The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 26. Thatcher
35%

Capítulo 26. Thatcher

–V amos a Pyros —anunció Chavore. Me pasó el brazo por los hombros—. Es hora de que veas cómo se van de marcha los dioses.

Me había pasado todo el banquete interpretando mi papel, riéndome en los momentos adecuados, haciendo las preguntas correctas, viendo forjarse y romperse alianzas sobre copas de vino que costaban más de lo que la mayoría de los mortales verían en toda su vida.

Mi mente estaba llena a rebosar y trataba de procesar todo lo que había averiguado.

Lo único que quería era un momento de tranquilidad para repasarlo todo, un momento para comunicarme con Thais a través del vínculo y asegurarme de que le iba bien en Draknavor.

Durante la fiesta no habíamos tenido mucho tiempo para hablar.

Pero, en vez de eso, Chavore, Kavik, Nyvora y Elysia me arrastraron hacia un portal resplandeciente.

—No me lo perdería por nada —anuncié con un entusiasmo que no sentía. Busqué con los dedos el pequeño amuleto que me había tallado Sulien años antes y que llevaba escondido en el bolsillo. Un recordatorio de por qué estaba allí, enfrascado en aquel juego agotador.

El portal nos escupió en una ladera empinada. La roca negra que pisaba estaba caliente. Sobre nosotros, un cráter volcánico coronaba la montaña, y de su cima brotaban humo y chispas a intervalos regulares. Delante de nosotros, un estrecho camino serpenteaba cuesta arriba hacia una catarata de lava.

—Bienvenido al salón de baile más codiciado de todo Voldaris —declaró Kavik, que abrió los brazos en un gesto teatral.

Fingí una risotada, aunque no le veía la gracia a estar junto al dios que había ejecutado a su pupilo unos minutos antes. Y ahora Kavik tenía ganas de fiesta.

Al subir, el camino volcánico me quemaba la suela de los zapatos.

Aquel era el dominio de Pyralia. Fuego y pasión.

El sudor me corría por la espalda, pero ninguno de los dioses parecía sentir la menor incomodidad.

No pude evitar acordarme de los veranos de Cresta Salada: todo el pueblo parecía moverse más despacio, y los pescadores salían a faenar antes del alba para esquivar lo peor del calor. Todos lo sufríamos juntos.

—Fíjate en esto —dijo Kavik cuando llegamos a la cortina de lava.

Dio un paso al frente y levantó las manos, y el flujo de roca fundida se abrió como una cortina de agua para dejar un túnel a la vista—.

Es un sistema de seguridad. Todo el mundo es bienvenido, siempre que venga acompañado de un residente de Pyros.

—Impresionante —respondí con la sonrisa falsa que me había acostumbrado a mostrar.

Atravesamos la abertura y el rugido de la celebración me golpeó como una ola.

El interior de la caverna volcánica se había transformado en un extenso antro de placer.

Había estanques de lava que emitían una luz pulsante al ritmo de la música, que parecía proceder de la propia montaña.

Los seres divinos bailaban en plataformas suspendidas sobre el magma, con movimientos gráciles y desinhibidos.

Seres forjados a partir del fuego mezclaban bebidas que escupían chispas y volutas de humo.

—Aquí —anunció Chavore con una sonrisa— es donde se relajan los dioses.

Kavik nos llevó a un rincón privado, bajo el cual se extendía el salón principal. Los mullidos asientos rodeaban una mesa de vidrio volcánico. Unos sirvientes aparecieron para traernos bebidas humeantes.

Di un trago cauteloso. Quería mantenerme alerta, pero, si me negaba, llamaría la atención. Sabía a fuego líquido y canela.

—Entonces… —En cuanto nos sentamos, Chavore se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas, y habló con una voz grave que me recordó a los comandantes militares que visitaban Cresta Salada de vez en cuando—. Cuéntame, Kav. ¿De verdad era necesario matar a tu competidor?

Al oírselo preguntar con tanta indiferencia casi me atraganté con la bebida.

La sonrisa de Kavik se endureció.

—¿Pretendes decirme que tú habrías dejado pasar semejante insulto a tu padre? Vamos, Chav.

—Desde luego que no —respondió Chavore, que se alisó el pelo con la mano—. Pero una cosa es disciplinar y otra excederse.

Kavik soltó una risotada y empujó el hombro de Chavore con tanta fuerza que a un mortal lo habría hecho salir volando.

—¿Qué puedo decir? —Al abrir los brazos estuvo a punto de tirar la bebida—.

¡Hago las cosas a lo grande, colega! La vida es muy larga y hay que procurar no aburrirse.

—La luz de la lava reflejada en sus ojos les confería un color rojo sangre—.

Además, no todos tuvimos la suerte de que nos tocaran aprendices que supieran comportarse.

Tu chaval —me señaló con un gesto seco de la barbilla— sabe cuándo tiene que hacer una reverencia y cuándo puede hablar.

Darian creía que su cara bonita lo protegería de las consecuencias de sus actos.

Con la copa en los labios, sonreí para que lo interpretasen como diversión contenida.

No se me escapaba lo contradictorio de la situación, lo fácil que me había resultado meterme en el papel de discípulo respetuoso mientras alimentaba unas intenciones muy distintas.

Cuando de día encandilaba a los ancianos del pueblo y luego me pasaba las noches en la taberna, la gente me acusaba de hipocresía.

Sulien siempre me había defendido: «No es que tenga dos caras; es que sabe desenvolverse en mundos diferentes».

Deseé que pudiera verme en aquel momento, desenvolviéndome en el mundo más peligroso imaginable.

Miré de reojo a Nyvora y a Elysia. Las dos tenían sus propios competidores, pero no habían asistido con ellos. Yo era el único mortal invitado a aquella salida, y no dejaba de preguntarme por qué.

—Hablando de pupilos y tutores —dijo Kavik arrastrando las palabras, tras centrar la atención en Nyvora—. ¿Qué es eso que he oído de que últimamente rondas a Xül como un halcón al acecho?

Nyvora rio con un sonido musical al que asomaba una nota de fragilidad y se recolocó la gargantilla de diamantes.

—Una mujer puede cambiar de opinión, querido.

Si nuestra dulce Elysia reclama para sí un príncipe —señaló a Chavore con un gesto—, ¿por qué no voy a apuntar yo igual de alto?

—Calló e hizo girar la bebida con más fuerza de la necesaria—.

Además, mi madre está cada vez más insoportable.

Preferiría acostarme con la mismísima muerte antes que pasar un año más como la chica de los recados de Davina.

En la mesa se hizo el silencio; aquella franqueza sin tapujos había pillado por sorpresa incluso a los dioses.

—¿Sabéis que he tenido que mentirle sobre dónde estoy ahora mismo? —prosiguió Nyvora—. Le dije que iba a revisar unos informes de fertilidad. Porque, al parecer, saber qué mortales follan durante el equinoccio de otoño es un mejor uso de mi tiempo que venir aquí.

Elysia abrió mucho los ojos y a Kavik se le escapó un silbido.

—Vaya, Nyv —dijo, y alzó la copa—. Sin pelos en la lengua, ¿eh?

—Solo soy pragmática —respondió Nyvora—. Pronto lo tendré comiendo de mi mano.

—Te deseo suerte —resopló Kavik—. El príncipe de la muerte no es conocido precisamente por la calidez de su corazón.

Nyvora puso los ojos en blanco.

—Cuando te crías con una persona difícil, aprendes a tratar con la gente así —respondió.

Chavore la estudiaba con un interés renovado.

—Y yo que creía que disfrutabas siendo la mano derecha de Davina.

—Oh, sí, seguro. —La voy de Nyvora rezumaba sarcasmo—. No hay nada que me guste más que organizar fiestas de la cosecha. Justo lo que soñaba de pequeña: ser la planificadora de eventos de mi madre para toda la eternidad.

—Príncipe o no —Kavik intentaba a toda costa llevar la conversación a un terreno menos peligroso—, Xül sigue siendo el cabrón más inaguantable del puto universo.

Va por Voldaris pavoneándose como si le perteneciera.

Ya, lo pillamos. Eres especial, has ascendido, felicidades. Ahora, cállate y deja de dar la lata.

A Chavore le tembló la mandíbula.

—¿Sabes una cosa, Kav? —Habló en voz baja, pero había acero en sus palabras—. Él es el único de nosotros que ha tenido que trabajar para alcanzar la posición que ocupa. Los demás… —señaló alrededor de la mesa— heredamos el poder al nacer; nunca nos han cuestionado ni nos han puesto a prueba.

El comentario cayó en la conversación como una losa y provocó ondas de tensión que hasta yo pude sentir.

Los dedos de Elysia se posaron en el brazo de Chavore, un contacto suave pero posesivo.

—Querido —ronroneó con una voz dulce como la miel, pero que contenía una nota de aviso—, no podemos cambiar las circunstancias de nuestro nacimiento, ¿verdad?

La divinidad es un regalo, no una carga por la que haya que pedir disculpas.

—Su sonrisa fue radiante pero premeditada—.

Y tu padre demostró una piedad excepcional al permitir que Xül ascendiera, sobre todo después de la…

decepcionante elección de Morthus. —Se volvió para dirigirse a toda la mesa y sus palabras adquirieron un tono reverente—.

Nuestro rey es un auténtico ejemplo de moderación.

Me mordí el interior de la mejilla. La palabra «moderación» aplicada a Olinthar me retorció las tripas, un complejo nudo de dolor, rabia y el terrible conocimiento de lo que era él en realidad.

—Sí —respondió Chavore con voz inexpresiva mientras apuraba su vaso—. Si algo define a mi padre es su compasión.

Lo miré de reojo, sorprendido por el tono de su respuesta, y me asombró ver que hacía un gesto despectivo, tan breve que fue casi imperceptible, pero, aun así, inconfundible.

Antes de que pudiera procesar lo que había visto, Kavik se levantó y señaló a un grupo de bailarines. Una mujer con una brillante mata de pelo rojo se movía en el centro; bajo la luz volcánica, su piel relucía con tonos cobrizos.

—Venga, es hora de que el príncipe de Voldaris me acompañe a ligar —anunció Kavik con un codazo a Chavore—. He visto allí a Teanna.

Chavore se rascó la cabeza, dubitativo, pero al fin asintió.

—De acuerdo.