The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 25. El banquete #2
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Capítulo 25. El banquete #2

La Leyenda se inclinó hacia el joven y le dijo algo que hizo que su rostro se iluminara de entusiasmo. Con cada palabra, la sonrisa de la Leyenda se ampliaba.

—Qué parlanchín —murmuré.

—Y todo el mundo lo escucha —añadió Xül.

En efecto, al otro lado del comedor, Kavik había reparado en la conversación. Su expresión seguía siendo amable, pero irradiaba una furia gélida. Cuando Darian volvió a su mesa, Kavik se inclinó hacia él y le susurró algo que lo hizo palidecer.

—¿Qué le va a pasar? —pregunté.

—En el mejor de los casos, Kavik se limitará a retirarle su apoyo y tendrá que enfrentarse solo al próximo Juicio. —Aelix se encogió de hombros—. En el peor… Bueno, ocurren accidentes durante el entrenamiento.

Lo cruel que era aquello me revolvió el estómago. La música empezó a impregnar la estancia. Era una melodía extraña y evocadora, interpretada con arpas. La primera pareja se dirigió al centro de la pista: Chavore y Elysia.

—Seguro que follan —observó Marx sin rodeos—. Con bastante entusiasmo, por lo que parece.

Aelix se atragantó con su bebida.

—Tu tacto es, como siempre, notable.

—¿Me equivoco? —preguntó ella desafiante.

—En absoluto —respondió Xül con tono divertido.

Más parejas salieron a bailar; todas ellas se movían con la gracia que caracterizaba a las Leyendas.

—Xül. —Una voz de mujer interrumpió nuestra conversación. Nyvora había vuelto, con expresión de encanto decidido—. No me negarás un baile ahora que han terminado las formalidades del banquete.

Más que verla, la vacilación de Xül la sentí. Pero se puso en pie, con una exquisita cortesía que enmascaraba cualquier posible reticencia.

—¿Cómo podría rechazar una invitación tan gentil?

Con una sonrisa triunfante, Nyvora lo cogió de la mano y lo condujo a la pista de baile. Los vi alejarse, diciéndome que la opresión que sentía en el pecho se debía a la preocupación.

Giraban al unísono con una cadencia sensual, el cuerpo de Nyvora pegado al de él como si lo conociera palmo por palmo. Y él la guiaba con seguridad. Mantuvo cuidadosamente una expresión neutra mientras ella le hablaba al oído.

—Qué asco —comentó Marx siguiendo mi mirada.

Me obligué a apartar la vista y centrarme en mi copa, ahora vacía.

—Tiene pinta de maniobra política.

—Mmm. —Me estudió con una intensidad inquietante—. ¿Así se llama ahora?

La miré con los ojos entrecerrados, una advertencia silenciosa de la que hizo caso omiso.

—Cuidado, Thais —continuó, bajando la voz para que solo se oyera en nuestra mesa—. Tu cara delata más de lo que crees.

—No sé de qué hablas —respondí con frialdad.

Me dio una patada por debajo de la mesa, lo bastante fuerte para hacerme sobresaltar.

—Mentirosa.

—Señoritas —interrumpió Aelix mirándonos con sospecha creciente—, ¿hay algo que deba saber?

—Claro que no —respondimos al unísono, con lo que solo conseguimos que frunciera aún más el ceño.

—Marx ve visiones —añadí por si las moscas.

Aelix suspiró y cogió su copa.

—Creo que voy a apartarme de esta conversación antes de que tome un cariz más peligroso.

—Sabia decisión —dijo Marx, y levantó la copa en un saludo burlón.

Al otro lado de la estancia vi a Kyren, sentado a una mesa con su tutor. Captó mi mirada y me dirigió un sutil gesto de reconocimiento.

Volví a observar la pista de baile, donde Xül y Nyvora estaban terminando su vals. Él seguía mostrando una expresión neutra, pero su postura indicó alivio mientras la acompañaba fuera de la pista. Nuestras miradas se cruzaron, con una pregunta silenciosa.

«Estoy bien», intenté transmitirle sin palabras. A continuación, se dirigió a nuestra mesa y evitó por los pelos que lo interceptara otra hermosa Leyenda.

—Nyvora te manda saludos —dijo con sequedad, y volvió a tomar asiento.

—Sí, claro —murmuró Marx, con lo que se ganó una mirada fulminante de Aelix.

El resto de la velada transcurrió entre conversaciones cautelosas y vigilancia atenta.

Aprendí a detectar las sutiles dinámicas de la política divina en la inclinación de una cabeza, en la posición de una mano, en la distancia prudencial que se mantenía o se traspasaba.

Cada interacción era una lección: qué decir, qué evitar, cómo esquivar preguntas incómodas sin ofender.

Cuando el banquete llegaba a su fin, el agotamiento hacía que me pesaran las extremidades, y la alerta constante me pasaba factura. Al otro lado del salón, otros competidores mostraban signos de fatiga similares, mientras que las Leyendas seguían tan frescas como al principio.

—Otra ventaja de la divinidad —señaló Xül al verme mirar—. Una resistencia infinita para las tediosas obligaciones sociales.

—Solo por eso ya vale la pena —respondí con sequedad.

—Va siendo hora de retirarse —dijo poniéndose en pie y tendiéndome la mano—. Hemos cumplido con el protocolo y hemos causado la impresión necesaria.

Acepté su mano y permití que me ayudara a levantarme.

—¿Y qué impresión es esa?

—Como ya te dije, que merece la pena observarte —susurró sin apartar los ojos de los míos.

El peso de sus palabras me cubrió como un manto: en parte era una protección y, en parte, una carga. La excepcionalidad en los reinos divinos implicaba llamar la atención, lo que a su vez implicaba convertirse en objetivo.

Después de despedirnos de Marx y Aelix, nos encaminamos a la puerta. A nuestro alrededor se había aplacado el bullicio, y la velada llegaba a su inevitable conclusión. Los sirvientes de los dioses se deslizaban entre las mesas, recogiendo copas abandonadas.

Cerca del centro del salón volví a ver a Darian. No había dejado de beber desde la reprimenda de Kavik. Un grupo de Leyendas, enfrascadas en una animada conversación, se había reunido en las inmediaciones.

—… la integración avanza sin percances en todos los territorios —decía uno—. Los sacerdotes permanentes en los campamentos ya están dando resultados.

—Se han descubierto tres nuevos bendecidos entre los soldados, justo a tiempo para los Juicios —añadió otro.

Entonces se acercó Darian, balanceándose ligeramente, y dio un paso hacia el círculo.

—Cabe preguntarse por qué el rey de los dioses considera más probable encontrar bendecidos entre aquellos que se ganan la vida matando.

Las Leyendas se volvieron hacia él con expresiones de leve sorpresa.

—¿Cuestionas los métodos de Olinthar? —preguntó una Leyenda con cautela.

Un destello de lucidez cruzó el congestionado rostro de Darian.

—No los cuestiono. Solo me pregunto…

—¿Insinúas que el rey de los dioses se prepara para la guerra? —La voz de Kavik, que se había acercado en silencio, resonó en la estancia.

—Mi señor, solo quería decir que…