Capítulo 21. Los cazados #3
Abrí la puerta y salimos al caos.
El bosque que nos rodeaba explotó de actividad. De las sombras brotó un torrente de seres con demasiadas patas y ojos relucientes como ascuas. Masas de movimientos sinuosos, dedos que se extendían para atraparnos. Las bestias voladoras se abalanzaban sobre nosotros entre graznidos.
Corrimos hacia la luz. Al este, siempre al este, con la baliza como única guía.
Al dejar atrás las estribaciones de las colinas, el terreno descendía y se adentraba en una llanura cubierta de un espeso bosque.
Diez minutos de carrera desenfrenada. Veinte.
Me ardían las piernas, y la baliza seguía viéndose a una distancia imposible.
Las guardas parecían funcionar; el resplandor azul hacía retroceder a las bestias.
Pero no por ello dejaban de perseguirnos para darnos caza.
Seguían tratando de rodearnos. Se sumaban más y más a cada instante.
—No os persiguen a vosotros —observé horrorizada—, sino a nosotros.
—Nuestras guardas no os protegen —comprendió Marx, desesperada—. Mierda.
Los seres cada vez se volvían más osados y se acercaban más.
—Tenemos que separarnos. —Capté la resignación de Thatcher a través de nuestro vínculo.
—No —protestó Kyren—. Seguiremos juntos.
Una bestia enorme apareció de repente entre la espesura; era parecida a un oso, pero extraña, como si en vez de pelo tuviera espinas. Lanzó un zarpazo a Marx, pero las garras se detuvieron a poca distancia de su piel, repelidas por la luz de la guarda.
Entonces giró sus ojos ardientes hacia mí.
—Marchaos. —Cogí a Thatcher de la mano—. Corred hacia la luz y no miréis atrás.
—Thais… —quiso oponerse Marx.
—¡Marchaos!
Nos desviamos del camino. Marx y Kyren corrieron hacia la baliza. La manada nos siguió a nosotros.
—Por aquí. —Thatcher, con la respiración entrecortada, tiró de mí para que nos adentrásemos en la oscuridad.
Las ramas me arañaron la cara hasta hacerme sangrar. Algo enorme nos seguía a través de los matorrales, tan cerca que sentía su aliento en la nuca. Me agaché, y las garras silbaron en el espacio que ocupaba mi cabeza un instante atrás y arrancaron un trozo de corteza de árbol.
El suelo descendió de repente. Bajamos el terraplén, medio cayendo y medio deslizándonos, y las piedras nos rasgaron la ropa. La bestia saltó para seguirnos y su masa chocó con el suelo muy cerca de las piernas de Thatcher.
Tan deprisa como pudimos, nos pusimos en pie y corrimos por un laberinto de raíces.
Las astas se me enganchaban en las enredaderas que colgaban a baja altura.
Las liberé, aunque me dejé allí varios mechones de pelo.
La manada se dividió con intención de flanquearnos.
Unos ojos brillantes aparecieron a nuestra izquierda.
Aparté a Thatcher de un tirón justo a tiempo, y unas mandíbulas chasquearon en el aire vacío.
Un tronco caído nos cortaba el paso. Lo libramos de un salto, pero aterricé mal; el tobillo se me enganchó en un trozo de metal mellado y se torció con violencia. El borde oxidado rajó los pantalones de cuero y me hizo un corte profundo en la pantorrilla.
Sentí un estallido de dolor en la pierna. Trastabillé y casi me caí, pero Thatcher me cogió del codo y me sostuvo.
—Estás herida…
—¡No podemos parar!
La sangre me empapaba la bota a cada paso desesperado que daba, y el chapoteo era cada vez más audible.
Algo con demasiadas patas se dejó caer desde las copas de los árboles.
Thatcher me empujó a un lado, y el aguijón apuñaló el suelo donde yo había estado.
Aquel movimiento repentino me provocó una oleada de dolor ardiente en la pantorrilla; me mordí el labio para no gritar y noté un sabor metálico en la boca.
La bestia chilló y liberó el aguijón para atacar de nuevo.
Atravesamos unos espinos que nos hicieron jirones la ropa. No tenía sensibilidad en la pierna izquierda por debajo de la rodilla, y perdía el equilibrio a cada paso que daba.
Unas rocas aparecieron frente a nosotros y nos cortaron la salida. Nos volvimos para buscar una ruta alternativa, pero las bestias ya nos habían rodeado. Había dado la vuelta demasiado deprisa y me tambaleé, mareada. No me caí porque Thatcher me sostuvo del brazo con fuerza.
—¿Thais? —Oía la voz de Thatcher lejana, amortiguada, como si me hablara desde debajo del agua.
Nos rodeaban, cada vez más cerca. ¿Por qué había dos seres de cada? No… Me costaba enfocar y empezaba a ver doble.
Primero cedió la pierna sana; los músculos se negaron a aguantar mi peso ni un instante más.
Caí sobre una rodilla y me apreté la pantorrilla con las manos.
Algo húmedo me fluía bajo las palmas: sangre, muchísima sangre.
Los bordes de mi campo visual se tornaron grises y luego negros, y se fueron cerrando como una cortina.
—No puedo… —farfullé. Sentía la lengua torpe e hinchada. El frío se extendió desde mis extremidades hacia el interior de mi cuerpo, aquella sensación gélida que acompañaba a la conmoción y helaba los huesos.
El animal de mayor tamaño se adelantó; aquella especie de oso con la piel erizada de diminutos puñales. Abrió una boca repleta de dientes afilados como navajas y supe que aquel era nuestro fin.
—Lo siento, Thatcher. —Se me quebró la voz.
—Yo también. —Nos abrazamos mientras la muerte se aproximaba.
La bestia me hundió el hocico en el pelo, rozando el asta. Luego lo bajó, y a su paso dejó el rastro cálido del aliento y un reguero de mocos en la camisa. Me costaba mantenerme erguida y se me caía la cabeza hacia atrás.
Hasta que llegó a la cadera.
Un gruñido le brotó de la garganta… ¿O era que me zumbaban los oídos? En aquel momento, todo sonaba como el oleaje del océano.
La bestia abrió los ojos ardientes y retrocedió agitando las narinas. Se le escapó un quejido lastimero y confuso.
Se acercó otra bestia, una masa de zarcillos y espinas que se retorcían. Pero también se detuvo en seco y a continuación retrocedió como si se hubiera quemado. Sus siluetas se convirtieron en borrones de colores y sombras.
Uno tras otro, aquellos seres se apartaban.
—¿Qué…? —La voz de Thatcher denotaba pánico. Vi su rostro sobre el mío. ¿Cuándo me había caído?—. ¡Thais! Tu pierna… Dioses, hay tanta…
Pero la negrura se cerró sobre mí y sus palabras se disolvieron en la niebla.