The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 29. Fantasmas en el jardín
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Capítulo 29. Fantasmas en el jardín

L o encontré junto a la fuente que me había mostrado Osythe, la que tenía las gárgolas detenidas en pleno vuelo.

El cielo carmesí se había oscurecido hasta adquirir el color de la sangre vieja y proyectaba largas sombras en los caminos serpenteantes del jardín.

Xül estaba de pie, de espaldas a mí, con los hombros rígidos; su silueta se recortaba contra el horizonte cada vez más oscuro.

«Esto es una locura —susurró en mi cabeza la voz de la razón—. Da media vuelta. Vuelve a tus estancias. Recuerda quién es».

—Te dije que no volvieras a escuchar mis conversaciones a escondidas, estrellita.

Habló sin girarse, pero el aire nocturno me llevó su voz. Las palabras estaban desprovistas del tono afilado habitual; no había ni rastro de la fría autoridad que me había helado la sangre en la prisión. Más bien parecía vacío, casi derrotado.

—No es que hayáis sido muy discretos —me defendí. Salí a la vista, en guardia por si era necesario—. Medio palacio os debe de haber oído.

Suspiró, un sonido tan normal que casi resultaba inquietante.

—Y, sin embargo, solo tú has sido lo bastante estúpida para seguirme.

Me acerqué más, pero me cuidé de que la fuente se interpusiera entre nosotros.

—Prefiero pensar que soy curiosa, más que estúpida.

—Una distinción irrelevante si el resultado es el mismo.

—Se volvió por fin y al verlo casi perdí pie—.

Menudo atuendo para practicar el espionaje nocturno —dijo con voz grave y lenta, con un tono que se me coló bajo la piel en varios sentidos, ninguno de ellos bueno—.

¿Cuál era tu plan? ¿Distraer a los guardias del palacio con todo lo que esa bata no termina de tapar?

Me miré. La bata se había abierto durante el descenso por el palacio y dejaba a la vista el camisón.

—Intentaba dormir, pero os oí discutir —mentí—. No tuve tiempo de buscar la ropa más adecuada para escuchar a escondidas.

Me recorrió con la mirada, fijándose en cómo se me pegaba el ligero tejido al cuerpo. Tensó la mandíbula.

—Esto es… —bajó la voz— jugar con fuego, estrellita. No me encuentro en el estado mental más adecuado para verte así, desnuda excepto por esa ropa casi inexistente que te protege de la noche.

Dirigió la mirada al punto donde el frío había hecho sentir su presencia bajo la tela transparente e hizo una ligera mueca.

—El aire del jardín te sienta bien —comentó.

—Si ya has terminado… —acerté a decir, sonrojada a mi pesar.

—Ni de lejos —respondió. Xül siempre me había parecido intocable: frío, perfecto y distante. Pero, en aquel momento, una grieta rompía esa fachada inmaculada. Había en sus ojos un cansancio que no le había visto antes, un vacío que trataba de ocultar.

—¿Has venido a regodearte? —preguntó cuando por fin desvió la mirada—. ¿El temible príncipe de la muerte, humillado por los tejemanejes familiares? Estoy seguro de que para ti habrá sido todo un espectáculo.

—Si quisiera regodearme, habría traído vino —repliqué—. Y algo de tarta. Para celebrarlo en condiciones.

Hablé sin pensar, y por un breve instante creí que me había excedido. Luego torció los labios; no llegó a ser una sonrisa, pero se le acercó lo suficiente para aliviar la repentina tensión que me había atenazado el pecho.

—Esa lengua afilada nunca descansa —murmuró—. Algún día acabará por matarte.

—En este reino no faltan cosas que puedan matarme. Me arriesgaré con el sarcasmo.

De pronto fui muy consciente del jardín que nos rodeaba: el roce suave de plantas extrañas, el olor de las flores, la llamada distante de las bestezuelas. En Draknavor, todo parecía existir en el estrecho filo que separaba la belleza del terror.

Como su príncipe.

—Nyvora —pronuncié el nombre con cuidado—. ¿Tu padre quiere que os caséis?

Sus rasgos se tornaron inescrutables y apretó los dientes.

—Una unión perfecta, decidida en el paraíso absoluto.

—No quieres casarte con ella. —No era una pregunta.

—Qué perceptiva. —Se dirigió a un banco de piedra cercano y se dejó caer en él—. Mis preferencias nunca han sido de particular relevancia.

Vacilé y por fin me senté en el banco, a cierta distancia de él. El recuerdo de sus frías amenazas en la prisión todavía me quemaba bajo la piel. Aquel era el auténtico Xül, y no la figura atormentada que tenía a mi lado.

Lo era, ¿verdad?

«Recuerda lo que es —pensé, enfadada—. La muerte encarnada. La crueldad escondida tras un rostro hermoso. Ha amenazado todo lo que amas sin dudarlo ni un instante».

Pero otra voz en mi interior susurraba: «Entonces ¿por qué estás aquí?».

—¿Por qué no te parece adecuada? —pregunté; me moría de curiosidad, por mucho que no quisiera—. Además de porque es un matrimonio concertado, claro.

—¿Aparte de su personalidad? —Tableteó con los dedos sobre la piedra—. Representa todo lo que encuentro sofocante en la sociedad divina.

—Seguro que hay otras opciones —insistí—. Otras candidatas.

—Varias —dijo con voz ronca—. Una docena de ellas, que no me ven a mí, sino mi posición.

—¿Tu posición como heredero de Draknavor?

Le brillaron los ojos.

—Mi posición como herramienta útil en sus jueguecitos interminables.

Lo dijo con tanta vehemencia que me sobresaltó. Nunca lo había oído hablar con un resentimiento tan descarnado. El Xül que yo conocía, o que creía conocer, se lo guardaba todo bajo capas y capas de hielo e indiferencia.

—¿Alguna vez te has sentido como si toda tu existencia estuviera predeterminada? —La pregunta me pilló por sorpresa—. ¿Como si unas manos que no son las tuyas movieran tus hilos?

Los recuerdos cayeron sobre mí como una marea: verme obligada a esconder mis poderes, ver morir a Sulien por un secreto que ni siquiera era suyo, que me arrastrasen a la Prueba en contra de mi voluntad.

Toda mi vida estaba moldeada por fuerzas que escapaban a mi control, por los caprichos de seres divinos a los que no les importaba en absoluto lo que yo quisiera.

—Sí —reconocí. Había bajado la voz sin querer.

Asintió.

—Entonces lo entenderás mejor que la mayoría.

—Entender ¿qué?

—Nunca he sentido que mi vida me pertenezca —dijo eligiendo cada palabra con todo cuidado, y miró al cielo—. Nací siendo un peón en un juego que me superaba con creces… —La voz se apagó y su expresión se volvió más sombría—. Estoy tan atrapado como los prisioneros de mis celdas.

Aquella confesión me caló hondo. Yo, al menos, había disfrutado de veintiséis años de relativa libertad. ¿Cómo sería no haber tenido ni siquiera eso?

Me apreté los ojos con las palmas para tratar de desenredar mis emociones enmarañadas.

Lo que sentía por él no era solo atracción física, aunque eso también era real y no me ayudaba a concentrarme.

No, era algo aún más perturbador. Un sentimiento de reconocimiento mutuo, quizá.

La sensación de que Xül comprendía lo que significaba no acabar de pertenecer a ningún lugar, sentirte como si no fueras tu propio dueño.

¿Era ese el motivo de que me atrajera? ¿Aunque hiciera cosas que yo odiaba?

¿Esa experiencia compartida de estar fuera de sitio?

¿O se trataba de algo más sencillo, la emoción del peligro, la naturaleza prohibida de toda la situación?

¿O el modo en que me miraba a veces, como si pudiera ver en mi interior aquellas partes de mí que a mí misma me costaba aceptar?

—Tú y yo no somos tan diferentes —respondí al fin.

Volvió la mirada hacia mí.

—No —convino—. Supongo que no.

—Y entonces ¿que te molesta tanto de la personalidad de Nyvora? —pregunté. No podía quedarme sin saberlo—. ¿De qué va la cosa?

Sus facciones se ensombrecieron y desvió de nuevo la mirada.

—Las cosas cambiaron de modo muy evidente en cuanto ascendí. La misma mujer que antes se burlaba de mi sangre «contaminada» ahora quiere casarse conmigo. —Había un deje de amargura en su voz, controlado pero inconfundible.

—Oh.

—Hubo una reunión —prosiguió—. En alguna celebración.

Yo debía de tener diez años y me habían permitido por primera vez atender a un acto de esos.

Nyvora acudió con varias otras Leyendas jóvenes.

—Se calló y su expresión se volvió más seria—.

Ella los guio en un juego… Bueno, más bien fue una cacería.

Me persiguieron por todos los salones de Sundralis mientras me lanzaban insultos y cosas peores.

Supongo que uno de ellos había cogido un cuchillo en algún lado.

—Sin fijarse, se llevó la mano al cuello, donde un zigzag de plata se dibujaba sobre la piel bronceada—.

La crueldad de los niños divinos puede ser muy creativa —dijo con fingida ligereza—.

Sobre todo, si creen que sus actos no tendrán consecuencias.

Me sentí horrorizada.

—Te hicieron daño.

—Me dieron una lección —corrigió con frialdad—. Me enseñaron que el poder es el único lenguaje que respetan de verdad los divinos. Que las debilidades siempre van a ser explotadas.

Se me había quedado la boca seca. Tragué saliva.

—Así que te volviste intocable.

—Hice algo más que eso, estrellita. —Bajó la voz hasta adquirir un tono casi de confesión—. Recopilé conocimientos. Influencias. Mi padre colecciona almas; yo, secretos.

Aquella confesión explicaba mucho de él: la biblioteca, la observación constante, la atención cuidadosa a los detalles que otros pasarían por alto. Incluso el modo en que había extraído la información al portador de luz.

—Cuando participé en los Juicios, conocía cada debilidad, cada temor, cada secreto vergonzoso de aquellos que me habían atormentado, y que eran los tutores de un nuevo grupo de mortales. —Una oscura satisfacción asomó a sus facciones.

—Por eso trataron de matarte durante los Juicios —comprendí—. Miria me lo contó.

Asintió con una inclinación de cabeza.

—Temían lo que yo pudiera saber. Lo que podría hacer con ese conocimiento.

—Sí, me lo imagino.

—Secretos —siguió, pero hablaba más para sí que para mí—. Son la única moneda que controlo de verdad.

—¿Y eso es lo que soy para ti? —La pregunta me quemaba la garganta—. ¿Mi secreto es otra pieza de tu colección? ¿Otra arma?

Posó los ojos en los míos.