The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 20. La cacería #4
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Capítulo 20. La cacería #4

No llegué a responder.

Un dolor insoportable estalló en mi cuero cabelludo.

Era como tenerlo al rojo vivo, sin margen para nada más.

Me llevé las manos a la cabeza y grité mientras la corona de metal cobraba vida.

La plata no solo estaba caliente; se movía, fluía como el mercurio y cambiaba de forma, con mi cráneo como molde.

Caí de rodillas, arañando en vano el metal transformado en fuego líquido. Algo húmedo y cálido me corría por la cara: sangre, mucha sangre. La corona volvía a cobrar forma.

Algo estalló y me atravesó las sienes.

Era el mayor dolor que había experimentado en mi vida. Los huesos se partían como ramitas. La piel se rasgaba con estremecedores sonidos viscosos. Y las notaba crecer a través de esas heridas.

Podía sentir cada grieta, cada ramificación, cada momento en que se engrosaban y se extendían.

Astas.

Su peso era abrumador. Los músculos de mi cuello protestaban tratando de soportar aquellas nuevas prolongaciones de metal y hueso.

—¡Thais! —La voz de Thatcher, quebrada por su propio dolor.

Hice un esfuerzo para abrir los ojos y lo vi encorvado, apretándose las sienes con las manos mientras se le remodelaba la corona. Del cráneo le brotaban unos gruesos cuernos de carnero que se curvaban hacia atrás en arcos brutales.

A Marx no le iba mejor. Se mantenía en pie gracias a lo que sin duda era pura fuerza de voluntad, pero se tocaba con manos temblorosas los nuevos apéndices: unos cuernos plateados como los míos.

—Esto no me gusta —dijo, y la neutralidad de la frase habría sido graciosa si no estuviéramos todos sangrando, transformados y aterrorizados—. Esto no me gusta nada.

El suelo empezó a temblar.

Era rítmico. Como pisadas de unos pies del tamaño de casas.

Una silueta plateada descendió en picado desde el cielo: el águila que habíamos intentado cazar, surcando la niebla con sus alas.

Pero, en vez de aterrizar, se lanzó contra el cadáver del ciervo, que se convulsionó, se retorció, se transformó.

El pelaje dorado se onduló mientras del cadáver brotaban plumas plateadas.

Unas alas le salieron de los costados entre chorros de sangre dorada. Y entonces creció. Y creció.

Las patas del ciervo se estiraron y se desfiguraron; las pezuñas se le partieron en garras que abrieron profundos surcos en la tierra.

El cuello se hizo más largo y grueso, y unas escamas metálicas sustituyeron al pelo mientras la cabeza del águila se fundía con su cráneo.

El resultado fue el pico de una rapaz bordeado de dientes planos y afilados, y unos ojos que ardían con fuego ambarino.

La abominación se levantó y agitó unas alas que medirían diez pasos.

—Tenemos que largarnos —susurré.

El competidor cuya vida habíamos perdonado salió de entre los árboles.

También tenía unos cuernos metálicos que se curvaban desde las sienes, y el pelo oscuro apelmazado por la sangre.

No había salido corriendo; se había quedado a mirar, quién sabe si para echar una mano, o quizá el estupor le impedía moverse.

Levantó el arco con manos temblorosas.

La flecha salió volando certera, un disparo perfecto que habría derribado a cualquier bestia mortal. Alcanzó el ojo de la abominación justo en el centro y se hundió en el fuego ambarino.

Y se disolvió.

El competidor se quedó con el rostro en blanco mientras la bestia le dirigía toda su atención. Pero no huyó; alrededor de sus manos comenzó a acumularse escarcha, y de las palmas le brotó hielo en púas afiladas que se lanzaron rugiendo hacia la monstruosidad.

La criatura se tambaleó invadida por el frío. Sus alas quedaron cubiertas de escarcha que las lastraba. Se le formaban cristales de hielo en las articulaciones de las patas.

El hombre, cuyo aliento formaba nubes en el aire, aprovechó la ventaja. El hielo se extendió desde sus pies formando fractales. Por encima de él se materializaron enormes lanzas heladas que, a continuación, salieron disparadas hacia delante.

La abominación volvió a gritar.

—Puede que consiga… —comenzó Thatcher.

El competidor se quedó paralizado en mitad del lanzamiento.

Se llevó las manos al cuello, con los ojos como platos.

Su piel se cuarteó y se desprendió como si fuera pintura vieja. Debajo había algo oscuro. Madera.

Le brotó un tronco de la boca, con tal violencia que sus dientes se disgregaron como perlas rotas. Le salieron más ramas de las orejas, de la nariz, de las cuencas oculares. Crecían hacia el cielo, como desesperadas por encontrar luz.

Dejó de gritar cuando la madera le llenó la garganta desde dentro.

En pocos segundos, donde antes había una persona solo quedaba un árbol. Joven y sano, alimentado por la sangre de su nacimiento.

—Davina —susurró Marx, y en su voz oí algo que jamás me habría esperado: miedo—. Ya no somos los cazadores. Somos…

La abominación volvió aquellos ojos ardientes hacia nosotros.

—Somos las presas —concluí mientras me levantaba.

—Corred —dijo Thatcher.

Corrimos.

A nuestra espalda, el grito de la criatura engulló todo el silencio.