Capítulo 28. La corte de la muerte
E l comedor no era, ni por asomo, como me lo imaginaba.
En vez del espectáculo macabro que casi esperaba, me encontré con un espacio sobrio y elegante.
Había copas, no calaveras, y las sillas no estaban hechas de huesos.
Las paredes oscuras daban paso a un techo cubierto de apliques plateados, y la mesa estaba tallada en un solo tablón de madera oscura, tan pulida que brillaba como un espejo.
Ardían velas blancas en candelabros de bronce, iluminando lo justo para distinguir a los reunidos.
Me senté frente a Xül, mientras que Morthus y Osythe ocuparon los extremos de la mesa.
El dios de la muerte resultaba aún más imponente de cerca: apuesto, de pelo negro y piel pálida que casi parecía resplandecer en contraste con sus ojos oscurísimos.
Cuando me miraba, me sentía bajo el escrutinio del mismo universo.
Y luego estaba Osythe. Aunque saltaba a la vista que era mortal, su porte rivalizaba con el de su divino esposo.
Su piel, de un marrón intenso, conservaba la vitalidad de la juventud; pese a los siglos que había vivido, aparentaba treinta y pocos años.
Tenía los ojos de un tono verde salvia e intrincadas trenzas, rematadas en rizos sedosos, le caían por la espalda.
A diferencia de los dioses, que parecían existir un poco al margen de la realidad, ella tenía una presencia vibrante y contundente, insoslayable.
El silencio se prolongó mientras los sirvientes se movían a nuestro alrededor sin emitir el menor sonido, colocando ante los comensales platos de comida que no supe identificar.
—Así que eres la portadora de estrellas a la que ha elegido mi hijo de discípula —dijo Morthus con voz grave y retumbante.
Me erguí, sintiendo el peso de su mirada.
—En efecto, mi señor.
—Dime —prosiguió, llevándose una copa a los perfectos labios—, ¿qué tal es nuestro Xül como tutor?
Xül se agitó en el asiento con incomodidad palpable. No había tocado la comida.
—Es… —Me detuve a sopesar las palabras—. Es eficaz, aunque no destaca por su paciencia.
—Sí, ese es nuestro hijo. —Osythe dejó escapar una risa baja y cantarina—. Siempre por delante, esperando que los demás le sigan el ritmo. Me temo que eso lo heredó de mí. —Lanzó a Morthus una mirada tan afectuosa que, durante un momento, el dios de la muerte se transformó en algo casi tierno.
Los labios de Morthus se agitaron.
—Así es —reconoció volviéndose hacia mí—. Yo fui el agraciado con la moderación. La inmortalidad tiende a hacernos olvidar lo deprisa que pasa el tiempo para los demás.
—Sobreviviste al Juicio de Davina y Thorne —observó Osythe, cambiando de tema con elegante naturalidad—. No es moco de pavo. ¿Cómo fue?
Sentí una advertencia en la mirada de Xül. El recuerdo de su amenaza aún me ardía bajo la piel.
—Aterrador —respondí con sinceridad.
—Como deben ser los buenos Juicios —dijo Morthus mientras atacaba su comida—. ¿Qué has aprendido sobre ti misma en el proceso?
La pregunta me pilló por sorpresa. Esperaba que me interrogasen sobre mis habilidades, mi estrategia, tal vez incluso mi pasado. No que intentaran sondearme el alma.
—Que soy capaz de más de lo que creía —dije al cabo de un momento—. Para bien o para mal.
Morthus asintió, como si yo hubiese confirmado algo que él ya sabía.
—¿Y qué esperas conseguir de estos Juicios, aparte de sobrevivir?
«Venganza. Justicia. El derrumbamiento de todo vuestro corrupto panteón».
—La oportunidad de llegar a ser más de lo que era —dije en vez de eso—. De trascender mis límites.
—Una respuesta diplomática —observó Morthus con un ligero tono de diversión.
Xül carraspeó.
—Padre…
—¿Queréis dejar comer a la pobre chica? —interrumpió Osythe, y miró con reproche a su marido y a su hijo—. Ya ha pasado por bastante como para que ahora la asaeteéis a preguntas.
Para mi sorpresa, los dos se doblegaron de inmediato.
—Mis disculpas. —Morthus me dirigió una inclinación de cabeza—. Osythe tiene razón, como de costumbre. Disfruta de la comida; ya habrá tiempo después para charlar.
El plato que tenía delante olía que alimentaba. Era algo parecido a la carne asada en una reducción de vino, acompañada de coloridos tubérculos gratinados a la perfección. Comí un bocado y el sabor me estalló en la boca, ácido, evocador y cálido.
—Esto está increíble —comenté, conteniendo el deseo de devorar todo el plato más deprisa de lo que permitían los modales.
—Qué amable. —Osythe sonrió—. Aunque no puedo atribuirme el mérito; es de nuestros cocineros.
Durante toda la cena, Xül estuvo más callado que de costumbre. Solo hablaba cuando se dirigían a él, y para dar respuestas breves.
Nunca lo había visto tan taciturno. En la casa de su familia, rodeado de los símbolos de su ascendencia, casi parecía incómodo, como si la ropa no fuera de su talla.
—Estás muy raro, hijo mío —dijo Morthus entrecerrando los negros ojos—. ¿Te preocupa algo?
—Nada que valga la pena tratar mientras cenamos —respondió Xül.
Entonces se produjo un cruce de miradas entre padre e hijo, una tensión que no descifré del todo.
—Ya veo. —Morthus dejó los cubiertos en la mesa—. Bueno, luego podemos seguir con esta conversación en mi estudio.
—Como desees, padre —respondió con voz gélida.
Osythe suspiró.
—Podría enseñarle los jardines a Thais mientras vosotros… habláis. —El tono de la última palabra dejó claro que sabía cómo iba a ser la conversación.
—Qué buena idea —convino Morthus, y sus ojos se suavizaron al volverse hacia su esposa. Era toda una transformación, de deidad temible a esposo devoto en un instante—. Las plantas están muy bonitas durante esta estación.
Cuando terminamos de cenar, los sirvientes aparecieron para recoger la mesa.
—¿Vamos? —Morthus se puso en pie y le hizo un gesto a Xül.
Sin esperar respuesta, salió del comedor con paso firme; parecía arrastrar sombras tras de sí. Xül lo siguió, no sin antes lanzarme una mirada de advertencia.
Osythe negó despacio con la cabeza mientras los observaba marcharse.
—¡Hombres! —dijo con un gesto de hastío, y se volvió hacia mí con una sonrisa cálida—. Acompáñame, querida. Es mucho mejor pasear por los jardines que escuchar a esos dos cabezotas.
Me levanté para seguirla y eché un último vistazo a la puerta por la que había desaparecido Xül. Algo me decía que, fuera cual fuese la conversación que tenían pendiente, no resultaría agradable.
Por las puertas del jardín trepaban enredaderas oscuras, con flores de un carmesí intenso veteado de marfil.
Más allá, unos árboles retorcidos daban frutos que brillaban como granates, salpicados de rocío.
Un arroyuelo de agua cristalina serpenteaba por el terreno, reflejando el cielo que se oscurecía por encima.
—Mi contribución —dijo Osythe al observar que me llamaba la atención un macizo de plantas cuyas flores parecían arañas rojas—. Cuando llegué, aquí no había jardines, solo espacio vacío. —Acarició un pétalo con evidente cariño—. Al principio, Morthus no lo entendía.
—¿Cómo se lo explicaste? —le pregunté con verdadera curiosidad.
—Le dije que la muerte no tiene sentido sin la vida —respondió con naturalidad—. Que la una define a la otra. —Sonrió al recordarlo—. Después de eso permaneció mucho tiempo callado, pero al día siguiente ordenó que se crease todo esto.
Caminamos en un silencio cómplice durante un rato, siguiendo el sendero que se adentraba en el jardín. Una suave brisa me rozó los brazos, tan fresca que me puso la piel de gallina. Olía a especias y a tierra húmeda.
—Debes de tener preguntas —dijo Osythe después, con amabilidad—. Sobre este sitio. Sobre nosotros.
—Unas cuantas —confesé. Millares, en realidad, pero casi todas eran demasiado peligrosas para plantearlas.
—Todo el mundo conoce la historia —dijo con una ligera sonrisa—. El amor entre el dios de la muerte y su sacerdotisa mortal. Según tengo entendido, se ha convertido en toda una fábula romántica en Elaren.
—Suele haber bastante diferencia entre las fábulas y la verdad —me atreví a decir.
—Cierto. —Se detuvo junto a un pequeño estanque en el que trazaban círculos perezosos unos curiosos peces cuyas escamas parecían perlas negras—. A los mortales les encantan las historias dramáticas.
—Viniste por voluntad propia —dije, aunque no sabía muy bien si era una pregunta.
—Sí. —Sus ojos verdes se clavaron en los míos—. Tenía treinta y dos años y estaba soltera. Mi vida era el templo. Y sentía… curiosidad.
—¿Tenías miedo?
—Pánico —reconoció—. Pero, a veces, del terror a la euforia solo hay un paso. Creo que lo entiendes, dadas tus circunstancias actuales.
No se equivocaba.
Osythe se detuvo y pasó los dedos por una flor oscura.
—Cuando estaba en el templo, el solsticio de invierno era mi época favorita.
Cuando los dioses caminaban entre nosotros para aceptar nuestras ofrendas y renovar sus lazos con Elaren.
Hacía cinco años que era la suma sacerdotisa.
—Sus ojos se suavizaron—. Tras aquel primer encuentro, Morthus asistió a todas las celebraciones.
Decía que era para asegurarse de que los cementerios se cuidaran adecuadamente, pero…
—Se encogió de hombros con elegancia—. Hasta los afectos de los dioses pueden ser diáfanos.
—Nunca he asistido a una celebración del solsticio —comenté—. Demasiada gente, demasiadas miradas. Me preguntaba cómo sería ver a un dios en persona. —Solté una risa hueca—. Ten cuidado con lo que deseas…
Osythe me miró comprensiva.