Capítulo 30. Hydrathis #2
Sentí un alivio tan repentino que casi me desmayé.
Me quedé donde estaba y contemplé cómo descendía hacia mí con potentes brazadas.
Al habernos criado en Cresta Salada, los dos éramos buenos nadadores, pero bucear era muy distinto de moverse entre las olas marinas a poca profundidad.
Thatcher se adaptó enseguida. Por fin llegó hasta mí y chocamos, formando un lío de brazos y piernas hasta que conseguimos separarnos.
El cabello le flotaba alrededor de la cabeza como algas oscuras, y el encantamiento para respirar latía en su garganta con una luz azul.
«¿Has visto algún rastro de Marx o de Kyren?», me preguntó mientras examinábamos nuestros alrededores.
«Aún no —respondí—. Pero tenemos que empezar a buscar las llaves. Recuerda lo que nos han dicho: el número es limitado. Podemos intentar encontrar a los otros mientras las buscamos».
«Si han sobrevivido a la inmersión», pensó apesadumbrado.
«Seguro que Marx sí. Es demasiado terca para morir», le envié.
«Al menos tenemos una ventaja… No habrá muchos competidores que hayan crecido tirando de redes y buceando para recoger ostras».
«Cierto».
Memorica era una enorme metrópoli submarina, sumergida muchísimo tiempo atrás. Las torres cubiertas de coral vivo se alzaban en espiral, con la superficie tachonada de perlas resplandecientes.
Bancos de peces se desplazaban entre las estructuras con movimientos sincronizados, como si compartieran una sola mente. A lo lejos, algo que parecía un gigantesco anfiteatro se elevaba desde el lecho marino.
Thatcher señaló el extremo más alejado de la ciudad, donde los edificios terminaban de modo abrupto en lo que parecía ser un precipicio submarino.
Más allá, el agua adquiría una negrura impenetrable.
Justo al borde del abismo había una construcción distinta de las otras, enorme y mucho más ornamentada.
«El archivo —comprendí—. Nuestro destino final».
Pero antes necesitábamos las llaves. Miré alrededor y traté de formular un plan.
«Allí. —Thatcher señaló una gran plaza, entre dos edificios que parecían templos—. Tiene pinta de ser un sitio donde se guardarían cosas importantes».
«Vale la pena probar».
Nos dirigimos hacia allí a toda prisa, dejando que el instinto nos guiase. Nuestros cuerpos sabían cómo atravesar el agua, cómo conservar las fuerzas, cómo leer los sutiles cambios de presión que a su vez señalaban cambios en el entorno.
Habíamos recorrido la mitad de la distancia a la plaza cuando un movimiento captó mi atención: un destello plateado, detrás de una columna de coral. Cogí del brazo a Thatcher y señalé.
«¿Qué ha sido eso?».
«Algo inmenso. Y con lo que no podemos entretenernos ahora mismo», me respondió a través del vínculo.
«Sigue moviéndote; pero no bajes la guardia».
Nos acercamos a la plaza con más cautela.
Era circular, rodeada de altísimas columnas de cristal que proyectaban una luz prismática sobre el espacio abierto.
En el centro, flotando a algo más de la altura de una persona, había dos lágrimas de cristal idénticas a las llaves de los recuerdos que nos había mostrado Thalor.
«¡Dos! —transmití, incapaz de creer en nuestra suerte—. Demasiado fácil».
«Tal vez —respondió Thatcher—. Pero las necesitamos de todas formas».
«Podría ser una trampa».
«Desde luego. La pregunta es: ¿qué tipo de trampa?».
Rodeamos la plaza, manteniéndonos cerca de las columnas, mientras buscábamos cualquier señal de peligro: bestias guardianas, mecanismos de disparo, otros competidores al acecho. Pero no había nada, solo las llaves que daban vueltas despacio en el centro.
«Voy yo —decidí, y extraje un receptáculo de la mochila—. Cúbreme».
«Ten cuidado», me avisó Thatcher, y se situó para poder cubrir todas las direcciones desde las que alguien pudiera aproximarse.
Buceé hacia las llaves, con los músculos tensos, a la espera de un ataque que no llegó.
Al acercarme me di cuenta de algo extraño: imágenes que parpadeaban en las profundidades de los cristales, demasiado rápidas para poder identificarlas.
Provocaban un efecto hipnótico que casi me arrastraba hacia allí en contra de mi voluntad.
Cerré los dedos sobre la primera llave y el mundo estalló.
No era fuego ni destrucción. Eran recuerdos…, aunque, claramente, no los míos.
Manos jóvenes. Dedos temblorosos manchados de tinta. Vi a un anciano ataviado con una túnica de intenso color turquesa, que aceptaba una pesada bolsa de una figura encapuchada. Un pergamino lacrado cambió de manos.
La realidad se distorsionó. Una nueva escena. Las mismas manos manchadas de tinta quemaban manuscritos con frenesí mientras las campanas tañían en lo alto. El agua se colaba bajo la puerta y subía cada vez más, demasiado deprisa. Una plegaria final a Thalor que moría en unos labios que se ahogaban.
El asalto sensorial fue tan inesperado, tan visceral, que jadeé; me entró agua en la boca y el encantamiento la procesó. Había revivido la muerte de alguien.
«¡Thais! —La voz mental de Thatcher se abrió paso por el diluvio de imágenes—. ¿Qué te pasa?».
Era incapaz de responder, de formar pensamientos coherentes; los recuerdos seguían inundándome.
«La llave, Thais».
La llave. Cierto. Con un esfuerzo tremendo, logré centrarme de nuevo en el presente. Aún aferraba la llave en la mano, y una luz pulsaba en su superficie.
«Muestra recuerdos —conseguí decir; hasta mi voz mental temblaba—. Recuerdos de Memorica. De su final».
«Métela en el receptáculo —me apremió Thatcher—. Ahora voy yo a por la mía».
Con manos trémulas, introduje la llave en la esfera de cristal. Incluso guardada allí, aún latía y las imágenes seguían siendo visibles dentro de ella, pero ya no me abrumaban los sentidos.
«Ten cuidado —le dije mientras me guardaba el receptáculo en la mochila—. Es… muy intenso».
Thatcher asintió y nadó hacia la segunda llave; se movía de forma deliberada, con precaución. Lo vi aproximarse y me fijé en que sus movimientos se hacían más lentos a medida que se acercaba, como si se enfrentara a alguna resistencia invisible.
Cuando sus dedos rozaron por fin la superficie de la llave, su cuerpo se puso rígido. Abrió mucho los ojos y luego se quedó con la mirada perdida.
Algo iba mal.
La expresión de Thatcher era de puro horror. Abrió la boca en un grito silencioso y de sus labios escapó un chorro de burbujas. Su cuerpo se convulsionaba, como si tratara de apartarse de la visión que le estuviese mostrando la llave, pero la mano seguía cerrada a su alrededor.
«¡Thatcher! —lo llamé por el vínculo—. No es real. ¡Lo que estás viendo no es real!».
No dio el menor indicio de haberme oído. Su rostro se retorcía, con el dolor grabado en cada arruga. ¿Qué estaba viendo? ¿Qué recuerdos había decidido mostrarle la llave?
Y en ese momento noté algo: una silueta oscura que se formaba sobre él, a partir de la nada. Al principio solo era una sombra, una distorsión del agua. Pero a cada segundo que pasaba adquiría una forma más definida: afilada, predatoria, dotada de aletas, dientes y maldad.
Empecé a nadar hacia él para romper su conexión con la llave cuando algo más se movió en la periferia de mi campo visual.
Me volví y vi que un ser se materializaba a mi lado: un tiburón con escamas que parecían de metal negro.
Lo que me dejó paralizada no fue su poderosa presencia, ni las hileras de dientes, sino los ojos, unos ojos de color añil, idénticos a los míos.
«Thatcher —insistí, haciendo un esfuerzo para mantener la voz calmada—. Tienes que soltar la llave. Ahora».
Por fin, mi mensaje se abrió paso hasta él. Parpadeó unas cuantas veces y luego apartó la mano como si se hubiera quemado. La llave flotó en el agua, olvidada de momento, y él giró y se encontró cara a cara con la bestia que se había formado a su espalda.
«No te muevas —le transmití, y yo hice lo mismo—. Nos están rodeando».
Los dos animales nadaban trazando círculos lentos y deliberados a nuestro alrededor.
Mantenían la distancia a la perfección, con movimientos sincronizados como una danza coreografiada con todo cuidado.
El que estaba cerca de Thatcher era diferente del mío, más grande, con unas placas acorazadas que le descendían por la columna vertebral, pero los ojos eran iguales. Añil.
«Han aparecido de la nada —me llegó la voz tensa de Thatcher—. No estaban ahí, y al instante siguiente…».