Capítulo 29. Fantasmas en el jardín #3
El despacho de Morthus era una amplia cámara en cuyas paredes se alineaban antiguos volúmenes, dominada por un enorme escritorio de obsidiana. El dios de la muerte, de pie, estudiaba un grueso pergamino sellado con dos marcas gemelas, una azul y la otra plateada.
Cuando entramos levantó la vista y despidió al sirviente con un gesto.
—Padre… —saludó Xül, aflojándose el cuello de la camisa.
—Ha llegado un mensaje —anunció Morthus sin más preámbulos, con el pergamino en la mano—. Lleva los sellos de Thalor y Sylphia.
Xül se quedó inmóvil.
Morthus rompió los sellos con un giro de muñeca y desenrolló el pergamino. A medida que leía, su rostro se volvía cada vez más sombrío.
—«El segundo Juicio empieza mañana al amanecer —anunció—. Todos los competidores supervivientes deben presentarse en el lago occidental de Hydrathis, donde Thalor y Sylphia supervisarán un Juicio de agua y viento».
—¿Mañana? —se me escapó antes de poder contenerme. El miedo me congeló la columna. Mi cuerpo todavía se acordaba del trauma de la caza.
—Se trata de algo sin precedentes —protestó Xül, con ira apenas contenida—. Estas prisas no sirven para nada, excepto para aumentar las bajas.
—Puede que ese sea el objetivo —respondió Morthus con voz apagada.
Me temblaban las piernas y me tuve que agarrar a una estantería cercana para equilibrarme. Otro Juicio. Al día siguiente. Nos lanzaban de cabeza al peligro sin tiempo para prepararnos ni para curarnos.
—Debemos irnos ahora mismo —indicó Xül, que se volvió a mirarme con una urgencia que no le había visto jamás.
—Abriré un portal a la Aguja de Hueso —ofreció Morthus, sombrío.
Xül asintió. Tenía los hombros tensos.
—Gracias, padre.
La tensión tras la disputa de aquella misma noche seguía presente en ese breve intercambio. Morthus asintió y luego se giró hacia mí.
—Que tengas suerte en el Juicio, Thais Morvaren. Ha sido un placer tenerte en nuestro hogar.
Asentí; era el único movimiento del que me sentía capaz. Morthus extendió las manos y trazó en el aire complejos dibujos con los dedos. La realidad vibró y se abrió como una cortina, para mostrar al otro lado un atisbo de las estancias de Xül en la Aguja de Hueso.
—Marchad enseguida —ordenó Morthus—. Estas conexiones no deben estar abiertas demasiado tiempo.
Xül me cogió de la mano con firmeza y tiró de mí hacia el portal. Lo cruzamos a la vez; la transición fue tan suave que casi ni la noté.
En cuanto el portal se cerró a nuestra espalda, Xül me soltó la mano y se puso a dar vueltas por la habitación.
—Increíble —murmuró, para sí más que para mí.
—¿Qué significa eso? —pregunté—. ¿Thalor y Sylphia juntos?
Se paró en seco y se volvió a mirarme.
—Significa peligro. Agua y viento. Emociones y secretos. —Apretó los puños junto a los costados—. Nada bueno puede salir de esa combinación, y menos aún para alguien con secretos como el tuyo.
—¿Cómo voy a sobrevivir a eso?
Su expresión era un torbellino de frustración.
—No hay tiempo para prepararse. No hay ninguna técnica útil que te pueda enseñar en una sola noche y que pueda servirte de algo.
—Entonces ¿qué hacemos? —pregunté sin alzar la voz.
—Descansa —respondió con sencillez—. Vas a necesitar hasta tu último rescoldo de fuerza.
Se me escapó una risa áspera.
—¿Descansar? ¿Cómo voy a descansar sabiendo que mañana me lanzarán de cabeza a otra trampa mortal?
Xül se me acercó.
—Quédate aquí esta noche —propuso con el tono más suave que le había oído jamás.
El ofrecimiento, con todo lo que implicaba, quedó colgando en el aire.
Tras lo ocurrido en el jardín, aquel momento de vulnerabilidad, quedarme habría sido cruzar una línea para la que aún no estaba preparada.
Aquella noche ya le había revelado demasiado.
Y él a mí, cosas que me habían confundido todavía más.
—Aunque estoy seguro de que verme dormir te resultaría emocionante —dije—, te ahorraré el aburrimiento y volveré a mis habitaciones.
Una sombra de su mueca sardónica habitual asomó por un instante a sus facciones.
—Tu forma de dormir no es tan fascinante, estrellita.
—Estamos de acuerdo. —Me dirigí a la puerta.
—Thais… —Su voz me hizo detenerme en el umbral. Cuando lo miré de reojo, me lanzó una mirada penetrante que me dejó clavada en el sitio—. Si quieres quedarte aquí, si no quieres estar sola, puedo dormir en el sillón.
—No digas tonterías. —Le devolví una mirada firme—. Soy perfectamente capaz de pasar la noche sola.
Me observó unos momentos; comprendí que sopesaba si debía insistir más o no, y al parecer vio en mis ojos una resolución que lo convenció de que no era necesario.
—De acuerdo —aceptó por fin—. Descansa donde prefieras.
Me marché sin una palabra más y recorrí los pasillos a oscuras hasta mi habitación. Cada paso era a la vez una victoria y una pérdida. Había reafirmado mis límites y mantenido intacto mi orgullo, pero el gélido vacío de la habitación me resultó opresivo tras la calidez de su presencia.
Mientras estaba tumbada en la cama, con la vista clavada en el techo, no pude quitarme de encima la sensación de que había tomado la decisión correcta por los motivos incorrectos. O quizá la decisión incorrecta por los motivos correctos.