The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 25. El banquete #3
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Capítulo 25. El banquete #3

—¿Te crees capacitado para adivinar las intenciones del rey? —dijo Kavik mientras se acercaba con paso medido.

—Creo que he bebido demasiado… —comenzó Darian.

—El vino ha sacado a la luz lo que ocultaba la sobriedad —siseó Kavik—. Dime, ¿qué otras figuraciones sobre los Doce te ofrece tu sabiduría evolucionada?

El salón había quedado en silencio, con todas las miradas fijas en el drama que se desarrollaba. Los portales de visualización cambiaron de sitio para no perderse ni un instante.

—Ninguna, mi señor. Me he expresado mal. Solo quería…

—Impresionar. Hacerte el listo. Resaltar. —Los dedos de Kavik se le acercaron a la mejilla—. Enhorabuena: lo has conseguido.

El espacio que los separaba se desvaneció. Kavik levantó la mano como para ofrecer una caricia amante. Las yemas de sus dedos rozaron la cara de Darian, y la carne chisporroteó bajo ellos.

El joven se convulsionó. Una inspiración temblorosa se le atascó en la garganta, y a continuación se convirtió en un grito mudo. El humo brotaba de su piel en finos remolinos susurrantes. El olor a quemado llenaba el aire.

Los ojos de Darian se clavaron en los de Kavik, muy abiertos y húmedos, bordeados de ampollas. Se le arqueó el cuerpo, con todos los músculos tensos, mientras el fuego lo consumía desde dentro.

A continuación, nada. Los dedos ennegrecidos de Darian se alzaron en vano hacia el techo. Su cuerpo se desmoronó en el suelo, más ceniza que hombre.

Se hizo un silencio absoluto. Nadie se movía. Nadie hablaba. Hasta los portales de visualización parecían contener el aliento, absorbiendo aquella ejecución inesperada.

Entonces Kavik giró en redondo y recorrió con la vista a los competidores congregados.

—En Voldaris, el respeto se valora por encima de todo —dijo con una voz que llegaba a todos los rincones—. No lo olvidéis.

Dicho aquello, pasó por encima del cadáver de Darian y se reunió con las otras Leyendas. Aceptó una copa de vino como si no hubiera ocurrido nada importante. Los sirvientes de los dioses se materializaron para retirar los restos de su antiguo tutelado.

El hechizo se rompió. Se reanudaron las conversaciones, aunque en voz más baja que antes. Tanto las Leyendas como los competidores siguieron preparándose para partir como si no se acabara de extinguir una vida a causa de un momento de idiotez inducida por el alcohol.

—Venga —murmuró Xül, apretándome la muñeca con suave insistencia—. Tenemos que irnos.

Avancé aturdida, viendo en la mente una y otra vez la última expresión de Darian, aquel momento de comprensión horrorizada.

Al salir sentí el frescor del aire nocturno en la piel, pero seguía ardiendo por dentro.

—Eso ha sido… —comencé, incapaz de encontrar palabras adecuadas para el horror que había presenciado.

—Ha sido justicia divina —concluyó Xül en mi lugar, con una expresión indescifrable—. Rápida y absoluta.

—El chico pretendía impresionarlos —dije con una voz que sonaba distante incluso a mis propios oídos—. Solo quería caerles bien.

—Y esa desesperación lo ha matado —respondió Xül, mirándome a los ojos con una intensidad incómoda—. En Voldaris, dar indicios de necesidad de aprobación es una debilidad que tendrá consecuencias. Tenlo siempre presente, estrellita.

Me recorrió un escalofrío al pensar en lo que significaba aquello, en lo cerca que estábamos Thatcher y yo de acabar igual que aquel chico cada vez que respirábamos.

—Y estás luchando para unirte a este mundo. —Xül me puso la mano en el hombro para hacerme mirarlo a los ojos—. Esto es lo que te espera al final del camino.

—No —susurré de forma automática—. Yo no…

—Claro que sí —dijo con voz suave pero inflexible—. O eso, o mueres. Son las únicas opciones que permite la divinidad.

Antes de que pudiera responder, alzó una mano para rasgar el tejido que separaba los dominios. El portal se abrió ante nosotros; la oscuridad nos llamaba como una vieja amiga.

—¿Fue eso lo que te pasó a ti? —pregunté, incapaz de contenerme.

La irritación cruzó su mirada.

—No sacrifiqué toda mi empatía, estrellita —dijo al cabo de un momento, y me tendió la mano—. Solo la suficiente para sobrevivir.

Deposité mi palma en la suya y el contacto me lanzó un chisporroteo indeseado por las venas. Cruzamos juntos el portal, dejando atrás la resplandeciente fachada de la sociedad divina y todos sus juegos terribles.

Los ojos vacíos de Darian me siguieron a la oscuridad. Cuando salimos por el otro lado, las estancias de obsidiana de la Aguja de Hueso nos recibieron con su frío abrazo. Pero ni siquiera allí, en el corazón del dominio de Xül, pude evitar la desazón que me llegaba a la médula.

—Partimos al amanecer hacia la Ciudad Eterna —dijo Xül en voz baja, irrumpiendo mis pensamientos—. Tengo que ocuparme de unos asuntos, y tú… —hizo una pausa, estudiando mi cara— tienes que ver algo más que la superficie resplandeciente.

—¿Es que no he visto bastante? —se me escapó antes de que pudiera contenerme.

Sus ojos se suavizaron.

—Lo que has visto esta noche no ha sido más que la representación teatral. Mañana nos asomaremos entre bambalinas.