The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 25. El banquete
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Capítulo 25. El banquete

E l palacio de la Prueba se alzaba sobre nosotros, con sus chapiteles de alabastro clavados como dientes en el cielo nocturno.

En lo alto flotaban lámparas, al parecer sin ninguna sujeción física; su luz dorada proyectaba curiosas sombras sobre la multitud, a cuyo alrededor se movían los sirvientes con grácil discreción.

—Recuerda —murmuró Xül, con la mano levemente apoyada en mi espalda—: todo es una representación. Lo que ocurra esta noche no solo afectará a los Juicios, sino también al posible lugar en el panteón de los que consigan ascender. Los divinos tienen buena memoria.

Asentí, con la boca seca de repente. Detestaba estar de nuevo en el sitio en el que tantos competidores habían muerto entre gritos, en el que había vislumbrado por primera vez la verdadera crueldad de los Juicios.

Delante de nosotros, las Leyendas y sus competidores formaban una cola dispersa, esperando para entrar en el gran salón. Inspeccioné a los congregados en busca de Thatcher, pero no pude localizarlo en el mar de elegantes desconocidos.

—Seguro que ha venido —dijo Xül como si me leyera el pensamiento—. Chavore nunca desperdicia una oportunidad de pavonearse.

Fui a contestar, pero se me atragantaron las palabras cuando me fijé en los portales de visualización: los había por docenas, formando ondas en el aire que rodeaba la entrada como si lo distorsionase el calor. Ojos invisibles nos observaban desde todo Voldaris.

—Hay más mirones de lo que esperaba —dije en voz baja.

—Los dominios están ávidos de entretenimiento. —Xül me guio hacia delante mientras la fila empezaba a avanzar—. Quieren ver quiénes medran, quiénes podrían suponer una amenaza, quiénes se muestran prometedores.

—¿Y quiénes no dan pie con bola?

Sus labios esbozaron una sonrisa.

—Exacto.

Cuando llegamos a la entrada vimos a un heraldo junto a un enorme registro, en el que apuntó algo con sumo cuidado.

—Xül, guardián de los condenados, príncipe de Draknavor —anunció con una voz que se propagaba de forma antinatural—. Y su elegida, Thais Morvaren de Cresta Salada.

Entramos en el salón. Colgaban arañas de cristal de techos de una altura increíble, y su luz atravesaba prismas que lanzaban arcoíris danzantes a los suelos de mármol. La mitad del espacio estaba ocupada por mesas largas dispuestas en semicírculo, mientras que la otra mitad estaba despejada.

—¿Dónde est…? —empecé a decir, pero la repentina tensión de Xül me interrumpió.

Al seguir su mirada vi el motivo de la inquietud. Se acercaba una mujer alta y esbelta, de una belleza indómita que su atuendo formal no alcanzaba a contener. Tenía los ojos clavados en Xül.

Nyvora.

—Príncipe Xül —ronroneó mientras llegaba hasta nosotros con unos pocos pasos elegantes—, qué agradable sorpresa. Empezaba a pensar que se te había olvidado cómo salir de tu islita.

—Nyvora —dijo él con una inclinación de cabeza—. Veo que has conseguido escapar por esta noche de la atenta mirada de tu madre.

Su risa era como el veneno, bonita pero cortante.

—Mi madre entiende la importancia de las relaciones sociales. —Posó en mí una mirada que pasó de evaluadora a desdeñosa en un instante—. Y vienes con tu pequeña portadora de estrellas, ¡qué adorable!

Antes de que Xül pudiera responder, la miré a los ojos y sonreí, sin decir nada. La sorpresa brilló en sus ojos: yo no había entrado al trapo. Se volvió hacia Xül.

—Por lo menos está bien entrenada.

—Thais —dijo Xül, poniendo un énfasis deliberado en mi nombre—, te presento a Nyvora, hija de Davina y aesymar de la fauna.

—Mucho gusto, lady Nyvora —saludé con una inclinación.

Entrecerró un poco los ojos, valorando mi respuesta en busca de cualquier atisbo de burla, pero sonrió al no encontrar objeciones que plantear abiertamente. No fue una sonrisa cálida.

—Cuánto me alegro de conocer a una competidora con modales. No sabes cuántos los olvidan.

Una clara advertencia, envuelta en amabilidad.

—Tengo la suerte de contar con un tutor excelente —respondí, con una oscilación medida entre lo sincero y lo ambiguo.

—Sí, bueno. —Apoyó la mano en el brazo de Xül—. Estoy segura de que tendremos tiempo para conocernos mejor a lo largo de la velada.

Antes de que ninguno de los dos pudiera responder se anunció a otro par de asistentes: Chavore y su elegido, Thatcher Morvaren.

El corazón me dio un vuelco al oír el nombre de mi hermano. Me giré y lo vi entrar, casi irreconocible con su traje formal azul intenso con bordados plateados en el cuello. Chavore se alzaba imponente junto a él, alto y ancho de espaldas, observando el entorno con sus ojos dorados.

La mirada de Thatcher se cruzó con la mía desde el otro lado del salón abarrotado, y nuestro vínculo bulló de alivio y preocupación.

«Estás bien», me transmitió con un pensamiento teñido de inquietud.

«Estoy bien —corroboré—. ¿Y tú?».

«Me las apaño».

—Supongo que la cena se servirá pronto. —La voz de Nyvora me devolvió al presente—. Ven, Xül, he pedido que te sienten con nosotros. —Le tironeó del brazo.

—En realidad —dijo Xül mientras se zafaba con delicadeza—, ya he reservado asientos para mi competidora y para mí. El entrenamiento no termina nunca, como estoy seguro de que ya sabes. Puede que en otra ocasión, Nyvora.

La sonrisa de la mujer se congeló, una grieta en su perfecta compostura.

—Muy bien, pero luego te busco. No creas que voy a permitir que termine esta fiesta sin que hayamos hablado en condiciones.

Me lanzó una última mirada que me pareció contenida y se alejó a paso ligero en dirección a un grupo de Leyendas que se encontraba cerca de un portal de visualización.

—Lo has llevado muy bien —murmuró Xül en cuanto ella estuvo bastante lejos para no oírnos.

—No es precisamente sutil —observé.

—Pocos lo son. —Volvió a posarme la mano en la espalda para guiarme hacia las mesas—. Ven. Tenemos que establecer nuestra posición antes de que empiecen los juegos de verdad.

Mientras cruzábamos la sala me fijé en la cuidadosa disposición de las mesas. Cerca del centro, en el ápice del semicírculo, había una con el emblema de Morthus: una llave negra cruzada con una guadaña plateada.

Xül me apartó la silla, un gesto de una formalidad inusitada. Me senté, y esperaba que él tomara asiento frente a mí, pero lo que hizo fue ocupar la silla que yo tenía al lado. La mesa tenía cuatro servicios; quedaban dos sitios vacíos delante de nosotros.

—Yo creía que las Leyendas se sentarían juntas —dije arreglándome los pliegues del vestido—, no con sus… custodiados.

—No hay regla fija —respondió. Hizo una seña a un sirviente, que regresó en el acto con unas copas cuyo contenido brillaba con un tono azulado—.

Pero, esta noche, la impresión que demos es tan importante como la celebración.

Todos los que nos miran sacarán conclusiones al ver quiénes se sientan con quiénes.

—¿Y qué mensaje estamos enviando?

Me entregó una de las copas; nuestros dedos se rozaron.

—Que mereces mi atención personal.

Antes de que pudiera asimilar las implicaciones, una voz conocida se impuso sobre el bullicio.

—Vaya, vaya. Creía que nos esperarías.

Levanté la vista y vi acercarse a Aelix, con Marx al lado. Estaba despampanante con su vestido escarlata oscuro. Mostraba una estudiada expresión de aburrimiento, aunque vi que observaba a los congregados con un destello de interés en los ojos.

—Aelix —saludó Xül—, empezaba a pensar que habías encontrado un compromiso más interesante.

—¿Y perderme este espectáculo de excesos divinos? —Aelix sonrió, apartando una silla para Marx antes de sentarse él mismo—. Ni hablar.

—Señorita Morvaren —dijo Aelix volviendo su atención hacia mí—, te veo notablemente intacta.

—Soy difícil de matar —respondí, y tomé un trago de la bebida luminosa, que sabía a bayas de verano y vino espumoso.

—Eso tengo entendido.

Marx puso los ojos en blanco.

—¿Podemos saltarnos las tonterías crípticas? Me muero de hambre, y sea lo que sea eso —señaló con un gesto a un sirviente que llevaba una bandeja— huele que alimenta.

Como si sus palabras les hubieran dado pie, por todo el salón aparecieron sirvientes cargados de platos de comida indescriptible. Pusieron uno en el centro de nuestra mesa. Parecía de pescado, pero tenía unos colores que no debería poseer ninguna criatura, y estaba dispuesto en espiral.

Mientras comía, dejé vagar la mirada por la estancia. Thatcher compartía una mesa con Chavore, Kavik y varias Leyendas que reconocí de la Elección. Parecía enfrascado en lo que estuvieran hablando.

—¿Os habéis fijado en que nuestra audiencia ha crecido? —preguntó Aelix—. Ahora hay más portales de visualización que al principio.

Miré a mi alrededor y comprobé que era cierto. Las distorsiones resplandecientes se habían multiplicado, situadas estratégicamente por todo el salón. Observé con un estremecimiento que una flotaba justo sobre nuestra mesa.

—Puede que los demás no hayan venido —dijo Xül en voz baja—, pero nos miran. No se pierden detalle.

—Qué maravilla —comentó Marx entre dientes—. No hay nada mejor que comer bajo el escrutinio de unos mirones inmortales.

A medida que avanzaba la cena, cobraba consciencia de la compleja red de interacciones que nos rodeaba.

Hasta el último movimiento parecía coreografiado; hasta la última conversación estaba cargada de significados ocultos.

Al otro lado del salón vi a un competidor charlando animadamente con una Leyenda que, a pesar de su sonrisa, ocultaba una expresión depredadora en las comisuras de los ojos.

Cerca de ellos, un portal de visualización se reorientó para captar mejor la conversación.

—Darian, de los montes de Teranta —murmuró Aelix siguiendo mi mirada—. El elegido de Kavik. Ha estado intentando ganarse el favor de otras Leyendas, un juego peligroso.

—¿Por qué? —pregunté con cuidado de hablar en voz baja—. ¿Establecer relaciones no forma parte de este… espectáculo?

—Establecer relaciones sí. Mostrarse desesperado y desleal no. —Me rozó la muñeca por debajo de la mesa—. Mira.