Capítulo 21. Los cazados
L as alas de la abominación azotaban el aire sobre nosotros; cada aleteo derribaba árboles como si fueran palillos.
Cuando salté para pasar por encima de una raíz, mis nuevas astas se engancharon en una rama y casi me partí el cuello.
El dolor me hizo ver las estrellas. El peso de las astas…
Dioses, amenazaba con hacerme caer de rodillas a cada paso que daba.
—¡Por aquí! —me llegó el grito de Marx por encima de los chillidos de la bestia.
Un tronco enorme se hizo añicos a mi izquierda. Las astillas y la savia dorada me cayeron por la cara y me quemaron la piel allí donde entraron en contacto con ella. Las garras de la bestia, semejantes a espadas, hacían jirones la corteza y la madera como si fueran de papel.
—¡Más deprisa! —grité con los pulmones ardiendo.
Pasamos sobre un tronco caído. Oímos detrás de nosotros otro golpe que hizo temblar la tierra: la bestia había aterrizado en el punto exacto que yo ocupaba un instante antes.
El suelo se sacudió una vez, y otra. Nos perseguía por tierra, y cada paso que daba hacía vibrar la superficie del bosque.
Atisbé un movimiento fugaz entre los árboles. Alguien corría en paralelo a nosotros. El mismo caminar tambaleante que había oído cuando llegué a la espesura.
Frente a nosotros se abría una garganta de unos dos pasos de ancho, por cuyo fondo corrían aguas negras. Marx no se lo pensó: saltó la brecha con el espíritu de quien lleva toda su vida escapando de la muerte. Cayó con fuerza al otro lado de la grieta, y el impacto la hizo rodar por el suelo.
Thatcher la siguió. Sus largas piernas lo ayudaron a saltar, pese a que los cuernos lo desequilibraban.
Yo retrocedí tres pasos, tomé carrerilla y…
Las hojas húmedas del otro lado de la grieta me traicionaron, y resbalé.
Por un terrible instante me precipité hacia las aguas negras; las astas me arrastraban hacia el fondo como anclas.
Entonces, la mano de Thatcher se cerró sobre mi muñeca.
Con el rostro deformado por el esfuerzo, tiró de mí hasta depositarme en suelo firme.
—Tranquila, te ayudo —jadeó—. Como siempre.
El pico de la abominación se asomó al borde de la garganta. Desde un lado y otro de la grieta nos miramos, depredador y presas unidos en un momento de terrible comprensión mutua.
Enseguida extendió las enormes alas y saltó.
—¡Moveos! —El grito de Marx nos arrancó de la parálisis.
Nos adentramos más en el bosque y corrimos hacia el oeste para alejarnos del sonido del río, adentrándonos en una espesura tal que los troncos de los árboles se besaban.
Los tres picos eran invisibles bajo el dosel de hojas; no teníamos nada que nos guiase, salvo la necesidad de huir.
Allí la bestia no podría seguirnos; tenía demasiada envergadura, demasiado volumen para aquellos espacios angostos.
Pero la oía volar en círculos sobre nuestras cabezas, gritando de rabia y frustración. Una garra penetró las copas de los árboles y trató de aferrar la presa que percibía, pero que no veía. Nos pegamos a los troncos y contuvimos la respiración mientras la muerte acechaba a poca distancia.
Por fin se hizo un bendito silencio. Los gritos de la bestia se volvieron cada vez más débiles, hasta desaparecer por completo.
Nos tumbamos a descansar en la hondonada que formaba la unión de tres arboles gigantescos.
Ya no se oía el río; había dado paso al silencio inquietante de las profundidades del bosque.
Sin los picos ni el sol que nos guiasen, y con la oscuridad en aumento, no tenía ni idea de hacia dónde debíamos ir.
«Maldición».
Todos los músculos de mi cuerpo suplicaban misericordia.
—Vaya. —Marx se limpió la sangre de la sien, donde los cuernos le habían abierto nuevas heridas—. Eso ha sido muy estimulante.
Thatcher se desplomó a mi lado; respiraba con dificultad.
—¿Aquí estamos a salvo?
—Por ahora. —Me toqué el cuero cabelludo con cuidado y di un respingo al notar la humedad—. Pero, ahí fuera, esas cosas siguen de caza, y está cayendo la noche.
El cansancio se reflejaba a ambos lados de nuestro vínculo. Pero también se percibía una nota de desesperación.
—No podemos luchar contra ellos —dijo Thatcher en voz baja—. ¿Visteis lo que le pasó a aquel competidor?
Tenía la imagen grabada en los párpados: las ramas que le brotaban de la boca, las manos desesperadas que se arañaban la cara mientras la corteza lo consumía desde el interior.
—Usó sus habilidades y se convirtió en árbol —afirmó Marx—. Así que los poderes quedan descartados.
—Y las armas tampoco funcionan. —Las flechas del soldado se habían disuelto en contacto con la bestia—. Entonces ¿qué hacemos? ¿Cómo sobrevivimos hasta el amanecer?
—Espera. —A juzgar por su voz, Thatcher había tenido una idea repentina—.
Pensad en lo que dijo Davina sobre el orden natural.
Eso de que cada cosa debe cumplir su propósito.
—La comprensión súbita le hizo abrir mucho los ojos—.
Ya no somos los cazadores —siguió—. En cuanto las coronas se transformaron, nos convertimos en otra cosa.
—En presas —jadeó Marx, llevándose la mano a los cuernos.
—Exacto. Davina nos obliga a adaptarnos al equilibrio de la naturaleza —explicó Thatcher—. Las presas huyen. Se esconden. Para sobrevivir tienen que ser más inteligentes, más rápidas, más astutas que los cazadores.
—Así que no podemos contraatacar. —Me sentí abrumada por la gravedad de nuestra situación—. Por eso se disuelven las armas. Por eso quien usa sus poderes se convierte en árbol. Las presas no atacan: se adaptan.
Thatcher inspiró hondo.
—Pero hay una cosa que me preocupa —insistí—. Todo este Juicio parece cosa de Davina. La caza, la transformación, el orden natural… son obra suya. Así que ¿qué pasa con Thorne?
Marx permaneció unos momentos en silencio.
—Puede que no estemos enfocando bien este asunto.
—¿A qué te refieres?
—No lo sé. Pero, si este Juicio lo supervisan entre los dos, seguro que no todo será correr y esconderse.
El silencio se abatió sobre nuestro refugio. Fuera, los ruidos del bosque se habían detenido: ni cantos de pájaros ni animales que se arrastrasen.
Unos pasos quebraron el silencio.
Alguien se acercaba a nuestro escondrijo; trataba de avanzar con sigilo, aunque sin demasiado éxito.
Saqué un cuchillo de la mochila. El peso me ayudó a tranquilizarme.
Los pasos se detuvieron muy cerca.
—Sé que estáis ahí —anunció una voz masculina, joven y nerviosa—. No vengo a pelear. Es que… necesito ayuda.
Una espada se materializó en la mano de Marx. Por nuestro vínculo, sentí que Thatcher se preparaba para saltar.
—Déjate ver —ordené.
Hubo un fulgor en el aire, y se materializó una figura: un hombre joven, quizá un año menor que nosotros, con un pelo castaño que el sudor le pegaba a la frente. Alzó las manos vacías. Al recolocar parte del peso que descansaba en su pie izquierdo, se estremeció un poco.
Su cara me sonaba.
—Estoy solo y no soy un peligro —dijo—. No nos conocemos, pero os he estado observando a los tres. Me llamo Kyren.
—¿Por qué íbamos a fiarnos de ti? —El arma de Marx no se desvió.
—Porque, sin aliados, esas cosas me matarán.
Thatcher lo estudió con la máxima atención.
—¿Qué poder tienes?
—Ilusiones. Puedo camuflarnos a todos. Aunque la bestia seguirá captando nuestro olor.
—Si usas tu poder, morirás —avisó Thatcher con seriedad.
—Acabo de usarlo ahí fuera. —Kyren frunció el ceño—. Y sigo con vida.
Sopesamos la nueva información sumidos en un asombrado silencio.
—Es defensivo. —El rostro de Thatcher se iluminó al comprender lo que ocurría—. Solo los poderes ofensivos activan el castigo.
Marx hizo un gesto de exasperación.
—Claro, cómo no.
—¿Puedes correr? —Estudié el pie vendado; me había fijado en que apoyaba el peso en el lado derecho—. Correr de verdad. Si te derrumbas, no servirá de nada que vengas con nosotros.
Kyren apretó los dientes.
—Puedo correr. —Probó a apoyar el peso en el pie herido y contuvo un respingo a duras penas—. No le va a sentar bien, pero podré seguiros el paso.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó Thatcher.
—Pisé una trampa a los pocos minutos de empezar.
—Kyren sacudió la cabeza—. Estaba tan concentrado en el cielo, tratando de localizar las águilas, que me olvidé de mirar el suelo.
Era un alambre. Me pilló el tobillo y me cortó el cuero de la bota.
—Se señaló el pie—. Conseguí soltarme, pero el daño ya estaba hecho.
—Podría haber sido mucho peor —señaló Marx.
—Eso es lo que me digo. Un poco más y habría perdido el pie. Mi madre siempre me decía que tenía una suerte muy cabrona: lo bastante mala para meterme en líos y lo bastante buena para sobrevivir a ellos.
Thatcher y yo cruzamos una mirada.
«Nos va a frenar».
«Tal vez. Pero ha sobrevivido hasta ahora, y solo disponía de un pie en condiciones».
—Muéstramelo —pedí por fin.
Kyren dudó y luego apartó la venda de seda. El corte era feo pero limpio: el alambre se había clavado hondo, aunque en línea recta, sin hacer destrozos. Se lo había envuelto con hojas.
—Espino trenzado —explicó al captar la pregunta de mis ojos—. En casa lo usábamos para envolver cosas delicadas. Absorbe la humedad y se mantiene suave. No cura, pero es mejor que nada.
—Y, cuando ya no puedas correr, ¿qué? —insistió Thatcher.
Kyren le sostuvo la mirada.
—Entonces procuraré ser útil de algún modo. No os pido que muráis por mí, solo que me permitáis ayudar mientras todavía soy capaz.
—De acuerdo —decidí—. Mantendremos un ritmo que te permita ser funcional tanto tiempo como sea posible.
—Trato hecho. —Se vendó el pie de nuevo—. Ah, otra cosa —siguió—. Mi liebre lunar se ha transformado en unas piedras de color ámbar.
Me dio un vuelco el corazón.
—¿Piedras?
—Así es.
Abrí mi mochila con manos temblorosas y saqué lo que quedaba de nuestra caza.
El cadáver de la liebre lunar se había desvanecido y en su lugar había un saquito. Me volqué el contenido en la palma de la mano.
—Resina —jadeé.
Marx comprobó sus cosas y sacó lo que habían sido unas astas de cristal. Solo quedaban unos cristales amarillos.