Capítulo 27. La ciudad eterna #4
—El barco de los secretos ya ha zarpado —dijo Xül con frialdad—. ¿Quién crea esos portales?
—No es asunto tuyo —graznó el portador de luz.
—¿Terralith? ¿Aella? —insistió Xül—. ¿Thorne? ¿Axora?
La postura del portador de luz cambió ante la mención del último nombre, una sutil tensión que podría no haber advertido si no hubiera estado mirando con tanta atención.
—Axora —susurró Xül—. Axora está creando portales directos a la capital.
El silencio del portador de luz confirmó su conjetura.
—¿Desde cuándo?
—Unas semanas…, puede que un mes.
—No había precedentes de nada parecido —dijo Xül con sorpresa palpable—. Nadie puede crear accesos a la sede de otro dominio. Lo prohíbe la ley divina.
—Yo no he dicho nada —insistió débilmente el portador de luz.
—Lo has dicho todo —respondió Xül; la magia letal se le enroscaba en los dedos como escarcha negra—. Y dirás más.
—Me… me he expresado mal.
—No. —Xül se acercó; las almas de los condenados flotaban detrás de él—. De eso nada. Se están fusionando, ¿verdad? La guerra y el orden. ¿Se están convirtiendo en uno?
Me quedé paralizada.
Bellarium. El dominio de la guerra. El dominio en el que estaba Thatcher.
Como el portador de luz siguió en silencio, las almas volvieron a lanzarse hacia él. Los gritos resonaron en la cámara y arrancaron ecos de las paredes.
—¡No estoy seguro! —dijo el ser con un hilo de voz—. No tengo tanta información.
Se me cortó el aliento.
La forma del portador de luz vaciló; cada vez era más inestable.
—Si Olinthar descubre que he revelado algo de esto, destruirá mi mismísima esencia. Sin más allá, sin transición, solo la nada.
—No tendrá ocasión. —Xül hablaba con una frialdad sepulcral—. Ya has cumplido tu propósito.
Antes de que yo pudiera procesar lo que ocurría, hizo un gesto brusco.
—Consumidlo —ordenó, y todas las almas de la cámara se abalanzaron sobre el portador de luz en un frenesí espantoso.
La forma del ser se contrajo violentamente mientras desgarraban su esencia trozo a trozo, arrancando fragmentos de luz hasta que no quedó nada más que una chispa que titiló y se apagó.
Retrocedí dando tumbos, con un grito silencioso atascado en la garganta. Aquello no era la muerte, sino la aniquilación total. No solo habían matado al portador de luz; lo habían borrado.
Sin decir una palabra más, Xül salió de la cámara.
Las almas de los condenados desaparecieron para volver al espantoso lugar que ocupasen en aquella prisión.
Lo seguí con las piernas temblorosas. Olinthar estaba unificando dominios en secreto, haciéndose con un poder que alteraría el equilibrio divino.
—Tenemos que ver a mi padre cuanto antes.
—¿A Morthus? —Se me hizo un nudo en la garganta—. ¿Por qué?
En vez de contestar, siguió andando a zancadas por el pasillo.
—Mi hermano está allí —dije cuando al fin lo alcancé—. En Bellarium.
—No van a hacerle daño —se limitó a decir.
—¿Qué significa eso?
—Que está a salvo, al menos por ahora. —Su respuesta seca estaba teñida de irritación.
—¿Eso afectará a Elaren? —insistí antes de acordarme de algo: la conversación que mantenían las Leyendas en el banquete.
La que había provocado la muerte de Darian—.
Olinthar está poniendo sacerdotes permanentes en los campamentos militares de los mortales —dije mientras corría para seguirle el paso a Xül—. ¿Crees que tiene algo que ver con eso?
Se volvió hacia mí tan deprisa que estuve a punto de chocar contra su pecho.
—No has estado aquí. —Su voz se había reducido a un susurro—. No has oído nada de esta conversación. Nunca has visto este sitio.
Dio un paso adelante, y yo retrocedí hasta que mis hombros chocaron con la fría piedra. No podía respirar, no podía moverme, mientras, a mi alrededor, el aire se cargaba de su poder.
—¿Lo has entendido, Thais? Si alguien, sea quien sea, sospecha que lo sabes, las consecuencias irán mucho más allá de tu insignificante vida.
—Alargó la mano para sujetarme la mandíbula con unos dedos que parecían de hierro—.
Tu hermano. Tu pueblo. Hasta la última de las almas que te hayan importado alguna vez.
La eternidad podría resultarles larguísima a todos ellos.
Intenté tragar saliva, pero su agarre me lo impidió. Un terror frío me bajó por la columna cuando me di cuenta de que estaba viendo la faceta de Xül que presenciaban los condenados: despiadado, inclemente, una ley en sí mismo.
—Esto no es un juego. —Su rostro estaba muy cerca del mío; su aliento me rozaba la piel—.
No es como en nuestros combates de entrenamiento, en los que puedes contraatacar.
Aquí intervienen fuerzas que te aniquilarían sin pensárselo dos veces si supieran que has oído siquiera una mínima parte de lo que se ha dicho en este lugar.
—Me soltó la cara, pero no retrocedió—. Así que voy a preguntártelo otra vez más, con toda claridad: ¿lo has entendido?
En realidad no era una pregunta, sino una orden, una barrera, una correa apretada alrededor del cuello.
—Sí —logré decir. Odiaba lo débil que sonaba mi voz.
—Bien. —Se enderezó y se ajustó los puños de la chaqueta—. Así pues, asunto zanjado.
Dio media vuelta y siguió caminando como si nada, como si no acabase de amenazar a todos los que me importaban. Como si no acabase de demostrarme cómo era en realidad.
La mismísima mano de la muerte.
Continué caminando detrás de él, porque ¿qué iba a hacer si no?
Un ascensor nos llevó al nivel más elevado de la ciudad, donde un palacio oscuro dominaba el horizonte. Sus chapiteles retorcidos destacaban contra el cielo carmesí.
Lo seguí al interior, con la mandíbula aún ardiendo por donde la habían agarrado sus dedos. El corazón me latía con fuerza contra las costillas.
Esa era la pauta, ¿no? Cada vez que yo creía vislumbrar un atisbo de humanidad bajo ese exterior frío, él revelaba su verdadera naturaleza. La de depredador. La de dios. La de monstruo.
En el barco había estado casi amable, compartiendo retazos de los años que pasó como mortal, guiándome las manos en el timón con una paciencia inesperada.
En la tienda de Nyxis había visto transformarse su rostro para adquirir verdadera calidez; lo había visto aceptar de buen grado el afecto de la anciana.
Durante aquellos breves momentos, casi estaba convencida de que en él había algo más que la deidad insensible.
Menuda idiota.
Las grietas que mostraba en su armadura, sus atisbos de vulnerabilidad, no eran sino los ecos de quien podría haber sido. El fantasma de una persona que había muerto hacía diez años, cuando ascendió.
Y, a pesar de saberlo, yo seguía buscando ese fantasma.
Me llevé la mano a la garganta, donde aún notaba la quemazón de sus dedos, y recordé la frialdad de su mirada. Aquel era el verdadero Xül, y más me valía no olvidarlo.
«Se acabó», me prometí, y me puse muy recta mientras lo seguía por la penumbra de un pasillo. No volvería a esperar que se redimiera; no volvería a permitir que me importaran los breves retazos de conexión.
Él era la muerte en persona, y yo, solo un peón con el que había ido a toparse.
Una enorme puerta doble de obsidiana se abrió ante nosotros; pesaba tanto que hicieron falta varios sirvientes para moverla. Al otro lado se extendía un enorme salón oscuro con sombras que parecían vivas, y un techo tan alto que desaparecía en la oscuridad.
Y, al fondo, dos tronos.
Con los ojos entrecerrados, vi al aesymar de la muerte y a su esposa mortal. Se me cortó la respiración cuando noté que su mirada se desplazaba de su hijo a mí.
—Vaya, vaya —dijo Morthus al cabo de un momento con una voz que resonó en la sala como un trueno lejano—, la portadora de estrellas ha venido a la ciudad de las sombras.