Capítulo 34. Thatcher
N o era la primera vez que iba a Sundralis, pero nunca me había escoltado Olinthar en persona. Ni siquiera había estado en la misma habitación que él.
El portal nos llevó hasta la majestuosa entrada del Palacio de Luz, cuyos chapiteles de cristal se elevaban a alturas imposibles en un cielo tan azul que dolía mirarlo.
Sundralis estaba bañada de una perpetua luz dorada; todas las superficies reflejaban un sol que no se ponía nunca. Allí no había una sola sombra.
Me dolía la mandíbula de forzar una sonrisa, de ahogarme el odio crudo que amenazaba con devorarme. Era la máscara más difícil que había tenido que adoptar jamás.
Olinthar caminaba por delante de Chavore y de mí; emanaba una luz dorada que le caía por los hombros como una capa. De espaldas parecía casi normal, al margen del sutil resplandor que le traspasaba la piel.
El corazón seguía martilleándome el pecho. Él había intervenido; había negociado con Sylphia y Thalor, después de lo que yo había hecho en los archivos.
¿Por qué? ¿Cuál era su juego? No creía que la piedad fuese la respuesta correcta.
—Thatcher Morvaren —dijo volviéndose de repente. La brisa transportaba su voz—. ¿Me acompañas a dar una vuelta por los jardines? Las flores que crecen en primavera me resultan muy reconfortantes.
Chavore dio un paso al frente de forma automática.
—Esta vez no, hijo mío. —Olinthar le puso una mano en el hombro—. Me gustaría hablar en privado con tu discípulo; tengo asuntos que tratar con él.
«Asuntos». Una palabra que me abrasó la garganta.
¿Sabría quién era yo? ¿Quiénes éramos? Desde luego, el rey de los dioses no querría que ese secreto saliera a la luz: el grandioso y perfecto Olinthar, padre de abominaciones mestizas nacidas de una mortal a la que violó y abandonó.
Algo así socavaría todo lo que había construido, el orden perfecto que tanto valoraba.
¿Querría verme a solas por eso?, ¿para confirmar sus sospechas?, ¿para eliminar las pruebas del delito?
El entusiasmo de Chavore dio paso a la moderación.
—Cómo no, padre. Os espero en el pabellón.
Y así, por las buenas, me quedé a solas con el protagonista de mis pesadillas.
¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Decirle que no al rey de los dioses? ¿Afirmar que preferiría tragarme una espada a caminar a su lado por aquellos jardines perfectos?
En lugar de eso, hice una reverencia.
—Sería un honor, mi señor.
Al principio anduvimos en silencio por un sendero de piedra blanca que serpenteaba entre árboles en flor. Todo en Sundralis era ordenado, controlado, impecable.
El sol me azotaba desde arriba, más como un peso que como calor. Estaba acostumbrado a que me diera el sol; había pasado días enteros en barcos de pesca bajo su resplandor. Pero aquello era diferente. Opresivo.
—Tu actuación en los Juicios ha sido impresionante —dijo Olinthar al cabo de un rato, con aquella extraña voz musical que me ponía la piel de gallina—. Y Chavore habla maravillas de tus progresos.
Adopté una expresión de humilde gratitud.
—Gracias, mi señor. Fui afortunado de que me eligiera.
—Desde luego. —Señaló una enorme fuente de agua radiante—. ¿Qué opinas de Sundralis, Thatcher?
—Es impresionante —mentí con extremada facilidad. Lo cierto era que lo encontraba estéril, de una perfección gélida. Nada parecía real ni trabajado; solo conjurado por capricho divino—. Nunca había visto nada parecido.
Olinthar asintió con suficiencia.
—He estado pensando en lo que vendrá después de los Juicios. Cuando asciendas —añadió con absoluta seguridad—. ¿Has pensado en cuál podría ser tu sitio?
«¿Después de que te matemos?».
Tocaba mentir otra vez.
—La verdad es que me cuesta pensar más allá de los Juicios.
—Debe de ser difícil, sí. —Olinthar se detuvo junto a un rosal perfecto, de flores tan rojas que parecían sangrar—. Pero me preguntaba si no sería posible que encontrases tu lugar aquí, en Sundralis.
Se me revolvió el estómago al pensarlo.
—¿Aquí, mi señor? —Intenté mostrar interés sin excederme con el entusiasmo—. Me… sorprende.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No quiero presionarte; solo es una idea, una opción que podrías considerar. Pero la decisión es solo tuya.
—Te lo agradezco, mi señor. —Las palabras me supieron a ceniza.
Olinthar se quedó pensativo, dejando vagar la vista por los lejanos chapiteles de cristal.
—Voy a confiarte una cosa, Thatcher. Por lo general soy más reservado en cuanto a los entresijos del panteón y los sucesos del pasado.
Esas palabras me erizaron el vello; «los sucesos del pasado» .
—Pero creo que, dadas las circunstancias —prosiguió—, debo hablar con claridad. Mereces saber lo que eres.
Por los dioses. Lo sabía.
—Puede que hayas oído hablar de los Primigenios —dijo Olinthar en voz más baja—. Nuestros creadores.
Asentí con cautela.
—Alguna vez. Solo anécdotas vagas que circulan por Elaren. Sé que fueron los precursores y poco más.
Una fugaz sonrisa se dibujó en sus labios perfectos.
—Eso es. Sí, todos somos sus descendientes. Eran seres de un poder inimaginable que moldearon la realidad. —Reanudó la marcha, aunque más despacio—. Creíamos que sus poderes habían muerto con ellos.
—¿Mi señor? —inquirí con respetuosa confusión—. No estoy seguro de entenderte.
Olinthar giró en redondo para mirarme. A su espalda, el sol lo rodeaba con un halo.
—Creo que los cielos te bendijeron con una brizna del poder de los Primigenios, Thatcher Morvaren. Tus habilidades son un reflejo de las de Vivros. —Le brillaban los ojos—. Pero un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
« La puta responsabilidad de acabar contigo » , pensé mientras el odio reprimido ardía incandescente tras mi fachada.
De puertas afuera, abrí los ojos fingiendo sorpresa.
—¿En serio? ¿Eso es siquiera posible?
—Nunca lo habría creído —reconoció Olinthar—. Pero, ya que ha ocurrido, solo podemos seguir adelante y sacarle el mayor provecho.
Pasamos por debajo de un arco de hojas de oro y plata entrelazadas que tintineaban con una brisa que parecía existir solo para eso.
—Es una bendición inconmensurable —continuó—. Un don que te hace verdaderamente excepcional.
Habíamos dado la vuelta y nos dirigíamos al palacio, la inmensa edificación que resplandecía bajo la eterna luz solar.
—Te lo digo, Thatcher, porque un poder de ese calibre también es una debilidad. —Me puso la mano en el hombro y tuve que hacer un esfuerzo para no apartarme—. Debes ser cuidadoso y no dejar que te influyan quienes no deben.
«¿Como tú?».
Asentí.
—Dale unas vueltas —dijo Olinthar con tono más relajado, y apartó la mano—. Me temo que tengo asuntos que atender. Pero he disfrutado mucho con nuestra conversación, y espero que tengamos otra pronto. Visítame cuando quieras; siempre serás bien recibido en Sundralis.
Hice una profunda reverencia, en parte para que no pudiera verme el odio en el rostro.
—Gracias por tu sabiduría, mi señor. Tu confianza me honra.
Mientras se alejaba, dejando una estela de luz dorada a su paso, me erguí y dejé escapar un profundo suspiro. Me temblaban las manos, no sabía si de cólera o de miedo.
Vi un banco de piedra entre unos arbustos floridos y me senté en él; necesitaba un momento para asimilar lo sucedido. El corazón seguía martilleándome las costillas, y la adrenalina corría por todas mis venas.
Me puse en contacto con Thais a través de nuestro vínculo. La conexión era débil por la distancia que nos separaba, pero la notaba. «Estoy bien», le transmití; no sabía si le llegarían las palabras, pero tenía la esperanza de que captase el sentimiento.