The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 23. Verdades reveladas #2
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Capítulo 23. Verdades reveladas #2

—Intentaban salvarme, o eso era lo que se decían. El mío no es un don que nadie quiera para sus hijos.

—¿Qué hiciste?

—Me fugué. —Reanudó la marcha con agresividad, levantando arena con cada paso—. Tenía once años. En plena noche. Robé comida de las cocinas del templo.

—¡Once años! Por los dioses, Marx.

—Aprendí deprisa. A esconderme, a robar, a conseguir que me dejaran en paz. —Me miró de reojo y una sombra le cruzó el rostro—. Lo más fácil fue lo último. Resulta que, cuando puedes hacer que a alguien se le caigan los dientes con solo mirarlo, la gente tiende a dejarte espacio.

—¿Adónde fuiste?

—A todas partes y a ninguna. —Se encogió de hombros—. Pasé unos meses en la capital, viviendo en edificios abandonados. Luego fui a la costa y estuve trabajando en barcos pesqueros donde no hacían preguntas si una niña iba sola. Y averigüé que hay cosas peores que una maldición.

No encontraba palabras. Estaba casi segura de que algo terrible ensombrecía su pasado, pero nunca imaginé que llegase a tal punto.

—A medida que crecía fue empeorando y haciéndose más difícil de controlar.

—Miró más allá de mí, a ninguna parte—. Me instalaba en algún sitio a intentar hacerme algo parecido a una vida, conseguía trabajo en una posada o de aprendiz con alguien tan desesperado como para pasar por alto mi fama…

y me iba bien durante un tiempo. Semanas, a veces meses.

—¿Y qué pasaba después?

—Que me enfadaba. O me asustaba. O a veces solo me cansaba. —Dejó escapar un suspiro cargado de resignación—. Y pasaba algo. La posada se quemaba. O mi jefe tenía un accidente.

—Eso no era del todo culpa tuya. Quiero decir, no es que pudieras controlarlo. —Fui a tocarle el brazo, pero se apartó.

—Puede que no tuviera control directo, pero yo era el elemento común.

Todos los sitios a los que me acercaba se iban a la mierda antes o después.

—Su voz no transmitía autocompasión, solo una aceptación ganada a pulso—.

Así que me propuse aprender a controlarlo.

—Volvió a mirar a ninguna parte—. Al final me di cuenta de que no solo dependía de mis emociones; también de mis pensamientos.

—Entonces ¿era mental?

—Exacto. Empecé a prestar atención. Muchísima atención. —Se dio unos golpecitos en la sien—. Había un… momento, justo antes de que se manifestara una maldición, que era como si en mi cabeza se accionara un resorte. Tardé meses en reparar en ello.

—¿Cómo aprendiste a controlar ese resorte?

—A base de ensayo y error. Mucho error. —Una sonrisa irónica se dibujó en su rostro—.

Me pasaba horas sentada a solas, pensando cosas terribles sobre las rocas, los árboles, las botas que llevaba…

Cualquier cosa que no pudiera sufrir. Intentando captar ese momento, ese resorte, y detenerlo. Evitar que se accionara.

—Suena agotador.

—Lo fue. Pero al final aprendí a usarlo a propósito y no por accidente.

—Flexionó los dedos, mirándoselos—. Luego llegó la parte difícil: aprender a apuntar, a ser concreta.

En vez de pensar «te odio», tenía que pensar «quiero que se te rompa el cordón del zapato izquierdo».

Si las intenciones eran exactas, los resultados también.

—Una estrategia impresionante.

—No tenía más remedio. —Dio una patada a la arena—. A los dieciséis podía maldecir un solo hilo de un trozo de tela, rasgarlo sin tocar nada más. Todo porque aprendí a controlar ese resorte mental, a dirigir mis pensamientos como flechas en vez de dejar que estallaran como un incendio.

Seguimos andando un rato en silencio, hasta que volvió a hablar.

—Antes de aquello empezaba a convencerme de que de verdad estaba maldita, o quizá de que yo era la maldición. De que mis padres tenían razón y yo era una especie de monstruo al que había que purgar.

—Eso es ridículo…

—Ahora lo sé —interrumpió—. Estos poderes… solo son otro tipo de don. Un don de mierda, incómodo y a veces homicida, pero un don al fin y al cabo. —Me miró a los ojos, con un desafío en cada línea de su cuerpo.

—¿Cómo te descubrieron? —pregunté—. ¿O te presentaste voluntariamente?

—Desde luego que no me presenté. Tenía diecinueve años y trabajaba en una panadería de un pueblo portuario llamado Greywich.

El dueño estaba medio ciego y necesitaba ayuda con desesperación; le daba igual qué hiciera y quién fuera, siempre y cuando fuese puntual.

—Contempló el mar negro—. Fue ahí donde conocí a Finn.

—Pronunció el nombre con suavidad, con cuidado, como si tuviera miedo de romperlo—.

Trabajaba en el almacén de madera. Iba todas las mañanas a por pan, siempre con algún chiste malísimo.

—Torció el gesto—. La primera persona en años que no se estremecía cuando lo miraba.

Más adelante me enteré de que tenía una hermana bendecida; la presentaron a los Juicios cuando él tenía doce años. Me lo había captado en los ojos.

—¿Sabía lo que eras?

—No tardó en enterarse. Una noche me pilló practicando en el callejón de detrás de la panadería. Yo estaba dispuesta a poner pies en polvorosa; tenía la mochila medio llena, y entonces me dijo… —Hizo una pausa y tragó saliva—. «Debes de estar cansada de huir».

Se le nubló la mirada.

—Teníamos… cuidado —continuó—. Nunca me preguntó por la maldición; nunca me presionó. Simplemente la aceptaba como parte de mí. Durante dos años tuve algo parecido a la normalidad. Hasta hablamos de irnos juntos, de buscar algún lugar remoto que los sacerdotes no visitaran mucho.

—¿Y qué pasó?

—Alguien me vio. Una noche, a última hora, perdí el control un instante y maldije a un borracho que me había agarrado.

Nada grave; solo forúnculos. Pero fue suficiente.

—Su voz se hizo monótona de nuevo—. Los sacerdotes llegaron al amanecer.

Finn intentó detenerlos; se plantó en la puerta de mi habitación y les dijo que yo no estaba.

Se me encogió el corazón. Ya sabía cómo iba a acabar aquello.

—Lo mataron en el sitio. —Se apartó de mí—. Con su último aliento me dijo que huyera, así que le hice caso, pero caí directa en la trampa: tenían toda la manzana rodeada.

—Marx…

—Lo malo —continuó, sin hacer caso de mis muestras de comprensión— es que podría haberlo salvado. Podría haber maldecido a todos aquellos sacerdotes antes de que lo tocaran. Pero vacilé. No quería demostrarles que acertaban al decir que era un monstruo. Y él murió por eso.

Hizo una pausa, con la vista perdida en el horizonte.

—¿Sabes qué fue lo peor? Aún faltaba un año para que se celebraran los Juicios. Me tuvieron todo el año en una celda, en el sitio en el que hicimos la Prueba. Esperando, sin más. Contando los días que faltaban para que pudieran asesinarme.

—¿Un año? —No pude ocultar el espanto—. ¿Sola?

—Ah, tenía compañía. Los gritos de otras celdas. La constancia de que Finn había muerto en vano, porque me prendieron igual. —Su voz se endureció como el pedernal—. Tiempo de sobra para pensar en cada error que había cometido, en cada momento en que había decidido contenerme.

El paralelismo me golpeó de lleno. La contención solo funcionaba durante un tiempo.

—Por eso luchaste tan enconadamente —dije en voz baja—. Ya no vacilas.

—Nunca. —Me miró a los ojos y vi en ellos el acero, forjado en la pérdida y templado por la rabia—. ¿Quieren un monstruo? Se lo daré. Pero en mis propios términos.

Nos quedamos en silencio unos instantes. Una parte de mí quería abrazarla o decirle cuánto sentía que hubiera tenido que soportar todo aquello. Pero no encontraba la manera.

—Te toca —dijo con tono despreocupado, volviéndose hacia mí.

—¿Qué…? —Parpadeé sorprendida.

—Acabo de volcar mi trágica historia en esta playa. Lo mínimo que puedes hacer es corresponderme. —Se cruzó de brazos, a la espera.

Pensé en mentir, en esquivar la conversación. Pero ella me había contado la cruda verdad, por dolorosa que fuera, y le debía al menos una versión de mi vida.

—Crecí en un criadero de ostras.

—Qué comienzo más emocionante.

—Cierra el pico. —Dejé escapar una sonrisa—. A mi hermano y a mí nos crio… —me detuve para buscar las palabras con cuidado— nuestro padre, Sulien. Nuestra madre… murió en el parto.

—Lo siento —dijo Marx, y me sorprendió la suavidad de su tono.

—Sí. —Me agaché a recoger una piedra pulida por la marea. Sentí su peso en la palma de la mano—. Sulien intentó mantenernos a salvo. Era un pueblo pequeño y llevábamos una vida tranquila. Funcionó durante un tiempo.

—Hasta que…

—Hasta que se manifestaron mis poderes. —Abrí la palma de la mano y dejé que unos diminutos puntos luminosos danzaran sobre mi piel un instante, hasta que cerré el puño—. Con dieciséis años, casi adulta, de repente estaba arrancando estrellas del cielo en una pesadilla.

—Seguro que le sentó bastante mal a tu padre.

—Casi le dio un ataque al corazón. Me hizo prometer que no lo haría nunca más, que nunca se lo contaría a nadie, que ni siquiera pensaría en ello. —El recuerdo me atravesó como una lanza—. Estaba muerto de miedo. No de mí, sino por mí.

—Es comprensible.

—Pero practicaba en secreto. A altas horas de la noche, en las calas a las que no iba nadie.

Aprendí a moldear la luz, a transformarla.

Vivimos veintiséis años en ese pueblo. Yo trabajaba en los criaderos de ostras, tenía amigos y hasta…

—Pensé en Marel y contuve la punzada de dolor—. Tenía algo parecido a una vida normal.

—Hasta que llegaron los sacerdotes.

—Hasta que llegaron los sacerdotes —repetí pensando en la sangre de Sulien que manchaba la arena, en sus últimas palabras.

—Así pues —dijo Marx al cabo—, las dos somos mortales jodidas con poderes peligrosos y pasados trágicos. No me extraña que estemos congeniando.

Me eché a reír y el sonido me sorprendió.

—¿Eso es lo que hacemos? ¿Congeniar?

—Bueno, aún no te he maldecido, y tú no me has apuñalado con una estrella. Yo diría que somos amigas.

—Qué alto pones el listón.

—Altísimo. —Me miró de reojo y una sonrisa burlona le arqueó los labios.