Capítulo 27. La ciudad eterna
–L legas tarde —dijo Xül sin volverse. Su silueta se recortaba contra el cielo carmesí, y el poder se enroscaba a su alrededor como una serpiente inquieta.
—Tres minutos. —Me encogí de hombros y bajé a la arena.
En vez de responder, extendió la mano. Delante de él, el aire titiló y se rasgó, abriendo una herida en la realidad.
—Este es distinto —dije observando los bordes irregulares del portal.
—Otro destino, otro portal —aclaró con un gesto de impaciencia al verme vacilar antes de pasar al otro lado.
—¿Por qué no puedes decirme…?
—Estrellita —dijo con tono amenazador—, o cruzas por ti misma, o te hago cruzar. Tú decides.
Le lancé una última mirada fulminante y entré en el portal. El frío me envolvió; un millar de dedos invisibles me recorrían la piel mientras la oscuridad consumía mi visión.
Entonces, la tierra firme se materializó bajo mis pies y avancé dando tumbos, jadeante, en busca de un aire que de repente parecía escasear.
Había ido a parar a un atracadero de madera oscura. Enormes barcos de velamen negro se alineaban en los muelles, y la dársena estaba salpicada de embarcaciones de menor tamaño. El aire olía a salmuera y tenía un regusto metálico que se me pegaba a la garganta.
Xül emergió detrás de mí, y el portal se cerró.
—Los atracaderos exteriores —anunció mientras avanzaba a zancadas—. A cinco horas por tierra de la Aguja de Hueso.
Lo seguí al trote, con la irritación aumentando a cada paso.
—¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué no nos hemos transportado directos a la ciudad?
—Cada uno de los doce dominios tiene determinadas protecciones en su capital —explicó con un tono que indicaba que yo debería saberlo—.
Solo Morthus puede abrir portales en la Ciudad Eterna.
—Señaló una elegante embarcación de obsidiana en el muelle más alejado—.
Recorreremos el resto del camino en mi barco.
—En tu barco. —Pestañeé—. Tienes un barco.
—¿Creías que iba a pie a todas partes? —Su voz estaba teñida de diversión.
—Pensaba que simplemente… aparecías. Con un montón de fanfarria y un estilo innecesario.
—Solo cuando la situación lo requiere. —La media sonrisa que le rozó los labios desapareció en un instante—. El viaje dura una hora más o menos. Intenta no caerte por la borda.
Puse los ojos en blanco y lo seguí por el muelle.
—Aún no me has dicho a qué vamos a la ciudad. Ni por qué tengo que acompañarte.
—He pasado mucho tiempo alejado de ti, del entrenamiento, y he pensado que visitar estos parajes también puede ser una lección. —Hizo una seña, y un grupo de sirvientes umbríos se materializaron desde debajo de la cubierta y empezaron a solidificarse.
—Además —siguió mientras subía por la pasarela, con el abrigo ondeando a su espalda en la brisa salada—, tenemos cosas que hacer en la ciudad cuanto antes.
—¿Qué cosas?
—Estrellita —se detuvo y volvió la cabeza hacia mí—, ¿alguna vez te han dicho que haces demasiadas preguntas?
—¿Y a ti que eres insufriblemente enigmático?
Sus labios se estiraron por las comisuras.
—Puede que me lo hayan dicho, sí.
Luego se dirigió con paso firme al timón para dar órdenes a la tripulación de umbríos y me dejó a solas con mi frustración y la inquietante certeza de que me esperaba algo mucho peor que una simple visita a la ciudad.
El barco surcaba las olas, casi sin dejar estela en aquellas aguas oscuras como la sangre.
Me quedé junto a la baranda, observando las extrañas criaturas luminiscentes que nadaban bajo la superficie: seres parecidos a medusas, pero que se movían con una decisión inquietante, arrastrando tras de sí los brillantes tentáculos.
—Son fragmentos de almas —dijo Xül desde detrás de mí; se había materializado tan en silencio como los umbríos—. Trozos que se desprenden durante las transiciones difíciles.
—Es espantoso —dije sin volverme.
—Acaban por reintegrarse. Nada se pierde del todo en Draknavor. —Se puso a mi lado y apoyó las manos en la baranda.
La nave viró ligeramente, obedeciendo las órdenes de Xül.
—Pareces sorprendida —me dijo mientras yo observaba a la tripulación.
—No te tenía por marinero.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí, estrellita.
—¿Y quién tiene la culpa?
—Es verdad. —Suspiró.
Permanecimos en silencio mientras él miraba el horizonte, con el perfil recortado contra el cielo carmesí. Allí estaba diferente: irradiaba una seguridad que iba más allá de su arrogancia habitual. En su barco, en su elemento, parecía casi en paz.
—¿Cuándo aprendiste a navegar? —pregunté, y hasta yo me sorprendí.
Tardó un poco en contestar; tenía la mirada perdida en algún punto lejano.
—Cuando aún era mortal —dijo al fin—. Antes de los Juicios. Una de las pocas habilidades de aquella época que aún valoro.
Me lo quedé mirando; no me esperaba que hablase de su pasado.
—Nunca mencionas esas cosas.
—No hay nada que decir. —Su tono indicaba lo contrario—. Era una vida muy distinta.
—Pero fuiste mortal, igual que yo —insistí para aprovechar la infrecuente ocasión.
—Nunca fui como tú. —En sus palabras no había malicia, solo convicción—. Desde pequeño sabía en qué estaba destinado a convertirme.
—¿En el guardián de los condenados?
—En el hijo de mi padre. —Hizo un gesto al timonel para que ajustara el rumbo—. La parte mortal fue… un engorro.
—¿Y tu madre? —me atreví a preguntar, recordando las insinuaciones de Miria sobre el pasado de Xül—. ¿También era un engorro?
En su mirada se formó una tormenta y, por un momento, pensé que me había excedido. Pero en su cara no apareció la ira, sino una mezcla de dolor y respeto.
—No —dijo en voz baja—. Es una persona excepcional. —Dio media vuelta, zanjando la conversación—. En tu aldea trabajabas con barcos, ¿verdad? ¿Barcos ostreros?
El repentino cambio de tema me pilló por sorpresa.
—Sí, pero no eran como este.
—El principio es el mismo. —Señaló hacia la proa—. Vamos, llévalo tú.
—¿Qué?
—A no ser que te dé miedo.
Era imposible pasar por alto el desafío de su voz. Lo seguí hasta la plataforma elevada, donde un umbrío manejaba el gigantesco timón. En respuesta a un gesto de Xül, la criatura se desvaneció.
—Adelante. —Xül me colocó ante el timón—. Siente la corriente que nos empuja por debajo.
Me esforcé para no ponerme tensa mientras sus manos me movían los hombros, las caderas. Era un contacto impersonal, más bien clínico, pero mi cuerpo reaccionaba de todas formas, y por él se extendió una calidez traicionera.
¿Qué diría Thatcher si pudiera verme, si pudiera sentir la confusa maraña de emociones que surgía cada vez que tenía cerca a Xül? Repulsión, lo más probable. Horror ante la idea de que pudiera sentir algo diferente al odio hacia uno de ellos.
Aunque empezaba a preguntarme si Xül era de verdad uno de ellos. A veces parecía encontrarse en un complejo término medio.
—Estás distraída —comentó, interrumpiendo mis pensamientos. Era cierto, pero no como él suponía.
Durante un extraño momento, permanecimos juntos, como suspendidos en el tiempo, guiando la embarcación a través de unas aguas que lamían el casco con demasiada calma.
Casi podía olvidar que éramos un tutor y su discípula, un dios de la muerte y una mortal, un captor y una cautiva.
Y era un problema al que no estaba preparada para enfrentarme.
—Ahí —dijo de pronto, rompiendo el hechizo. Extendió el brazo por delante de mí, apuntando al horizonte.
Al principio no vi nada más que una niebla carmesí, pero entonces se disipó.
La Ciudad Eterna se alzaba entre las olas, torres de ónice y plata que se elevaban en espirales hasta una altura imposible, esculpidas en los acantilados de piedra negra. Millares de luces resplandecían en la superficie, desde el atracadero de la base hasta el palacio que coronaba su cima.
—Bienvenida al lugar en el que me crie —dijo Xül en voz baja. Su expresión había cambiado una vez más para adoptar la fría máscara de autoridad que llevaba como una armadura. La breve conexión entre nosotros se evaporó tan deprisa como se había formado—. No olvides cuál es tu sitio, estrellita.
El recordatorio me dolió más de lo que debería.
—Como si pudiera.
Sus ojos se encontraron con los míos y atisbé un destello de cansancio en sus profundidades.
—Bien. Porque tampoco lo olvidará nadie más.
Al acercarnos al muelle reservado para la nave de Xül, me di cuenta de que ya estábamos llamando la atención. Los umbríos interrumpieron sus tareas; las deidades menores se congregaban en el puerto, todos observando nuestra llegada con interés indisimulado.
—Prepárate —murmuró mientras el barco se deslizaba hacia las amarras—. La Ciudad Eterna lo recuerda todo… y no perdona nada.
Dichas aquellas reconfortantes palabras, se alejó y me dejó sola al timón mientras nos adentrábamos en la penumbra del dominio de la muerte.
Los muelles eran un caos, una sinfonía de sonidos, aromas y sensaciones que hacían que la Aguja de Hueso pareciera tranquila en comparación. Los estibadores umbríos se movían con rapidez, amarrando navíos y descargando mercancía.
Pero lo que me llamó la atención fue lo que no había. Las extrañas pausas en el movimiento, la forma en que los umbríos se detenían de vez en cuando para interaccionar con… nada. Con el aire.
—Almas —explicó Xül, siguiendo mi mirada—. Existen en un estado distinto, perceptible para quienes transitan la fina línea entre la vida y la muerte, pero no para los vivos.
Me recorrió un escalofrío a pesar del calor.
—¿Están aquí? ¿Ahora mismo?
—Están por todas partes. Todas las almas que han abandonado la vida. —Su voz se suavizó—. Draknavor es un umbral entre estados. Lo que ves es tan solo una capa de la realidad.
Me quedé mirando los espacios entre las personas. ¿Cuántas almas pasaban a nuestro lado, incluso en aquel momento, atrapadas en la frontera entre la vida y lo que viniese después? La pregunta surgió por sí sola de mis labios.
—Si alguien a quien conocía hubiera muerto, ¿podría…?
—No —respondió en tono amable pero tajante—. Hay abismos que ni aquí pueden salvarse. Los vivos no pueden llegar a los que están en transición, por mucho que lo deseen.