The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 32. Los archivos de la verdad
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Capítulo 32. Los archivos de la verdad

S e ondulaban formando dibujos radiantes que latían con ritmos síncronos, casi como si cruzaran mensajes en una lengua silenciosa. La cámara del archivo parecía cerrarse sobre nosotros; la oscuridad del fondo nos tiraba de los pies, y el peso del océano nos aplastaba.

—¿Quién va a ir primero? —preguntó la líder, cuya voz hacía vibrar el agua y también los huesos.

«Mierda». A través de nuestro vínculo me llegó una oleada de pánico, y los pensamientos de Thatcher se estrellaron contra los míos.

«Ya se nos ocurrirá algo». Tenía tanto miedo como él, pero traté de mantenerlo bajo control.

La sirena se deslizó hacia mí con una fluidez de movimientos inhumana.

—Depositad vuestras llaves en los receptáculos. Revelad vuestra vergüenza más oculta. El camino se abrirá, pero solo la verdad os granjeará el paso. —Curvó la boca en algo que quizá fuese una sonrisa y que dejó a la vista unos dientes serrados—. Y sabremos si mentís.

—Yo voy primero —se ofreció Marx, que avanzó antes de que ninguno de nosotros tuviera ocasión de responder.

Nadó hacia la plataforma y colocó cada llave en el hueco correspondiente.

Las de Marx empezaron a brillar y la luz se extendió por el agua formando ondas concéntricas.

Una parte de la pared de la cámara se disolvió y dejó a la vista un túnel que ascendía hacia la superficie, pero las sirenas se movieron para cortarle el paso.

—Di tu verdad —ordenó la líder—. Y podrás seguir adelante.

La cara de Marx se deformó como si luchase contra alguna atadura invisible. Cuando habló por fin, su voz era sincera y directa, desprovista del sarcasmo habitual.

—Maldije a mi familia. —Las palabras parecieron salir a rastras de muy dentro de ella—. No me fui sin más. Me aseguré de que sufrieran. Y cuando me enteré de que habían muerto todos, de una forma horrible y dolorosa…, me alegré.

La confesión, cruda y terrible, pareció quedar allí flotando entre nosotros. Ya me había contado antes su historia, pero nunca había mencionado lo de la venganza deliberada.

Las sirenas hablaron entre ellas en voz baja; los dibujos brillantes parpadearon siguiendo secuencias complejas. Al fin, la líder asintió.

—Es verdad.

Marx se volvió y me miró a los ojos, y por un breve instante vi en ellos inseguridad, una muestra de vulnerabilidad inusual por parte de alguien que solía mantener una cautelosa reserva.

—Vete —le dije con voz firme, aunque la inquietud me revolvía el estómago cada vez más—. Nos vemos arriba.

Se despidió con un asentimiento y, sin una palabra más, inició el ascenso a la superficie por el túnel y su silueta desapareció con rapidez.

—El siguiente competidor —entonó la sirena, y su inquietante mirada recorrió a los que quedábamos.

Kyren nos miró a Thatcher y a mí y luego carraspeó, cosa que sonó muy extraña bajo el agua.

—Iré yo.

Se acercó poco a poco a la plataforma y, con manos temblorosas, metió las llaves en sus huecos. El mismo destello de luz, el mismo túnel que se abrió en la pared, los mismos seres que se movieron para cortarle el paso.

—Di tu verdad —llegó la orden.

Kyren arrugó las facciones con algo que no era miedo, sino una vergüenza, profunda y visceral. Incapaz de mirarnos, cerró los ojos para hablar.

—Mi familia lo perdió todo por mi culpa —dijo en voz baja y tensa—.

Mi madre era una comerciante honrada; había levantado su negocio de la nada.

Mi apellido era respetado en las rutas comerciales desde Cierre del Este hasta la costa.

—Le temblaban las manos—. La primera vez que se manifestaron mis poderes, yo tenía quince años.

Podía crear ilusiones perfectas, hacer que el metal sin valor pareciera oro, que las piedras baratas relucieran como diamantes.

—Cerró los ojos por un instante, con el dolor reflejado en los rasgos—.

Me convencí de que era algo inocente, un modo de ayudar al negocio de la familia durante una etapa difícil.

—Le brotaron lágrimas de los ojos, que se disolvieron al instante en el agua circundante—.

Al principio no eran más que pequeños engaños.

Luego fueron creciendo. Mi madre no se dio cuenta; creyó que habíamos encontrado mejores proveedores.

Cuando nuestros beneficios se duplicaron, le brillaban los ojos de orgullo…

—Se le rompió la voz—. Así que yo creé más y más bienes ilusorios para satisfacer contratos cada vez mayores.

—Al levantar la vista, tenía la expresión de alguien que se odiaba profundamente—.

Cuando se descubrió el engaño, el gremio no me castigó solo a mí.

Se lo llevaron todo: nuestro hogar, nuestros barcos mercantes, hasta la última moneda que poseíamos.

Mi madre fue objeto de humillación pública; a mi padre lo encarcelaron por fraude.

Las sirenas deliberaron en su idioma silencioso de dibujos luminosos dibujados en la piel.

—Es verdad —declaró por fin la líder.

Kyren nadó hacia el túnel sin mirar atrás y despareció como había hecho Marx antes que él. Su sentimiento de culpa pareció quedar flotando en el agua, como una pesadez que no se terminaba de disipar.

«¿Qué hacemos?». Los pensamientos de Thatcher me llegaron como un torrente desesperado y ansioso.

«Tenemos que decir algo —respondí—. Alguna verdad terrible, pero… esa no».

—¿Quién de vosotros va a continuación? —preguntó la sirena. Sus ojos parecían mirar no tanto a nosotros como a través de nosotros.

Le di a Thatcher un apretón breve en la mano y luego me adelanté.

—Voy yo.

Nadé hasta la plataforma y coloqué las llaves en sus huecos, una por una. La llave de los recuerdos, la llave de los ecos, la llave de los susurros; todas entraron con un suave clic. La luz se derramó de los receptáculos.

La pared se disolvió y reveló el camino que me llevaría a la superficie. Al instante, tres sirenas se pusieron delante como una barrera sólida e inamovible.

—Di tu verdad —ordenó la líder.

Tragué saliva mientras buscaba algunas palabras que pudieran satisfacerlas.

—Mi verdad más oscura —empecé, con la esperanza de que mi voz sonase más serena de lo que yo misma me sentía— es que disfruté al matar.

Cuando acabé con la vida de aquel competidor durante el primer Juicio, sentí una descarga de poder incomparable a nada que hubiera sentido antes.

No fue solo supervivencia; fue algo placentero.

Y una parte de mí desea sentirlo de nuevo.

No era mentira del todo. En aquel momento sentí una terrible satisfacción, una sensación de haber hecho lo correcto, que luego, cuando tuve tiempo de pensarlo, me resultó perturbadora.

Los seres se quedaron inmóviles y sus patrones se congelaron en medio de un pulso de luz. Entonces, sin previo aviso, el dolor me estalló dentro de la cabeza, ardiente y absoluto, como si me estuvieran inyectando fuego. Grité y el agua distorsionó el sonido.

—Las mentiras conllevan consecuencias —dijo la líder con frialdad—. Cuenta tu auténtica oscuridad.

—Pero esa es…

El dolor regresó multiplicado por diez; irradió desde dentro de mí hasta que no supe dónde empezaba y dónde terminaba. Los bordes de mi campo visual se oscurecieron y se me nubló la vista. Capté a duras penas que Thatcher gritaba, que algo se movía detrás de mí, pero la tortura me impedía enfocar.

—Se niega a decir la verdad —anunció la líder—. No puede pasar.

De nuevo, solo hubo dolor, como lava ardiente que me atravesara.

—¡Deteneos! —La voz de Thatcher penetró la niebla de mi mente—. ¡Dejadla!

Las sirenas no le hicieron caso. Yo no podía ver, ni pensar, ni respirar.

Grité.

Siguió un sonido como no había oído jamás, un rasguido profundo y resonante que hizo vibrar agua y huesos por igual. Las ondas de presión golpearon el interior de la cámara, seguidas de algo cálido y viscoso que me llovió encima. El dolor se detuvo de repente.

Cuando logré despejar la vista, el horror se apoderó de mí.

Las sirenas estaban… por todas partes. Hechas pedazos. Fragmentos de lo que antes eran cuerpos flotaban en el agua que me rodeaba y ya empezaban a disolverse. La sangre, espesa y oscura, se dispersaba formando hilillos y tapaba parte de la sala. Todas. Habían muerto todas.

Thatcher estaba a mi lado; en su rostro se vislumbraba una expresión de preocupación y también algo más oscuro. Algo que solo había visto una vez, cuando Drakor lo amenazó durante la Prueba.

—¿Qué has hecho? —susurré.

—Te iban a matar —fue su única respuesta, con voz inexpresiva—. No podía permitírselo.

Antes de que pudiera contestarle, la cámara se sacudió con violencia. En las paredes se abrieron grietas que se extendieron por la piedra como relámpagos. Empezaron a caer trozos del techo, que se estrellaron contra el suelo y lanzaron ondas de choque a través del agua.

—El archivo se está derrumbando —dijo Thatcher preocupado.

—Mi túnel —recordé de pronto. Miré hacia la abertura que se había formado cuando coloqué mis llaves en su sitio. Para mi gran alivio, estaba intacta; el sendero todavía brillaba con un resplandor plateado—. ¡Sigue abierto!

—Tengo que usar mis llaves —respondió Thatcher, dirigiéndose hacia la plataforma.

Lo seguí, luchando con las turbulencias que iban en aumento a medida que el archivo se hacía pedazos. La cámara se sacudió con violencia y a nuestro alrededor llovieron trozos de techo.

Thatcher llegó a la plataforma antes que yo y enseguida metió las llaves en los respectivos huecos. Durante un instante no pasó nada, y el pánico me oprimió el corazón. Luego, las llaves empezaron a brillar y su luz se intensificó hasta ser casi cegadora.

Una segunda abertura se abrió en la pared, al lado de la mía. Se había abierto su ruta de escape, como las de los demás.

—¡Vámonos! —grité para hacerme oír sobre el creciente rugido de la destrucción que nos perseguía.

Al principio los pasillos avanzaban en paralelo, tan cerca que podía ver a Thatcher a través de la barrera de cristal.

Los túneles se giraban hacia arriba y a veces se dividían en múltiples direcciones.

A medida que ascendíamos la presión disminuía, pero el peligro parecía incrementarse; los pasillos se estrechaban y caían cada vez más restos.

«Casi hemos llegado», me dijo a través de nuestro vínculo. Señalaba una mancha de agua más luminosa delante de nosotros, donde parecían converger nuestros caminos.

Un último y violento temblor sacudió el túnel.

La estructura que nos rodeaba gimió con el roce de piedra contra piedra.

Luego, con un sonido atronador, el techo cedió y se vino abajo.

Thatcher me agarró y tiró de mí hacia delante con la fuerza que le daba la desesperación mientras toneladas de viejos cascotes se derrumbaban detrás de nosotros.

Salimos a mar abierto justo cuando el túnel se desmoronaba por completo, y la fuerza de esa destrucción nos impulsó hacia delante. Sobre nosotros, el sol resplandecía en la superficie, tan cercana que casi se podía tocar.

«¿Qué va a pasar cuando salgamos?», le transmití a Thatcher, una pregunta que englobaba todo lo que había pasado bajo el agua.

Su respuesta fue sombría y sin rastro de duda. «Estamos jodidos».

«Pase lo que pase, seguiremos juntos», le prometí, aunque tenía un nudo en la garganta.

Porque lo sabía. Sabía que no íbamos a salir de aquella.