Capítulo 27. La ciudad eterna #3
Representaba todo aquello que había jurado destruir: era un dios, un verdugo, un ser integrado en el sistema que me lo había arrebatado todo.
Aun así, no podía negar que se me aceleraba el pulso cuando lo tenía cerca, que sus escasas sonrisas hacían que algo se agitara en mi pecho.
Aquello no formaba parte del plan. Resultaba peligroso, no solo por lo que era él, sino por lo que decía de mí.
¿Qué tipo de persona podía sentirse atraída por la oscuridad?
—Pero de eso hace mucho —continuó Xül, con más dureza—. Era antes de que comprendiera mi verdadero propósito. —Cuadró los hombros y aceleró el paso, y, de repente, aquel breve atisbo de mortalidad se había desvanecido, llevándose mi desasosiego.
—Tenemos cosas que hacer —dijo, poniendo fin a aquel inesperado desvío a su pasado.
Seguimos ascendiendo por la ciudad, a través de lo que parecía una especie de barrio comercial. Las sinuosas calles estaban atestadas de puestos que ofrecían curiosos artefactos que yo ni alcanzaba a identificar.
De pronto, un grito ahogado procedente de la multitud que tenía delante me hizo levantar la vista. Sobre la plaza se había abierto un enorme portal de visualización, quizá del tamaño de un edificio. Las escenas se sucedían rápidamente en su superficie brillante.
Una mujer con intrincados tatuajes, inmovilizada contra un árbol por lanzas de hielo. Su boca se abría en un grito silencioso.
Dos personas que colocaban trampas. Una activaba la que acababa de poner la otra, y su pierna quedaba amputada a la altura de la rodilla. Su acompañante le cogía las provisiones y salía corriendo.
No eran escenas cualesquiera; todo aquello había sucedido durante el último Juicio. Se me paró el corazón.
Cinco competidores se enfrentaban por el despojo de un ciervo dorado. Cadáveres tirados por los suelos.
Entonces, mi propio rostro llenó la pantalla. Me vi forjar un cuchillo de luz estelar y lanzarlo girando por el aire. Alcanzaba de lleno en el pecho al hombre, que abría unos ojos como platos antes de desplomarse.
Aparté la mirada, con el estómago revuelto.
—Los Juicios siempre se retransmiten —dijo Xül al darse cuenta de mi reacción—. Se ven en todos los dominios. Hay portales de visualización por todas partes: mercados, casas de placer, residencias…
—Estupendo —murmuré.
—Vamos —dijo Xül, cogiéndome del codo—. Tenemos que ir a un sitio.
Cuando llegamos a una encrucijada entre niveles, un sirviente umbrío se materializó junto a nosotros e hizo una profunda reverencia a Xül.
—Mi señor —entonó—, el prisionero sigue resistiéndose al interrogatorio habitual. Se requiere tu presencia cuanto antes.
—Desde luego —masculló Xül—. Estoy rodeado de incompetentes. —Se volvió hacia el sirviente y endureció la voz—. Dile a Vareth que estaré allí en breve.
El umbrío volvió a inclinarse antes de disolverse en las sombras.
—¿El prisionero? —pregunté, aprovechando la oportunidad para ver si conseguía respuestas—. ¿Por eso estamos aquí?
—Si tu hermano no hubiera eliminado a Drakor, yo no tendría que ocuparme de asuntos tan triviales —respondió Xül con irritación palpable—.
Su ausencia ha supuesto una… redistribución de ciertas responsabilidades que no deberían corresponderme como guardián.
Pero aún no le hemos encontrado sustituto, así que aquí estamos.
—¿Adónde vamos exactamente?
Se detuvo y me miró a los ojos.
—A la Prisión de los Condenados.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—¿Qué?
—¿Creías que el nombre era metafórico? —Parecía algo divertido ante mi incomodidad.
—¿Y por qué motivo tengo que acompañarte en esta encantadora excursión?
—Considéralo una lección. —Volvió a ponerse en marcha, obligándome a seguirlo a toda prisa—. Los Juicios no se reducen al combate y la supervivencia, estrellita. También consisten en comprender los dominios divinos en todos sus aspectos, incluidos los desagradables.
Coronamos una última colina y la vi. A diferencia de los elegantes edificios con torres de la ciudad, la prisión era una masa irregular de piedra oscura.
Ninguna ventana perforaba sus muros; ningún adorno suavizaba sus toscas líneas.
Se erigía separada de la ciudad, como si hasta la muerte quisiera distanciarse de lo que albergaba en su interior.
—No es… lo que me esperaba —acerté a decir, combatiendo el impulso de retroceder.
—Pocas cosas lo son. —La expresión de Xül se hizo pétrea. El tutor que yo conocía, irritante, arrogante y a veces casi parecido a un mortal, desapareció sustituido por el guardián de los condenados en todo su esplendor, no solo en el título.
Por primera vez desde que había llegado a Draknavor, le tuve verdadero miedo.
Nos acercamos a la única puerta de la prisión, un imponente arco con advertencias labradas: «Abandona la esperanza. Abandona los recuerdos. Abandona la identidad».
—No te alejes —me ordenó Xül, con una voz tan grave que parecía vibrar en mis huesos.
La inmensa puerta doble se abrió de par en par a su paso para revelar una oscuridad tan absoluta que parecía sólida. Xül avanzó decidido, y yo, tras un momento de vacilación paralizante, lo seguí.
Los guardias umbríos se pusieron firmes; allí tenían una presencia más tangible que en la ciudad. Se inclinaban al paso de Xül, en un movimiento que se propagó por sus filas.
—Mi señor… —un umbrío se separó de los demás—, el prisionero espera en la tercera cámara de interrogatorios.
—Vareth —saludó Xül con un gesto de la cabeza—, ¿qué sabemos?
—Es un portador de luz, mi señor. Capturado en los archivos inferiores. Afirma ser delegado diplomático. —El tono de Vareth dejaba claro lo que opinaba de esa explicación—. Hemos confirmado que no lleva credenciales oficiales.
—Un espía, entonces. —Xül parecía casi aburrido—. Qué poco original.
—Sí, mi señor.
Xül se volvió hacia mí con una expresión indescifrable.
—Puedes observar, pero quédate en silencio y fuera de la vista. ¿Entendido?
Asentí.
Vareth nos condujo por un oscuro pasillo. De vez en cuando, atravesaba la piedra algún gemido o grito lejano que me ponía los pelos de punta. Luché por mantener una expresión neutra, por no darle a Xül el gusto de ver mi incomodidad.
La sala de interrogatorios era austera y funcional: una sola silla en el centro, rodeada de marcas grabadas en el suelo. Vareth me condujo a una hornacina de observación excavada en la pared, desde donde podría observar sin ser vista.
Encadenado a la silla había un ser de pura luz que ni siquiera se volvió a mirar a Xül cuando entró.
—Al grano —dijo Xül—. Los dos sabemos por qué estás aquí.
—Soy delegado diplomático —insistió el portador de luz—. Esta detención infringe todos los acuerdos entre dominios.
—Los delegados diplomáticos llevan credenciales. —Xül rodeó la silla muy despacio—. Y se presentan en los puntos de acceso pertinentes; no se esconden en archivos de acceso restringido.
—Me equivoqué…
—No tiene sentido que me mientas. —Xül ladeó la cabeza y las cadenas se tensaron.
—Ya te lo he dicho. Me equivoqué de camino.
Xül no se molestó en responder a la evidente patraña, sino que hizo un sutil gesto con la mano izquierda y las cadenas se apretaron aún más. El resplandor del ser parpadeó.
Se me revolvió el estómago. Quería apartar la vista, pero me obligué a mirar.
—Entonces, vamos a probar con otra cosa —dijo Xül en voz baja—. Encuentro interesante que Sundralis haya reducido sus operaciones externas estos últimos meses. ¿Adónde ha desviado los recursos?
El corazón me martilleaba. Me incliné hacia delante, de repente desesperada por no perderme ni una palabra.
—Tus datos son incorrectos.
—Ah, ¿sí?
Xül levantó otra vez la mano y el alma invocada reanudó su tortura.
Me mordí el labio para no gemir. El dolor del portador de luz era palpable; llenaba la cámara con un gemido apenas perceptible.
No quería sentir nada más que repugnancia por los métodos de Xül, pero una parte traicionera de mí se decía que, si aquel ser tenía información sobre algo que estaba sucediendo en Sundralis, algo que Olinthar se traía entre manos, quería enterarme a toda costa.
Me repugnaba la concesión moral que entrañaba ese pensamiento.
—Ajustes provisionales —jadeó cuando la magia de la muerte se aflojó un poco—. Para aumentar la seguridad durante los Juicios, ajustar la infraestructura, reuniones…
—¿Reuniones? —Xül cambió de postura y aguzó la atención—. ¿Qué reuniones?
No hubo respuesta.
En aquella ocasión, Xül no invocó a sus sirvientes malditos, sino que puso la mano directamente sobre el portador de luz, y observé horrorizada cómo se convertía en conducto. Oscuros zarcillos de energía fluyeron desde él hasta el interrogado, y los gritos de ambos se fundieron.
—¿Quiénes asisten a estas reuniones? —exigió saber Xül.
—Nadie importante —acertó a decir el portador de luz.
—¿Cómo acceden al palacio?
—Por los cauces habituales.
El agarre de Xül se hizo más fuerte. La luz del prisionero parpadeó, errática, mientras la energía recorría su forma.
—Ninguno de los cauces habituales permite el acceso directo a la capital sin pasar por diversos controles de seguridad, y tenemos ojos y oídos allí. Vuelve a intentarlo.
—Acuerdos extraordinarios —jadeó—. Para mayor eficiencia.
—¿Qué tipo de acuerdos?
El portador de luz se negó a responder. Xül endureció la expresión e hizo un complejo gesto con la mano libre.
La cámara se oscureció mientras convocaba lo que, a simple vista, parecían montones de almas condenadas, cada una más retorcida y torturada que la anterior.
Se abalanzaron sobre el prisionero en una oleada espantosa.
—¡Portales! —gritó con la voz distorsionada por el dolor.
Xül lo soltó, y el ser se derrumbó sujeto solo por las cadenas; su luz era muy débil y se había extinguido por algunas partes.
—¿Quién? —preguntó Xül inclinándose hacia el debilitado prisionero.
El portador de luz guardó silencio, pero, cuando Xül volvió a levantar la mano, los sirvientes espectrales se prepararon para acometer de nuevo. El ser se estremeció.