The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 36. Fuego en la piel
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Capítulo 36. Fuego en la piel

E l amanecer se extendía por Draknavor. Yo estaba en la orilla de arena negra, observando cómo se desvanecían las últimas estrellas. Desde el mar de obsidiana me llegó una brisa cargada del aroma de la sal.

Aún me dolían los músculos por las expediciones del día anterior, primero a Memorica y después a las ruinas.

Hice girar los hombros, tratando de disipar la tensión acumulada.

Casi no había pegado ojo en toda la noche; mi mente bullía de posibilidades espantosas.

Thatcher transformado en un arma. Su poder utilizado para reconfigurar la realidad.

Y la forma en que me había mirado Xül en aquellas ruinas, con una expresión indescifrable, mientras yo defendía a mi mellizo, mientras me contenía para no confesárselo todo.

—Qué madrugadora, estrellita.

Su voz me bajó por la espalda. No me giré.

—No podía dormir.

Xül se me acercó y se quedó a mi lado.

—Me lo figuro —dijo estudiándome con aquellos ojos disparejos—. No creas que nuestra breve incursión en las ruinas me ha hecho olvidar lo que pasó en el Juicio.

—Conseguí las llaves, ¿no? —Me crucé de brazos y giré para mirarlo a la cara.

—Sí —convino, levantando un lado de la boca—.

Aunque, si vas a volver a cometer la estupidez de deshacerte del instinto de supervivencia, más vale que tus poderes sean lo bastante fuertes para sacarte de apuros.

Aquel competidor estuvo a punto de matarte.

Si no hubiera aparecido Marx… —Chasqueó la lengua.

—Yo seguiría allí, en las profundidades —concluí por él, incapaz de rebatir la verdad. Me estremecí al recordarlo—. Pero tuve suerte.

—¡Suerte! —repitió burlón—. La suerte es para aquellos que no tienen habilidad o poder. Y tú tienes lo uno y lo otro, así que no deberías necesitar suerte.

Arqueé una ceja.

—¿Eso que oigo es preocupación, guardián?

Xül dejó escapar un suspiro que disipó la tensión.

—Tienes muchísimo potencial, Thais, pero aún no sabes explotarlo al máximo.

—Pues instrúyeme —le exigí volviéndome hacia él—. Es lo que deberías estar haciendo, en vez de sermonearme sobre mis experiencias cercanas a la muerte.

Sus ojos se oscurecieron mientras me observaban y una lenta sonrisa le arqueó los labios.

—Muy bien. A ver si podemos canalizar parte de esa energía inagotable hacia algo productivo.

—Venga.

—Enséñame tu espada, estrellita. —Dio un paso atrás y apuntó al cielo.

Levanté la mano para alcanzar las estrellas que ya se desvanecían. El conocido tirón del poder zumbó dentro de mí cuando conecté con los lejanos cuerpos celestes. Uno me respondió, y su luz se fue intensificando mientras tiraba de él.

La cálida luz estelar se me condensó en la palma de la mano antes de extenderse hacia fuera. La espada cobró forma, con un filo de luz pura y resplandeciente.

Xül me rodeó. Sentía su mirada como un hierro al rojo que me pasaba por la piel.

—Bien —dijo, y la palabra cayó a plomo.

—Tú sí que sabes halagar —murmuré.

Se situó delante de mí, cruzado de brazos. La tela de la camisa se le tensó contra los hombros al moverse. Subí la mirada a su rostro.

—Ya dominas lo básico —dijo—. Atraer una sola estrella, formar un arma…

—Sospecho que ahora viene el «pero».

Su sonrisa se amplió.

—Pero ya va siendo hora de que aprendas más cosas.

—¿Y tus almas, Xül? —Me dispuse a combatir a los condenados sin rostro que conjuraba—. Adelante, sácalas.

Pero Xül se limitó a negar con la cabeza.

—Tienes que llegar más allá. —Señaló la espada y, a continuación, mi mano vacía—. Conjura otra estrella. Crea una segunda espada.

—¿Dos a la vez? —pregunté pestañeando.

—¿Crees que no puedes con ello? —Sus ojos adoptaron un brillo malicioso y me di cuenta de que ya no hablábamos de espadas.

—Muy gracioso.

—Haz lo que te he dicho —insistió con una mirada cómplice.

Levanté los brazos y volví a centrar mi atención en el cielo. La espada estelar zumbaba en mi mano derecha mientras extendía la izquierda, intentando conectar con otra estrella.

Una pulsó a lo lejos en respuesta. Tiré de ella, sintiendo su luz fluir hacia mí, un hilo plateado que se extendía por el cielo carmesí. Durante un instante creí que había funcionado, pero, luego, la luz vaciló y se disolvió entre las nubes matutinas como el humo arrastrado por el viento.

—Mierda —siseé.

Xül chasqueó la lengua.

—Vuelve a intentarlo.

Obedecí, tensando los músculos con el esfuerzo. Respondió otra estrella; pero, una vez más, su luz se disipó antes de llegar a cobrar forma.

—¿Por qué no funciona? —La frustración me atenazaba la garganta.

Xül se acercó con la cabeza ladeada, pensativo.

—¿Tú qué crees?

Le lancé una mirada asesina.

—Si lo supiera, no te lo preguntaría.

—Piensa, estrellita. ¿Cuándo has conseguido atraer varias estrellas a la vez?

Fui a contestarle que nunca lo había intentado, pero me paré en seco cuando me asaltó el recuerdo. Aquella tarde, hacía ya varias semanas, cuando inundé la arena de luz estelar y transformé la noche en día.

—En la Prueba —reconocí a regañadientes—. Cuando intentaba salvar a Thatcher.

Xül me miró con satisfacción.

—¿Y qué era distinto?

Fruncí el ceño, buscando las palabras adecuadas.

—Estaba desesperada. Ni me paré a pensar; solo necesitaba el poder.

—Ahí está. —Xül volvió a rodearme y bajó la voz—. Te has pasado toda la vida conteniéndolo, ocultándolo, manteniéndolo a raya.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—No tenía más remedio.

—Y ahora esa contención es lo que te frena. —Se detuvo detrás de mí, lo bastante cerca para que se me erizara el vello. Cuando habló, noté su aliento en la piel—. Tienes que dejarte llevar, estrellita.

Giré en redondo para mirarlo a la cara; no estaba dispuesta a dejarme intimidar.

—Para ti es fácil decirlo. Nunca has tenido que ocultar lo que eres.

Sus ojos se oscurecieron mientras estudiaban mi rostro.

—No, pero tampoco soy yo quien compite por su vida. Si quieres sobrevivir, resistir el escrutinio del Forjado de Olinthar, tendrás que encontrar un término medio. No puedes seguir reprimiendo tu poder.

—Ya te he dicho que no lo hago adrede; simplemente, me sale o no.

—Entonces, habrá que crear una situación en la que no tengas más remedio.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Significa —dijo con voz casi inaudible— que solo has renunciado a ese control unas pocas veces. En la Prueba te impulsaron el miedo y la desesperación, pero las otras ocasiones fueron mucho más divertidas, ¿no te parece?

El calor me golpeó como un puñetazo cuando me posó los ojos en la boca. Algo ardiente e indómito cobró vida en mi interior.

—Supongo que ha llegado el momento de que cumpla mi amenaza —dijo con voz ronca.

No podía apartar la vista. No podía moverme. No podía respirar.

—¿Me das permiso, estrellita? —Se inclinó hacia mí y su aroma me llenó los pulmones—. ¿Puedo hacerte arder?

Por todos los dioses, asentí.

Sonrió y se me acercó muy despacio. Retrocedí por instinto; el corazón me golpeaba las costillas tan fuerte que estaba segura de que Xül podía oírlo. Un paso, luego otro, hasta que mi espalda chocó contra algo sólido: la roca en la que él solía apoyarse.

Antes de que pudiera moverme, Xül levantó una mano, y solté todo el aire de los pulmones cuando unos dedos salieron de la piedra, detrás de mí, y me aferraron las muñecas y los tobillos. Otra mano fantasmal se me hundió en el pelo y me echó la cabeza hacia atrás.

—¿Qué haces? —dije con voz entrecortada.

Los ojos de Xül me recorrieron de arriba abajo.

—Estupendo —gruñó—. Te sientan bien las ataduras.

Entonces me invadió el calor, el ansia, algo que se acercaba peligrosamente a la rendición.

—Te gusta que te sujeten, ¿eh? —murmuró Xül dando un paso hacia mí.

Por encima de nosotros brillaban las estrellas, en respuesta a la oleada de lo que fuese que me traicionaba desde dentro.

—No necesitas ese control, estrellita —continuó, su voz una caricia oscura—. Dámelo.

Entonces, algo se resquebrajó. Aquel muro que había construido alrededor de mi poder, alrededor de mis deseos.

Las estrellas ardían contra mi piel, llamándome, suplicándome que las convocara.

Tenía en llamas hasta la última terminación nerviosa, todas pendientes de él, del espacio cada vez más reducido que nos separaba.

Se acercó más aún, hasta que su cuerpo apretó el mío, inmovilizándome contra la roca. Era fuego rodeado de carne. Todo el peso de su presencia, el aura dominante de un aesymar ascendido que me retenía en el sitio, resultaba enloquecedor. Absoluta y jodidamente enloquecedor.

Y, por los dioses, se parecía a la libertad.

Subió una mano hasta mi cintura; los dedos se me clavaban en la piel a través de la delgada camisa.

—¿Lo notas? —susurró con los labios a una inspiración de mi oído—. Aférralo, y, después, piérdete en ello.

Su pulgar trazó un lento recorrido a lo largo de mi mandíbula. Aquel simple roce hizo que el fuego me recorriera la piel y me cortó el aliento. Una comisura de su boca se levantó en señal de satisfacción.

—Me pica la curiosidad —murmuró con un tono que me hizo vibrar por dentro. Me hundió los dedos en el pelo y apretó lo justo para que un escalofrío me recorriera la espalda—. ¿Qué sonidos harías si te tocara… aquí?

Su otra mano me bajó por el costado, trazando la curva de mi cintura, de mi cadera, dejando un rastro de fuego a su paso. Me mordí el labio para no gemir, pero lo notó, cómo no iba a notarlo, y sus ojos se oscurecieron más aún.

—No te contengas —ordenó, y me acercó la cara hasta que nuestras narices estuvieron a punto de rozarse y nuestros alientos fueron uno—. Quiero oírte.

La mano con que me sujetaba el pelo tiró con suavidad, dejando mi garganta al descubierto. Los dedos fantasmales que me sujetaban las muñecas se apretaron en respuesta, y se me escapó un gemido.

—Ahí está —gruñó, con los labios justo por encima de los míos. La expectación era insoportable, un dolor físico que se me extendía por todo el cuerpo—. Quiero más.

Me llevó el pulgar a la sensible piel del labio inferior. Cerré los ojos al sentirlo y, sin querer, entreabrí la boca.

—Mírame, estrellita —exigió.