The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 22. Pérdida de sangre
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Capítulo 22. Pérdida de sangre

R ecuperé la consciencia a retazos: el roce de la seda contra la piel, el aroma intenso de cítricos y madera oscura, el dolor que me llegaba a los huesos y me decía que había estado demasiado cerca de la muerte.

Sentía la cabeza como si alguien me hubiera estampado contra ella un martillo de guerra y luego hubiese decidido que no pasaba nada por atizar unos cuantos golpes más. Cuando por fin me atreví a abrir los ojos, el mundo me dio vueltas y se inclinó como un barco en una tormenta.

Poco a poco logré enfocar la vista en lo que me rodeaba: mis estancias en la Aguja de Hueso, con su oscura elegancia y la omnipresente visión del mar negro al otro lado de los ventanales. Pero algo había cambiado.

—No te muevas —me llegó la voz de Xül desde algún lugar de la estancia—. Has perdido mucha sangre.

Aunque todavía veía borroso, me di cuenta de que estaba sentado en un sillón que debía de haber transportado desde su habitación, con un tobillo cruzado sobre la otra pierna en un gesto de perezosa elegancia y sosteniendo un libro entre los largos dedos.

La luz de la chimenea pintaba de oro cálido su piel bronceada.

Llevaba las trenzas sueltas, y las cuentas y anillos relucían.

—¿Qué haces en mi habitación? —grazné.

—Alguien tenía que asegurarse de que no te murieses mientras dormías. —Pasó una página sin levantar la vista—. Llevas dos días inconsciente.

Los recuerdos volvieron a mí en oleadas.

El Juicio. Las bestias. La baliza. Me llevé la mano a la frente y vi que unos gruesos paños tapaban los lugares de donde habían brotado las astas de metal.

El tobillo me latía como si fuera otro corazón, y me lo habían envuelto en un vendaje tan prieto que casi me cortaba la circulación.

—Thatcher —acerté a decir mientras trataba de incorporarme.

—Vivo. En Bellarium. Recuperándose de su propia colección de agujeros. —Seguía sin levantar la vista del libro—. Te arrastró hasta la baliza. Fue muy heroico.

Me sentí tan aliviada que casi sollocé.

—¿Cuántos hemos sobrevivido?

—Veinticinco. —Habló sin mostrar ninguna emoción—. De treinta y siete. Un buen baño de sangre.

Veinticinco. Dioses. Doce personas habían muerto en aquel bosque. Y yo había matado a una de ellas.

Me preguntaba cómo reaccionaría la primera vez que le arrebatase la vida a alguien; qué me empujaría a ello y si me sentiría culpable o encontraría un modo de justificarlo. La verdad, al final, resultaba ser mucho más complicada de lo que me había imaginado.

Era una persona. Alguien que, antes de aquella pesadilla, tenía una vida. El Juicio lo había atrapado del mismo modo que a mí; voluntarios o no, en realidad ninguno de nosotros había escogido aquel horror. En otro mundo, quizá habríamos sido aliados, nos habríamos ayudado mutuamente a sobrevivir.

Pero, en aquel mundo, él había escogido.

En vez de competir, decidió matar a Marx, aunque el Juicio no lo exigía.

Se podría haber centrado en la caza; podría haber hecho un montón de cosas sin necesidad de matar a alguien que jamás lo había amenazado.

Pero no; la había mirado y había decidido que era un obstáculo que podía quitarse de en medio.

Así que yo, a mi vez, escogí. El cuchillo salió de mi mano antes de que tuviese tiempo de sopesar mi elección; una reacción producto del instinto, la desesperación y la certeza absoluta de que, si estaba en mi poder impedirlo, no la podía dejar morir.

No lamentaba haberla salvado. Y eso implicaba que tampoco lamentaba haberlo matado, y que tendría que encontrar una forma de vivir con ello.

—¿Y Marx? —Me dolía la garganta como si hubiera tragado cristales.

—Ha sobrevivido. Y el chaval también. —Cerró el libro con un golpe apagado—. Vuestra pequeña alianza os vino muy bien.

Intenté bajar las piernas de la cama, pero al momento Xül se plantó a mi lado, me puso las manos en los hombros y me empujó para que me reclinase de nuevo.

—Te he dicho que no te muevas. —Por su voz, no iba a aceptar ninguna discusión al respecto—. Tienes una herida bastante fea en esa pierna. Si te mueves demasiado pronto, vas a provocarte daños permanentes.

—¿Quién me ha cambiado de ropa?

No habría parecido más arrogante aunque lo hubiera intentado.

—¿Tú qué crees?

Enrojecí sin poder evitarlo.

—Tú…

—Tranquila. He sido un perfecto caballero. —Le brillaron los ojos—. Y me he tomado mi tiempo.

Tiré de la manta para taparme más, lo que solo aumentó su diversión.

—No comprendo cómo hemos podido sobrevivir —me apresuré a decir, desesperada por cambiar de tema—. Aquellas bestias nos tenían rodeados. Iban a matarnos y, de pronto…, se detuvieron.

La sonrisa de Xül se hizo más intensa. Se acercó a la ropa que llevaba yo durante el Juicio, tirada en el suelo, convertida en un montón de andrajos ensangrentados. Sin pensárselo, cogió los pantalones de cuero y metió la mano en el bolsillo de atrás.

Cuando la sacó, sostenía entre los dedos una pequeña moneda de oro que relucía a la luz de las llamas.

La guarda de evasión. La que habíamos hecho una semana antes. Y que yo no había visto desde…

—Tú —jadeé.

—Yo —respondió con una mueca maliciosa.

Sentí un fogonazo de calor al recordar… las manos en mi cintura, antes del Juicio, el cuerpo contra el mío, aquel contacto deliberado.

—Me agarraste del culo —lo acusé con los ojos entornados.

—Prefiero verlo como una colocación estratégica. —Se le escapó una carcajada—. Aunque no voy a negar que disfruté del proceso.

—Eres… —farfullé, dividida entre la gratitud y la mortificación—. ¡Podrías habérmelo dicho!

—Pero no habría sido tan divertido. —Lanzó la moneda al aire y la atrapó con una facilidad antinatural.

—Ah, ya veo. Así que merecía la pena que pasara por una experiencia cercana a la muerte para que ahora pudieras demostrarme tu astucia —repliqué—. Qué noble por tu parte.

La irritación asomó un instante a sus rasgos, pero enseguida la disimuló.

—Has sobrevivido, ¿verdad?

—Por los pelos. Pero supongo que con eso basta para que tus grandes planes sigan adelante.

—El poder se había ido desvaneciendo con el paso de los días —dijo mientras examinaba la moneda.

Me di cuenta de que no había negado mi acusación—.

Pero seguía siendo bastante fuerte para detener a las bestias cuando se acercaban lo suficiente.

Y para que tu hermano tuviera tiempo de sacarte de allí, al menos.

Parece que tu vínculo con el amuleto también protegió a Thatcher.

—¿Cuánto tiempo estuve sangrando? —quise saber, consciente de pronto de lo débil que me sentía.

—Demasiado —dijo entre dientes—. Unos minutos más y no habrías despertado.

El peso de esa afirmación me abrumó. Había estado muy cerca de morir. Si Xül no me hubiera metido la guarda en el bolsillo…

—Gracias —dije con voz queda y ronca.

Xül arqueó las cejas.

—No te me pongas sentimental ahora, estrellita. Tengo una reputación que mantener.

—Ah, claro. No se puede permitir que nadie piense que el príncipe de Draknavor tiene corazón.

—Eso es.

Me agité en la cama para tratar de encontrar una posición en la que no me doliera la pantorrilla. El movimiento hizo que la cabeza me diera vueltas de nuevo. Me aferré a las sábanas para no caerme.

—¿Es muy grave? —pregunté, con un gesto en dirección a la pierna vendada.

—Vivirás. —Se acercó al borde de la cama—. Miria vendrá más tarde para curarte como es debido. Ha estado ocupada con otros competidores heridos; había varios que requerían cuidados inmediatos. De lo contrario, ya estaría aquí.

Asentí, aunque todo me parecía frágil y lejano.

—¿Por qué te has quedado en la habitación?

—Porque quería vigilarte en persona. —Se cruzó de brazos—. Los sirvientes son idiotas bienintencionados que dejarían desangrarse a mi inversión mientras discuten si deben interrumpirme o no.

—Tu inversión.

—No puedo dejar que mueras antes de que hayas cumplido tu propósito. —Pero sus ojos sugerían que las auténticas razones no eran tan asépticas—. Cuando acabe todo esto, vamos a montar un buen espectáculo.

—Se te ve muy complacido.

—Me complace que hayas sobrevivido. —Volvió al sillón y me estudió con aquellos ojos inquietantes—. Y en especial me complace tu rendimiento. Aquel lanzamiento de cuchillo fue una obra de arte.

—Estabas viendo el Juicio.

—Por supuesto que lo estaba viendo. ¿Creías que me iba a perder el estreno de mi alumna estrella? —Ladeó la cabeza.

Enrojecí a mi pesar. Vergüenza. Cólera. Y algo más que no quise reconocer.

—Entonces, viste que iban a matar a Marx.

Inclinó la cabeza y me observó.

—El modo en que te moviste, la precisión del lanzamiento… Absolutamente devastador. Me quedé muy… impresionado.

Mis instintos reaccionaron ante su tono de entusiasmo.

—Lo estás disfrutando.

—A lo grande. —Le brillaban los ojos de satisfacción—. Por fin te mostraste tal como eres.

Entorné los ojos.

—¿Qué?

—La auténtica Thais. La que no vacila. —Se inclinó hacia delante—. Dime, ¿qué sentiste en aquel momento, cuando lanzaste el cuchillo?

—Que era necesario.

—¿Y?

Busqué sus ojos y le sostuve la mirada.

—Que además era lo correcto.

Esbozó una sonrisa lenta y complacida.

—Buena chica.

Sentí una oscura satisfacción en mi interior al oír aquellas palabras. Las odiaba. Lo odiaba. Odiaba ver cómo respondía mi cuerpo a ese tono en concreto, como si estuviera programado para ello.

—No lo hagas —pedí.

—Que no haga ¿qué?

—Lo que estés haciendo. Ese jueguecito que te traes.

—No es ningún juego. —Se acercó más—. Solo estoy observándote.

—Pues obsérvame desde más lejos.

Pero ya estaba junto a la cama y me miraba desde arriba.

—Te veo un poco tensa, estrellita.

—He estado a punto de morir. Es normal que sienta ansiedad.

—¿Ahora se llama así? —Paseó los ojos sobre mí—. Interesante.

Guardé silencio, con la mirada clavada en la suya.

—Mejor —añadió con suavidad—. ¿No es más cómodo esto? Aceptar lo que digo, sin discutir.

—Que te den.

—Vaya boca. —Enarcó una ceja—. Y yo que creía que empezábamos a ver las cosas del mismo modo…

—Lo único que quiero ver es cómo sales por esa puerta.

—No digas eso. —Acarició el borde de la cama—. No hablas en serio.