The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 29. Fantasmas en el jardín #2
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Capítulo 29. Fantasmas en el jardín #2

—En teoría —reconoció—. Ese era el plan.

La sinceridad me dolió más que si hubiera mentido; pero, al menos, no fingía.

—¿Y ahora? —insistí, incapaz de dejar el tema.

No me respondió de inmediato, y, cuando habló, su voz había cambiado y en ella subyacía la tristeza.

—Ahora me encuentro en la insólita situación de querer proteger tu secreto en vez de explotarlo.

—No me pareciste muy protector antes. —No pude evitar el tono cortante de mis palabras—. Cuando amenazaste todo aquello que me importa.

Se frotó la nuca con el ceño fruncido.

—Estaba asustado.

—¿Tú? —salté incrédula—. ¿El príncipe de la muerte, asustado?

—Sí, yo. —Se levantó con un movimiento fluido y se acercó al borde de la fuente.

Al meter los dedos en la oscura superficie, perturbó el reflejo perfecto del cielo nocturno—.

Lo que he averiguado hoy, lo que has oído…

cambia las cosas. Pero no lo puedes comprender.

—Dejó la frase en el aire y tensó los hombros—. Reaccioné mal.

—Amenazaste a todos mis seres queridos —repetí; el recuerdo me seguía hiriendo—. Me hiciste sentir…

«Indefensa. Aterrorizada».

—Sí, es cierto. —Me encaró sin el menor intento de desviar la mirada—. Y de verdad que lo siento. Creo que se ha convertido en una reacción instintiva.

La disculpa me dejó boquiabierta. «Lo siento». Dos palabras sencillas que era muy raro oír en aquellos labios tan hermosos.

«No te fíes —insistió la parte más cautelosa de mí—. Es otro intento de manipulación. Otro truco».

Pero la sinceridad desnuda de su expresión me dificultaba creer ese aviso.

—Todo lo que he hecho ha sido para mantenerte con vida, estrellita.

—¿Así lo justificas? —le pregunté al tiempo que me ponía en pie—. ¿El aislamiento, las amenazas, la frialdad? ¿Como males necesarios?

—No lo justifico —respondió, bajando la voz—. Vivo con ello, como vivo con todo lo demás.

—Entonces ¿tu reacción es volverte tan cruel como aquellos que te hicieron daño? —lo reté. Me acerqué a él sin pretenderlo—. ¿Levantar unos muros tan altos que ya ni siquiera puedas ver lo que hay al otro lado? ¿Amenazar y manipular a cualquiera que te aprecie?

Barboteé esas palabras sin tiempo de sopesar lo que implicaban. Cuando, demasiado tarde, comprendí lo que había revelado, me quedé inmóvil.

Abrió un poco los ojos, la única señal de que había captado mi desliz. No lo mencionó, ni se aprovechó de la ventaja como habría hecho en ocasiones anteriores.

—He alzado muros no solo para mantener fuera a los demás —respondió al cabo de un momento, en voz tan baja que tuve que inclinarme para oírlo—, sino también para mantener dentro una parte de mí. Algo que no pudieran llevarse, cambiar ni controlar.

La confesión me resultó familiar de modos que no quise ni contemplar.

¿Cuánto de mí misma había escondido yo a lo largo de los años?

¿Cuánto había sacrificado para mantener ocultos mis poderes, para proteger a los que amaba, para mantener la apariencia de que todo era normal?

Los muros con los que había rodeado mi corazón no eran muy distintos de los suyos, solo más nuevos; no había tenido que ponerlos a prueba una y otra vez.

Me fijé en las arrugas de tensión que rodeaban los ojos de Xül, en cómo se contenía de modo deliberado, incluso en aquel momento. Como si hubiera revelado más de la cuenta, como si se hubiera abierto demasiado.

Como si lamentara dejarme ver lo que había tras la máscara, aunque solo fuera por un instante.

—Comprendo —me limité a responder.

Entonces me miró, y la expresión reservada se relajó durante un instante fugaz.

—Creo que sí, que lo comprendes. —Dio un paso hacia mí—. ¿Sabes por qué me intrigas tanto, estrellita? —Lo dijo en voz baja, casi de mala gana.

—¿Por mi ingenio sin límites? —aventuré con una mueca burlona—. ¿O por mi arraigado intelectualismo?

—Porque me ves como soy —continuó sin hacer ni caso de mi intento de bromear, y me taladró con la mirada—.

No como el príncipe de Draknavor al que temer ni el heredero divino al que atrapar ni el dios de la muerte calculador a quienes otros adoran o desean impresionar.

—Apretó los dientes un instante—. Tú miras más allá de todo eso y ves lo que hay debajo.

Y, después —se me acercó otro paso—, tienes el atrevimiento de decirme la verdad, sin miedo y sin dobleces.

Tragué saliva, sin saber muy bien cómo responder a aquella revelación repentina.

—¿Te haces una idea de lo infrecuente que es eso?

—me preguntó, con voz aún más grave—. Nunca he conocido a nadie que no quisiera algo de mí: poder, protección, estatus, alianzas…

A nadie que no me mintiera a la cara solo por complacerme.

—Abrió y cerró las manos, como si tratara de contenerse—.

Todos ven lo que yo represento, lo que puedo proporcionarles.

Pero tú… Tú solo me ves a mí. Lo bueno y lo terrible, todo.

—No sé si eso pretende ser un cumplido —logré decir.

Una sonrisa se insinuó en sus labios.

—Ni yo. Pero es la verdad.

Se me acercó con deliberada lentitud, para darme tiempo de retroceder si lo deseaba. Todos mis instintos me gritaban que me apartara, que mantuviera la distancia, que recordara de lo que él era capaz.

Me quedé inmóvil, atrapada entre impulsos contradictorios que me paralizaban.

Cuando llegó hasta mí, su contacto no se pareció en nada al cruel agarre de la otra vez. Trazó con los dedos el contorno de mi rostro y apartó un mechón de pelo. La caricia me produjo un escalofrío.

—No me puedo creer que te esté contando todo esto —murmuró en voz baja y ronca—. ¿Qué hechizo me has lanzado, estrellita?

Lo miré a los ojos; me sentía incapaz de apartar la vista. Algo salvaje y peligroso, algo herido, me devolvió la mirada.

—Yo me preguntaba lo mismo respecto a ti.

Admitirlo fue difícil; arrancó un trocito de la armadura en la que había envuelto mi corazón. Tenía muchos motivos para odiar a aquel hombre, para temerlo, para usarlo como un medio para alcanzar un fin y nada más.

Y aun así…

Me atrajo hacia sí, un abrazo que al principio fue rígido y embarazoso, pero pronto se volvió cálido. Le apoyé la cabeza en el pecho y pude oír el ritmo estable de su corazón, tan corriente, tan mortal, pese a todo lo que era él.

«Debería apartarme. Debería recordar quién es, lo que ha hecho. Debería recordar mi objetivo: vengarme de los dioses que destruyeron mi vida».

Pero en aquel momento, rodeada por sus brazos, aquellas razones se desvanecieron como la niebla.

—Lo que te he dicho de guardar el secreto iba en serio. —La voz me resonó en el oído—. Debes olvidar lo que has oído hoy.

—Lo sé. —Su pecho amortiguó mi voz.

—Pero jamás debería haberte amenazado. —Me estrechó con un poco más de fuerza—. A ti no.

Esa distinción pareció flotar en el aire entre nosotros.

Cerré los ojos y me dejé llevar por aquel momento imposible, a salvo en los brazos de la mismísima muerte.

Una tosecilla discreta lo hizo saltar en pedazos.

Nos apartamos sobresaltados.

Un sirviente umbrío aguardaba a una respetuosa distancia, inclinado en una profunda reverencia.

—Disculpa mi intrusión, mi príncipe —dijo el sirviente—. Lord Morthus solicita tu presencia inmediata en su despacho. La mortal debe acompañarte.

Xül se puso serio.

—¿A estas horas?

—Ha llegado un mensaje, mi príncipe. Lord Morthus considera que es urgente.

La mirada del sirviente se demoró demasiado sobre mí.

Xül lo notó de inmediato.

—Mira a otro lado —ladró. Se quitó el abrigo de gala que llevaba, una prenda elegante de paño oscuro adornada con hilos de plata, y me lo echó por los hombros con un movimiento grácil que me envolvió por completo en el grueso tejido.

El peso resultaba reconfortante; el cuello todavía conservaba su calor y el aroma distintivo a cítricos y madera oscura.

—Ya está —murmuró, tan bajo que solo lo oí yo—. No hace falta darles un espectáculo a los sirvientes.

El miedo me revolvía el estómago. Los mensajes urgentes a medianoche nunca traían buenas noticias.

—Vamos ahora mismo —decidió Xül. Cualquier rastro del hombre que había vislumbrado en el jardín se había desvanecido por completo, remplazado por el príncipe de la muerte.

Seguimos al sirviente por pasillos silenciosos. A cada paso que nos adentrábamos en el palacio, el sonido del mar negro se amortiguaba más y más. Xül caminaba con pisadas precisas y regulares, pero la tensión era evidente en cada línea de su cuerpo.