Capítulo 31. Corrientes de memoria #4
Me lancé hacia delante sin dudarlo mientras en mi mano cobraba forma una espada estelar.
La mujer me vio llegar y redirigió hacia mí parte de la oscuridad, pero yo era demasiado rápida; atacaba con demasiada decisión.
Si la mataba, la manifestación desaparecería con ella.
Lancé la espada, que sajó el tentáculo que sujetaba a Thatcher y siguió dando vueltas hasta cortarle el brazo a la mujer.
Lanzó un grito, y su sangre oscura enturbió el agua entre nosotras. Su manifestación se apartó del leviatán de Marx y regresó junto a su creadora para defenderla mientras esta retrocedía sujetándose la herida.
—Ya tenemos lo que buscábamos —dijo Thatcher jadeante; aún se le veía pierna grisácea allí donde lo había tocado el zarcillo—. ¡Vamos!
Nos reagrupamos rápidamente y nadamos tan deprisa como pudimos para salir del anfiteatro. Los cuatro teníamos ya todas las llaves: la de los recuerdos, la de los ecos y la de los susurros. Nos esperaba la última etapa del Juicio.
—Las llaves de los ecos mostraban guerras, ¿verdad? —dijo Thatcher en voz baja y cargada—. El sonido era brutal.
—Fueran cuales fuesen los secretos divinos que vendió Memorica, las repercusiones fueron considerables —dijo Kyren.
—La voz que he oído… —Me detuve para hacer memoria—. «Un pacto sellado en la oscuridad…, diez mil tumbas…».
—No me extraña que Thalor los ahogara —concluyó Thatcher cariacontecido—. ¿Cuántas personas murieron porque los sacerdotes querían oro?
—Debía de ser una información que no estaba destinada a los mortales —dijo Kyren.
—Pero aún no sabemos qué secretos serían —señalé—. ¿Qué podría tener tanto valor como para arriesgarse a desatar la ira de los dioses?
—En cualquier caso —dijo Thatcher—, Thalor lo descubrió. Y su reacción consistió en ahogar a todos los hombres, mujeres y niños de la ciudad.
Buceamos en silencio durante un rato, asimilando todo el peso de la tragedia de Memorica.
El archivo se alzaba a lo lejos, un edificio gigantesco encaramado al borde del acantilado. A medida que nos acercábamos, un rayo de luz dorada salió de su ápice y se extendió por la superficie, trazando un camino resplandeciente a través del agua.
—Se está abriendo —apuntó Kyren con la voz cargada de miedo y emoción.
—Haya lo que haya ahí dentro —dijo Marx—, lo afrontaremos juntos.
—Juntos —convino Thatcher, aunque me clavó una mirada llena de preocupación.
Nadamos con determinación hacia el archivo, dejando atrás el caos de Memorica. Nada más entrar sentí la picazón de la ansiedad. En fin; ya no era tan intrépida. Estaba claro que el archivo me había devuelto el miedo en todo su esplendor.
Ante nosotros se extendía una amplia cámara circular que bajaba hacia el precipicio. Y entonces empezaron a surgir unos seres parecidos a nosotros, aunque con cola de pez. Sirenas, antiguas, poderosas y omniscientes si había que dar crédito a las fábulas.
—Bienvenidos, supervivientes —entonó una de ellas con voz nítida—. Habéis llegado al archivo, pero aún no ha terminado vuestro viaje.
En el centro de la cámara había una plataforma circular en la que reposaban receptáculos de llaves.
La sirena líder se deslizó adelante con movimientos inusitadamente fluidos.
—Pero antes debéis demostrar que entendéis por qué habéis estado recorriendo esas ruinas. ¿Qué verdad revelan las llaves?
Todos cruzamos miradas. Había llegado el momento.
—En Memorica se rendía culto a Thalor —comenzó Kyren, despacio—. Aquí estaban sus sacerdotes y guardianes de sus registros.
—Pero traicionaron esa confianza —continuó Thatcher—. Vendieron secretos divinos por dinero.
—Y esos secretos desencadenaron guerras —añadió Marx con voz sombría.
—Así que, cuando Thalor descubrió su traición —concluí—, anegó la ciudad. Todos, incluso los inocentes, pagaron la codicia de los sacerdotes.
La piel bioluminiscente de las sirenas parpadeó en lo que quizá fuera una señal de aprobación.
—Habéis entendido el precio de la traición. Memorica vendió la verdad a cambio de oro, y ese oro se convirtió en su tumba.
—Pero ¿qué secretos eran esos? ¿Qué se vendió? —preguntó Kyren a los etéreos seres.
La expresión de la líder se hizo aún más severa.
—Si los oídos mortales no estaban preparados para recibirlos hace un siglo, ¿qué te hace creer que los tuyos lo están ahora?
Otra sirena pasó junto a nosotros y nos bloqueó la puerta del archivo.
—Este Juicio no consistía en descubrir secretos, sino en comprender su peso. Y que todo tiene un coste, tal como averiguaron aquellos sacerdotes.
—Ahora os enfrentáis a lo contrario de su prueba. —La líder se acercó un poco más—. Debéis hacer lo que los sacerdotes no lograron: dar por voluntad propia lo que ellos habrían vendido. Sacrificar la verdad que guardéis con mayor celo.
Las sirenas flotaban a nuestro alrededor; sus movimientos eran hipnóticos.
—Demostrad que podéis abandonar la corrupción mortal a cambio de un propósito divino.
—Revelad aquel secreto que tendrá el precio definitivo —entonó otra—. Solo entonces podréis ascender.
«Necesitamos un plan», transmitió Thatcher, apremiante, a través de nuestro vínculo.
Pero en aquella ocasión no se me ocurría ninguno.