Capítulo 33. El rey de los dioses
L a brusca transición del líquido al aire me quemó los pulmones, como un recordatorio violento de que habíamos sobrevivido… por el momento. Antes de que pudiese aspirar la primera bocanada de aire, unas manos me cogieron de los brazos y tiraron de mí para llevarme a la orilla.
No me resistí. ¿De qué iba a servir?
Los guardias nos arrastraron por los bajíos. Sus rostros eran máscaras inexpresivas, pero había una amenaza implícita en el modo en que nos sujetaban. Por el vínculo noté que la cólera de Thatcher crecía como una tormenta y que tensaba los músculos para resistirse al agarre.
«No hagas eso», avisé en silencio.
Recorrí con la mirada la costa, donde los demás competidores observaban nuestra llegada.
A algunos se los veía confusos; otros mostraban una satisfacción velada.
Marx y Kyren estaban juntos cerca de la línea de los árboles, con expresión preocupada.
Marx articuló con los labios algo que no entendí, y lo acompañó de una ligera sacudida de la cabeza.
En el centro del grupo, Thalor y Sylphia estaban sumidos en una acalorada discusión; los bordes de sus siluetas divinas brillaban. Su ira era palpable incluso a aquella distancia, como una presión en el aire que me provocó un hormigueo en la piel y me aceleró el corazón.
—¡Han violado por completo el propósito sagrado de este Juicio! —nos llegó sobre el agua la voz de Sylphia, afilada como una espada. Su forma etérea ondulaba de indignación—. El archivo ha existido durante milenios, y ellos, en un gesto de desafío, lo han destruido.
—No podemos permitir que se establezca un precedente como ese —respondió Thalor. El agua que le rodeaba los pies se agitaba con violencia.
Por supuesto que estaban furiosos. El propósito del Juicio no era sobrevivir ni recolectar las llaves, eran los secretos. Verdades que se podrían blandir como armas. Los dioses querían saber qué amenazas potenciales subyacían en los corazones de aquellos que quizá se unieran a sus filas.
Pero, para que les contásemos nuestra verdad, tendrían que matarnos. Porque nuestra verdad ya era en sí una condena a muerte.
Del otro extremo de la playa llegó un griterío de voces coléricas, exigentes. Al volverme vi que varias Leyendas se abrían paso en dirección a Thalor y Sylphia, con los rasgos retorcidos por la furia.
—¡Exijo su descalificación inmediata! —gritó un dios.
—¡Por culpa de lo que han hecho, mi bendecido no ha tenido la oportunidad de pasar! —Una segunda Leyenda, cuyos ojos dorados echaban chispas, nos señaló con dedo acusador—. ¡Han matado a mi competidor con tanta claridad como si ellos mismos hubieran empuñado una espada!
Entonces caí. No solo nos habíamos negado a decir la verdad; habíamos sellado una tumba.
Cuando Thatcher destruyó a las sirenas y el archivo se colapsó, impedimos que los demás competidores terminasen el Juicio.
¿Cuántos se habrían quedado atrapados allí abajo?
¿A cuántos habríamos condenado a una tumba subacuática?
Thatcher permanecía a mi lado, rígido, con la mandíbula tan apretada que se iba a quebrar los dientes y la mirada fija al frente.
Habían visto que otros competidores usaban sus poderes. Incluso los habían animado a ello. Pero, cuando Thatcher usó el suyo, cuando me salvó la vida, ¿de pronto era una infracción de las reglas? ¿Qué esperaban? ¿Que solo usara sus poderes cuando encajara con lo que ellos tenían planeado?
Bueno, a decir verdad, supuse que eso era justo lo que esperaban.
Repasé a la gente que había en la playa y conté a los bendecidos que habían logrado salir. Dieciocho, incluidos nosotros. De veinticinco.
Thalor y Sylphia cada vez se mostraban más agitados mientras las Leyendas los rodeaban por todas partes dando voces. Entonces, el instinto me hizo fijarme en una figura que llegaba abriéndose paso entre la gente.
Xül.
Caminaba con paso grácil y letal, y la oscuridad se arremolinaba a sus pies. La multitud se apartaba de modo instintivo para dejarlo pasar. Cuando llegó al centro de aquella reunión, se situó entre nosotros y los dioses furiosos y se cuadró de hombros como si enviara un reto silencioso.
—El guardián de los condenados se digna agraciarnos con su presencia —señaló Thalor—. ¿Has venido a llevarte a estas almas perdidas a tu prisión, Xül?
—He venido a hacer cumplir las reglas de vuestro propio Juicio —respondió Xül con la frialdad de una tumba—. Los mellizos Morvaren han sobrevivido a vuestro reto: han recogido las llaves y han llegado al archivo.
—Se han negado a cumplir la última tarea —objetó Sylphia. Unas volutas de su forma etérea se extendieron como dedos que buscasen la garganta de Xül—. Y con ello han destruido a las guardianas sagradas.
A Xül le tembló la mandíbula.
—Tus guardianas torturaban a mi pupila. ¿Qué esperabas? ¿Que lo aguantase sin más?
La acusación provocó una oleada de incomodidad entre las Leyendas reunidas.
—Te excedes, príncipe de Draknavor —avisó otra Leyenda, que dio un paso al frente—. Este no es tu dominio y aquí no puedes exigir nada.
—Y, sin embargo, aquí estoy. —Una franja blanca atravesó el oro de los ojos de Xül y los hizo destellar—. Sé que os encantan los acertijos, pero quizá deberíais plantearos si lo que queréis decir se expresa con la claridad suficiente para entenderse. A algunos puede sonarles tan solo a mala poesía.
Recorrió a los presentes con la mirada, retando a las Leyendas una tras otra. Casi todos desviaron la vista.
—Siempre has demostrado una gran falta de respeto por la tradición, joven príncipe. —Thalor alzó el rostro.
—Si no recuerdo mal, en otros tiempos tú mismo comprendías la necesidad de ignorar a veces la tradición. —Xül esbozó una sonrisa.
—Tu padre defendió ese mismo argumento una vez, creo recordar —señaló Sylphia en voz baja, para que solo lo oyera Xül, pero la brisa esparció sus palabras.
—Entonces, respeta su validez ahora —respondió Xül, también en voz baja—. Reconociste que las excepciones existían por una buena razón.
La expresión de Thalor se suavizó de forma casi imperceptible.
—Esto es distinto, hijo de Morthus. Los Juicios exigen…
—Los Juicios exigen que se cumplan las reglas establecidas —interrumpió Xül—, no las interpretaciones de conveniencia inventadas con posterioridad.
—El derecho a juzgar les pertenece solo a Thalor y Sylphia —insistió una Leyenda a la que no reconocí, aunque sin demasiada convicción.
—Entonces, que juzguen con imparcialidad —respondió Xül.
La tensión entre los tres era evidente; la presión del aire iba en aumento, y yo notaba esa sensación distintiva que precedía a la violencia.
Entonces, el mundo cambió.
No fue algo gradual, sino instantáneo, absoluto.
Los sonidos se desvanecieron. Los colores se intensificaron hasta alcanzar una profundidad dolorosa.
El mismo aire se volvió tan denso que costaba respirar, y me oprimió la piel como un peso invisible que amenazaba con aplastarme y reducirme a la nada.
Durante un terrible instante, pensé: «Así es como morimos».
Entonces, un círculo perfecto de luz dorada taladró la realidad: elegante, controlado, con una nota musical de poder que hizo que mis huesos vibrasen en consonancia.
Chavore, ataviado con una armadura resplandeciente, atravesó el portal dorado y, de inmediato, clavó los ojos en Thatcher con una compleja mezcla de triunfo y preocupación en el rostro.
Y detrás de él…
Mi corazón se olvidó de latir.
Olinthar.
El rey de los dioses cruzó el portal con una gracia que contradecía el peso aplastante de su presencia. La realidad parecía doblegarse a su alrededor, amoldarse a su existencia como si pidiera disculpas por su imperfección.
Los gritos coléricos se apagaron al instante. Los retos, las acusaciones… Todo quedó olvidado. Incluso Thalor y Sylphia se callaron; la discusión que mantenían con Xül se evaporó bajo el firme embate del sol.
Creía que estaba lista para aquel momento. Me lo había imaginado infinidad de veces. Pero nada me podría haber preparado para lo que sentí una vez llegada la ocasión.
Se me habían paralizado los pulmones. No les llegaba aire, por mucho que yo intentase inspirar con desesperación.
El mundo se torció y los bordes se volvieron blancos, luego rojos, y por fin blancos de nuevo.
Las rodillas se me bloquearon para impedirme caer mientras cada pesadilla que había tenido, cada plegaria susurrada pidiendo venganza, cada lágrima derramada a oscuras chocaban de frente con aquella realidad singular: él, allí, presente.
Tan cerca que podría tocarlo. Que podría matarlo.
—Menuda exhibición —comentó Olinthar. Su voz llenó por completo el occidente de Hydrathis. El sonido me retumbó en el pecho, un eco cuyo ritmo amenazó con remplazar los latidos de mi corazón.
Cuando sus ojos se posaron en nosotros, en mí, me esforcé por adoptar una expresión neutra y reprimir el impulso de escupirle.
De cerca, el parecido era innegable. Lo veía en la forma de la mandíbula, en el perfil de los hombros… Las mismas líneas que había visto mil veces en la cara de Thatcher. Las veía también en Chavore, plantado con orgullo junto a su padre.
¿Nos miraría alguien con suficiente atención como para darse cuenta? ¿Para sospechar? ¿U Olinthar era tan intocable que la idea jamás llegaría a cruzarse por la mente de nadie?
Xül cambió de sitio para un triángulo perfecto. Su oposición previa se había transformado en reserva. Mantenía una postura relajada, pero le noté la tensión de los hombros, la actitud de alerta en la mirada. Esperaba y observaba, preparado para lo que pudiera ocurrir.
—¿Qué se discute aquí? —pregunto Olinthar. Dirigió su atención a Thalor y Sylphia con una autoridad natural que, por contraste, hizo parecer infantil la cólera anterior de ambos.
Sylphia se irguió y su forma etérea se solidificó.