The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 30. Hydrathis
43%

Capítulo 30. Hydrathis

C uando nos reunimos, a la orilla del gran lago, hacía un calor opresivo. El agua reluciente se extendía hasta el horizonte, sumida en una calma antinatural.

—Esto es una locura —dije con los ojos entornados.

Marx estaba a mi lado, cruzada de brazos.

—¿Ya estás preocupada, Morvaren? Y yo que creía que te estabas acostumbrando a las experiencias cercanas a la muerte.

—Lo que me preocupa es lo que pueda vivir en ese lago.

Marx observó el grupo de gente con los ojos entrecerrados.

—¿Dónde está tu hermano?

Al verme, Thatcher, que estaba en la orilla con una expresión seria pero decidida, se abrió paso hasta nosotras y saludó a Marx con un gesto breve.

—Todo el mundo está tenso. No sé en qué consistirá este Juicio, pero los tiene a todos asustados.

—Mejor —señaló Marx—. El miedo vuelve estúpida a la gente, y eso nos da ventaja.

Iba a responder cuando vi que alguien se acercaba a nuestro grupito. Kyren. Su rostro mostraba agotamiento, pero los ojos estaban atentos.

—¿Tenéis la menor idea de lo que nos espera? —preguntó tenso.

Crucé una mirada rápida con Thatcher. Casi no conocíamos a Kyren, pero en la cacería se había mostrado muy capaz.

—Me imagino que la misma que tú —respondió Thatcher—. No ha habido tiempo para prepararse, pero al menos todos tenemos la misma desventaja.

Del centro del lago brotó un géiser que se retorció y ascendió formando una violenta columna.

Se elevó casi hasta el cielo y luego se cohesionó en una forma vagamente reconocible.

Thalor, suspendido sobre la superficie. La piel se le ondulaba como una charca agitada, y las escamas verdeazuladas brillaban en la carne traslúcida.

De las yemas de los dedos le caía agua, que no llegaba a alcanzar el lago; cada gota quedaba inmóvil en el aire y luego ascendía para fundirse de nuevo con su cuerpo.

—Bienvenidos, supervivientes. —La voz nos golpeó y me resonó en el pecho hasta casi impedirme respirar.

A sus espaldas, el aire brilló y distorsionó el cielo cristalino hasta adoptar la forma de otra figura, que sin duda sería Sylphia.

Flotó al lado de Thalor, con el cabello plateado ondulándose alrededor de su cara pese a que, desde la orilla, no notábamos la menor brisa.

Mientras que él parecía sólido pese a su naturaleza líquida, ella tenía una apariencia insustancial, más una insinuación que una forma física, con los bordes en continuo movimiento.

—La ciudad de Memorica aguarda —anunció—, antigua y paciente, en las profundidades.

—Cada competidor —continuó Thalor— debe encontrar tres llaves para desbloquear el Archivo de las Sirenas.

La luz se coaguló sobre su palma y formó una gota cristalina que giraba poco a poco sobre sí misma.

—Las llaves de los recuerdos —explicó—, que preservan los últimos instantes de aquellos que nos precedieron.

La primera llave se disolvió y en su lugar se formó una segunda, con la forma de una caracola.

—Las llaves de los ecos, que llevan consigo los sonidos de las consecuencias.

La tercera llave se materializó: una esfera perfecta que emitía diminutas burbujas plateadas.

—Las llaves de los susurros, que contienen las confesiones de los ahogados.

—No todos encontrarán lo que buscan. —La voz fría de Sylphia se abrió paso en mis pensamientos—. El número de llaves es limitado, menor que el de personas presentes frente a nosotros.

La tensión fluyó como una ola entre los competidores allí reunidos. Un número limitado de llaves significaba que algunos, quizá muchos, no sobrevivirían.

Kyren, que estaba a mi lado, maldijo entre dientes.

—Tenemos que actuar deprisa —susurró—. Cada uno necesitará su propio conjunto de llaves. Dado que somos cuatro, eso son doce.

Asentí con gesto sombrío. El cálculo era sencillo y brutal.

—Necesitaréis esto —dijo Thalor. Unos ayudantes oscuros se movieron entre nosotros y nos entregaron mochilas impermeables.

Abrí la mía y vi que dentro había tres cajas de cristal, cada una de ellas dotada de un intrincado mecanismo de cierre.

Parecían frágiles, pero sospeché que serían todo lo contrario.

Al pasar el pulgar sobre la superficie suave de uno de ellos vi unos dibujos iridiscentes que formaban ondas en sus profundidades.

—Colocad cada llave dentro de su receptáculo —ordenó Thalor, y el agua empezó a agitarse detrás de él—.

El lago sabe lo que se oculta tras vuestras máscaras —dijo.

Su voz había descendido a un registro tan grave que sentí la vibración en los huesos—.

Igual que supo la verdad de los que vinieron antes que vosotros.

Sylphia se acercó con lentitud.

—Lo que guardáis en vuestro interior puede convertirse en vuestra mayor amenaza.

—Encontrad las tres llaves y llegad al archivo —concluyó Thalor—. Pero recordad: las aguas de Memorica no solo reflejan lo que sois, también lo liberan. Y Memorica no perdona a aquellos que esconden su naturaleza.

Las palabras quedaron flotando en el aire, con un peso ominoso que no supe situar.

—Acercaos —ordenó Sylphia, señalando la orilla con un gesto.

Dudé, pero los competidores avanzaron a mi alrededor como si tirasen de ellos hilos invisibles. Con las rodillas temblorosas, me obligué a unirme a la fila que se estaba formando.

Uno tras otro, nos adentramos en las aguas poco profundas. Su tacto contra mi piel era extraño: demasiado espesas, casi gelatinosas, y mucho más frías de lo que debería bajo aquel sol inclemente.

Cuando llegó mi turno, Thalor descendió hasta flotar sobre el agua delante de mí. Sin previo aviso, me apretó la garganta con el pulgar.

El dolor estalló como una onda que se expandiera a partir del punto de contacto, un fuego gélido que se me extendió por el cuello y los pulmones.

Jadeé y me llevé las manos a la garganta, pero la sensación ya se estaba desvaneciendo y dejó en su lugar un extraño peso en mi pecho, como si se me hubieran llenado los pulmones de algo más denso que el aire.

—El encantamiento para respirar se activará en cuanto estéis sumergidos por completo —explicó Thalor, cuyo rostro enorme estaba tan cerca del mío que resultaba incómodo. Podía ver mi reflejo, distorsionado y diminuto, en sus pupilas—. Si os resistís, os ahogaréis.

—¿Qué sucede si falla el encantamiento? —preguntó alguien, una mujer alta cuyo nombre nunca me había molestado en aprender.

La sonrisa de Sylphia era como una cuchillada en su rostro.

—Que os uniréis a los residentes permanentes de Memorica.

—¿Y de cuánto tiempo disponemos? —se interesó otro competidor.

—Hasta que las profundidades se os vuelvan insoportables —respondió Thalor, que se deslizó despacio de vuelta al centro del lago.

La presión que sentía en los pulmones se incrementaba y hacía que cada inspiración fuese un poco dolorosa. Lo que nos hubieran hecho ya estaba en marcha.

Busqué a Thatcher entre la gente. Extendió la mano y yo la cogí para que su sólida presencia me diera fuerzas.

—¿Juntos? —preguntó.

—Siempre —respondí, y sentí la certeza en nuestro vínculo. Fuera lo que fuese lo que venía a continuación, nos enfrentaríamos a ello como siempre habíamos hecho con todo: el uno al lado del otro.

El rugido se hizo más fuerte, y de pronto comprendí que no estaba tan solo en mi cabeza. El lago se movía.

Thalor levantó los brazos, y el agua que teníamos enfrente empezó a alzarse y formó un muro que se elevó más y más por encima de nosotros, alto como una montaña, sostenido por la voluntad divina. Un maremoto congelado en el momento previo a la destrucción.

Se me hizo un nudo en la garganta. No podía respirar ni moverme, ni siguiera gritar, mientras contemplaba la enorme ola que colgaba sobre nosotros.

—La ciudad se ahogó —resonó la voz de Thalor por toda aquella extensión—. Pero ¿por qué?

Y, entonces, la ola se abatió.

Me golpeó con furia y me arrastró con tanta fuerza que me dejó sin aire en los pulmones.

El mundo desapareció, absorbido por una agitada oscuridad.

El agua me llenaba la nariz, la boca, los ojos.

Di vueltas sobre mí misma, incapaz de distinguir arriba de abajo, mientras la corriente me arrastraba a las profundidades.

La presión en los oídos aumentó hasta que creí que me iban a reventar los tímpanos. Me ardían los pulmones, desesperados por la falta de aire, pero solo había agua por todas partes, que invadía mis sentidos por completo.

«No respires —me ordené para luchar contra aquel instinto básico—. El encantamiento. Espera al encantamiento».

Ganó el pánico. Me quedé sin aire e inhalé por reflejo, esperando sentir el dolor ardiente del ahogamiento.

Pero la marca que tenía en la garganta ardió con un fuego frío y el agua se transformó en algo que mi cuerpo era capaz de procesar. La quemazón de los pulmones disminuyó.

Me forcé a inspirar de nuevo. La sensación era desconcertante, como inhalar una seda líquida que, por algún motivo, no me mataba. Era extraño en todos los sentidos, pero me mantenía con vida.

Poco a poco, las violentas corrientes amainaron. Me orienté. Arriba, la superficie era un techo de luz, lejano y ondulante. Debajo de mí, la ciudad sumergida se extendía en todo el esplendor de su arquitectura imposible.

Me agité en el agua, buscando con desesperación.

La ciudad se extendía en todas direcciones, un laberinto de coral, cristal y perlas.

Vi a los otros competidores como motas lejanas dispersas sobre la ciudad, igual que yo.

Traté de distinguir a mis aliados, pero ninguno de ellos estaba lo bastante cerca para reconocerlo.

El encantamiento para respirar me mantenía con vida, pero no sofocaba la creciente oleada de terror que me invadía. ¿Les habría fallado a ellos el encantamiento? ¿Estarían…?

«Aquí».

La voz de Thatcher atravesó el pánico que me desbordaba.

«¿Dónde?» insistí, sin dejar de dar tumbos.

«Mira hacia arriba. A tu derecha».

Me retorcí de nuevo y por fin lo vi: una figura oscura, silueteada contra la superficie, a bastante distancia.