The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 24. El juego de la espera #2
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Capítulo 24. El juego de la espera #2

Tenía un aspecto peligroso. Hermosa, sí, pero como una espada afiladísima; algo que se admira de lejos, pero que no hay que tocar.

—¿Qué te parece? —preguntó Novalie.

Antes de que pudiera responder, una voz grave resonó desde el umbral.

—Adecuado.

Los tejedores de sueños se dispersaron como pájaros asustados y se volvieron hacia Xül, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

Llevaba ropa formal: una levita que le llegaba por las rodillas, de un tejido negro como una noche sin estrellas, y, debajo, un chaleco de intenso color carmesí.

Lucía en el cuello un único rubí que reflejaba la luz como una gota de sangre.

—Mi señor —acertó a decir Lyralei con una reverencia apresurada—, ya estamos terminando.

Los ojos de Xül no se apartaron de los míos.

—Eso veo.

Los tejedores de sueños recogieron sus cosas a una velocidad impresionante y se despidieron y me desearon suerte entre murmullos mientras pasaban junto a Xül, que se había apartado para dejarlos salir. Su presencia llenaba la sala como un veneno.

Lyralei, que fue la última en marcharse, se detuvo un momento y me apretó la mano.

—Recuerda lo que te dije antes de la Prueba —susurró—. La vista al frente. La espalda recta. Tienes tanto derecho a estar aquí como cualquiera de ellos.

A continuación, salió de la estancia, dejándome a solas con Xül.

Me enderecé y me alisé la tela del vestido.

—¿Así que «adecuado» es el mejor cumplido que puedes ofrecer o te reservas tus encantos para el banquete?

Sus labios esbozaron esa sonrisa a medias que ya había aprendido a reconocer.

—Estás muy guapa cuando te arreglas, estrellita. Aunque creo que me gustabas más cubierta de sangre y victoria, después de la Cacería.

—Cómo no —murmuré.

Pasé a su lado para salir de la habitación y me siguió. Sus pasos no arrancaban ningún sonido del suelo de piedra.

—¿Y qué gilipolleces nos esperan en esa reunión divina? —pregunté mientras caminaba hacia el vestíbulo.

Me alcanzó y adaptó el paso al mío, con los labios fruncidos.

—Un banquete, por supuesto. Socializar. El aburrimiento de siempre… y los saludos de rigor, claro está.

Me paré en seco y me volví hacia él.

—¿Cómo?

Xül parecía estar conteniendo una sonrisa.

—En un acto tan solemne debes respetar cierto protocolo para saludar a tu Leyenda asignada. Lo principal es que te arrodilles.

Sentí que se me helaba la sangre en las venas.

—¿Arrodillarme? ¿Ante ti? Preferiría comer cristales.

—Sí, ya sé que te resistes con uñas y dientes a cualquier forma de obediencia —respondió con un brillo de diversión en los ojos—.

Pero, en cualquier caso, estrellita —se acercó con una sonrisa burlona—, tengo que darte una lección rápida para que no nos pongas en ridículo a los dos cuando, inevitablemente, te arrodilles ante mí.

Me crucé de brazos y lo fulminé con la mirada.

—Ni lo sueñes.

—No te queda otra —insistió—. En primer lugar, tienes que acercarte con la reverencia adecuada. —Señaló con un gesto el espacio que nos separaba—. Tres pasos adelante, cabizbaja, pero sin pasarse; aún tienes que verme la cara cuando acepte tu devoción.

—Mi ¿qué?

—Tu devoción —repitió—. Acto seguido, te arrodillas muy despacio —hizo un elegante movimiento hacia abajo— y te apoyas las manos en los muslos, con las palmas hacia arriba; eso simboliza tu disposición a ofrecerme tus servicios.

—Sí, claro que voy a ofrecerte algo —mascullé—, pero no serán mis servicios.

Él rio entre dientes.

—Después llega la declaración.

—La ¿qué?

—La declaración de mi magnificencia —respondió como si fuese algo perfectamente razonable—. Algo del estilo de: «Gran guardián Xül, tu presencia me honra y reconozco tu superioridad en todos los aspectos».

—Deliras.

—¿Y qué tal: «Me arrodillo ante ti, guardián, porque el negro te sienta mejor que a nadie»?

Sonreí a mi pesar.

—Un poco mejor.

De forma inesperada me tomó de la mano, y se lo permití; por un momento, la curiosidad se había impuesto al buen juicio.

—¿Sabes? —dijo en voz más baja—. Bromear es fácil, pero empiezo a pensar que no tienes ni idea de cómo arrodillarte en condiciones.

—He estado de rodillas más de una vez —repliqué—. Pero tengo mis criterios a la hora de decidir a quiénes considero dignos de ello.

—¿Ah, sí? —preguntó en un susurro, apretándome la mano lo justo—. Vamos a ver.

Algo se revolvió en mi interior ante su insistencia. Quizá fuera su forma de mirarme o lo absurdo de la conversación, o el simple hecho de que estaba harta de que creyera que me podía descolocar.

—Está bien —dije soltándole la mano—. A ver si así te callas.

Antes de darle demasiadas vueltas, me arrodillé ante él sin romper el contacto visual en ningún momento. Noté a través del vestido la presión de la piedra fría contra las rodillas.

Xül se quedó inmóvil. Durante un momento pareció verdaderamente sorprendido.

Me puse las manos sobre los muslos, con las palmas hacia arriba, exagerando la sumisión.

—Oh, insufrible señor del más allá —dije arrastrando las palabras, con un gesto grandilocuente de la mano—, cuán extraordinario me resulta magullarme las rodillas por ti.

Sus ojos se oscurecieron, sin apartarse mí. Se acercó. Tuve que subir la cabeza para mantener el contacto visual.

—¿Era lo que querías? —pregunté.

Algo peligroso destelló en su expresión. Se inclinó y me rozó la mejilla con los dedos. La suave presión me dejó sin aliento.

—Desde luego, las vistas son… satisfactorias —murmuró.

Nos quedamos así, suspendidos en un momento que había empezado como un juego, pero que, no sabía cómo, se había transformado en algo más.

Nuestras miradas siguieron entrelazadas de una forma que de repente hizo que me costase respirar.

No podía recordar cuándo habíamos estado tan cerca por última vez sin que la hostilidad se alzara entre nosotros.

Entonces, como si volviera en sí, apartó la mano y dio un paso atrás. Me puse en pie rápidamente, sacudiéndome el vestido.

—El protocolo no exige que nadie se arrodille en las reuniones divinas, señorita Morvaren —confesó, con la voz controlada de nuevo—. Pero no puedo negar que aprendes con una rapidez notable.

Me alejé, con el cuerpo aún vibrando por el recuerdo de su contacto.

—Bien jugado —dije con frialdad y precisión—. Te aplaudiría, pero no conviene seguir alimentando ese ego monstruoso que tienes.

Giré en redondo y reanudé la marcha hacia la puerta.

—Pero, la próxima vez que te inventes alguna excusa elaborada para ponerme las manos encima, que sea verosímil por lo menos —añadí.

El silencio que siguió fue para mí una especie de triunfo, breve pero satisfactorio, hasta que se recompuso y echó a andar. No miré atrás, pero sentí su presencia como una sombra a mi espalda; su desconcierto momentáneo fue una pequeña venganza.

Empujé las enormes puertas y salí al aire fresco de la noche.

—¿Vas a abrir uno de tus portales de la muerte o tenemos que llegar a nado a ese maldito banquete?

—Paciencia, estrellita —dijo con una sonrisa burlona en los labios—. La noche acaba de empezar.

Con un movimiento de muñeca, rasgó la realidad ante nosotros, revelando los remolinos de oscuridad, y me ofreció el brazo, de pronto muy formal.

—¿Vamos?

Vacilé, y luego le posé la mano en el antebrazo.

—Habrá que quitárselo de encima.