The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 20. La cacería #2
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Capítulo 20. La cacería #2

« Joder ». Se pasó una mano por el pelo, alborotándose la coronilla.

«Tienes que extremar las precauciones, Thatcher».

«Eso hago».

«Bien. —Solté un largo suspiro, porque aún no había terminado—. Hay algo más».

Me miró como si ya lo hubiera apuñalado y estuviera retorciendo el cuchillo.

«Xül sabe lo nuestro. Lo de Olinthar».

—¿Qué? —La palabra salió de su boca en voz demasiado alta en el silencio del bosque.

Lo agarré del brazo con suficiente fuerza para dejarle un moretón.

«Cierra el pico. Se dio cuenta él solo, pero nos guarda el secreto. De momento» .

«¿Por qué?». La sospecha y la esperanza se debatían en su voz mental.

«Creo que pretende utilizarnos para humillar a Olinthar en algún mezquino juego de poder. —Puse los ojos en blanco—. Lo que no sabe es que tenemos otros planes».

«No le habrás contado nada de…».

«Claro que no. —Volví a apretarle el brazo, esta vez con más suavidad—. No soy idiota».

Un chasquido seco.

El lazo se activó; algo se debatía en su agarre. Me levanté y me puse en marcha antes de llegar a pensarlo, acumulando luz estelar en la palma de la mano por si acaso.

Una gigantesca liebre lunar forcejeaba en la trampa, con su pelaje blanco plateado y sus ojos…

Por los dioses, qué ojos más extraños. No solo reflejaban mi rostro; también otras cosas.

Otras versiones de aquel momento. En un reflejo, yo estaba muerta, degollada.

En otro estaba coronada de luz. En otro lloraba sobre el cadáver de Thatcher.

Aparté la mirada antes de que esas visiones arraigaran en mi mente, y desnuqué al animal con un gesto de dolor.

« Ya tengo uno de los tres », le transmití a Thatcher intentando mostrarme despreocupada.

Él ya estaba sacando su propia captura de la mochila: otra liebre lunar, cuyos ojos muertos, por suerte, no reflejaban nada.

«La he cazado por el camino. Un golpe de suerte».

Suerte. Claro. Pero nada de aquello me parecía fruto del azar.

—Esto es demasiado fácil —dije en voz alta, incapaz de seguir conteniendo las palabras—. Piénsalo, Thatcher. Se supone que corremos un peligro mortal. —Vi mi propia inquietud reflejada en sus ojos—. Las armas estaban simplemente… tiradas por ahí.

—Exacto.

—Entonces ¿qué se nos escapa?

—Ni idea.

«Tenemos que estar preparados para cualquier cosa», le dije a través del vínculo.

«Yo siempre lo estoy » , respondió, pero sentí que su tensión aumentaba.

Volvimos a ponernos en marcha, atentos a cualquier indicio de otra senda de pezuña.

Me dejé llevar por el ritmo que me había inculcado Aelix: a pasos silenciosos, observando la dirección del viento en el sutil movimiento de las hojas, evitando las zonas alfombradas de ramitas que podían ser trampas para los incautos.

El bosque se hacía más denso a medida que avanzábamos, con árboles centenarios tan grandes que seis personas cogidas de las manos no podían rodear sus troncos. Sus copas eran tan compactas que nos movíamos en la penumbra, bajo una onírica luz solar teñida de verde.

Entonces resbalé.

Había pisado algo que parecía musgo normal, pero resultó ser resbaladizo como el cristal aceitado. Caí al suelo y me golpeé el coxis con tanta fuerza que vi las estrellas.

—Qué elegancia —comentó Thatcher, y me tendió la mano para ayudarme.

La acepté, apretando los dientes por el intenso dolor que sin duda me dejaría un moratón.

Tenía musgo pegado a las palmas, espeso, viscoso y con olor a pescado podrido .

Por los dioses, vaya peste . Lo froté entre los dedos para inspeccionarlo y después miré hacia abajo.

Aparté un poco con la bota y quedaron al descubierto unos filamentos de color claro, como telas de araña, infiltrados en la tierra oscura de debajo.

«Musgo de hylock. Protege las venas fúngicas de los elementos ».

Dos semanas atrás no tenía ni idea.

Quizá hubiera asimilado las enseñanzas de Xül mejor de lo que pensaba.

Un chillido rasgó el aire por encima de nosotros. Miramos hacia arriba y vimos un destello plateado entre los árboles. El águila. Dio una vuelta, dejando con las alas un rastro de luz como la cola de un cometa, y después desapareció en la espesura.

«No parece muy fácil de cazar», murmuré dejando traslucir la frustración a través del vínculo.

«Desde luego», respondió Thatcher.

Seguimos adelante, hacia el noroeste, por el terreno que comenzaba a ascender.

Después de un tramo de subida constante, nos encontramos una construcción de piedra entre dos árboles.

Estaba en una depresión natural, protegida por la pendiente que había al otro lado; un lugar perfecto entre las laderas de dos de los picos.

El humo se elevaba desde la chimenea. La puerta, de aspecto sólido, tenía refuerzos de hierro, y cuando intenté bajar el picaporte, no se movió.

—Qué raro. —Mi voz sonó ronca, entrecortada por el pánico creciente—. ¿Por qué hay un edificio aquí? ¿Por qué sale humo?

Thatcher examinaba la casita, pasando las manos por la piedra.

—No lo sé…

Los dos nos la quedamos mirando un rato más.

«Vamos a seguir adelante —me transmitió Thatcher—. Sea lo que sea esto, no podemos permitirnos la distracción».

Y así lo hicimos.

Más adelante se abría un claro, y decidimos que la altura nos daría ventaja. Thatcher entrelazó los dedos, y yo puse el pie en sus manos y me dejé impulsar hacia arriba.

Tuve que estirarme para alcanzar la primera rama firme. En cuanto estuve bien sujeta, me incliné para ayudar a subir a Thatcher.

Pero ya no estábamos solos.

Otro competidor se había encaramado a un árbol cercano, en la horquilla que formaban dos grandes ramas. Tenía el arco tensado y la flecha en su sitio, y apuntaba a algo por encima de nosotros. Todo en su postura denotaba competencia. Paciencia. ¿Un cazador experimentado?

Cuando cambió el agarre del arco le vi la tinta negra en la muñeca: espadas cruzadas bajo una corona. La marca que recibían todos los soldados al alistarse en las fuerzas reales. No era un cazador aficionado ni profesional, sino un militar.

Nuestras miradas se cruzaron.

Se me paró el corazón. Volvió a latir. Se detuvo de nuevo.

Era algo mayor que nosotros, de unos treinta años, con rasgos estoicos y una melena oscura recogida en un moño. Lo recordaba vagamente de la Elección, aunque nunca habíamos hablado.

Su mirada se clavó en la mía durante una inhalación. Dos. Tres.

Me ardía la mano; las chispas me hacían hormiguear la piel, pero sabía que cualquier movimiento brusco podría hacerle disparar aquella flecha. A mi espalda sentí que Thatcher también se quedaba inmóvil y su poder se tensaba como un resorte.

Entonces, sin previo aviso, el otro competidor… aflojó el arco y lo bajó. Me sostuvo la mirada un poco más antes de fundirse con el follaje y desaparecer como si nunca hubiera existido.

«Bueno —le dije mentalmente a Thatcher, intentando aplacar mi corazón acelerado—. Alguien no quería compañía».

«Deberíamos ir a otro sitio, por si acaso. Si cambia de opinión, ahora somos un blanco fácil».

Nos desplazamos a otra zona del bosque para continuar nuestra búsqueda.

—Hay alguien más por aquí —observó Thatcher, señalando unas huellas de botas que cruzaban nuestro camino—. Son recientes.

Las examiné. El pie izquierdo se arrastraba; quien fuese cojeaba por una lesión.

A lo lejos, una figura pasó con rapidez entre los árboles.

Le vi el pelo castaño y aquella forma de andar nerviosa que había observado antes.

Estaba a unos cincuenta pasos y se movía con cuidado, pero no el suficiente.

Cuando se detuvo a buscar algo en su mochila, le vi sacar lo que parecía una liebre lunar muerta.

Así que había conseguido una pieza. Me alegraba por él.

Fue entonces cuando lo oímos.

Metal contra metal. Golpes contundentes.

—Me preguntaba si esto se pondría violento —murmuró Thatcher. Y compartíamos la sensación. No teníamos instrucciones de cazarnos entre nosotros, al menos de momento, pero eso no significaba que nadie fuera a aprovechar la oportunidad.

Los sonidos procedían del este, hacia el río. Llevábamos veinte minutos corriendo en paralelo y el sonido del agua era cada vez más fuerte.

—Deberías haberte quedado en el agujero del que te sacaron —gruñó un hombre.

—Tres contra uno —dijo con sequedad una voz conocida—. Qué deportivo por vuestra parte.

«Marx».

Ya había echado a correr hacia los sonidos del combate antes de que su nombre se formara del todo en mi mente. Las ramas me rasgaban la chaqueta; las raíces intentaban hacerme tropezar, pero seguí adelante. Thatcher se abría paso por la maleza a mi lado.

Nos escondimos detrás de una espesa cortina de helechos para observar la escena.

Marx tenía la espalda apoyada contra un árbol. La sangre le pintaba cintas escarlata en los brazos. Estaba rodeada por tres contendientes, dos hombres y una mujer cuya piel parecía ondular.

A pesar de estar sangrando y en inferioridad numérica, Marx parecía aburrida.

—Ivene dijo que elimináramos cuanto antes a los peligrosos —ronroneó la mujer con voz distorsionada, como si su garganta cambiase entre el estado sólido y el líquido—. No podemos permitir que la gente imprevisible llegue a las rondas finales.

La espada de Marx destelló, pero atravesó el torso de la mujer como si fuera de niebla y solo consiguió hacerla reír mientras recuperaba la forma.

—Bonito truco —comentó Marx—. El mío es mejor.

Pero, mientras hablaba, uno de los hombres levantó la mano. El aire se cristalizó alrededor de Marx en púas afiladas como diamantes, que la apuntaban.

Detrás de ella, la sombra se desprendió del otro hombre. Se elevó desde el suelo del bosque y cobró forma propia, una masa de oscuridad que se abalanzó contra la garganta de Marx con más dedos de la cuenta.

Ella esquivó, se retorció y lanzó tajos, pero le llegaban demasiados ataques desde demasiados ángulos. Le brotó sangre del hombro cuando una punta de cristal le atravesó la carne. Un tentáculo de sombra se le enroscó en el tobillo y le hizo perder el equilibrio.

Iba a morir.