Capítulo 26. Thatcher #2
—No tardes mucho, querido —dijo Elysia; sus palabras fueron una orden musical y no una petición—. Quiero bailar a medianoche bajo la erupción.
Chavore volvió para darle un largo beso en los labios, con la mano apoyada en su cintura.
—Guárdate los mejores pasos para mí —murmuró sin apartar los labios, y a continuación siguió a Kavik para adentrarse entre la muchedumbre.
Nyvora se estiró como un gato satisfecho, y luego se puso en pie.
—Bueno —suspiró mientras se arreglaba el vestido, que no lo necesitaba—, algunos tenemos que dormir para mantener la perfección.
—Deslizó la mirada hacia Elysia—. Al fin y al cabo, no todos estamos bendecidos con una belleza inevitable.
—Recogió sus cosas—. Me esperan de madrugada para el ritual del despertar.
No permitan los dioses que llegue tarde.
La amargura de sus palabras era inconfundible. Hasta Elysia pareció darse cuenta y frunció su perfecto entrecejo.
—Espera. —Se levantó con un movimiento grácil y se acercó a Nyvora. Levantó la mano y le tocó la mejilla con las yemas de los dedos. Un suave resplandor dorado emanó del punto de contacto y se extendió por la piel de Nyvora.
Las sutiles señales de cansancio, como las ojeras casi imperceptibles y los hombros un poco caídos, desaparecieron sin más. Toda Nyvora pareció brillar, como si su piel se hubiera vuelto más luminosa, más perfecta aún que unos segundos antes.
—Ya está —dijo Elysia. Dio un paso atrás para admirar su obra—. Eso te debería durar hasta que terminen los aburridos rituales de mañana. No podemos permitir que Davina, además de todo lo que te exige, encuentre el menor fallo en tu aspecto.
Nyvora se tocó la mejilla.
—Qué generosa —dijo con tono neutro—. Aunque estoy segura de que mi madre encontrará alguna otra cosa que criticar.
—Salúdala de mi parte —pidió Elysia mientras se acomodaba de nuevo en su asiento.
—Muy bien —respondió Nyvora con una sonrisa forzada, y se encaminó a la salida.
Y así, de pronto, estaba a solas con Elysia.
Se volvió hacia mí con una sonrisa peligrosa. La luz inconstante de las llamas se le reflejaba en los ojos.
—Entonces, Thatcher Morvaren… —Por cómo pronunció mi nombre comprendí que me había estado estudiando—. ¿Qué te parece la vida entre los divinos?
—Educativa —respondí. Tenía que elegir las palabras con mucho cuidado.
—Me imagino que debe de ser un poco abrumadora. —Se movió para acercarse más—. Tantas novedades y maravillas que experimentar… —Los dedos acariciaron el borde de su copa, a escasa distancia de mi mano—. Nuevos… placeres que descubrir…
Me recorrió con la mirada sin la menor inhibición.
Imposible malinterpretar lo que sugería.
No dejé de sonreír con cordialidad, pero por dentro me tensé.
Estaba acostumbrado a que las mujeres me prestaran atención en las tabernas portuarias, pero en esa ocasión se trataba de algo distinto: una mirada calculadora, acostumbrada a obtener lo que deseaba.
Además, mantenía una relación con Chavore, quien, pese a todo, parecía tenerle un cariño sincero.
—¿Ves algo que te interese? —preguntó señalando el jolgorio con una mano exquisitamente cuidada, aunque sin apartar los ojos de los míos—.
Los dominios divinos ofrecen placeres ilimitados.
Y, en cuanto asciendas —añadió con absoluta certeza—, tendrás toda la eternidad para probarlos.
Puede ser buena idea echar antes un vistazo.
—Y, si un mortal probase esos… placeres antes de ascender, ¿qué consecuencias tendría?
Esbozó una extraña sonrisa.
—Muy graves —respondió—. Los mortales que olvidan cuál es su lugar aprenden enseguida dónde están los límites.
—¿Por ejemplo? —insistí, tratando de mostrarme curioso e inocente.
—Cuando era niña —me dijo Elysia entre susurros, con los labios casi rozándome la oreja—, hubo un incidente.
Una Leyenda se interesó por una mortal. Antes de saber si había quedado embarazada, los aesymar intervinieron.
Ambos fueron ejecutados. —Sacudió la cabeza y una cascada de luz dorada se derramó por sus rasgos perfectos—.
No podían arriesgarse a que hubiera más mestizos en el mundo.
Los bendecidos ya agotan nuestros recursos con sus necesidades interminables.
No te ofendas. —Bebió un trago y el líquido proyectó un resplandor en su garganta—.
Además, tengo entendido que el poder de la sangre divina destroza a las mortales desde dentro.
Casi ninguna sobrevive al parto. —Encogió los hombros con un gesto elegante—.
Se mire como se mire, es una crueldad. Algunos límites existen por una buena razón.
Sepulté en mi interior la cólera que amenazaba con estallar.
Me obligué a pensar en el presente y me acerqué más a Elysia. Era una buena oportunidad para reunir información, y nada más. Hice aflorar la sonrisa que había arrancado secretos a mozas de los puertos y a hijas de mercaderes.
—¿Y qué tal es ir del brazo de un príncipe? Debes de ser la envidia de todas las damas de Voldaris.
La pregunta hizo que se le iluminaran los ojos de placer.
—El propio rey me seleccionó para su hijo.
—Casi resplandecía de orgullo—. ¿Te lo imaginas?
Ni mi padre ni mi madre son de los Doce, y, aun así, Olinthar en persona aprobó nuestra unión.
—Se inclinó hacia mí como si fuese a compartir el mayor secreto del mundo—.
Le dijo a Chavore que yo encarnaba el equilibrio perfecto entre la belleza y la ambición.
Asentí para animarla a continuar mientras en mi mente sopesaba lo que me había dicho. La adoración por Olinthar era más profunda de lo que me había imaginado. Incluso los que sufrían bajo su mano parecían ansiosos de obtener su aprobación.
—Muchos decían —siguió con una enorme sonrisa triunfante— que yo jamás podría aspirar a la familia real. Y, sin embargo, aquí estoy.
Elysia siguió susurrándome confidencias sobre los grandes planes que tenía Olinthar para su futuro, y mientras tanto yo la estudié, más allá de su obvia belleza, en busca de las pistas sutiles que delataban sus inseguridades, sus ambiciones.
Todo el mundo tenía debilidades, incluso los dioses.
Averiguarlas era cuestión de paciencia y observación.