The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 31. Corrientes de memoria
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Capítulo 31. Corrientes de memoria

V iolentas corrientes me castigaban las extremidades, amenazando con arrancármelas de cuajo.

Mi cuerpo se retorcía en ángulos para los que no estaba ideado; la presión me aplastaba el pecho hasta que se me olvidó cómo era respirar.

En mi garganta, el encantamiento ardía con un fuego helado mientras luchaba por capear el agua que se agitaba a mi alrededor.

Entonces llegaron las visiones.

El ojo del ciclón me atrapó en una quietud antinatural, una burbuja de calma imposible rodeada de furioso caos.

El agua empezó a resplandecer y, de repente, me vi rodeada de figuras traslúcidas: personas de elaborada vestimenta que caminaban por los mercados, que vivían sus vidas en una ciudad que el mar no había devorado aún.

Una niña perseguía a un niño entre los tenderetes, los dos riendo en silencio. Los comerciantes regateaban por cristales luminosos y frascos de brebajes resplandecientes. Varios sacerdotes, con sus túnicas ceremoniales, se dirigían en procesión hacia un templo.

Thalor, de un tamaño inabarcable, apareció sobre la ciudad.

El agua se arremolinaba a su alrededor, formando dibujos imposibles.

Su figura ocultó el sol del crepúsculo, sumiéndolo todo en la penumbra.

Abajo, entre los sacerdotes reinaba el pánico: algunos se arrodillaban a rezar, mientras que otros corrían hacia los templos.

Sin previo aviso, Thalor levantó los brazos.

El agua se materializó de la nada: muros de agua, raudales que superaban lo imaginable.

La avalancha cayó sobre Memorica con furia divina, derrumbando edificios con el impacto.

Las calles se convirtieron en ríos, luego en rápidos y, por último, en corrientes mortales que lo arrasaban todo a su paso.

La gente corría, gritaba, rezaba…, pero no tenía adónde huir.

Me llegó un susurro a través del agua, a través de los huesos: «La ciudad recuerda su muerte».

Aquella visión dio paso a la de un mapa, con tres lugares, en las ruinas, identificados con distintas luces intermitentes: el templo, el centro de la ciudad y el anfiteatro.

«Todas las verdades tienen su precio. La pregunta es cuánto estás dispuesta a pagar».

El miedo que bullía en mí, bajo la superficie, estalló de repente, primitivo y abrumador. Se me aferró a la garganta y me oprimió los pulmones hasta que no pude respirar. El ciclón no solo me mostraba visiones; se alimentaba de mi pánico, multiplicado por mil.

El ojo de la tormenta se colapsó.

Me vi expulsada violentamente, y giré en el agua hasta que me estrellé contra la piedra. Un fuerte dolor se me extendió por el hombro, pero no era nada en comparación con la parálisis del terror absoluto que me atenazaba.

Una bestia se cernía sobre mí; ya no era la sombra con forma de tiburón de antes, sino una monstruosidad ancestral del tamaño de un barco. Tenía el cuerpo recubierto de escamas de obsidiana, superpuestas como en una armadura, y unos dientes más largos que mi antebrazo y afilados como cuchillos.

Mi miedo había cobrado forma y finalidad; había alcanzado unas proporciones pesadillescas.

No podía moverme. No podía pensar. Me costaba asimilar que seguía con vida mientras la criatura daba vueltas por encima de mí, creando con su enorme cola corrientes que me incrustaban la espalda en el muro derruido. Todos los instintos me gritaban que huyera, pero el cuerpo se negaba a obedecer.

La bestia se lanzó.

El instinto de supervivencia logró al fin imponerse a la parálisis. La luz estelar estalló en mis dedos y se materializó en un escudo en el momento en que aquellas terribles mandíbulas se cerraban de golpe. Los dientes rozaron la luz, y el impacto me hizo atravesar el agua de espaldas.

El monstruo dio otra vuelta, esta vez más deprisa.

Me obligué a respirar, a pensar más allá del terror ciego que me poseía. El escudo no aguantaría otro impacto directo. Tenía que contraatacar.

La luz estelar se transformó en mis manos; fluyó hasta cobrar la forma de una gran espada que brillaba con un resplandor gélido. A mi alrededor, el agua parecía contraerse; toda mi piel cobró vida y gritó, consciente del peligro.

La bestia volvió a cargar, con las fauces tan abiertas que podría tragarme de un bocado.

La recibí cara a cara.

Mi espada atravesó unas escamas que deberían ser impenetrables, abriendo una herida a lo largo del costado de la criatura, que se retorció de dolor mientras le brotaba una sangre negra que se disolvía en el agua.

Sentí un extraño eco de aquel dolor en mi propio cuerpo, un ardor fantasmal que me cortó el aliento.

En mi interior se rompió el equilibrio: el terror paralizante retrocedió lo justo para dejar sitio a la cólera. Aquella cosa había intentado matarme. Una manifestación de mi propio miedo creía que podía consumirme.

—Saliste de mí —gruñí, con las palabras distorsionadas por el agua, pero, aun así, llenas de decisión—. ¡Me perteneces y te controlo!

La bestia se recuperó y volvió a rodearme, aunque con más cautela. La herida dejaba a su paso un rastro oscuro que se difuminaba poco a poco. Podía sentir la conexión entre nosotros, un lazo que se hacía más fuerte a medida que aumentaba mi comprensión.

Volvió a atacarme, esa vez desde abajo. Giré para esquivarla mientras lanzaba un tajo que le abrió otro corte en la piel. El dolor reflejo me estalló en el abdomen, pero le hice caso omiso, llevada por la lucidez de la batalla.

La tercera vez que se abalanzó sobre mí, la recibí poseída por la furia. Mi espada estelar atravesó su gigantesco cuerpo, y en la herida ardió un fuego celestial. La bestia se retorció, presa de convulsiones, mientras la luz la consumía desde dentro.

A continuación, se quedó inmóvil, suspendida en el agua, antes de disolverse por completo. No quedó ni una escama que diera fe de su existencia.

La sensación de victoria estalló en mi interior, fiera y triunfante.

Había derrotado a mi propio miedo, vencido al monstruo creado por el Juicio a partir de mi emoción más débil.

Me sentí más ligera, más despierta, como si de pronto me hubiera quitado de encima un peso con el que había cargado toda mi vida.

«¿Thatcher?».

Busqué nuestro vínculo y sentí de inmediato su respuesta aliviada.

«¡Thais! ¿Dónde estás? ¿Estás herida?».

«Estoy bien —transmití en respuesta—. O mejor que bien. He visto en el ciclón dónde encontrar las llaves: las de los susurros, en el templo; las de los recuerdos, en el centro de la ciudad; las de los ecos, en el anfiteatro. Y he presenciado lo que ocurrió en Memorica».

«¿A qué te refieres?».

«Fue Thalor. La ahogó él».

«Pero ¿por qué?», preguntó tras una pausa.

«Ni idea».

«Estábamos buscándote —dijo Thatcher—. Voy con Marx. Nos reuniremos e iremos juntos».

«No hay tiempo —respondí mientras nadaba con determinación—. Os espero en el templo».

«¡Espera, Thais! Es peligroso que vayas sola…».

«No te preocupes —interrumpí con impaciencia—. Hasta ahora».

Haciendo caso omiso de sus protestas, seguí adelante con una determinación inquebrantable. ¿Por qué esperar, si podía estar recogiendo llaves?

El templo se alzaba ante mí, una enorme pirámide escalonada con figuras talladas en la superficie. A diferencia del resto de la arquitectura de Memorica, basada en el coral y el cristal, aquel edificio era más oscuro, más antiguo, construido con piedra volcánica.

Nadé al interior sin dudarlo y entré en una amplia sala sostenida por columnas talladas con la forma de antiguas criaturas marinas.

Una luz verde clara se filtraba por las grietas del techo, trazando dibujos moteados en el suelo de piedra.

Me llegaban susurros de todas partes y de ninguna, algunos en idiomas que reconocía y otros en sonidos que no podría emitir una garganta normal.

Las voces me desorientaban y hacían que me resultara difícil concentrarme, pero seguí adelante, en busca de las llaves.

Los pasillos se ramificaban en varias direcciones, todos ellos para adentrarse en el lúgubre interior.

Elegí uno al azar y lo seguí hasta llegar a una cámara circular dominada por un altar de piedra.

Allí, sobre el altar, una llave de los susurros trazaba círculos lentos en la corriente. Su superficie opalescente cambiaba sin cesar entre la forma sólida y un conjunto de minúsculas burbujas plateadas que se disolvían antes de escapar a su influencia.

Sonreí y buceé en su dirección con brazadas seguras.

En el momento en que mis dedos estaban a punto de cerrarse sobre ella, capté un movimiento por el rabillo del ojo y giré justo a tiempo para esquivar la lanza traslúcida que atravesó el agua por donde yo acababa de estar.

Había un competidor en el umbral. Lo reconocí al instante: Vance.

El portador de energía de la Prueba, aquel cuyo poder estallaba en ráfagas letales, al que yo estaba a punto de matar cuando Miria nos detuvo.

De sus manos palpitantes surgían orbes de energía blanca y morada que se le arremolinaban alrededor de los dedos.

—Vaya —dijo con una voz distorsionada, pero sin duda complacida—. Si es la chica de las estrellas. Miria no está aquí y esta vez no podrá salvarte.

—No necesito que me salven —dije entre risas—. Aunque puede que tú sí.

—Eso es mío —dijo señalando la llave con un gesto—. Si te retiras ahora, tal vez te deje vivir.

—Adelante, intenta quitármela.

Atacó sin previo aviso, con tres ráfagas de energía en rápida sucesión.

Los orbes surcaron el agua, dejando a su paso estelas de burbujas de ebullición.

Invoqué la luz estelar y formé un escudo contra el que se estrellaron los proyectiles.

El impacto envió ondas de choque por el agua, pero el escudo resistió.

Antes de que pudiera lanzar más orbes, contraataqué con una esfera de luz estelar comprimida.

Vance la esquivó, pero por los pelos: la esfera le rozó el hombro y lo hizo girar en el agua. Su rostro se contorsionó de dolor y rabia mientras recuperaba el equilibrio.