Capítulo 31. Corrientes de memoria #3
—Aún necesitamos las llaves de los ecos —intervino Thatcher—. Deberíamos ir al anfiteatro.
—Coged vuestras llaves de los susurros —dije señalando las que flotaban en sus hornacinas.
Thatcher y Marx cogieron una cada uno, y se las llevaron al oído para escuchar antes de guardárselas en los receptáculos.
—Cada llave muestra una faceta diferente de Memorica. Tenemos que juntar las piezas y averiguar qué pasó aquí. —Los miré uno por uno—. Las llaves de los recuerdos muestran escenas de la vida de la ciudad cuando esta se hundió. Las llaves de los ecos…
—Creo que las consecuencias —interrumpió Kyren.
—Las llaves de los susurros contienen confesiones —añadió Marx—. Algo sobre vender lo que no debería venderse.
—Y he visto a Thalor —añadí, fijándome en sus reacciones—. En el ciclón. Apareció sobre la ciudad y los ahogó a todos.
—Pero… ¿por qué? —Kyren palideció.
—Lo que fuera que se vendió era peligroso, desde luego —dijo Thatcher con tono sombrío—. Tanto como para ganarse esto.
—El recuerdo que experimenté —expliqué despacio— era de alguien que tenía los dedos manchados de tinta. Miraba a otra persona, creo que un sacerdote, que llevaba una túnica turquesa. Estaba entregando un pergamino a cambio de oro.
—Así que traficaban con información divina —dijo Marx.
—Pero aún no sabemos de qué se trataba —señaló Kyren, y abarcó con un gesto la ciudad sumergida—. Las llaves muestran la venta, muestran las consecuencias, pero no los secretos propiamente dichos.
—Puede que ahí esté la clave —supuse tras pensármelo bien—. Puede que no tengamos por qué averiguar los detalles, que nos baste con saber que ciertos conocimientos no deberían venderse.
—Las llaves de los ecos nos dirán más —dijo Thatcher.
—Solo hay una forma de averiguarlo. —Marx se ajustó la mochila—. Vamos al anfiteatro, todos juntos.
Salimos del templo y nadamos por las ruinas de Memorica, intentando seguir caminos en penumbra y pasillos ocultos. Tuvimos que escondernos dos veces cuando pasaron otros competidores, y una más cuando vimos a una pareja que esperaba para lanzarse sobre una víctima desprevenida.
Quería intervenir, evitar que se produjese la emboscada, pero Thatcher me detuvo.
—No tenemos tiempo para hacernos los héroes —siseó—. Debemos llegar a las llaves de los ecos antes de que se acaben.
—Pero van a matar a esa persona —repliqué.
—Y es terrible, pero no podemos salvar a todo el mundo. Céntrate en nuestro objetivo.
Le hice caso a Thatcher y seguí buceando, pero no pude librarme de la sensación de malestar en el estómago. No sabía si era culpa, vergüenza o algo distinto por completo.
El anfiteatro se alzaba ante nosotros, con sus gradas alrededor de un escenario central. Cerca de la entrada, la sangre enturbiaba de rojo las aguas cristalinas. Entre las ruinas flotaban tres cadáveres por lo menos.
—Antes no estaba así —susurró Kyren—. ¿Qué ha pasado?
—Que todo el mundo viene a por un recurso limitado —aventuró Marx.
Entramos con cautela, con Thatcher en cabeza, seguido de cerca por Marx y su bestia.
Kyren y yo cerrábamos la marcha, atentos a cualquier indicio de emboscada por la retaguardia.
Dentro reinaba un silencio inquietante, sin música, sin el menor sonido a excepción de la sutil corriente que recorría el enorme espacio.
—¿Y las llaves? —pregunté, escudriñando las gradas y la zona del escenario—. No veo ninguna.
—Tienen que estar por algún sitio —insistió Thatcher—. Vamos a separarnos, pero sin perdernos de vista.
Inspeccionamos a conciencia toda la estructura, revisando nichos y espacios ocultos. Nada. Ni rastro de llaves de los ecos, ni de cristales cantarines, ni de objetos con forma de caracola.
—Llegamos tarde —dijo Marx al fin—. Ya no quedan.
—Tenemos que seguir buscando —replicó Thatcher.
De repente, un grito rasgó el agua. Giramos en redondo hacia su origen: las gradas superiores, donde no habíamos buscado aún.
Un competidor se debatía mientras le brotaba sangre de heridas que surgían de la nada.
Era como si puñales invisibles le atravesaran el cuerpo desde todas direcciones, hasta que al fin quedó inmóvil y su cadáver se hundió lentamente.
—¿Qué demonios ha sido eso? —susurró Kyren.
—Un eco —dijo Marx en voz baja, con los ojos entrecerrados—. Mirad, ¡ahí!
Señaló un destello casi imperceptible en el agua.
—Las llaves están escondidas —deduje—. Camufladas.
—Por eso son tan difíciles de encontrar —dijo Thatcher—. Y por eso ha muerto ese competidor: debe de haberse topado con una sin saber qué era. Se ve que su sonido tiene propiedades defensivas.
—Eso significa que debemos acercarnos con precaución —concluyó Marx.
—Comentabas que el ruido hace daño al acercarse —le dije a Kyren—. ¿Oyes algo parecido a lo de antes? No sabemos cómo se supone que suena.
—Sí…, pero muy débil —dijo, y cerró los ojos para concentrarse—. Por aquí.
Despacio y con cuidado, lo seguimos a otra galería. A medida que nos acercábamos se empezó a oír un chirrido que, aunque era casi imperceptible al principio, pronto se volvió insoportable. Kyren hizo un gesto de dolor y se tapó las orejas con las manos.
—Está cerca —jadeó.
Avancé, concentrándome en la distorsión resplandeciente que tenía delante. La estridencia se intensificó hasta que tuve la impresión de que se me iba a partir el cráneo; de los oídos me salía sangre que se desleía en el agua de alrededor. Pero seguí adelante.
Además del agudo sonido me llegaban otros.
El acero contra el acero, millares de espadas que entrechocaban en la batalla.
Caballos que relinchaban. El sonido húmedo de lanzas que se clavaban en la carne.
El rugido del fuego que consumía edificios.
Coros de oraciones que se convertían en coros de gritos.
Pisadas, interminables pisadas. Y, por debajo de todo eso, una voz quebrada: «Un pacto sellado en la oscuridad… , diez mil tumbas…».
Mis dedos rozaron algo sólido y, de pronto, se materializó una llave de los ecos: un cristal con forma de caracola que emitía una luz pulsante. El sonido se transformó en mil voces que gritaban directamente en mi cerebro.
Combatiendo el dolor, logré meter la llave en su receptáculo y cerrarlo bien. El sonido cesó de inmediato, dejando atrás un silencio maravilloso.
—Ya tengo otra —jadeé, limpiándome la sangre de los oídos.
A continuación, Thatcher siguió las indicaciones de Kyren hasta dar con otra llave oculta. Le costó más que a mí; el dolor lo afectaba a ojos vistas mientras recogía el cristal invisible. Cuando por fin lo consiguió, estaba muy pálido.
—Ahí está la última —dijo Marx mientras buceaba en dirección a la tercera llave.
Solo había dado un par de brazadas cuando una sombra enorme pasó por encima de nosotros.
Alzamos la vista y vimos a otra competidora, acompañada de una bestia que duplicaba en tamaño al leviatán de Marx.
Antes de que pudiéramos reaccionar, la criatura se abalanzó, abriendo unas fauces en las que relucían afilados dientes.
La bestia de Marx la interceptó, y las dos manifestaciones se estrellaron en una explosión de rojo y violeta. El impacto envió por el agua ondas de choque que nos empujaron contra las gradas de piedra.
—¡Vamos! —gritó Marx, y me lanzó su receptáculo—. ¡Coge mi última llave! —A continuación, se desplazó para dirigir a su leviatán.
Kyren me guio hacia la llave de los ecos mientras Thatcher se movía para ayudar a Marx. El sonido iba en aumento; me nublaba la vista y me revolvía el estómago. Kyren señaló en una dirección, incapaz de seguir acercándose; el sonido amenazaba con abrumarlo de nuevo.
Buceé hacia delante, concentrándome a pesar del dolor y de la sangre que volvía a salirme de los oídos. La llave se materializó en cuanto la toqué, y su canto era tan intenso que estuve a punto de perder el conocimiento. Más ecos…, más muertes violentas.
Con mis últimas fuerzas la introduje en su receptáculo, acallando el espantoso estruendo.
Al volverme, vi a Thatcher enzarzado en un combate contra la otra competidora, una mujer con tentáculos de oscuridad viviente que se extendían desde sus manos.
Uno de ellos se había enrollado alrededor de la rodilla de mi hermano; por debajo, su piel se estaba tornando gris y muerta.
A la izquierda, la enorme bestia violácea se aferraba a la pierna de Marx.