Capítulo 24. El juego de la espera
L as dos semanas siguientes pasaron volando, entre entrenamientos y noches solitarias. Xül viajaba a menudo a la Ciudad Eterna y siempre volvía quejándose entre dientes de los obstáculos administrativos. Las ojeras se acumulaban bajo sus ojos a cada día que pasaba.
Habíamos adoptado un ritmo extraño: íbamos por la mañana a la playa de arena negra, donde yo luchaba contra las almas que él invocaba hasta que me temblaban las extremidades por el agotamiento; la tarde la pasábamos en su biblioteca, donde me llenaba la cabeza de conocimientos sobre el panteón hasta que sentía que me iba a estallar.
—Otra vez —ordenó Xül, y su voz me llegó por encima de la arena mientras otra alma condenada se materializaba ante mí, deformada por los pecados que la hubieran llevado a aquel sitio.
Alcé la espada estelar, desoyendo las protestas de unos músculos que llevaban horas al límite.
—Sabes que los tutores normales dan descansos a sus alumnos, ¿verdad?
—Pero tú no tienes nada de alumna normal —respondió, impasible ante mi agotamiento.
El alma se abalanzó sobre mí a una velocidad antinatural. Giré en redondo y levanté la espada en un arco que le atravesó el torso. Se disolvió con un gemido que me lanzó un escalofrío columna abajo.
Xül se me acercó con expresión crítica.
—Sigues dejando el lado izquierdo desprotegido. Si hubiera sido un adversario de verdad…
—Estaría muerta, sí. Ya me lo habías dicho. —Me enjugué el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Muchas veces.
Crispó los labios, lo más parecido a una sonrisa que le había visto en días.
—Por lo menos estás escuchando.
Sin saber qué dos de los doce aesymar combinarían sus dominios para el Juicio siguiente, no podíamos prepararnos para nada concreto, por lo que no nos quedaba más remedio que estar listos para todo.
—La espera forma parte del juego —me explicó Xül una tarde mientras yo me dejaba caer en un sillón de la biblioteca, con todos los músculos gritando de agotamiento—. Lo hacen a propósito. La perspectiva del dolor suele ser peor que el dolor en sí.
—Ni que nunca te hubieran apuñalado —murmuré mientras cogía la lectura asignada, un tedioso tomo sobre los doce dominios.
—Todo lo contrario —respondió con una voz extrañamente distante—. He vivido ambas cosas. La espera es peor.
Alcé la vista hacia él, sorprendida por su confesión, pero ya estaba de espaldas.
El decimocuarto día, casi al final de los estudios de la tarde, Xül se detuvo y ladeó un poco la cabeza, como si oyera voces a las que yo era sorda.
—¿Qué pasa? —pregunté cerrando el libro.
—Tenemos carta —dijo con una expresión indescifrable—. Dos, mejor dicho.
El corazón se me salió del pecho.
—¿El próximo Juicio?
—No exactamente. —Entre sus dedos se materializó un grueso pergamino sellado con lacre del color de la sangre seca—. Una invitación.
—¿A qué?
—A un banquete en honor de los competidores que han sobrevivido. —Su tono indicaba que el concepto le resultaba tedioso—. Es una tradición después del primer Juicio.
—¿Y la otra carta?
Su expresión se ensombreció.
—Se requiere mi presencia en la Ciudad Eterna. Otra vez.
—¿Cuándo es el banquete? —pregunté mirando el pergamino con inquietud.
—Mañana por la noche —respondió, y rompió el lacre con un movimiento del pulgar—. Lo que significa que habrá que prepararte.
—¿Más entrenamiento? —gemí.
—De otro tipo. —Su sonrisa no transmitía calidez—. Mañana volverán los tejedores de sueños para ayudarte con tu… presentación.
Mi corazón dio un saltito ante la idea de volver a ver a Lyralei y a los suyos. Habían sido muy amables conmigo antes de la Elección, y eso era lo que necesitaba en aquel momento: amabilidad frente a lo desconocido.
—No te alegres tanto —me reprendió Xül, aunque sus ojos brillaban de diversión—. Las reuniones divinas pueden ser tan peligrosas como los Juicios.
—Desde luego, sabes cómo hacer que una chica se ilusione por una fiesta —murmuré.
—No es una fiesta, estrellita. —Se inclinó hacia delante, serio de repente—. Es una representación.
—Así que me toca sonreír, asentir y procurar que no me maten. Me suena.
—En efecto. —Se puso en pie y se guardó la invitación en la chaqueta—. Ahora, a dormir. Nos vemos mañana.
Poco después del amanecer me despertó un gran revuelo a la puerta de mis aposentos. Las voces arrancaban ecos de los pasillos de piedra, emocionadas, nerviosas, por completo fuera de lugar en la atmósfera sombría de la Aguja de Hueso.
Habían llegado los tejedores de sueños.
Apenas tuve tiempo para vestirme antes de que mi puerta se abriera de golpe para revelar a Lyralei en todo su esplendor de cabello plateado, flanqueada por Novalie y Vesper. La cara que pusieron al ver mis aposentos resultó cómica, una mezcla de fascinación y horror mal disimulado.
—Vaya, qué… viva te veo —bromeó Lyralei mientras me recorría con la mirada.
—Me alegro de volver a verte, querida —dijo Novalie al tiempo que sacaba diversos recipientes y utensilios de una bolsa que parecía contener mucho más de lo que permitía su tamaño.
—Lo que quieren decir —intervino Vesper, apartándolas para cogerme por los hombros— es que nos alegramos mucho de que hayas sobrevivido.
—Entrecerró los ojos mientras me examinaba la cara—.
Aunque podríamos prescindir de esa estética del dominio de la muerte que has adquirido. Esas ojeras son una tragedia, querida.
Me eché a reír, sorprendida por lo mucho que había echado de menos su energía caótica.
—Yo también me alegro de veros.
—Bueno —dijo Lyralei, tomando las riendas como de costumbre—, tenemos unas seis horas para transformarte de «recién escapada de la muerte» a «visión divina de la perfección». Empieza por el pelo, Novalie. ¿Te lo han cortado con un cuchillo romo?
—Pues sí —confesé, lo que arrancó exclamaciones de horror a los tres—. ¿Qué pasa? Lo práctico es más importante que lo estético cuando se entrena doce horas al día.
—Menudo salvajismo —murmuró Vesper, que ya rebuscaba en mi armario.
Lyralei chasqueó los dedos y un cuarto tejedor de sueños al que no había visto hasta entonces se acercó a toda prisa con lo que parecía una bolsa de ropa.
—Por suerte para ti, hemos traído toda una colección de vestidos entre los que elegir.
Siguieron horas de mimos que me parecieron surrealistas después de las semanas de entrenamiento inmisericorde. Me lavaron el pelo con aceites esenciales, me masajearon con cremas la piel curtida por la batalla y me aplicaron cosméticos.
—El banquete se celebrará en el palacio en el que tuvo lugar la Prueba —explicó Lyralei mientras me peinaba—. Está en territorio neutral, entre Elaren y Voldaris.
Se me encogió el estómago ante la perspectiva de volver allí.
—Qué bien.
—Asistirán todas las Leyendas con sus competidores —añadió Novalie mientras me untaba la piel con algo brillante—. Aunque no irá ninguno de los Doce.
Eso, al menos, fue un alivio.
—Así que solo estaremos los seres inferiores —dije, lo que arrancó una risa a Vesper.
—No sé si se te puede considerar un ser inferior, Thais Morvaren —respondió—. Todo el mundo habla de tu actuación en el Juicio, ¿sabes?
—Veo que aprendiste bastante sobre alquimia en Draknavor —intervino Lyralei con voz cuidadosamente neutra.
—Xül me hizo tragar tanta información que no sé cómo no se me salió por las orejas.
—Los hechizos protectores que creaste durante la Cacería fueron impresionantes —dijo Novalie, seria y con los ojos muy abiertos—. Aunque no pareció que funcionaran correctamente.
Me puse en tensión al recordar cómo las criaturas pasaron por alto a nuestros amigos para centrarse en Thatcher y en mí.
—Creo que no hice una destilación lo bastante fuerte —mentí con naturalidad—. Era mi primer intento, ya sabes.
La mirada de Lyralei tardó un poco más de la cuenta en apartarse.
—¿Y cómo es trabajar con el príncipe de Draknavor? —preguntó Vesper sin molestarse en ocultar la curiosidad—. Tiene fama de… difícil.
—Podría decirse así —respondí, incapaz de reprimir una sonrisa—. No es mal profesor cuando deja de comportarse como un imbécil insufrible.
Se echaron a reír y el sonido iluminó el lúgubre dormitorio.
—Desde luego, nadie esperaba que la Elección saliera así —comentó Lyralei mientras me entrelazaba joyas en el pelo con dedos ágiles—. Muchos pensaban que Xül elegiría a tu hermano, después de aquella demostración con Drakor.
—Él también lo pensaba —reconocí—. Pero, a estas alturas, no me imagino como la pupila de nadie más.
A pesar de sus… técnicas y de su lengua afilada, no creo que ninguna de las otras Leyendas posea unos conocimientos tan amplios.
No cabe duda de que los años que pasó en bibliotecas dieron sus frutos.
—Estamos orgullosos de ti —dijo Novalie de repente, muy seria—. Tiene su mérito sobrevivir al primer Juicio.
Un silencio opresivo se apoderó de la estancia, y reinó la tensión en un lugar donde momentos antes había bromas. Todos sabíamos la verdad: aquello solo era el principio. Habría más Juicios. Más muerte. Más dolor.
Lo vi en los ojos de Lyralei mientras me terminaba de peinar, una tristeza que no podía disimular a base de profesionalismo. Había acicalado a innumerables competidores a lo largo de los años. ¿Cuántos habrían regresado?
—Ya está —dijo al fin, y dio un paso atrás para admirar su trabajo—. Tienes que verte.
Me giraron hacia un espejo de cuerpo entero.
Mi cabello negro estaba sujeto en un elaborado recogido que me dejaba el cuello al aire, con pequeñas gemas de un negro azulado entretejidas en las trenzas como gotas de noche.
El vestido que habían elegido no era negro ni azul, sino de un color intermedio; la tela cambiaba de tono con cada movimiento.
Colgaba de un hombro, dejando el otro al descubierto, y caía hasta el suelo en una cascada de oscuridad fundida.
El maquillaje no enmascaraba mis rasgos, sino que los realzaba, convirtiendo mis ojos en pozos de añil tan profundos como para ahogarse en ellos y tiñendo mis labios del color de las ciruelas maduras.