The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 21. Los cazados #2
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Capítulo 21. Los cazados #2

—Azufre —dijo con voz de asombro.

—Son ingredientes. —Mi mente era un torbellino—. Para una mezcla alquímica.

—El águila —añadió Marx de pronto—. Seguro que llevaba mercurio. Creo que se supone que tenemos que dibujar sellos. —La comprensión llegó seguida de desaliento—. Pero ya no hay águilas. Ahora son todo monstruos.

«Piensa, Thais. Tiene que haber otra forma de salir de aquí».

Entonces recordé el musgo que me había hecho caer y que protegía las redes fúngicas que había debajo. La savia que protegía al árbol.

Los tres ingredientes de una tintura alquímica eran una base metálica líquida, azufre y resina. Teníamos que usarlos, junto con otras cosas que encontráramos en la naturaleza, para dibujar algún sello que nos permitiese evitar a las bestias. Pero solo teníamos dos de las tres cosas.

«Las armas no os salvarán, pero os pueden ser útiles».

Saqué un martillo de la bolsa, una de las herramientas que me encontré dispersas por el bosque al llegar. Vi unas manchas oscuras en su superficie.

Hierro.

Había otra forma de salir de allí.

—¿Y si no necesitamos la tintura? —Las ideas encajaron en mi mente como un rompecabezas—. ¿Y si preparásemos algo distinto?

—¿Como qué? —quiso saber Marx.

—Guardas. —Levanté el martillo—. Las herramientas son de hierro. He visto musgo y savia que podrían servirnos como elementos protectores.

Thatcher abrió mucho los ojos.

—La casa —recordó—. Salía humo de la chimenea.

—Una fragua —comprendí. Pese a las circunstancias, cada vez estaba más emocionada—. Tenemos que volver.

—Pero hace falta sal para crear las guardas —señaló Marx.

—Antes he visto unos depósitos minerales de color blanco —apuntó Kyren—. Quizá sean de sal o la contengan. Podríamos moler el mineral.

Sentí otra oleada de esperanza.

—¿Eres capaz de encontrarlos?

—Estaban por donde el río, no muy lejos del camino.

—Los ingredientes no serán puros —avisó Marx.

—Lo suficiente. —Tenían que serlo.

—¿Sabes crear guardas? —preguntó Kyren con un brillo esperanzado en los ojos.

—Conozco la teoría. Tendrá que valernos, porque es lo único que tenemos.

Nos preparamos, sin olvidarnos de comprobar las armas y los suministros. Al levantarme, las astas se me engancharon en otra raíz y me provocaron una nueva oleada de dolor en el cráneo. Apreté los dientes hasta que se me pasó.

—Vamos a la fragua —decidí—. Recogeremos los ingredientes por el camino.

Salimos con cuidado, atentos a cualquier bestia al acecho. El bosque transmitía una sensación diferente. El silencio era absoluto, pero no se trataba solo de eso. Había algo maligno.

—Por aquí —señaló Thatcher.

Avanzamos en fila. Las ilusiones de Kyren nos difuminaban la silueta y amortiguaban nuestros pasos. No eran perfectas; aún se podía distinguir aquello en lo que se centrase la mirada. Pero quizá bastase para escondernos de las búsquedas desde el aire.

El bosque cambiaba a nuestro paso; los senderos aparecían y desaparecían como espejismos. Más de una vez llegamos a sitios por donde ya habíamos pasado y tuvimos que buscar una nueva ruta.

—El Juicio se nos opone —observó Marx, muy seria—. Los bosques nos quieren ver muertos.

Mis manos se movían en modo automático, recogían musgo de hylock y savia de ernbrisk según caminábamos. Las ilusiones de Kyren ocultaban nuestro forrajeo, pero, cada vez que una ramita se rompía con un chasquido, todos nos quedábamos inmóviles.

Habíamos recorrido ya una buena distancia desde nuestro escondrijo cuando Kyren se detuvo de repente, con las aletas de la nariz dilatadas.

—Humo.

Yo también lo noté: un olor acre a carbón y a metal recalentado. Lo seguimos hasta que apareció el edificio entre dos gigantescos árboles.

Pero lo que se elevaba en la distancia me dejó sin aliento.

Una columna de luz dorada se alzaba hacia el cielo desde la línea de los árboles, brillante como una baliza contra el cielo oscurecido.

Se encontraba al este, más allá del cauce del río; a la carrera se tardaría media hora bosque a través, si no más.

Estaba en el extremo opuesto de nuestra posición.

—Allí es adonde tenemos que ir —jadeé—. Tiene que ser eso.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Marx.

—¿Y qué otra cosa podría ser? —La esperanza se filtró en la voz de Thatcher, aunque parecía un poco fuera de lugar. La luz se elevaba desde una distancia imposible, al otro lado del bosque.

—Primero vamos a entrar —decidí—. Hacemos las guardas, y luego ya corremos hacia esa luz.

Pero, cuando nos aproximábamos, un sonido me heló la sangre en las venas.

Un gruñido grave y retumbante. Muy cerca. Demasiado.

Me giré al instante e inspeccioné las sombras. Allí estaban: un par de ojos rojos que nos vigilaban desde la maleza. Y luego otro par, y otro, y otro.

Las liebres lunares nos habían encontrado. Ya no eran los animales inofensivos que habíamos cazado. Se habían hecho grandes como lobos, con el pelaje plateado manchado de sangre, y en sus ojos brillaba una inteligencia antinatural. A cada instante que pasaba llegaban más.

—Vamos adentro ahora mismo.

Corrimos hacia la puerta cerrada. Thatcher la golpeó con el hombro con la fuerza que le daba la desesperación. Las bisagras de hierro crujieron, aguantaron un momento y luego cedieron con un crujido. Entramos como pudimos.

Cerré de un portazo en el momento en que atacaba la primera liebre. Las garras arañaron la madera; la manada rodeó el edificio en busca de otra entrada.

A salvo, por el momento.

La fragua sobrepasó mis expectativas. Era una instalación alquímica en condiciones, con crisoles, alambiques, molinillos y básculas. Alguien había trabajado allí hacía poco. El fuego aún ardía con fuerza y las herramientas estaban cálidas al tacto.

Al levantar la vista vi una ondulación en el aire. Un portal de visualización.

—Kyren, muele la sal —ordené mientras me ponía manos a la obra—. Marx, ponte a clasificar los musgos y la savia. Thatcher…

—Lo sé. —Se dirigió al banco de trabajo—. Voy a limar el hierro.

—¿Cuánto vamos a tardar? —La tensión de la voz de Kyren era palpable.

—No mucho —mentí. Solo había hecho una guarda antes, y en condiciones óptimas. En aquel momento iba a improvisar a la desesperada.

Pero tenía las lecciones de Xül grabadas a fuego en la memoria. Proporciones. Procesos. Cómo fluía la energía mágica a través de los materiales. La memoria muscular tomó el control y mis manos se movieron con creciente confianza.

Cuatro partes de hierro por una de sal. Savia de ernbrisk. Musgo de hylock.

Calor.

La mezcla brillaba a medida que aumentaba la intensidad del fuego. Verde oscuro, luego amarillo limón.

—Está funcionando —jadeó Marx, asomada por encima de mi hombro.

El contenido del crisol no tenía el mismo aspecto que cuando lo hice con Xül. Era más basto, menos refinado, pero servía. «Dioses». Tal vez sobreviviéramos, después de todo.

Solo faltaba el aglutinante.

Marx dio un paso al frente sin vacilar y se trazó un surco en la palma con el puñal. La sangre, cálida y brillante, llenó el frasquito.

En cuanto su sangre entró en contacto con la mezcla que se enfriaba, brotó una luz, un intenso azul resplandor que tiñó toda la fragua de azul.

Luego, al ver que Thatcher daba un paso al frente, el pánico atravesó nuestro vínculo. Mi pánico. La comprensión se abrió paso casi como un golpe físico. Levanté la vista hacia el portal de visualización.

«Los aesymar nos están mirando. —Sujeté la muñeca de Thatcher con tanta fuerza como para hacerle un moratón—. No podemos. La sangre nos traicionará y todos se darán cuenta».

Señalé hacia arriba con una breve sacudida de cabeza, en dirección a las ondulaciones de la realidad que había sobre nosotros.

Thatcher abrió mucho los ojos.

Habíamos llegado demasiado lejos para detenernos. Los ojos divinos nos observaban, esperaban que nos vinculásemos a aquellas guardas.

«Piensa, Thais. Piensa».

—Marx —susurré. Tiré de ella para sacarla del campo de visión del portal—. Necesito que pongas tu sangre en vez de la mía.

Me miró como si me hubiera vuelto loca.

—Entonces, el talismán no se vinculará contigo.

—Lo sé —respondí, poco más que un susurro—. Confía en mí. Ahora no puedo explicártelo.

Estudió mi rostro unos instantes y archivó las preguntas para más tarde. Por fin, asintió.

—Seguiremos juntos —susurró—. Si las guardas no se vinculan a vosotros, os cubriremos con las nuestras.

—Gracias.

Extrajo de nuevo el puñal y llenó un frasco vacío. Cogí el cuchillo y regresé hasta las guardas que se enfriaban; me interpuse para ocultar el engaño y le pasé el frasco a Thatcher. Las dos guardas emitieron un fogonazo azul y luego se asentaron en su habitual resplandor protector.

Kyren derramó su sangre en la última guarda, y pronto todos llevábamos talismanes que latían con una luz color zafiro.

—Se ha hecho de noche —hizo notar Thatcher tras mirar por la ventana.

La oscuridad se había tragado los últimos vestigios de luz diurna y proyectaba sombras y angustia sobre el mundo. Con ella llegó un nuevo sonido, algo a cuyo lado las liebres parecían animales domésticos.

Un rugido se abrió paso en el bosque, profundo y salvaje, perverso. Otro le respondió, y luego otro, hasta que aquellas voces de pesadilla se oyeron por todo el bosque.

Kyren acercó la cara a la ventana.

—La luz sigue ahí.

La baliza dorada horadaba el cielo, firme y brillante.

Todos me miraron a la espera de que anunciara el siguiente movimiento, la siguiente decisión, el camino que debíamos seguir.

Como siempre. Como había hecho Thatcher toda la vida.

La responsabilidad de sus vidas me estrujó el pecho hasta asfixiarme, y respirar se convirtió en un ejercicio de voluntad.

En aquel momento habría deseado que otra persona se pusiera al frente, que me quitase de encima aquella carga.

Habitar un espacio en el que las elecciones, las consecuencias, no dependieran tan solo de mi buen juicio.

Pero nadie tomó las riendas. Eso no pasaba jamás. Así que me erguí y, ocultando el cansancio tras una fachada de determinación, como había hecho toda la vida, señalé la baliza.

—Nos vamos ya —decidí—. Juntos.