The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 35. Las ruinas de los primigenios
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Capítulo 35. Las ruinas de los primigenios

E l portal rasgó la realidad con un sonido de cristales rotos, y de él salió una luz granate que convertía nuestras sombras, en la arena, en grotescas siluetas alargadas.

—¿Adónde me llevas? —pregunté mirando la grieta mientras se estabilizaba.

Los ojos dorados de Xül brillaban bajo aquella luz antinatural.

—A las ruinas de la última guerra de los Primigenios. No es un lugar que se visite mucho. Casi todos lo han olvidado, y con razón.

Su voz tenía una extraña cadencia que no le había oído nunca: ni el frío tono imperativo del guardián ni el encanto calculado que empleaba en ocasiones. La reverencia vibraba bajo sus palabras, y un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Por qué ahora?

—Por lo que acaba de pasar aquí. Hay cosas que tienes que ver —respondió con una expresión indescifrable—. Cosas que no pueden transmitirse tan solo con palabras.

Alargó la mano sin llegar a tocarme, pero se acercó bastante. Una invitación, no una orden.

Crucé el portal.

Aparecimos en una costa. El cielo carmesí se había oscurecido hasta adquirir el color de la sangre derramada, que tendía al negro hacia el horizonte. Hasta el aire era raro, tan denso que costaba llenarse los pulmones.

—Desde aquí tendremos que seguir por mar —dijo señalando una barca amarrada a un muelle en ruinas.

Lo seguí hasta la embarcación, sencilla y esbelta.

—¿Hoy no tienes un grandioso navío? —pregunté mientras tomaba asiento en el estrecho banco.

—Hay conocimientos que es mejor buscar en silencio. —Se sentó y cogió los remos—. Y quiero que entiendas lo que pasa con tu hermano.

—Sé qué corre por las venas de Thatcher —dije a la defensiva—. He visto de lo que es capaz.

—Solo has visto una pequeña parte. —Me miró a los ojos, abandonado el disimulo—. Lo de Drakor no fue ni un atisbo de lo que podrá hacer, sobre todo cuando haya ascendido.

—Y eso te interesa. —Me quedé mirando su mandíbula en tensión, la intensidad de sus ojos.

—Me fascina —reconoció—. Y a ti debería aterrorizarte.

La barca surcaba el mar oscuro, casi sin dejar estela. A medida que nos alejábamos de la orilla, el paisaje se transformaba. Debajo de nosotros, el agua cambió, como si se resistiera más a nuestro avance.

Pasé los dedos por la superficie y noté una extraña viscosidad.

—El agua no quiere que estemos aquí.

—Nada quiere que nadie esté aquí. —Xül fijó la vista más allá de mí, en algún lugar de la lejana orilla.

Me volví para seguir su mirada y se me cortó el aliento.

En el horizonte se alzaba un enorme cráter rodeado de montañas retorcidas, con las cumbres dobladas y derretidas como si fueran de cera y hubieran estado demasiado cerca de una llama.

Fragmentos colosales de lo que podrían haber sido edificios sobresalían, medio enterrados, del suelo negro.

Extrañas formaciones cristalinas brotaban de ellas, astillas transparentes que emitían tenues destellos pulsantes de energía violácea.

Mi poder se desencadenó antes de que mi mente hubiera procesado lo que veía.

Me brotaron estrellas de la piel sin que yo lo buscara; se formaban y se disolvían constelaciones a toda velocidad.

La luz que proyectaban estaba distorsionada; el resplandor dorado de costumbre había adquirido un inquietante tono azul.

—¿Qué le hace este sitio a mi poder? —Tuve que hacer un esfuerzo para extinguir las estrellas, nerviosa por la alteración.

—La resonancia de los Primigenios. —Xül dejó la barca varada en la arena negra, que crujía bajo nuestros pies como si fuera hueso pulverizado—. A pesar de los milenios transcurridos, quedan remanentes de su poder.

Nos adentramos en las ruinas, pasando junto a formaciones retorcidas.

Xül iba señalándome cosas que narraban una historia demasiado terrible para asimilarla del todo, zonas en las que la realidad parecía haberse dañado sin vuelta atrás, lugares en los que no había crecido nada en miles de años, cráteres que no parecían tener fondo.

Xül se detuvo al llegar al centro de todo aquello.

—Lo que tienes delante —dijo en voz baja— no es solo destrucción. Es la resaca de la salvación.

Recorrí con la mirada el desolado paraje.

—Pues a mí no me lo parece.

—Depende de qué se evitara y de a quién se pregunte. —Se puso de rodillas y posó la palma de la mano en la tierra yerma—. Aquí se libró la batalla final entre los últimos Primigenios. Fue donde murió Moros.

—¿Moros? —repetí.

—Su poder no tenía nada que ver con la muerte, que tiene un propósito en el orden natural —me explicó con tono erudito—.

Mientras que otros Primigenios representaban aspectos de la realidad, como el tiempo, el espacio o la creación, Moros era una corrupción de sí mismo.

Podía vaciar a los seres desde dentro, utilizarlos como receptáculos de su influencia.

—¿Quién lo mató?

—Vivros, por supuesto. —Se incorporó—. El Cataclismo Encarnado. —Con cuidado, pasó un dedo por el borde del cristal—. Vivros era demasiado poderoso para que Moros se valiese de él; pero, al destruir la corrupción, absorbió trazas de la esencia de Moros, y eso fue transformándolo.

Era imposible pasar por alto los paralelismos con Thatcher. Mi hermano, con su poder idéntico, con su naturaleza apacible combinada con la capacidad de deshacer la materia con un pensamiento.

—Después de la aniquilación de Moros, los Doce se unieron contra Vivros —siguió Xül—.

Tenía demasiado poder y era muy peligroso.

Cuando le plantaron cara ya había destruido a millares de seres corruptos.

Desde su punto de vista, estaba salvando la realidad; desde el de los Doce, se había convertido en la mismísima amenaza que pretendía eliminar.

Busqué algo que decir, pero mi mente iba tan deprisa que mis labios no podían alcanzarla.

—Lo que ves ahora en el reino divino —Xül abarcó las ruinas con un gesto de la mano— son las secuelas de aquel conflicto. El panteón se resquebrajó, y aquellas grietas no llegaron a cerrarse del todo.

—¿Qué significa eso? —acerté a preguntar.

—Algunos, entre ellos mi padre, querían entender qué le había ocurrido a Vivros.

Sostenían que aún podía salvarse, que era posible separar la corrupción de su ser.

—Bajó la voz—. Otros, como Axora y Terralith, no veían más que una amenaza y exigían que se destruyera.

Esos cismas fueron el origen de la primera división entre los Doce: tradicionalistas contra reformistas.

Los que estaban dispuestos a destruir lo que temían frente a aquellos que querían entenderlo.

Procesé los nuevos datos, relacionándolos con lo que había observado en mis limitadas interacciones con el reino divino.

—¿Y ahora? ¿Cómo van las cosas en el panteón?

La expresión de Xül se ensombreció.

—Las dinámicas de poder están tomando un cariz alarmante. —Se me quedó mirando—. Cuando, de repente, dioses que han mantenido separados sus dominios durante eones buscan la unidad, cabe preguntarse qué amenaza perciben que requiera semejante cooperación.

—Thatcher —susurré.

Xül no lo confirmó ni lo desmintió, pero su silencio era elocuente.

Dejé vagar la vista por la desolación que nos rodeaba.

—¿Por qué me cuentas todo eso?

—El poder de los Primigenios es muy diferente del de los Doce. —Recogió una piedrecita negra y le dio vueltas entre sus largos dedos—. Los dioses pueden manipular elementos de la realidad que ya existen, pero los Primigenios remodelaban la propia naturaleza.

—Eso no es una respuesta —insistí.

Señaló las ruinas que nos rodeaban.

—Este lugar dio forma a mi concepto del poder. Creo que para sobrevivir al presente es fundamental comprender la historia. —Adoptó una voz suave pero intensa, casi acariciadora—. Que te haya traído aquí no es solo una advertencia, estrellita; también es una muestra de confianza.

—¿Confianza? —Aquella palabra me supo rara en la boca después de todo lo que habíamos pasado, aunque no podía negar el sutil cambio que se había producido desde que tuvimos aquel momento en el jardín—. Si quieres que confíe en ti, tendrás que decirme sin rodeos qué significa todo esto.

Xül me mantuvo la mirada durante un largo momento, y después dejó escapar el aliento muy despacio.

—Tu hermano es la principal amenaza para los Doce —dijo midiendo sus palabras—. Pero también podría ser su principal arma.

—No lo entiendo —dije con el ceño fruncido.

—El error que cometieron con Vivros —continuó, señalando la devastación que nos rodeaba— no fue plantarle cara, sino tardar demasiado.

—Dejó caer la piedra negra y observó cómo se hacía añicos contra el suelo—.

Cuando se aliaron para enfrentarse a él ya era tarde; ya estaba devorado por la corrupción del poder que había absorbido.

—Y Thatcher… —Se me hizo un nudo en la garganta al pronunciar el nombre de mi hermano.

—Es una segunda oportunidad. —Los ojos de Xül ardían.

Entonces lo comprendí, en toda su terrible frialdad.

—Pero Thatcher nunca… —No terminé la frase; la negación me había surgido con tal fuerza que Xül retrocedió un poco—. No. No conoces a mi hermano.

—Thais…

—No. —Le sostuve la mirada y seguí hablando con firmeza—. No entiendes todo lo que hemos pasado juntos. Las cosas a las que hemos sobrevivido. Ninguno de los Doce sería capaz de controlar a Thatcher.

—Entonces, eso le podría costar la vida. Es lo que necesito que entiendas.

Durante un instante, estuve a punto de revelarle nuestras intenciones.

La verdad se agolpaba contra mis labios, intentando liberarse.

Podría habérselo contado todo: nuestro plan para matar a Olinthar, nuestra estrategia de seguir el juego hasta que se presentara el momento, la sed de venganza que impulsaba cada uno de nuestros alientos.

Que, si aquel viaje nos llevaba a la muerte, por lo menos la afrontaríamos juntos.

Pero no se lo podía decir. La confianza que empezaba a establecerse entre nosotros siempre tendría sus límites, y no los podía traspasar.

Xül se me quedó mirando largo rato. Vi formarse las palabras en sus labios, pero, fueran cuales fuesen, se evaporaron.

—A partir de mañana seguiremos entrenando, estrellita. No pienso permitir que el tiempo se nos vuelva a echar encima.