The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 23. Verdades reveladas
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Capítulo 23. Verdades reveladas

D e pronto, una ligera sacudida mental hizo que se me parase el corazón. Débil pero inconfundible. Thatcher.

La distancia entre Draknavor y Bellarium tensaba nuestro vínculo, como un hilo que se estirase hasta casi romperse.

No podíamos compartir pensamientos ni sensaciones desde tan lejos, pero aquello, aquel simple tirón, era nuestra forma de saber cómo estábamos.

Una pregunta, siempre la misma: «¿Sigues con vida? ».

Cerré los ojos. Volví a notar el tironeo, esta vez un poco más fuerte. Más insistente, preocupado.

Extendí la mano a lo largo de aquella cuerda invisible y la agité firmemente en respuesta. «Aquí estoy».

Era lo único que podíamos hacer, comunicarnos de la forma más básica, reducida tan solo a dos opciones: vivos o muertos. A salvo o en peligro.

El vínculo se apaciguó durante un momento, y luego sentí una última sacudida, más suave. Reconocimiento. Puede que alivio. Y después nada. La conexión recuperó su segundo plano habitual, apenas perceptible, pero siempre ahí.

Saqué las piernas de la cama, me puse en pie y me aseguré de que la extremidad recién curada soportaba mi peso.

No sentí dolor ni debilidad. Me acerqué a mirar por la ventana.

Draknavor se extendía en toda su terrible belleza: playas de arena negra que se fundían con el mar, acantilados de obsidiana que se alzaban contra el cielo escarlata…

«Maté a una persona».

Podía ver la escena con toda claridad: el cuchillo de luz estelar que salía de mis dedos, su trayectoria por el aire del bosque, el impacto al hundirse en el pecho. Los ojos del hombre, muy abiertos al darse cuenta de que estaba a punto de morir.

Apreté el cristal frío con la palma de la mano, como si me sirviera de ancla contra el extraño vacío interior. ¿Dónde estaba la culpabilidad? ¿El espanto? ¿Esa parte de mí que debería haber quedado destrozada al arrebatar una vida? Solo encontraba vacío.

—¿En qué me estoy convirtiendo? —le susurré a mi reflejo, medio esperando a que me respondiese con una voz que no fuera la mía.

El espejo me reveló a una mujer a la que reconocía y a la vez no: los ojos hundidos por la fiebre y la resolución, la piel aún enrojecida por la magia curativa de Miria, la mandíbula apretada con denuedo.

Veintiséis años de identidad erosionados en unas pocas semanas para revelar algo más duro por debajo, como cuando la marea arrastra la arena y deja al descubierto el estrato rocoso que siempre hubo debajo.

Allí estaba con mi ropa prestada, curada mediante magia divina, preguntándome qué versión de mí sería la verdadera. ¿La aldeana que se reía con sus amigos a la luz de la hoguera o la asesina que vestía su piel?

La camisa de Xül me llegaba por medio muslo, recordándome que no llevaba nada debajo. Me habían dejado ropa en la mesa. Era suave y más práctica que nada que tuviera en el armario. Me puse el pantalón; demasiado largo y holgado. Lo doblé por los bajos y me lo sujeté con un cinturón.

Recorrí descalza los pasillos del palacio, siguiendo el aroma de la sal y del mar hasta salir por el portón.

El sol estaba bajo en el horizonte, rojo e hinchado, proyectando largas sombras en la arena negra.

A lo lejos pude ver la silueta de Marx, inconfundible a pesar de la distancia, recortada contra el cielo ensangrentado.

—Qué atuendo más interesante —dijo Marx cuando me acerqué—. ¿Has saqueado un espantapájaros por el camino?

Solté un resoplido.

Observó con más detenimiento mi ropa prestada y enarcó una ceja.

—¿Así que… por fin has decidido volver al mundo de los vivos?

—¿Decepcionada? —le dije desafiante.

—No sabes cuánto. Tenía planes para tu habitación. —Su tono era seco como la arena, pero el alivio se traslucía en sus ojos.

Empezamos a caminar por la orilla mientras las olas nos lamían los pies y llenaban las pozas que se formaban en la arena de obsidiana.

—El Juicio —dije al fin—. Después de la baliza. ¿Qué pasó?

De una patada, Marx lanzó hacia las olas un trozo de madera flotante.

—No hay gran cosa que contar. Kyren y yo lo superamos y nos quedamos esperando. Y esperando. —Su voz adquirió un tono más agudo—. El dominio se desmoronaba; el cielo se agrietaba como la cáscara de un huevo y la tierra intentaba tragarse a sí misma. Todo de lo más apocalíptico.

—¿Cuánto tiempo esperasteis? —pregunté, consciente de la deuda que había contraído con ellos.

—El suficiente para daros por muertos a los dos —dijo con un cuidadoso tono neutro—. Entonces apareció tu hermano, arrastrándote como un saco de trigo. Tenías una pinta… —Se detuvo a buscar las palabras—. Mala. Muy mala.

—Pero sobrevivimos. —Rebusqué entre los límites irregulares de mi memoria, aunque no encontré nada más que oscuridad.

—Por los pelos. Fuimos los últimos en pasar. El portal ya se estaba cerrando cuando… —Dejó de hablar en mitad de la frase y me lanzó una mirada de reojo—. Cuando apareció Xül.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—¿Y?

—Te echó un vistazo, abrió un agujero en la realidad para volver a Draknavor y convocó a esas almas o lo que fueran para que te llevaran.

—Hizo una pausa, mirándome—. Aunque pasó algo raro: en cuanto volvimos aquí, les ordenó que se marcharan y te cogió en brazos él mismo.

No dijo ni una palabra a nadie; solo caminó hacia el palacio cargando contigo. De lo más teatral.

Fruncí el ceño, sin saber muy bien cómo procesar esa información.

—Soy su pupila. Si muero, quedará mal.

—Ajá. —El tono de Marx daba a entender que no se lo creía—. ¿Por eso llevas su ropa?

—Me he despertado así, sin más.

—Claro. ¿Y por eso hueles como él? —Su mirada era implacable.

No me había fijado hasta que lo mencionó, pero era cierto. El profundo aroma a madera, con su toque cítrico, se aferraba a la tela, a mi piel.

—La camisa es suya.

—Mira, no tengo nada en contra de las relaciones peligrosas; bien saben los dioses que he tenido unas cuantas. Pero ¿esto? Esto es un suicidio muy elaborado.

—No hay nada entre nosotros —repliqué mirándola a los ojos, deseando que me creyera.

—Sin embargo…

—Ni hablar —dije con excesiva aspereza—. Es controlador y arrogante, y cuando lo tengo cerca me entran ganas de ponerme violenta.

—Eso me suena a preliminares.

—Marx…

—Lo digo en serio. —Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, sin el menor rastro de humor—. Es tu tutor y tú eres mortal, por no mencionar que todo el reino divino os mataría a los dos, literalmente, por infringir sus leyes.

—Qué exagerada.

—¿Tú crees? —Reanudó la marcha—. Ya guardas bastantes secretos; no hace falta que añadas a la lista «me follo a una deidad».

El recordatorio de mis otros secretos me hizo estremecer.

—A propósito de eso…

—Tu sangre. Las guardas. —Clavó la vista en el horizonte en vez de mirarme.

No era una pregunta. Me detuve y busqué algo que decir que no fuera una mentira, pero que tampoco fuera la verdad.

—Marx…

—Ahórratelo. —Levantó una mano—. Esa cosa estuvo a un tris de matarnos porque no pudiste, o no quisiste, usar tu sangre para hacer la guarda.

—Lo sé. —Reconocerlo fue como tragar cristales.

—Cualquiera habría dicho que preferías morir a hacerte un cortecito. Aunque supongo que estás en tu derecho —dijo con voz cautelosa, controlada.

—No volverá a pasar —prometí, y hablaba en serio.

—¿Cómo puedes estar segura?

—Porque haré lo necesario para que no pase —contesté mirándola a los ojos.

Se quedó observándome un largo rato, desconfiada.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte. —Me mantuve firme, negándome a apartar la vista.

Las olas llenaron el silencio con su cadencia hipnótica hasta que Marx suspiró, un sonido que casi se confundió con el del oleaje.

—Está bien. Pero como muramos por culpa de lo que sea que ocultes, maldeciré tu fantasma. Sin parar. Con creatividad. Durante toda la eternidad.

—Me parece justo.

—Tampoco es como si yo no tuviera secretos —dijo cuando volvimos a pasear por la orilla.

Estudié su perfil en movimiento: los ángulos marcados de su rostro, la línea de su mandíbula, la tensión perpetua de sus hombros.

—¿De verdad?

Le dio una patada a una caracola que salió disparada por la arena.

—Mis padres eran devotos. Fanáticos. —Se rio sin atisbo de humor, con un tono frágil que hablaba de viejas heridas—. Como todo nuestro pueblo, en realidad. Uno de esos sitios en los que siempre hay sacerdotes.

—Suena asfixiante.

—Eso es quedarse corto. —Se encogió de hombros—.

Mi madre nos despertaba al amanecer para rezar.

La primera luz era para Olinthar, cómo no.

Después, antes de desayunar, hacíamos ofrendas a Davina.

A mediodía orábamos a Pyralia. Por la tarde cantábamos a Syrena.

—Apretó la madera con los dedos y la oí crujir—.

Hasta el último momento de cada día estaba programado en torno al culto.

—¿Cuándo supiste que tenías poderes? —pregunté con verdadera curiosidad hacia la mujer que me había salvado la vida.

—Tardé en darme cuenta. Cuando se empezó a notar tenía alrededor de siete años.

Siempre era poca cosa: el perro de los vecinos, que me ladraba, se puso enfermo.

Un niño que me tiraba del pelo se cayó por las escaleras del templo.

El rosario favorito de mi padre se rompió durante las oraciones matutinas.

—Qué miedo.

—Creía que eran coincidencias, hasta que empezaron a acumularse. —Se detuvo—. Mi madre fue la primera en advertirlo, cuando me pilló llorando después de que me enfadara con mi hermano pequeño y le salieran forúnculos. Me encerró en el sótano.

Se me oprimió el pecho.

—Marx…

—Durante tres días —continuó con voz monocorde, desprovista de emoción—.

Para rezar hasta haber expulsado la corrupción de mi interior.

Como no funcionó, probaron con otros métodos.

Por cierto, el agua bendita quema cuando te obligan a beber bastante.

—Su sonrisa me ponía los pelos de punta—.

No creían que hubiera sido bendecida, sino que cargaba con una maldición.

Y, ¿sabes?, supongo que no se equivocaban.

—Te torturaron —dije abatida.