The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 31. Corrientes de memoria #2
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Capítulo 31. Corrientes de memoria #2

—Te arrepentirás de eso —gruñó extendiendo los brazos.

De sus manos brotó un rayo de energía que me alcanzó en pleno pecho y me hizo caer de espaldas.

Todos los nervios de mi cuerpo se dispararon a la vez; el dolor me contorsionó los músculos mientras las descargas me recorrían.

Mis extremidades se negaban a obedecer, paralizadas por la sobrecarga.

—Ya no estás tan confiada, ¿eh? —dijo Vance burlón mientras formaba una lanza de energía entre las palmas—.

Estaba deseando acabar con esto desde la Prueba.

—Intenté combatir la parálisis, pero mis músculos se contraían en vano mientras él se acercaba—.

Esto era lo que esperaba —dijo mientras me ponía la lanza contra el pecho.

De pronto, el agua se agitó con violencia a nuestro alrededor, y unas fauces gigantescas se cerraron a poquísima distancia de Vance, que perdió la concentración, y el efecto paralizante que me aprisionaba se desvaneció de inmediato.

Vance abrió los ojos desmesuradamente por la sorpresa cuando un enorme leviatán emergió de las profundidades.

Sus vetustas escamas lanzaban destellos en el agua turbia.

—¡Mierda! —gruñó Vance, y su lanza de energía se disipó mientras esquivaba un segundo ataque.

La cola del leviatán azotó el agua, creando una corriente que hizo que mi rival cayera de espaldas.

Se repuso con rapidez, y su mirada osciló entre la bestia y yo hasta que tomó una decisión—.

Esto no ha terminado —siseó, y, con una ráfaga de energía, se impulsó hacia arriba y se perdió en la oscuridad.

Alcé la espada, dispuesta a enfrentarme al leviatán, cuando apareció una figura en mi campo visual.

—Aparta eso antes de hacerte daño —dijo Marx con la voz distorsionada por el agua y su habitual gesto inexpresivo.

El leviatán dio la vuelta y se colocó detrás de ella, con actitud protectora. El lomo cubierto de espinas se ondulaba al moverse, y los ojos ardían como ascuas en su enorme cabeza.

—Lo tenía controlado —respondí, aunque hasta yo sabía que era mentira.

—Claro. —Marx había ajustado al máximo el sarcasmo—. ¿Se puede saber cómo se te ha ocurrido venir sola?

Antes de que pudiera contestar llegó Thatcher, rebosante de ira y preocupación.

—¡Thais! ¿Qué demonios…? —Se detuvo en seco al ver el agua turbia por la sangre y los restos de la pelea—. Dioses. ¿Qué ha pasado?

—Tu hermana, que ha decidido matarse —dijo Marx con tono seco—. He intervenido.

Thatcher me sujetó por los hombros y me taladró con la mirada.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué has venido corriendo tú sola?

—Necesitamos las llaves —dije desconcertada—. Sabía dónde estaban. ¿Por qué iba a esperar?

—¡Porque es peligroso! —estalló—. ¡Porque podrías haber muerto! ¿No lo entiendes?

Parpadeé.

Marx me miró con los ojos entrecerrados.

—¿Cómo sabes dónde encontrar las llaves?

—Lo he visto en el ciclón —expliqué—. Mientras me tenía atrapada.

—¿Te ha dado esa información así, por las buenas? —preguntó Marx con la voz cargada de sospecha.

—Desde luego, no ha sido por las buenas.

—Fruncí el ceño, pensativa—. En su interior, el miedo se magnificaba hasta hacerse casi insoportable.

Cuando por fin salí, me esperaba el tiburón de antes, pero mucho más grande, del tamaño de un barco.

Supongo que se había alimentado de mi miedo mientras yo estaba dentro.

—¿Y dónde está ahora? —preguntó Marx, mirando a su alrededor como si esperase verlo al acecho.

—Lo aniquilé —dije con una sonrisita—. Lo atravesé con una espada y se desintegró.

Marx abrió unos ojos como platos.

—¿Mataste a la manifestación de tu propio miedo?

—¿Qué iba a hacer si no?

Marx y Thatcher cruzaron una mirada.

—Thais —dijo Thatcher con cautela—, antes, durante la pelea, ¿has tenido miedo en algún momento?

Me paré a pensarlo antes de contestar.

—No. ¿Por qué?

—Ese tipo ha estado a punto de matarte —señaló Thatcher—. La mayoría de la gente se habría aterrorizado.

El rostro de Marx se transformó cuando cayó en la cuenta.

—Has matado a tu miedo.

La comprensión me llegó lentamente.

—¿Eso es posible?

—No solo a tu miedo —dijo Thatcher cariacontecido—. A tu instinto de supervivencia. Por eso has venido sola; por eso has luchado de forma tan temeraria. —Se alisó el pelo con frustración—. No solo eres intrépida; eres incapaz de reconocer el peligro.

—¿Y eso es malo? —repuse—. El miedo nos frena.

—El miedo nos mantiene con vida —replicó Thatcher—. Nos impide correr riesgos estúpidos, como atacar sin refuerzos a un hombre que puede dejarte inmóvil.

—Menos mal que la seguía —intervino Marx con tono irónico—.

Bueno, junto con Bertha. —Le dio una palmadita en el costado al enorme leviatán, que respondió con un gruñido afectuoso—.

Resulta que, cuando has visto lo peor que ofrece el mundo, la rabia se convierte en una herramienta más. No hacen falta emociones.

—Entonces ¿no sientes nada? —preguntó Thatcher.

Marx se encogió de hombros.

—Siento muchas cosas, pero no me dejo controlar por ellas, y, a cambio, puedo controlar a Bertha. —Señaló la llave de los susurros que aún flotaba sobre el altar—. En fin, ¿recogemos eso o seguimos hablando sobre nuestros sentimientos?

Buceé hasta el altar y alargué la mano hacia la llave. Los susurros se intensificaron a medida que acercaba los dedos, aunque no pude distinguir palabras concretas hasta que rocé la superficie, fragmentos de confesiones en diferentes voces:

«Vendimos lo que nunca se debería vender…», «… más valor al oro que a la fe…», «Perdónanos por haber traicionado la sagrada confianza…», «… conocimiento divino por moneda mortal…».

Las voces se desvanecieron cuando coloqué la llave en su receptáculo y lo cerré bien. Ya tenía otra llave, la de los susurros.

—Tiene que haber más —dijo Thatcher, que ya empezaba a adentrarse en el templo.

Lo seguimos por pasillos sinuosos; los susurros cobraban intensidad con cada giro. Thatcher avanzaba con cautela, inspeccionando las esquinas antes de seguir adelante.

—No pienso perderte de vista —me comunicó mientras avanzábamos— hasta que hayamos dado con la forma de devolverte el miedo.

—En caso de que sea posible —murmuró Marx en voz tan baja que solo la oí yo.

Los pasillos del templo descendían hacia profundidades más oscuras, hasta que llegamos a una zona semienterrada en la arena. Allí los susurros eran distintos; se entremezclaban con lo que parecían gritos que pedían socorro.

—Algo marcha mal —dijo Thatcher frente a la puerta de una amplia cámara.

Miré al otro lado del umbral y vi el motivo de su preocupación: Kyren estaba acorralado contra una pared del fondo, enfrentado a una enorme bestia parecida a un cocodrilo, con demasiados dientes y escamas que cambiaban de color.

El propio Kyren transicionaba entre formas, a veces sólido, a veces transparente, a veces como si estuviera en varios sitios a la vez.

—Ilusiones —dijo Marx, observando la escena con los ojos entrecerrados—. Kyren intenta confundirlo.

Los susurros eran tan ensordecedores que no podíamos ni oírnos pensar. Divisé lo que buscábamos: llaves burbujeantes flotando en hornacinas por todo el perímetro de la estancia.

Thatcher me cogió del brazo antes de que pudiera moverme.

—Thais, cúbreme, pero no hagas nada hasta que te dé la señal. —Sus ojos se clavaron en los míos—. Lo digo en serio.

Quería protestar, pero la intensidad de su mirada me detuvo.

—Vale.

—Marx, crea una distracción. Tu leviatán debería servir.

Marx asintió mientras dirigía su bestia hacia delante.

—De acuerdo.

—¿Y Kyren? —pregunté.

—Yo me ocupo —respondió Thatcher—. Tiene que calmarse; lo está atacando su propia manifestación. Cuanto más se asusta, más la hace crecer.

Nos colocamos en nuestras posiciones, y el leviatán cargó para enfrentarse al cocodrilo mientras yo lo rodeaba oculta entre las sombras. Thatcher nadó directo hacia Kyren, con cuidado de esquivar la manifestación que lo combatía.

Cuando llegó a él, lo agarró por los hombros para que lo mirase y le dijo algo. Aunque no oí las palabras, vi su efecto: las ilusiones frenéticas de Kyren empezaron a ralentizarse, y su forma se solidificó mientras se concentraba en la voz de Thatcher.

El efecto se vio en el cocodrilo de inmediato: sus ataques eran menos coordinados, y los contornos de su cuerpo empezaron a desdibujarse. El leviatán de Marx lo hizo retroceder aún más, proporcionando espacio a Thatcher y Kyren para que se pusieran a salvo.

En cuestión de minutos no había ni rastro del cocodrilo; solo quedaban remolinos en el agua que ocupaba poco antes. Kyren se desplomó contra Thatcher, con la extenuación reflejada hasta en la última línea de su cuerpo.

—¿Qué ha pasado? —pregunté mientras nos reagrupábamos.

—He entrado en una espiral de pánico —dijo Kyren con voz cansada—. Me aterroriza el mar abierto.

—No te tocaba ser el eslabón débil —dijo Marx, pero su tono no era mordaz del todo.

Kyren se enderezó cuando la indignación superó al agotamiento.

—¿El eslabón débil? Ya tengo las tres llaves.

—¿Qué? —Thatcher lo miró con incredulidad.

—Sí. He empezado en el anfiteatro, donde le he quitado una llave de los ecos a otro competidor que ni siquiera me había visto llegar.

Luego he cogido otra en el centro de la ciudad.

Y mi manifestación me ha seguido hasta aquí; pero, aun así, he cogido una llave de los susurros.

—Se dio una palmadita en una bolsa que llevaba al cinto—. Ya tengo las tres a buen recaudo.

—¿Las has conseguido tú solo? —No pude ocultar el asombro.

—No te sorprendas tanto —respondió Kyren con una débil sonrisa—. Esto se me da bien.

—¿A qué te refieres? —preguntó Marx con recelo.

—A sobrevivir. —Su sonrisa se desvaneció—. La llave de los ecos ha sido la más difícil. Cuando te acercas, el sonido es tan fuerte que parece que va a estallarte la cabeza. Cuando la metí en su receptáculo ya me sangraban los oídos. Pensé que me quedaba sordo.

—Y sin embargo estás aquí, quejándote a todo volumen, aunque el agua lo amortigüe —observó Marx.