The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 28. La corte de la muerte #3
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Capítulo 28. La corte de la muerte #3

Me hundí en la enorme cama, tan suave que me envolvía como una nube. Debería haberme dormido al instante después de un día tan ajetreado, pero mi mente se negaba a acallarse, repitiendo todo el rato los retazos de conversación entre Xül y su padre que había captado.

No paraba de dar vueltas en la cama, enredándome las piernas en las sábanas, mientras se alargaban los minutos. ¿Sobre qué habrían estado discutiendo?

Hasta que no pude más y la necesidad de saberlo se impuso a la precaución. Salí de la cama, me puse la bata a juego con el camisón y me la anudé a la cintura. No dejaba mucho a la imaginación, pero me daba igual, porque no tenía intención de dejar que me vieran.

Sabía que debería quedarme donde estaba, que vagar sin invitación por el palacio del dios de la muerte era la mismísima definición de la insensatez.

Pero no podía dejarle todo el trabajo pesado a Thatcher.

Yo también tenía que investigar. Si aquella riña estaba relacionada con lo que habíamos descubierto en la prisión, si podía averiguar qué significaba aquello para Sundralis y Bellarium, no pensaba desperdiciar la oportunidad, y a la mierda las consecuencias.

Esperé lo suficiente para estar razonablemente segura de que Osythe se había retirado a sus aposentos; entreabrí la puerta e inspeccioné el pasillo en penumbra. No vi a nadie.

Salí a hurtadillas y volví sobre mis pasos escalera abajo, con cuidado de no emitir más sonido que los susurros del camisón contra la piel.

Al llegar abajo me paré a escuchar. En el palacio reinaba un silencio inquietante, y solo algún que otro sonido lejano indicaba que no estaba desierto.

Seguí el pasillo hacia el lugar del que creía que procedían las voces, pasando por varias puertas cerradas, hasta que me detuve ante una que estaba entreabierta; una fina línea de luz se derramaba por el suelo oscuro.

—… no podemos seguir aplazándolo —decía Morthus con voz contenida, pero impregnada de frustración—. Ya eres mayorcito para esa rebeldía infantil.

—¿Eso es lo que te parece? —respondió Xül con un tono cargado de hielo—. ¿Rebeldía?

—¿Cómo lo llamarías tú? Rechazas todas las sugerencias, a todas las candidatas que se te presentan. Te escondes en esa isla en vez de ocupar tu puesto aquí. Eludes las responsabilidades que te corresponden por nacimiento.

—Cumplo mis obligaciones como guardián —respondió Xül—. Me ocupo de la prisión e interrogo a aquellos que amenazan nuestro dominio. ¿Qué más quieres de mí?

—Un sucesor —dijo Morthus sin rodeos—. Un heredero. Que tengas una esposa a tu lado cuando, llegado el momento, ocupes mi lugar.

Se me cortó el aliento. No se trataba de una conversación que yo debiera estar escuchando.

—Nyvora es una pareja adecuada —prosiguió Morthus—. Y Davina apoya la unión.

—Pues que se case Davina con ella —respondió Xül sarcástico.

—Hablas como un niño —dijo Morthus en voz más baja—. Lo importante no es lo que quieras, sino lo que debes hacer. El sacrificio…

—No te atrevas a darme discursos sobre el sacrificio, padre —replicó Xül.

—Tienes responsabilidades —continuó Morthus, implacable—. Responsabilidades que has pasado por alto demasiado tiempo.

—¿Eso era madre para ti? ¿Una responsabilidad? —La pregunta quedó suspendida en el aire—. ¿Una pareja adecuada?

El silencio se tensó tanto que casi podía oírlo reverberar.

—Lo sabes mejor que nadie —dijo Morthus al cabo, en voz más baja, pero no menos intensa—. Lo que compartimos tu madre y yo no tiene nada que ver con esto.

Xül rio con amargura.

—Elegiste a una mortal en contra de todas las tradiciones, todas las expectativas, todas las leyes divinas. Estuviste a punto de desencadenar una guerra.

—Las circunstancias eran diferentes —respondió Morthus—. Lo sabes muy bien.

—Claro. —Capté la burla en el tono de Xül—. Ese es mi destino, después de haber ascendido por mérito propio, a diferencia de tantos otros que tuvieron la suerte de nacer así.

—Ya estás autocompadeciéndote otra vez.

Unos pasos se acercaron a la puerta. Era Xül.

—Esta discusión ha terminado, padre.

Tuve el tiempo justo para escabullirme tras una columna cercana antes de que la puerta se abriera de golpe. Xül salió hecho una exhalación, con el rostro transformado en una máscara de furia gélida, y pasó junto a mi escondite en dirección a los jardines.

Me quedé pegada a la columna, sin atreverme ni a respirar, hasta que lo perdí de vista. Me llegó del estudio el sonido de un fuerte golpe: Morthus descargaba su frustración sobre algún objeto desafortunado.

«Debería volver a mi habitación». Ya había oído mucho más de lo que debía, mucho más de lo que era seguro. Y, desde luego, no quería verme involucrada en aquel drama familiar.

Sin embargo…

«No hagas eso —susurró la parte sensata de mi mente—. Recuerda lo que hizo antes. Recuerda que te amenazó. Recuerda la frialdad con que te miraba».

Claro que lo recordaba. Cómo no.

Pero los pies me llevaron hacia delante, hacia el brumoso aire nocturno, donde la silueta de Xül se recortaba contra el horizonte carmesí.

«Malditos dioses».

Ya estaba otra vez buscando fantasmas.