Capítulo 22. Pérdida de sangre #2
—Te aseguro que sí.
—¿Qué es lo que te molesta? ¿Que te alabe? Igual es que no es eso lo que te va. Siempre respondes mejor cuando soy… menos amable.
—Yo no…
—Desde luego que sí. —Me estudió con la mirada—. La vez que te vi más dócil fue cuando te retuve contra la pared.
—No te hagas ilusiones —resoplé, y cambié de postura—. No podía…
—¿No podías moverte? ¿O no querías? —Su sonrisa era una provocación.
—Estás enfermo.
—Y tú eres bastante traviesa. —Le brillaron los ojos. Yo me lo quedé mirando sin saber qué decir. Menudo caradura.
Entornó los ojos.
—Qué contradicción tan fascinante. La asesina que se derrite cuando alguien le demuestra con toda precisión lo impotente que puede llegar a sentirse.
Solté un bufido.
—No tienes de qué avergonzarte, señorita Morvaren —siguió—. Hay quien encuentra esas dinámicas muy liberadoras.
—Eres insoportable.
—Y tú estás temblando —señaló.
—Porque estoy furiosa —acerté a decir.
Cerró la mano sobre mi muñeca.
—Tu cuerpo no miente con tanta habilidad como tu boca.
Siguió un silencio sofocante. Me odiaba a mí misma. Odiaba derretirme en cuanto me tocaba.
—Ten cuidado. —Su voz adoptó un deje burlón—. Me fastidiaría que derrumbaras el cielo sobre mi Aguja de Hueso.
Me dieron ganas de gritar.
—Tener el corazón tan acelerado no te va a ayudar a curarte. —Se alisó la ropa—. Descansa bien, estrellita. Tengo muchas ganas de ver de qué más eres capaz.
Y se fue y me dejó a solas con unas sábanas de seda y un corazón que se negaba a calmarse.
La puerta se abrió sin que nadie llamase y me sacó de mi sueño.
—Septicemia. —La voz de Miria resonó en la habitación—. Un día más y habrías perdido la pierna, y quizá la vida.
Abrí los ojos y me la encontré al pie de la cama. Su cabello dorado parecía tener luz propia, y la piel delataba su divinidad.
—Estoy bien —mentí. Sentía un vacío en el cuerpo.
—Claro que sí. —Se acercó a mi pierna lesionada—. Por eso la herida supura pus y has tenido tanta fiebre que Xül me ha exigido que acudiera de inmediato.
Se arrodilló junto a la cama y desató el vendaje sin necesidad de tocarlo.
—Esto te va a doler —me informó con toda naturalidad.
La venda se apartó de la carne que había tratado de curarse a su alrededor.
Me negaba a gritar, así que cerré los dientes con tanta fuerza que noté el sabor de la sangre.
La herida descendía desde la mitad de la pantorrilla hasta el tobillo; los bordes estaban enrojecidos y supuraba un líquido amarillento.
De las palmas de Miria brotó una luz perlada. La sensación mientras me curaba fue como que me deshicieran y me rehicieran; el fuego se derramó por mis venas y los tejidos se regeneraron a una velocidad asombrosa. Todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo se activaron a la vez.
—Tu hermano no tenía ninguna herida tan terrible —comentó Miria con tranquilidad—. Solo algunos cortes y rozaduras aquí y allá.
Sus palabras me llegaron a través de la neblina del dolor.
—¿Has visto a Thatcher?
—Esta mañana, en Bellarium. —La luz aumentó de intensidad.
—Gracias por curarnos a los dos.
—A eso me dedico.
—Me gustaría hacerte una pregunta, si no te importa… —Acompañé las palabras con un gesto vago—. Aquí estoy muy aislada, así que me cuesta encontrar… respuestas más matizadas.
Se sentó en el sillón que Xül había dejado vacante y la luz se derramó a su alrededor.
—Adelante.
—Esa animadversión contra Xül… —Escogí las palabras con todo cuidado—. ¿Por qué desprecian tanto su existencia Olinthar y varios miembros de los Doce? Si se ganó la ascensión…
—Trato de evitar la política divina tanto como me sea posible, así que solo puedo ofrecerte mi opinión —respondió pensativa—. Pero creo que algunos aesymar ven su existencia como un símbolo de rebeldía. Para ellos, los mortales y los divinos deben vivir separados.
—Claro —señalé con amargura—. Porque no somos más que insectos para todos vosotros.
A Miria le cambió la cara.
—Hace apenas una década yo era muy similar a ti. Algunos recordamos muy bien nuestras vidas mortales.
La amable regañina me dejó avergonzada, y aparté la vista.
—Durante mis Juicios, se dijo a los demás competidores, de forma explícita, que había uno al que tenían que eliminar. Se les prometió una recompensa si tenían éxito, el favor divino si conseguían deshacerse de aquella… aberración.
Xül.
—Cuando llegó el tercer reto, había alzado de entre los muertos a varios de los que intentaron matarlo y con los que él mismo había acabado. Se convirtieron en su ejército de muertos vivientes durante el resto del Juicio. Fue bastante poético, en realidad.
—Cualquiera diría que lo admiras.
—Lo respeto —me corrigió—. En una ocasión, yo sangraba por una herida de lanza. La competidora que me la clavó comentó que después cazaría a la abominación. —Hizo el gesto de cerrar los dedos para formar un puño—. Unas manos brotaron de la tierra y la arrastraron a las profundidades.
—¿Te salvó?
—Se quitó una molestia de encima. Pero que luego se quedase conmigo fue… inesperado.
—Supongo que una experiencia así os habrá unido para siempre.
—No. Xül no mantiene una relación estrecha con nadie. Sobrevivimos juntos, eso es todo.
Se levantó y se dirigió a la puerta. Al llegar al umbral, se detuvo.
—El panteón aesymar comparte muchas cualidades con el reino mortal. Las cosas no son siempre blancas o negras, aunque a veces lo parezca. —Cerró los dedos alrededor de la manija—. Es algo que merece la pena tener en cuenta.
Y se fue.