The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 20. La cacería
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Capítulo 20. La cacería

D elante de mí, el suelo estaba salpicado de armas y herramientas.

Me puse de rodillas y pasé las manos por los objetos de acero y madera. Cada arco vibraba de vida bajo mis dedos. Palpé con el pulgar la marca de Thorne, grabada a fuego en cada empuñadura.

«Muévete. Deprisa. Ahora».

La orden me rugía en los huesos. Instinto. Mis manos obedecieron antes de que mi mente pudiera reaccionar; saqué una trampa de lazo del montón y me la puse al cinto.

El bosque se extendía ante mí en todas direcciones, pero me obligué a detenerme y orientarme.

El sol ya bajaba por el oeste, a mi espalda, y su luz se filtraba entre las copas de los árboles.

Al norte se vislumbraba una distintiva montaña de tres picos.

Del este, de más allá de la vegetación, llegaba el sonido débil pero inconfundible del agua corriente: un río o un arroyo crecido.

La luz estalló en todo el bosque.

Los haces se derramaban entre los árboles. Los pájaros callaron. Los insectos se quedaron inmóviles. Y, a través de esa luminosidad cegadora, llegó ella.

Davina.

Se erguía alta y esbelta; su presencia curvaba la realidad a su alrededor, como las ondas el agua.

Su piel cambiaba a cada instante: primero marrón cálido, luego verde musgo, luego un tono intermedio…

Las flores estallaban en su cabello solo para marchitarse y morir, y florecían de nuevo con cada respiración.

Y además estaban sus ojos. Antiguos. Dorados.

Iluminados desde dentro. Cuando se encontraron con los míos, tuve que hacer acopio de fuerzas para no encogerme y retroceder.

Si la energía que rodeaba a las Leyendas ya resultaba asfixiante, aquello era enloquecedor. Al final se impuso, y caí de rodillas.

—Os doy la bienvenida, hijos bendecidos. —Su voz resonó por el claro como un trueno bañado en miel, dulce y aterradora a partes iguales—. Bienvenidos al primero de vuestros Juicios, donde demostraréis ser dignos de los dones que se os han concedido.

Una corona de delicadas ramas color plata, retorcidas y entrelazadas, se materializó entre sus dedos. Caminó en mi dirección, y cada paso que daba hacía que la tierra misma se estremeciera al reconocer a su señora.

No podía moverme. No podía respirar. Solo podía seguir arrodillada allí, en el suelo, como la mortal que era, mientras ella me colocaba la corona en la cabeza.

—Vas a cazar para mí —continuó Davina, y su sonrisa reveló unos dientes demasiado blancos, demasiado afilados, demasiado numerosos—.

Tres criaturas sagradas de los lugares indómitos.

Un ciervo dorado coronado de cristal. Un águila plateada con alas de luz.

Una liebre lunar con ojos que ven más de lo que deberían.

»Que tengas una buena cacería. —Su risa resonó en el bosque—. Porque, en mi dominio, cada cosa debe cumplir su propósito. Todas deben demostrar su sitio en el orden natural.

Se disolvió de nuevo en aquella luz hambrienta, dejando solo el persistente aroma de las flores silvestres y, por debajo, cierto olor a podredumbre. A muerte. A los lugares oscuros y húmedos a los que iban las cosas a descomponerse.

Eché un vistazo a las otras herramientas esparcidas por el suelo ante mí. Podría forjar cualquiera de ellas con la luz estelar, pero el instinto me empujó a cogerlas. Con la suerte que tenía, acabaría por necesitarlas. Todo aquello parecía demasiado sencillo.

«Thatcher».

Tiraba de nuestro vínculo desde el otro lado del bosque; su intención ardía en mí como el fuego. Me buscaba.

Cogí el carcaj y me fundí con la línea de árboles.

A mi izquierda, unos pasos me hicieron detenerme.

No era el movimiento cauteloso de un cazador; era alguien que avanzaba a trompicones, manteniendo el equilibrio a duras penas.

Otro competidor, cerca pero ajeno a mi presencia.

Avanzó un momento en paralelo a mí antes de desviarse, con la respiración entrecortada.

Y entonces el bosque me tragó entera.

Mis pies encontraron un ritmo en cuestión de una docena de pasos. Los años de trepar por rocas húmedas y mareas traicioneras me habían grabado el equilibrio en los huesos, y aquello era más fácil. Menos abrupto.

Pero no podía quitarme de la cabeza la sensación de que me observaban, de que unos ojos seguían mis movimientos desde cada sombra, cada hueco, cada espacio entre las hojas.

Un crujido a mi izquierda…

Me apreté contra un roble enorme. Sentía la corteza áspera en las palmas, y el corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que todos los participantes que no estuvieran muy lejos podrían oírlo.

Me ardía la mano mientras en ella se formaban estrellitas; el poder me hormigueaba en las yemas de los dedos, listo para desencadenarse al primer indicio de amenaza.

Algo líquido me cayó a la frente. Una gota. Dos. Tibias y viscosas.

Alcé la vista y vi una espesa savia morada que brotaba de una herida en el tronco.

«Un árbol de ernbrisk —resonó la voz de Xül en mi memoria—.

La savia se endurece y forma una costra resinosa en contacto con el aire.

Mantiene alejadas las plagas y los insectos que se alimentarían de la madera blanda que hay debajo».

Me la limpié con el dorso de la mano y torcí el gesto ante la sensación de hormigueo que dejaba.

Volvió a oírse el crujido, y en aquella ocasión vi de dónde provenía: una gorda ardilla gris hurgaba entre las hojas caídas, con los carrillos llenos de bellotas.

Dejé escapar el aliento y me aparté del árbol. El tiempo se me echaba encima y tenía criaturas que cazar.

El suelo cambió bajo mis pies: el musgo blando dio paso a tierra compacta y lisa.

Mis botas encontraron la depresión por sí mismas, siguiendo la suave curva entre los árboles.

Las huellas de ciervos se hundían profundamente en la tierra, superpuestas a las menos profundas de conejos y zorros.

Las ramitas rotas habían quedado a ambos lados, creando muros naturales que apenas me llegaban por las rodillas.

Una senda de pezuña.

Se curvaba hacia el nordeste, serpenteando en dirección ascendente. Alcancé a vislumbrar entre los árboles aquellos tres picos, ya más cerca, pero aún lejanos, a una legua como mínimo. El sol seguía bajando.

Me agaché junto a un espacio estrecho, entre dos troncos caídos. Era el lugar perfecto para poner una trampa. Mis manos se movían por sí mismas, guiadas por la memoria muscular de las lecciones de Aelix. Los nudos casi se hacían solos.

Me aposté para esperar detrás de un árbol, a unos cincuenta pasos de distancia, con el arco en las rodillas. El bosque había vuelto a quedar en silencio. Los minutos pasaban tan despacio que parecían horas. Una gota de sudor me corrió por la espalda a pesar de la frescura de la sombra.

Entonces, un chasquido.

Una pisada había partido una rama detrás de mí, con suficiente fuerza para hacer que los pájaros levantaran el vuelo desde las copas de los árboles. Esa mezcla de determinación y temeridad solo podía pertenecer a una persona.

—Vas a espantar a todos los bichos —siseé cuando Thatcher, con un aire de satisfacción desmedida, emergió de detrás de una cortina de musgo colgante.

Su corona de hojas metálicas reposaba torcida sobre su pelo oscuro, con ramitas enredadas en los mechones. Tenía la mejilla izquierda manchada de tierra.

—Lo siento —dijo sin la menor muestra de arrepentimiento. Aquella sonrisa, la que nos había metido y sacado de problemas toda nuestra vida, se dibujó en sus labios.

Un ruido procedente de mi trampa nos dejó paralizados. Me llevé un dedo a los labios y los dos miramos en su dirección.

«¿Todo va según lo previsto?». La voz de su mente alcanzó la mía, tan familiar como la respiración.

«Al principio fue difícil, como poco. —Silencié mis emociones para que no sintiera el agotamiento que me llegaba hasta los huesos—. Pero sí. Vamos haciendo avances».

«Lo mismo digo. Aún no lo controlo del todo, pero he estado practicando».

Contuve una mueca de dolor. ¿En qué consistiría esa práctica? ¿Quería saberlo?

«No es nada de lo que estás pensando —me transmitió Thatcher con los ojos entrecerrados—. Es más bien como desmantelar la estructura de otros seres vivos. Plantas, algunos animales… Nada drástico».

Otro sonido nos hizo quedarnos quietos y observar la trampa. Al cabo de unos instantes nos desplomamos decepcionados.

«¿Así lo describe Chavore? ¿“Desmantelar estructuras”?».

«Es más bien mi impresión visual. —Mi desconcierto se filtró a través del vínculo—. Chavore es un profesor sorprendentemente bueno. He estado tratando de vigilarlo».

«¿Algo digno de mención?».

«Poca cosa, en realidad —reconoció Thatcher—. Pero, para ser el aesymar de la estrategia, es bastante…».

«¿Qué?».

«Tiene memoria de pez».

«Bueno. Al fin y al cabo, nació siendo un aesymar. Nunca tuvo que demostrar su valía. Puede que no sea tan listo. Ya sabes, el nepotismo».

«Puede ser. Esta noche viaja a Sundralis. Supongo que verá a Olinthar».

«Debe de ser muy raro estar cerca de Chavore —acerté a decir manteniendo firme mi voz mental—. Sabiendo lo que significa para nosotros».

« Intento no pensar en ello » . Pero capté lo que no añadió: la consciencia constante de los rasgos comunes, de la sangre compartida.

«Tengo que contarte una cosa», dije por fin.

Abrió mucho los ojos y me dedicó toda su atención.

«Encontré unos textos en la biblioteca de Xül. —Mantuve mis pensamientos estables—. Tu poder no había existido desde el tiempo de los Primigenios».

Sus facciones se inmovilizaron.

«Había uno llamado Vivros —proseguí—. El Cataclismo Encarnado. Podía manipular la materia viva a nivel fundamental. Reducir ejércitos a papilla solo con el pensamiento. Remodelar la carne como si fuera arcilla».

Thatcher tragó saliva.

Lo miré a los ojos para asegurarme de que lo comprendía.

«Y para matarlo hizo falta el poder combinado de los Doce», añadí.

Se quedó blanco como la nieve al darse cuenta de las implicaciones.

«¿Lo sabe Chavore?». Un miedo repentino invadió sus pensamientos.

«Debemos presuponer que podría estar al tanto. Como todos los demás».