The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 28. La corte de la muerte #2
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Capítulo 28. La corte de la muerte #2

—Lo divino no suele ajustarse a la imaginación de los mortales.

Esperaba que Morthus fuera frío, aterrador.

Y puede que lo fuese… en apariencia. Pero en realidad era lo contrario.

—Se inclinó a examinar un macizo de flores pálidas que resaltaban bajo la tenue luz—.

Aunque las diferencias entre nosotros tardaron poco en hacerse evidentes.

—Alzó la vista hacia el cielo sanguíneo y dejó escapar un profundo suspiro—.

Lo que me resultó más difícil fue adaptarme a la noción del tiempo de las divinidades.

Los mortales medimos la vida en días, semanas, años…

, pero los aesymar piensan en siglos, en milenios. Eso plantea dificultades.

—¿Como cuáles?

—La paciencia, al menos por mi parte —dijo con una risa irónica—. Y tampoco es fácil hacer entender a un ser que ha existido durante eones que, para un mortal, tres días esperando una respuesta son una eternidad. —Me miró—. Mi hijo tampoco ha aprendido aún esas lecciones.

Pensé en lo que se frustraba Xül cuando no conseguía dominar algo de inmediato y entendí a qué se refería.

—¿Por eso parece tan…? —Busqué una palabra que no ofendiera a su madre.

—¿Desconectado? —ofreció—. En parte, desde luego. Se crio entre dos mundos, demasiado divino para los mortales y demasiado mortal para los divinos. Eso crea un aislamiento especial. —Me miró de reojo—. Sospecho que tú también has pasado por algo así.

Aquella observación se acercó demasiado a dar en el blanco. Desvié la mirada a un árbol cercano.

—Lo siento —dijo con delicadeza—. No pretendía entrometerme.

—No pasa nada —acerté a decir, aunque sentía una piedra en el pecho—. Solo es… complicado.

—La vida suele serlo. —Me rozó el brazo con una mano cálida, firme y sin lugar a dudas mortal—. Sobre todo cuando a las deidades les da por inmiscuirse en ella.

Llegamos a un pequeño claro en el que había un banco de piedra pulida orientado hacia el elemento central del jardín: una fuente de mármol oscuro con gárgolas que parecían capturadas en pleno vuelo.

—La creó Morthus para nuestro quinto centenario —dijo Osythe en voz baja—. Siempre ha tenido un gusto bastante exagerado para la decoración. Yo finjo que me gusta. —Se rio.

La vivacidad de Osythe, su piel tersa y luminosa, entraban en contradicción con el larguísimo tiempo que había vivido.

—De los regalos que él podía hacerme, la prolongación de la vida era uno de los pocos que yo estaba dispuesta a aceptar —me explicó—.

Envejezco, pero muy despacio. Sigo siendo mortal; aún puedo morir con relativa facilidad.

Pero el efecto que tiene el tiempo en mí se ha…

diluido. Aunque tenga la dilación suficiente para amarlo como merecemos, la mortalidad aún define mi existencia.

—¿Por eso no ascendiste nunca? —pregunté antes de pararme a considerar las posibles consecuencias; pero, en vez de ofenderse, puso cara de aprobación.

—Eso habría desencadenado una batalla de un tipo nuevo entre los dominios de Voldaris, y yo ya estaba harta de guerras.

—Con un suspiro, miró hacia el palacio donde su hijo y su marido mantenían su misteriosa conversación—.

Además, convertirse en divinidad es transformarse, y nunca quise perder esta parte de mí.

—Pasó los dedos por el banco, pensativa—.

Hay otras formas de vincularse a un ser divino.

—¿A qué te refieres? —pregunté picada por la curiosidad.

—Morthus y yo juramos el Sev’anarath —dijo bajando la voz hasta convertirla en un susurro.

—¿Qué es eso?

—Es antiguo, más aún que los Doce —explicó—. Un ritual en el que dos almas se unen a través del tiempo, la distancia e incluso las barreras entre la vida y la muerte. —Se llevó la mano al corazón—. Nos convertimos… en extensiones el uno del otro. Siento su dolor, su alegría, y él los míos.

—Eso suena… —busqué la palabra adecuada— intenso.

Soltó una risita.

—Es una forma de decirlo. Se considera… extremo, incluso entre los divinos.

Pocos aesymar se plantearían siquiera semejante atadura.

Es demasiado íntima, demasiado permanente.

—Sus ojos adoptaron una mirada distante—.

Una vez hecho el juramento, no hay vuelta atrás. Ni siquiera se acaba con la muerte.

—¿Por qué me lo has contado? —pregunté al reparar en lo personal que era aquella revelación.

—Porque las historias son nuestra forma de preservar la verdad, incluso cuando otros preferirían que se olvidase.

—Miró de nuevo hacia el palacio—. Las historias de los divinos se suelen reescribir edulcoradas.

Esto, lo que compartimos Morthus y yo, es una verdad que muchos preferirían que siguiera oculta.

—Se volvió hacia mí con respeto en la mirada—.

Y tú me pareces alguien que valora la verdad por incómoda que sea.

Guardamos silencio durante un momento. Pensé en mis circunstancias: los Juicios, el camino hacia la ascensión que nunca había deseado, la sangre divina que ya fluía por mis venas en contra de mi voluntad.

—Él te aprecia, ¿sabes? —dijo de repente.

—¿Quién? —pregunté sobresaltada.

—Mi hijo. —Sus ojos, cálidos y comprensivos, se encontraron con los míos—. Se esfuerza mucho por evitarlo, pero no puede.

—A mí no me lo parece. —Me notaba húmedas las palmas de las manos.

—De lo contrario, no te habría traído —señaló sonriente—. Xül nunca nos había presentado a nadie. Tú eres la primera.

No supe cómo contestar a aquello.

—No hace falta que digas nada —me aseguró—. Pero he pensado que deberías saberlo. Mi hijo erige muros como otros construyen templos: con dedicación, precisión y compromiso absoluto. Que hayas podido vislumbrar lo que oculta detrás… es significativo.

Antes de que yo diera con una respuesta, se levantó del banco con un movimiento grácil.

—Debería acompañarte a tus aposentos. Se está haciendo tarde, y sospecho que mañana no será un día fácil.

Cuando entramos en el salón principal nos llegaron voces de una estancia cercana. Parecían estar discutiendo. Reconocí en el acto la voz de Xül, aunque más fría de lo que le había oído nunca.

—La decisión no es tuya —decía con tono seco y cortante.

Osythe suspiró y me apoyó una suave mano en el brazo para guiarme a otro pasillo.

—Altercados familiares —explicó, aunque su expresión indicaba que aquello se quedaba corto para describir lo que estuviera ocurriendo tras aquellas puertas cerradas.

—¿Va todo bien? —pregunté volviendo la cabeza hacia el origen de las voces.

—Ya se arreglará —dijo con la resignación de quien había presenciado muchas escenas como aquella—. Mi marido y mi hijo se parecen más de lo que a ninguno de los dos le apetece reconocer. Eso hace que sus desavenencias sean… bastante intensas.

Subimos por una escalera de caracol. Los peldaños, más anchos hacia el perímetro que en el centro, creaban la inquietante sensación de ascender por el interior de una concha gigantesca.

Arriba se extendía un pasillo en ambas direcciones, flanqueado por puertas de madera oscura con incrustaciones de plata.

—Tus aposentos —anunció Osythe, y abrió una puerta para revelar una espaciosa habitación—. Espero que sea de tu agrado.

Era un dormitorio distinguido, pero no ostentoso: una cama grande con una colcha de color carmesí oscuro, un escritorio junto a unos ventanales con vistas a los jardines y una zona con sillones de aspecto cómodo alrededor de una pequeña chimenea encendida.

—Desde luego que sí —confirmé, pasando los dedos por la madera lisa del escritorio.

—¿Qué esperabas? —Su voz estaba teñida de verdadera curiosidad.

—Algo menos… —hice un gesto vago— acogedor.

—La muerte no es cruel, querida —dijo entre risas—. Es, sin más. Lo mismo se aplica a su dominio.

Miré a mi alrededor y vi una puerta más pequeña que, con toda probabilidad, llevaba a los baños, y otra que podría ser de un armario.

—Se me hace raro que la reina me acompañe a mi habitación en vez de pedírselo a los sirvientes.

—La reina. —Sonrió divertida por el apelativo—.

Supongo que lo soy, aunque nadie me llama así.

—Se acercó a la ventana y dejó vagar la vista por el horizonte, de un carmesí intenso—.

En cuanto a los sirvientes…, hay asuntos de los que prefiero ocuparme en persona—.

Te dejo descansar —añadió dirigiéndose a la puerta—.

Si necesitas cualquier cosa, basta con que tires de la cuerda que hay junto a la cama; vendrá alguien a atenderte.

—Se detuvo con la mano en el marco de la puerta—.

Te recomiendo que no salgas de aquí hasta mañana.

De noche puede ser muy difícil orientarse por el palacio.

Tras aquella amable advertencia, salió y cerró la puerta a su espalda con un suave clic.

Caminé hasta la ventana y contemplé los jardines por los que habíamos paseado Osythe y yo. Desde lo alto veía que los senderos formaban un intrincado dibujo, como las venas de un corazón. Más allá, la Ciudad Eterna se extendía hacia el horizonte, con sus luces horadando la oscuridad.

La ropa formal me resultaba sofocante tras un día tan largo.

Al desprenderme de la pesada tela me sentí invadida por el alivio.

En el armario encontré un camisón que casi parecía demasiado delicado para tocarlo, de un blanco plateado y de una delgadez increíble, hecho de alguna tela cara que no sabía identificar.

Me lo puse y sentí la frescura del tejido en la piel. El camisón se ajustaba a mi figura, tan transparente que apenas ocultaba nada, cosa que el frío reinante ponía de manifiesto.