Capítulo 33. El rey de los dioses #2
—Las acciones de esos dos han contravenido aspectos fundamentales de nuestro Juicio —dijo con voz audible, pese a que fue casi un susurro—.
Se han negado a decir sus verdades, y después han destruido a nuestras sirenas y han hecho derrumbarse el archivo.
Sería injusto para los otros bendecidos permitir que ellos se nieguen a contar lo que más los avergüenza.
Abrí la boca para protestar, pero Xül me lanzó una clara mirada de advertencia. Apreté los labios y las palabras murieron en mi garganta.
Olinthar miró a los dos dioses con cierta curiosidad.
—Explicadme las reglas exactas de vuestro Juicio —ordenó.
Thalor se adelantó.
—Los competidores debían encontrar tres llaves, alcanzar el archivo y contar su verdad más oscura para poder pasar.
—Interesante. —Olinthar ladeó la cabeza y el sol se reflejó en las hebras de oro entrelazadas en su cabello moreno—. ¿Se les comunicaron con precisión esos requisitos a los competidores antes de que entrasen en el agua?
Las aguas que rodeaban los pies de Thalor se aquietaron.
—Les dimos instrucciones de que encontraran las llaves y llegaran al archivo.
—¿Y el requisito de la verdad? —insistió Olinthar con voz engañosamente suave—. ¿Se mencionó de forma explícita como una de las reglas?
Un silencio tenso se abatió sobre los allí reunidos. Sylphia y Thalor cruzaron una mirada fugaz.
—A los competidores se les dijo que las aguas de Memorica liberan lo que se esconde tras sus máscaras —respondió Sylphia, cuidadosa—. Que lo que guardan en su interior podía convertirse en la mayor amenaza para ellos.
—Poético —observó Olinthar. Una sonrisa peligrosa le asomó a las comisuras de los labios—. Pero no es, diría yo, una regla enunciada de forma explícita. Hablasteis de emociones, de reflejos. Ni una vez mencionasteis que, para pasar, fuera necesario confesar los secretos más oscuros.
—Se daba por sobreentendido… —trató de argumentar Thalor.
—Sobreentender no es lo mismo que enunciar —interrumpió Olinthar, seco—.
Si no explicasteis con claridad que la confesión sería necesaria, negarse a confesar no puede ser motivo para ejecutarlos.
Y —continuó, con una nota evidente de diversión— ¿se mencionó de modo explícito que no podían matar a vuestras sirenas?
Sylphia se quedó sin saber qué decir. El equilibrio de poder se había alterado en cuanto apareció Olinthar, y todos los presentes lo sabían.
—De hecho —siguió Olinthar—, opino que una demostración como la suya debería ser celebrada, no rechazada.
—Clavó la vista en Thatcher y, a través del vínculo, sentí que a mi mellizo se le erizaba el vello—.
La creatividad a la hora de enfrentarse a elecciones imposibles es justo lo que deberíamos valorar en los candidatos a la ascensión.
«¿Habrá pasado antes algo así?», me pregunté al fijarme en la quietud incómoda en que se había sumido la reunión.
¿Habría intervenido Olinthar alguna vez en los Juicios en favor de un competidor?
La reacción de las otras Leyendas parecía indicar que no.
Era algo sin precedentes… y mostraba con diáfana claridad que Thatcher había atraído la atención de nuestro padre, cosa que hizo que se me disparasen todas las alarmas.
«Thais, tengo que decirte una cosa. No te asustes».
«¿Mas de lo que ya estoy?».
«He estado en Sundralis. Chavore me llevó en varias ocasiones».
Me dio un vuelco el corazón.
«¿Qué? ¿Es la primera vez que ves a Olinthar?».
Su voz mental me llegó con repentina intensidad, una catarata de sorpresa y revulsión que se desbordó por nuestro vínculo.
«Sí, dioses, sí. Nunca he… —Su pensamiento se interrumpió—. Solo lo había visto de lejos, a través de ventanas o al otro lado de un patio».
«Thatcher, he averiguado que los dominios de la guerra y del orden se van a fusionar».
Abrió un poco los ojos, pero logró controlar su reacción.
«Eso explica la actividad que he visto en Sundralis».
«No se lo cuentes a nadie. Finge que no lo sabes», avisé, tensa.
«¿Qué significado tiene? ¿Y por qué mantenerlo en secreto?».
«No lo sé, pero seguro que no es nada bueno».
Me lanzó una breve mirada de reojo; la preocupación le oscurecía el añil de los iris.
«¿Cómo lo has averiguado?».
Vacilé un instante, y por fin reconocí: «En la Ciudad Eterna. Vi a Xül interrogar a un espía portador de luz».
El silencio se alargó mientras Thatcher sopesaba las consecuencias de lo que le había contado. Al final no pude reprimir más la curiosidad.
«¿Cómo es? —pregunté por el vínculo—. Me refiero a Sundralis».
La expresión de Thatcher cambió y una sombra se le asomó a las facciones antes de que pudiera reprimirla.
«Extraño, la verdad».
«Extraño, ¿en qué sentido?».
Cambió de postura y miró de reojo a Olinthar antes de volver a centrarse en mí.
«Para tratarse de un sitio que se supone que está dedicado a la luz y al orden, transmite una sensación… rara. Pesada. Como si una gran carga se abatiera sobre todo».
«¿Qué quieres decir?»
«Allí, la luz… —Sus pensamientos me llegaban a ráfagas—.
Está por todas partes, ¿sabes? Cegadora, perfecta.
Pero no calienta. —Un recuerdo se coló por el vínculo: Thatcher en un vestíbulo dorado, tiritando pese a que el fulgor lo envolvía—.
A veces estaba expuesto a la luz solar directa y me sentía helado hasta los huesos.
Como si la luz fuese solo para aparentar, ¿entiendes? ».
Un escalofrío me corrió por la espalda pese al calor que hacía.
«¿Y nadie se da cuenta?».
«Si se la dan, no lo mencionan». Thatcher mantenía una expresión neutra mientras Olinthar seguía hablando con Thalor.
«Se preparan para algo».
«Y ahora nos toca averiguar de qué se trata».
—No se ha roto ninguna regla. —La voz de Thalor, rebosante de desprecio, interrumpió nuestra conversación—. Ambos habéis pasado la prueba.
Chavore, que seguía junto a su padre, sonrió triunfante. La expresión de Xül no cambió, pero sí noté que sus hombros se relajaban un poco.
—Entonces, este Juicio ha concluido. —La voz de Olinthar se extendió por toda la playa—. Los que lo han pasado deberán prepararse para el próximo reto.
Las Leyendas y los competidores bendecidos nos miraron, y vi arder en sus ojos una mezcla de miedo, resentimiento y cálculo. Habíamos hecho nuevos enemigos ese día; algunos, muy poderosos. Aunque llegásemos a la ascensión, íbamos a tener para siempre una diana dibujada en la espalda.
Pero, cuando mis ojos se posaron en el rostro perfecto de Olinthar, descubrí que no me importaba.
Que vinieran a por mí, cuando y como quisieran, siempre que tuviera la oportunidad de terminar con la vida del monstruo que teníamos frente a nosotros.
Todo me volvió. La sangre de Sulien en la arena.
El retrato de mi madre, cada vez más borroso.
El sabor de la ceniza y de la pérdida, y de los veintiséis años invertidos en ocultarme… Todo me restalló en las venas.
Me mordí la lengua hasta hacerme sangre y usé mi propio pánico para anclarme. Cada latido de mi corazón parecía pulsar pleno de venganza y luz estelar, dos fuerzas gemelas que ya eran indistinguibles.
Me aseguraría de que Olinthar muriese, aunque fuera lo último que hiciese en mi vida.
Mientras los aesymar atravesaban los portales que los llevarían a sus respectivos dominios, Xül me sujetó la muñeca con la mano.
—Es hora de irse, Thais —dijo muy serio—. Tengo que enseñarte una cosa.
—¿Adónde vamos?
—A un sitio que no sale en los mapas.