The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 27. La ciudad eterna #2
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Capítulo 27. La ciudad eterna #2

De algún modo, la inesperada amabilidad de su tono lo empeoró. Tragué saliva y me obligué a arrinconar la imagen de Sulien que me llenaba la cabeza.

—Claro. Normal.

La expresión de Xül me indicó que había entendido más de lo que me gustaría. Sin decir nada más, dio media vuelta y emprendió la marcha, seguro de que yo iba a seguirlo.

Apenas empezábamos a subir desde el puerto cuando Xül dio un giro brusco en la carretera principal y tomó una callejuela.

—¿Adónde vamos? —pregunté apretando el paso para seguirle el ritmo.

—Un desvío necesario —fue su única respuesta mientras recorría con los ojos los establecimientos que flanqueaban el estrecho camino.

Era muy distinto de las grandes avenidas que acabábamos de dejar atrás: los edificios se apoyaban unos en otros como si compartiesen secretos, sobre vetustos cimientos que parecían haber surgido de la roca madre en lugar de haberse erigido sobre ella.

A ambos lados se veían tiendas estrechas con letreros descoloridos, la mayoría de las cuales parecían haber resistido el paso de los siglos.

Sin previo aviso, Xül se detuvo ante un establecimiento pequeño y discreto, encajonado entre un negocio de encuadernación y lo que parecía una botica.

La fachada estaba desgastada por el tiempo, y su única ventana dejaba ver un oscuro interior con tarros de cristal alineados en las estanterías.

No tenía un letrero que anunciara su función, solo una sencilla espiral tallada en la piedra, sobre el umbral.

—Un momento —dijo Xül.

Empujó la puerta, liberando una nube de aroma dulce y especiado que nos envolvió como un cálido abrazo.

Por dentro, la tienda era aún más pequeña de lo que parecía, justo lo suficiente para un mostrador, unas cuantas estanterías atestadas de frascos y un sencillo banco de trabajo donde algo burbujeaba en una olla de cobre.

—Vaya, vaya. —Una voz atronadora rompió la calma del establecimiento—. ¡Ha vuelto el príncipe pródigo! Veo que sigues con ese aire más serio de lo que te conviene.

Cuando quien hablaba salió de la trastienda, me encontré frente al ser más extraño que hubiera visto hasta entonces en aquel reino.

Casi tenía aspecto de umbría, aunque era mucho más corpórea: una anciana cuya piel era de un color plata oscuro.

Tenía los ojos negros por completo y su cabello se movía al margen de las corrientes de aire, formándole dibujos en la cabeza.

—Nyxis —saludó Xül, y estuve a punto de pegar un respingo al oírlo; toda la gélida autoridad, toda la distante arrogancia, habían desaparecido, sustituidas por algo sospechosamente parecido a la calidez—. Veo que sigues castigando con tus comistrajos a los clientes incautos.

—¿«Castigando»? —Se rio—. El día en que rechaces uno de mis «comistrajos» será el día en que las aguas del mar negro se vuelvan cristalinas.

—Rodeó el mostrador con una agilidad sorprendente y levantó la mano para acariciarle la mejilla como a un niño—.

¿Cuántos años tendrán que pasar antes de que visites a tu vieja Nyxis sin que sea porque te obliga una crisis u otra?

Para mi absoluto asombro, Xül se sometió a este trato sin protestar. Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba en lo que podría ser una sonrisa.

—Tengo mucho que hacer.

—¡«Mucho que hacer»! ¿Lo has oído? —Se volvió hacia mí con aire conspiratorio—. Como si ascender a la divinidad y convertirse en guardián de los condenados fuera suficiente excusa para desatender a la anciana que le secaba las lágrimas de las mejillas.

La media sonrisa de Xül se desvaneció.

—Nyxis…

—Y esta, ¿quién es? —interrumpió, mirándome con sus extraños ojos—. No me digas que por fin has encontrado a alguien dispuesto a tolerar esa forma de ser tan arisca.

—Es mi pupila —se apresuró a corregir Xül—. Para los Juicios.

—¡Ah! —Extendió una mano hacia mí y se la estreché sin dudarlo. Su piel parecía de terciopelo caliente—. Soy Nyxis, querida. A este lo conozco desde que era tan pequeño que cabía debajo del mostrador.

—Thais —me presenté; me sentía a gusto pese a lo chocante de la situación—. Y no sabía que Xül hubiera sido nunca tan pequeño como para esconderse en ningún sitio.

Su risa volvió a llenar el local.

—Huy, ¡te sorprenderías! Esta tienda lo ha visto de todos los tamaños, lo que incluye aquella vez, cuando no me llegaba ni al codo, que intentó robar un tarro entero de caramelos.

—Tenía seis años —intervino Xül algo avergonzado—. Y pensaba pagarlo.

—¿Con qué? ¿Con los botones de tu abrigo? —bromeó Nyxis. Se puso detrás del mostrador—. Aún no dominabas esa mirada imperiosa que usas ahora para salirte con la tuya. —Alargó la mano hacia un tarro de cristal lleno de caramelitos ambarinos—. Supongo que te siguen gustando.

Xül asintió una vez y ella echó varios, con destreza, en un pequeño cucurucho de papel.

—Espera —dije al caer en la cuenta—. ¿Me has arrastrado a la capital de la muerte por unos caramelos?

Xül me lanzó una mirada que podría haber sido fulminante de no ser por la leve curvatura de sus labios.

—No son simples caramelos.

—Desde luego que no —convino Nyxis con severidad fingida—. Son mi especialidad, perfeccionada a lo largo de siglos. —Me guiñó un ojo.

—¿Cómo descubriste este sitio? —le pregunté a Xül, con verdadera curiosidad por aquel inesperado atisbo de su pasado.

—Estaba explorando la zona baja de la ciudad, desobedeciendo órdenes directas, cómo no. Me las había arreglado para desembarazarme de mis tutores.

—Más bien les diste esquinazo —corrigió Nyxis, y cerró el paquete con un hábil giro—. Entraste como una exhalación, con tres guardias pisándote los talones, con los ojos como platos y desesperado por encontrar un sitio en el que esconderte.

—Fue al azar —explicó Xül, aceptando el paquete.

—Esta tienda se convirtió en su refugio —dijo Nyxis con voz más suave—. Un lugar donde hasta el príncipe de Draknavor podía ser un simple niño durante un rato.

Un entendimiento silencioso cruzó entre ellos, una mirada cargada de historia que yo no podía comprender. Por un instante, casi divisé la sombra de la persona que podría haber sido Xül en otra vida en la que no lo hubieran moldeado el deber y la oscuridad.

—Solo me venía bien por la situación —dijo Xül, aunque la excusa me sonó hueca hasta a mí—. Y los dulces no estaban mal.

—¡Que no estaban mal! —Nyxis fingió indignación—. ¿Dice eso el chico que una vez se comió tantos que se puso enfermo y tuvieron que llevarlo a casa con su madre?

Xül se encogió al oírla y tomé nota de esa debilidad inesperada, su aparente afición por los dulces, por si me hacía falta más adelante.

—Eso solo pasó una vez —dijo entre dientes.

—Una vez fue bastante para la pobre Osythe. —Nyxis se volvió hacia mí de nuevo—. Se quedó blanco como la nieve y se quejaba de que se estaba muriendo.

—¿Comiste tantos dulces que te pusiste enfermo? —pregunté sin poder evitarlo.

—Era un niño —respondió con rigidez—. Aún no había aprendido el concepto de la moderación.

—Seguro que hay quien dice que sigues sin aprenderlo —comentó Nyxis enarcando una ceja—. Ahora, cuéntame qué tal van los Juicios. Ya sabes que nunca soy capaz de asistir.

Xül suspiró, aunque sin verdadera exasperación.

—Bueno, está claro que la chica sobrevivió al primero.

Nyxis me observó con interés renovado.

—Es toda una hazaña. Los Juicios de Davina siempre han sido muy duros, y si a eso le añadimos a Thorne… —Se estremeció.

—Fue… instructivo. Me las apañé.

—Es luchadora; eso hay que reconocerlo —añadió Xül con una sonrisa burlona—. Lanzó un cuchillo de luz estelar y le atravesó el corazón a un tipo.

—¿Una portadora de estrellas? —preguntó Nyxis con cara de estar encantada—.

No me extraña que la eligieras. —Se inclinó hacia mí desde el otro lado del mostrador y bajó la voz con tono conspirador—.

De niño se pasaba horas mirando el cielo, ¿sabes?

Incluso en un dominio como este, siempre le encantaron las estrellas.

Xül carraspeó.

—Deberíamos irnos. Hay asuntos que requieren mi atención.

—Como siempre. —Nyxis se puso seria—. Pero recuerda, principito, que hasta el guardián de los condenados necesita dulzura en su vida de vez en cuando. —Me dio una palmadita en la mano—. Puede que ella te lo recuerde.

—Lo dudo —dije con sequedad—. No soy muy dulce, que digamos.

—Los mejores nunca saben que lo son. —Me guiñó un ojo y se volvió hacia Xül—. Déjate ver por aquí de vez en cuando, chico. La eternidad es demasiado larga para pasarla en las sombras.

—Ha sido interesante —comenté mientras volvíamos a la callejuela.

—Ha sido una pérdida de tiempo —respondió, aunque se guardó el paquete de caramelos en el bolsillo interior—. Pero hay que respetar las tradiciones.

—Hasta has sonreído ahí dentro. No creía que tu cara fuera capaz de eso.

Me taladró con la mirada, sin rastro de calidez.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde. Ya lo he visto y no puedes evitarlo. —Igualé su paso—. El temible príncipe de la muerte es un goloso y tiene una abuela adoptiva que lo llama «principito». Mi mundo ha cambiado para siempre.

—Como se lo cuentes a alguien…

—¿Qué me vas a hacer? ¿Darme caramelos hasta que me ponga enferma? —No podía resistirme a provocarlo cuando por fin había encontrado una grieta en su inexpugnable fachada—. ¿Sabe Morthus que su aterrador hijo se escondía debajo del mostrador de una tienda de golosinas?

—Fue él quien me encontró allí —respondió para mi sorpresa—. No se enfadó como me temía; solo se sentó a mi lado, probó un caramelo de Nyxis y me felicitó por mi carrera delictiva.

Me eché a reír. No esperaba que me hablase con tanta sinceridad.

En las infrecuentes ocasiones como aquella, dentro de mí se desataba un conflicto.