Capítulo 30. Hydrathis #3
Un grito agónico cortó el agua, distorsionado pero inconfundible. Volví la cabeza hacia él, solo un poco. Había otro competidor a unos cincuenta pasos, rodeado por un monstruo distinto: una enorme serpiente verdosa con el dorso cubierto de púas lo envolvía con su cuerpo.
El competidor se agitaba con violencia; su terror era evidente incluso de lejos. Con cada movimiento producto del pánico, con cada grito burbujeante, la serpiente se hacía más grande y sus púas crecían y se afilaban.
Entonces, con una rapidez aterradora, aquellas púas giraron hacia dentro.
El agua se tiñó de sangre.
El competidor se debatía cada vez con menos fuerza, hasta que por fin quedó inmóvil. La serpiente empezó a perder definición. Su forma se onduló y los bordes se volvieron difusos, hasta que se disolvió en el agua como si nunca hubiera existido en realidad.
«Dioses —jadeé—. Era su miedo. El pánico la hacía más fuerte, hasta que…».
«Hasta que lo ha matado», terminó Thatcher con solemnidad.
Y entonces lo entendí.
«Thatcher, tu monstruo… se formó después de que tocaras la llave, de que vieras los recuerdos que te mostró».
La comprensión se abrió paso en su mirada.
«“Las aguas de Memorica no solo reflejan lo que sois, también lo liberan” —dijo, citando el aviso de Thalor—. Son manifestaciones de nuestras emociones, y se alimentan de ellas».
«Así que, si controlamos nuestras emociones…».
«Controlamos esas manifestaciones».
Nos cogimos de la mano y cerramos los ojos.
Me imaginé las aguas tranquilas de Cresta Salada al amanecer, el rítmico golpeteo de las olas contra la costa, el peso familiar de un remo en mis manos.
Poco a poco, de modo deliberado, ralenticé mi respiración, los latidos del corazón y dejé a un lado el pánico que amenazaba con devorarme.
Cuando volví a abrir los ojos, las bestias se desvanecían; se volvieron traslúcidas, luego transparentes, y, por fin, nada más que ondulaciones en el agua.
«Ha funcionado» —me transmitió Thatcher con evidente alivio.
«Por ahora —avisé—. Pero tenemos que ser cuidadosos. Cualquier emoción fuerte podría hacerlos reaparecer».
«Tengo la sensación de que no será la última vez que las veamos», transmitió. Alargó la mano para agarrar de nuevo la llave, pero ya preparado para sus efectos.
Con movimientos rápidos y eficaces, la guardó en su receptáculo y bloqueó el cierre.
«¿Qué has visto?», le pregunté al notar el horror que todavía le asomaba a los ojos.
Thatcher tenía el rostro ceniciento y le temblaban un poco las manos.
«Yo era… Era una madre. Sentía lo mismo que ella. Estaba acostando a sus hijos, les cantaba una nana. Entonces, las paredes se agrietaron y el agua entró en tromba por las ventanas».
Calló y cerró los ojos para aplacar el recuerdo.
«Intentaba llegar hasta ellos —continuó—, pero la corriente era demasiado fuerte.
Sentí cómo se le llenaban los pulmones de agua mientras veía alejarse a sus hijos, arrastrados por la corriente.
Su último pensamiento fue preguntarle a Thalor por qué los había abandonado.
—Se le quebró la voz—. La he sentido morir, Thais.
He sentido cómo se le rompía el corazón antes de dejar de latir».
«Dioses —jadeé—. Yo he visto a un sacerdote que hacía algún trato turbio. Y luego mis manos quemaban escritos cuando el agua lo inundó todo. Yo también lo he sentido morir».
«Fuera lo que fuese lo que ocurrió aquí —dijo Thatcher con voz queda—, todos pagaron el precio».
Ya nos habíamos hecho con dos llaves, pero los auténticos horrores de Memorica apenas empezaban a revelarse.
De pronto, estalló una conmoción procedente del anfiteatro. Vimos varias figuras que nadaban frenéticas.
«¡Es Marx!». Incluso a aquella distancia reconocí su silueta. Peleaba, rodeada de figuras que trazaban círculos. Una bestia enorme y furiosa parecía estar atacándola.
«Espera. —Thatcher me cogió del brazo—. Necesitamos un plan. Esas manifestaciones…».
«No hay tiempo», interrumpí, y me solté de un tirón.
Me impulsé hacia delante a través del agua, con una nueva sensación de urgencia.
Nadé con todas mis fuerzas, concentrada por completo en llegar hasta Marx. No me di cuenta del sutil cambio de la corriente; una poderosa resaca me atrapó y me arrastró a un lado.
«¡Thais, cuidado!». El aviso de Thatcher llegó demasiado tarde.
Al volverme vi un vórtice de agua y aire, un ciclón que se había formado sin previo aviso. Se elevaba desde el fondo hacia la lejana superficie, como una columna giratoria de destrucción que ya me atraía hacia su órbita.
Luché con la corriente moviendo brazos y piernas con desesperación, pero el tirón era demasiado fuerte. En pocos segundos me vi atrapada en su contorno, arrastrada de forma inexorable hacia el centro.
«¡THAIS!». El grito de Thatcher perforó nuestro vínculo mientras el vórtice me tragaba.
Lo último que vi fue su rostro, deformado por el horror, y una mano que se extendía hacia la mía desde una distancia imposible. Luego, todo se disolvió en el caos y el ciclón se adueñó de mí, me apartó de mi hermano y me arrastró a las profundidades, hacia el corazón ignoto de Memorica.