviera todo el sentido del mundo.

—Llevabas tanto tiempo conteniendo tu poder que nunca habías experimentado todo aquello de lo que eres capaz.

Levanté una mano y sentí que la luz estelar respondía a mis movimientos. Los destellos se desplazaron para flotar alrededor de mis dedos.

—¿Qué es esto?

—Pura energía celestial —explicó Xül—. No se ha convertido en un arma, tan solo se ha manifestado. Es más versátil que una espada, pero tienes que aprender a controlarla.

—¿No decías que el objetivo era perder el control? —pregunté enarcando una ceja.

Sus labios esbozaron una sonrisa.

—Tenías que derribar las limitaciones que te habías impuesto. Ahora que por fin lo has conseguido, podrás aprender a trabajar con tu verdadero potencial en vez de coartarlo.

Asentí, aunque me costaba asimilar la lección cuando persistía la huella de su beso.

—Y, ahora, ¿qué?

—Tendrás que practicar. —Señaló la luz estelar que giraba alrededor de mi cabeza—. Pero creo que basta por hoy. Has estado muy bien, pero ya ha sido suficiente esfuerzo. Además, me necesitan en la Ciudad Eterna.

—¿Otra vez? —pregunté tratando de hablar con naturalidad.

—Por desgracia. —Suspiró y dio un paso hacia mí—. Pero vuelvo esta noche —añadió mientras se acercaba para ajustarme un mechón detrás de la oreja—. Si me necesitas…

—Debería… debería ir a cambiarme —dije señalándome con un gesto la ropa sudada.

Xül asintió.

—Mañana seguimos. —Empezó a dar media vuelta para marcharse, pero se detuvo—. Ah, otra cosa.

—¿Sí?

—Lo que has hecho hoy, el poder al que has accedido… Eso solo es el principio. —Me clavó una mirada intensa e indescifrable.

Dicho aquello, se alejó a paso firme y me quedé a solas en la arena negra.

Volví a mi habitación con la mente hecha un torbellino. Me quité la ropa y me sumergí en las aguas termales que recorrían el cuarto. El líquido humeante me acogió cuando me sumergí en él con la esperanza de que se llevara mi confusión junto con el sudor y la arena.

Pero, mientras me bañaba, mis pensamientos volvían a Xül una y otra vez. A sus manos, a su boca, al peso de su cuerpo contra el mío. A la forma en que me miró cuando las estrellas formaron una corona alrededor de mi cabeza.

Cerré los ojos, dejándome envolver por el agua, y no pude evitar que mi mente conjurase su imagen. Sus ojos clavados en los míos, provocándome un rubor imposible de ocultar; las líneas marcadas de su mandíbula; su forma de curvar la boca con aquella media sonrisa.

Se me aceleró la respiración al imaginarme aquellas manos, unas manos que podían dominar a la mismísima muerte, recorriéndome la piel, primero con suavidad y luego apremiantes. Me sumergí más en el agua, y el calor se transformó en mi mente en el fuego feroz de su contacto.

Lo visualizaba allí mismo, en aquella habitación, mirándome con esa quietud predatoria. ¿Qué haría si me viera así? ¿Apartaría la mirada? ¿O por fin se dejaría llevar por lo que fuese que ardía entre nosotros?

En mis fantasías elegía lo segundo. Me lo imaginaba acercándose a la bañera, poniéndome las manos en los hombros, bajándolas por los brazos, dejando un rastro de fuego a su paso. Sus labios en el cuello, en la clavícula, más abajo.

Me deslicé los dedos por la piel, trazando los caminos que lo imaginaba recorriendo. Mis movimientos provocaban ondas en el agua y me aceleraban la respiración. Me mordí el labio para no hacer ruido.

Ya hacía varias semanas que habíamos comenzado aquel baile, aquel flirteo que se acercaba peligrosamente a la catástrofe.

Al principio era solo un juego, una distracción muy necesaria para aplacar el dolor, algo con lo que tener la mente ocupada cuando los pensamientos más lúgubres amenazaban con arrastrarme al abismo.

Pero aquel día habíamos alcanzado el punto de inflexión, y eso me aterrorizaba más que ningún Juicio. Porque empezaba a desear lo que no podía tener, a sentir lo que no debía.

«No puedes enamorarte de él, Thais».

Era inconcebible, por supuesto. Cualquier atracción que él pudiera sentir por mí era física, quizá aderezada con cierta satisfacción enfermiza o morbo por lo prohibido. Y, ante todo, ni era mío ni podría serlo nunca.

Salí del agua, me sequé y me puse ropa limpia. Era una locura. Una locura peligrosa. Tenía que centrarme en sobrevivir, en mi propósito, en todo lo que había aprendido y me quedaba por aprender.

No en unos ojos arrebatadores y una sonrisa traviesa. No en la forma en que mi cuerpo y mi poder respondían a su contacto. No en la alarmante chispa que se había encendido en mi pecho.

Me trencé el cabello mojado con movimientos bruscos y furiosos. Al día siguiente estaría mejor. Al día siguiente recordaría mi objetivo.