The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 20. La cacería #3
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Capítulo 20. La cacería #3

Marx, que no hacía ni una semana que me había salvado la vida. Que se había enfrentado a toda una manada de sabuesos del dolor sin más armas que el ingenio y la voluntad.

«Tenemos que ayudarla», gruñí a través del vínculo.

«¿Cómo? —La voz mental de Thatcher sonaba tensa: había llegado a la misma conclusión repugnante que yo—. No podemos limitarnos a liberarla. Eso nos convertiría en sus próximos objetivos».

«Lo sé». El pensamiento me supo a podrido .

Las púas de cristal se acercaban cada vez más. Una casi rozaba la garganta de Marx, que ya no tenía espacio para esquivarla.

La luz estelar cobró vida en mis palmas antes incluso de que la invocara conscientemente.

Durante un instante volví a la costa negra de Draknavor, con la voz de Xül atravesando la bruma del amanecer. «Una espada de luz estelar es impresionante pero predecible. Tiene que ser algo más pequeño para que no lo vean venir».

Un cuchillo arrojadizo se materializó entre mis dedos.

«Thais. —Incluso la voz mental de Thatcher era apremiante—. Ahora o nunca».

No lo dudé.

El cuchillo salió disparado de mi mano como una estrella fugaz.

Vi girar la hoja entre haces de luz verde, vi cómo se abrían los ojos del portador de cristal al ver acercarse la muerte. Intentó esquivarla, pero la inercia era una cruel amante.

El cuchillo se le hundió en el pecho con un golpe húmedo y abrasador.

Su grito se cortó en seco cuando la luz estelar estalló en su interior y lo consumió de dentro afuera. El olor de la carne carbonizada llenó el claro. Me miró con los ojos hechos un torbellino de miedo y sorpresa, poco antes de quedar vidriosos.

Y entonces cayó.

Había matado a una persona. No a un ser de otra especie, a una persona.

Pero no tenía tiempo para pensar en lo horroroso que había sido, porque la sombra del otro hombre ya giraba. Su oscuridad se apartó de Marx y fluyó por el suelo hacia nosotros como aceite derramado.

—Mierda —dije entre dientes, y me apresuré a formar otro cuchillo.

Entonces intervino Thatcher. Sin vacilar, sin dudarlo; solo con fiera determinación. Percibí a través de nuestro vínculo cómo recurría a ese don primigenio.

El portador de sombras dio tres pasos antes de que su propia sangre lo traicionara.

Vi estallar los vasos sanguíneos bajo su piel formando telarañas; vi sus ojos abrirse de par en par, sorprendidos, mientras su cuerpo lo atacaba desde dentro. Cayó de rodillas, arañándose la garganta con las manos como si pudiera retener la vida a base de fuerza de voluntad.

No lo consiguió. Su cuerpo golpeó el suelo con ímpetu.

La mujer líquida retrocedió; su forma oscilaba entre estados y el pánico se reflejó al fin en sus rasgos cambiantes.

—Esto no tenía que… Tú no tenías que…

Marx se lanzó al ataque.

Aún no sé qué hizo exactamente. Sus dedos danzaban dibujando patrones sutiles; sus labios se movían sin emitir sonido. De pronto, el fluir constante de la mujer se aceleró.

Gritó, o lo intentó; era difícil arrancar sonidos a una garganta que no paraba de derretirse y volver a hacerse sólida. Su carne fluía cada vez más deprisa, incapaz de mantener forma alguna. En cuestión de segundos se disolvió en un charco humeante.

Un silencio sepulcral se apoderó del claro.

Tres cadáveres. Tres vidas extinguidas en un abrir y cerrar de ojos. El hedor metálico de la sangre se mezclaba con el del hollín y el del líquido repugnante en que se había convertido la mujer.

—Bueno —dijo Marx, examinándose la sangre de los brazos—. Ha sido eficaz. —Dio una patada al charco ácido que poco antes era una persona. La bota formó ondas en la superficie—. Gracias por la ayuda. Intentaré no acostumbrarme a necesitar que me rescaten.

A pesar de su tono despreocupado, vi que le temblaban un poco manos y lanzaba vistazos a los cadáveres, como si esperase que se levantaran. Miró a Thatcher y luego a mí.

—El hermano, supongo —dijo arrastrando la voz sin el menor rastro de nerviosismo.

—Thatcher —se presentó.

—Marx. Encantada. Tengo entendido que mataste a un dios. —Lo evaluó con una sonrisa juguetona.

—Tenemos que irnos —interrumpí—. Eso tiene que haberse oído desde muy lejos.

—De acuerdo. —Marx envainó las espadas—. Encabezad la marcha, mis héroes.

Nos adentramos más en la espesura, alejándonos de la carnicería.

El bosque cambiaba mientras subíamos por la pendiente: la maleza densa daba paso a árboles más antiguos y suelos más desnudos.

Bajó la temperatura hasta que el aliento empezó a formar vaho.

Nos dirigíamos a las montañas, y el terreno se hacía más rocoso a cada paso.

Mi mente no dejaba de revivir aquel momento: el cuchillo que salía de mi mano, la sorpresa en los ojos del hombre, el sonido húmedo del impacto.

«¿Esto era lo que querías, Xül? —pensé con amargura—. ¿Una pequeña asesina perfecta, lista para entrar en acción?».

Llegamos a otro claro. Tenía los nervios de punta; cualquier ruido me hacía llevar las manos a las armas; veía una emboscada en cada sombra.

Fue entonces cuando lo volví a divisar. El competidor al que había visto en el árbol, apuntando con el arco a un ciervo dorado que pastaba plácidamente en una pradera algo alejada.

Sus cuernos de cristal reflejaban la luz y proyectaban dibujos irisados en la hierba.

Pero aún no podía alcanzarlo; esperaba a que se acercara.

«Ahí», transmití a Thatcher con un gesto.

Siguió mi mirada. Teníamos el ciervo dorado a unos treinta pasos.

«¿Y si no hay bastantes presas para todos? —La voz mental de Thatcher sonaba alarmada—. Si los recursos son limitados y se queda con ese ciervo…».

«Dioses. ¿Estará ahí la trampa?».

«Es posible».

La expresión de Thatcher se ensombreció. «Deberíamos cargárnoslo ahora mismo, antes de que nos vea».

—No —dije—. Podría haberme matado antes, cuando estaba subiéndome al árbol, pero no hizo nada.

Los ojos de Marx se movieron rápidamente entre Thatcher y yo.

—¿Estáis hablando en silencio o algo así?

—Luego te lo explico —dije lanzándole una mirada fugaz.

—Qué raritos sois los mellizos —comentó Marx mientras hacía girar un puñal entre los dedos—. Sea lo que sea lo que estéis debatiendo, decidíos de una vez. Los competidores ya están formando grupos para cazar, y enfrentándose entre ellos. Si no cogéis ahora lo que podáis…

No hizo falta que terminara la frase. Los dos sabíamos a qué se refería.

—Ese hombre no nos está amenazando. No somos verdugos. —Crucé la mirada con la de Thatcher—. Encontraremos otra forma.

«Eso era antes de que tres personas intentaran asesinar a Marx. Antes de que aumentáramos el número de víctimas. —Thatcher apretó la mandíbula—. Las reglas están cambiando».

—Algunos preferimos las conversaciones audibles —dijo Marx con un suspiro.

—Hablamos de si deberíamos matarlo —dije sin rodeos.

«Thais, no olvides el objetivo final. Para eso tenemos que volvernos despiadados, convertirnos en quienes no somos. Hicimos un pacto, ¿te acuerdas?».

—Pues daos prisa. —Marx soltó una risa cortante—. Está a punto de disparar.

Tenía razón. El competidor había tensado el arco al máximo y tenía los músculos marcados. De un momento a otro soltaría la flecha.

—No me importa robarle el ciervo —dije con voz acerada—, pero no lo vamos a matar.

«Puedo intentar bloquearle los músculos —transmitió Thatcher—. Inmovilizarlo para que no pueda lanzar la flecha».

—Adelante —susurré.

Observé a Thatcher mientras trabajaba, aunque no había nada que ver. Ni movimientos llamativos ni efectos luminosos, tan solo una intensa concentración mientras utilizaba unos sentidos que ya no deberían existir.

El cambio fue instantáneo.

La cuerda del arco del competidor se aflojó.

—Vamos —gruñó Thatcher con la frente perlada de sudor—. No puedo retenerlo mucho tiempo.

Ya me había puesto en marcha, con Marx al lado, y nos dirigíamos hacia el ciervo a toda velocidad. El animal levantó la cabeza al oírnos, y sus cuernos de cristal emitieron un ligero tintineo. Durante un momento se limitó a mirarnos.

Luego echó a correr.

—¡Mierda! —Aceleré el paso; las piernas me ardían mientras intentaba igualar su velocidad.

Marx se llevó la mano al cinto, sacó un cuchillo reluciente y lo lanzó.

Alcanzó al ciervo en la grupa.

Se oyó un grito, un sonido que ningún ciervo debería emitir: agudo, lastimero y casi rabioso. La sangre dorada salpicó la hierba mientras avanzaba a trompicones, y el cristal de las astas campanilleó al golpear el suelo.

Llegué la primera; la espada de luz estelar ya se formaba en mi mano. El ciervo me miró.

—Lo siento —susurré, y le clavé la hoja hasta el fondo.

El animal se convulsionó una vez, dos, y luego quedó inmóvil. Las astas se apagaron, se agrietaron y cayeron.

—Es tuyo —le dije a Marx—. Tú eres la que lo ha alcanzado.

—No me lo digas dos veces —respondió mientras se guardaba las astas en la mochila.

Va uno. Quedan dos.

Miré atrás y vi que Thatcher liberaba al competidor, que se derrumbó de rodillas, jadeante y tembloroso al recuperar el control. Nos miró: a mí junto al ciervo muerto, a Marx limpiando el cuchillo, a Thatcher tambaleándose.

La comprensión se reflejó en sus ojos. Podríamos haberlo matado y habíamos optado por otra vía.

Nos lo reconoció con un movimiento de cabeza.

—Bueno —dijo Marx empujando al ciervo muerto con la bota—, ¿qué viene ahora en nuestra mística búsqueda del tesoro?

Sonó un cuerno.

Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron. A mi lado, Thatcher se quedó rígido. Hasta Marx dejó de fingir indiferencia y palideció.

—¿Ha terminado? —susurró—. No. Aún es pronto. No hemos…

Una voz retumbó en el bosque. No eran los tonos melosos de Davina, sino los graves y atronadores de un hombre. Thorne.

—Se acabó el tiempo. El bosque ha cambiado y estáis marcados como presas. Corred como corre el ciervo. Escondeos como se esconde la liebre. Las armas no os salvarán, pero os pueden ser útiles.

«¿Qué cojones significa eso?». El pánico se apoderó de la mente de Thatcher.