The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 19. Verdara
24%

Capítulo 19. Verdara

T ras aquella conversación, todo cambió.

Antes, Xül era distante; después se volvió implacable. Una madrugada tras otra, me reunía con él en la playa negra y mis músculos gritaban una protesta que nadie atendía. Sabía lo que yo era para él. Un peón. Pero yo, a mí vez, lo usaría a él, como había planeado desde el principio.

La semana pasó a toda velocidad, en una confusa sucesión de agotamiento y adrenalina.

Mañanas de combates brutales en los que me obligaba a forjar armas de luz estelar: cuchillos que silbaban al cortar el aire, hachas capaces de hendir la roca, arcos que disparaban flechas de puro fuego celeste.

Ahora que compartíamos mi secreto, no me reservé nada.

El poder me corría ardiente por las venas sin que nada lo frenara, y me pregunté…

Dioses, me pregunté en qué me habría convertido de no haberme pasado la última década coartando mi potencial.

Las tardes en aquel laboratorio de techo abovedado se convirtieron en otra forma de tortura.

Xül me hacía aprender fórmulas y compuestos hasta que el conocimiento me supuraba por los oídos.

Identificación de plantas, propiedades de los minerales, combinaciones arcanas que podían salvar o condenar.

Mucho, demasiado para el tiempo de que disponíamos. Pero devoré todo lo que pude.

Por la noche, cazábamos y seguíamos rastros.

Xül se quejaba a cada paso; cualquier charco o camino embarrado bastaba para ofender su frágil susceptibilidad.

Pero Marx… Marx se movía entre aquellas sombras como si hubiera nacido para ellas, y, cuando su humor irónico restallaba en la oscuridad, ni la mueca perpetua de Xül era capaz de resistirse.

En aquel momento, de pie en la costa negra, mientras el amanecer pintaba el cielo carmesí de Draknavor con tonos dorados, me pregunté si todo aquello bastaría.

—Estos colores son abominables. —Xül se tiró de la chaqueta de vestir con el desprecio que reservaba para las auténticas atrocidades.

Estábamos ataviados con los colores de Davina y de Thorne: un verde bosque oscuro con detalles de plata reluciente.

Mi atuendo, que había entregado el equipo de Lyralei la noche anterior, era práctico pero elegante: pantalones de cuero que se estiraban cuando me movía, una chaqueta ajustada con bordados de plata y botas hechas para moverse por terrenos abruptos.

Incluso Xül, pese a sus quejas, tenía un aspecto impresionante con aquel traje.

—He hecho mi parte —dijo, y se ajustó los puños de la camisa—. El resto depende de ti.

Frío, distante, aséptico. Contuve las ganas de poner los ojos en blanco y me tragué la respuesta que me asomó a los labios.

A aquellas alturas, discutir no serviría de nada, y, con los nervios a flor de piel, menos aún.

Exhalé un largo suspiro y, mientras contemplaba el mar, me pregunté si sería la última vez que lo viera.

—¿Te has quedado muda? —La pregunta perforó mi silencio.

No aparté la mirada de las olas oscuras como el vino, que golpeaban y se retiraban. Mi mente, como un torbellino, repasaba cada lección, cada técnica aprendida a base de golpes, cada posible final para aquella situación.

De pronto me puso las manos en los hombros y me hizo volverme hacia él.

—Y yo que creía que eras incapaz de mantenerte callada. ¿Se te han acabado las palabras afiladas que me sueles lanzar?

Tragué saliva para aliviar el desierto en que se me había convertido la garganta.

—Estoy bien.

—Estás preparada. —Lo dijo con un tono que me hizo mirarlo a la cara.

En algún sitio, ahí fuera, Thatcher también se preparaba. Dioses, ojalá Chavore hubiera conseguido lo que pretendía.

Xül me sujetó la cara con las manos.

—Eres más fuerte que los demás. Más rápida, más mortífera. —El tacto de sus manos se deslizó con suavidad hacia mi cuello, y me odié al notar que se me aceleraba el pulso—. Sabes seguir huellas; sabes cazar. Comprendes los elementos básicos de la alquimia. No tendrás problemas para sobrevivir.

Asentí.

—No te me ablandes ahora, estrellita.

Por un momento, aquel gesto me recordó el de otra persona: manos callosas que me acariciaban el cuello, palabras de ánimo susurradas en la oscuridad. Marel. Por los dioses, ¿cuánto hacía que no pensaba en él? Me sentí confusa al comprender que no me había acordado de él desde que llegué.

Pero las manos de Xül seguían sobre mí. Me aparté con brusquedad antes de cometer alguna estupidez colosal.

Que se mostrara de pronto tan amable me arrancó un gruñido despectivo.

Yo no era una cosita frágil que necesitara que la animasen, y ambos sabíamos que aquel contacto no significaba nada.

Lo único que le importaba era que me mantuviese intacta hasta poder ascender.

Estupendo. Yo necesitaba que él me entrenara para poder satisfacer mi venganza.

Así de fácil. Lo que no necesitaba era que fingiese que aquello era algo más que una simple transacción interesada.

—Estoy bien —repetí. La mentira me dejó un regusto amargo en la boca.

Su rostro se volvió inexpresivo; la hermosa máscara había vuelto a cubrirle las facciones.

—¿Lista?

—Sí.

—Verdara nos espera.

Abrió un hueco en la realidad con un gesto y me indicó que cruzase.

Estábamos en un claro en medio del bosque.

Los portales se abrían uno tras otro con fogonazos de luz. Enseguida vi a Marx; se movía con aquel paso siniestro que a esas alturas ya me resultaba de una sorprendente familiaridad. Mientras Aelix se materializaba a su lado, intercambiamos un gesto de saludo.

Y, de pronto, mi mente ya no me pertenecía solo a mí.

El vínculo se llenó de energía y, sin pararme a pensar, eché a andar. Thatcher… Allí estaba, al otro lado del claro. Su cabello moreno reflejaba la luz del sol que se colaba entre los árboles.

Me abalancé sobre él con tanta fuerza que nos quedamos los dos sin aliento. Cuando me abrazó fue como volver a casa. Pero estaba cambiado. Bajo la camisa, donde antes había suavidad, ahora se notaban músculos poderosos.

—Vaya, parece que alguien se ha estado comiendo las verduras —le dije con la cabeza apoyada en su hombro, embriagada de su olor, que destacaba sobre los aceites aromáticos de Bellarium.

Con el pecho sacudido por la risa, me apartó y flexionó los músculos en un gesto teatral.

—¿Has visto? Chavore me ha hecho trabajar más que a un caballo de tiro.

—Se te nota. —Sentí una oleada de alivio.

Oí unos pasos que se aproximaban y, al levantar la vista, vi acercarse a nuestro medio hermano. Se movía con la gracia y seguridad que había demostrado en la Prueba. Apretó el hombro de Thatcher.

—Tu hermano tiene un talento innato —dijo Chavore con una sonrisa. Me tendió la mano—. Es un placer conocer en persona a su famosa melliza.

Mirarlo era como ver mi imagen distorsionada en un espejo: los mismos huesos, la misma postura, la misma sangre que corría bajo la piel. Al darle la mano se me revolvió el estómago, y se me fueron los ojos hacia ellos dos. Demasiado juntos para que me sintiera cómoda.

«Veo que alguien se ha aclimatado», le envié por nuestro vínculo.

«Ya sabes lo que dicen. Mantén a tus enemigos más cerca», me llegó la respuesta jocosa de Thatcher.

—Solo le he contado mis cosas buenas —añadió en voz alta—. Se me están acabando muy deprisa.

—No lo dudo. —Al ver reír a Chavore sentí un escalofrío en la espalda.

—Os dejo un momento a solas —sugirió Chavore, y apretó de nuevo el hombro de Thatcher—. Que tengáis suerte ahí fuera. —Y enseguida se fue a buscar a Elysia y la estrechó contra sí.

Arqueé una ceja.

—Vaya, qué interesante.

—Sí. —En la voz de Thatcher se superpusieron varias emociones—. A juzgar por el tiempo que se pasa Elysia en Bellarium, cualquiera diría que no tiene un bendecido al que preparar.

En aquel momento sentí los ojos que se posaban en nosotros. Los otros competidores, que se asomaban por detrás de sus tutores. Thatcher debió de notarlo también, porque volvió la cabeza para mirar.

«Vaya, no sé si preocuparme un poco», murmuré.

Thatcher se volvió hacia mí.

«No sé si nos tienen miedo o nos están evaluando».

«A ver, reventaste a un dios. Esas cosas dan que hablar».

Thatcher soltó una risita, pero vi el dolor que le asomó a los ojos. Mierda. Seguro que no hacía ninguna falta que se lo recordara.

Una presencia se materializó a mi lado. Xül. Y de pronto me deslizó la mano espalda abajo, más allá de la cintura; sus dedos rozaron la curva de… Dioses, ¿de verdad iba a…?

Me aparté de él, sonrojada y demasiado azorada para notar nada, aparte del eco del trayecto que habían trazado sus dedos.

«Hablando de aclimatarse…». La voz mental de Thatcher rebosaba diversión.

Me erguí y le lancé a Xül una mirada de desprecio.

—Thatcher, te presento al príncipe de Draknavor —dije sin la menor entonación.

Mi hermano abrió mucho los ojos y luego intentó una torpe reverencia que me hizo desear que me tragase la tierra. Por los dioses, Thatcher. ¿En serio?

—No es necesario —respondió Xül con gesto indiferente—. Aunque a tu hermana le vendría bien aprender a mostrar el debido respeto.

Thatcher se rio, pero la situación seguía siendo incómoda.

—Bueno, entonces…

Se oyó un cuerno: profundo, primitivo, como si brotara de la misma tierra.

«Nos vemos allí —me llegaron los pensamientos apremiantes de Thatcher cuando me apretó la mano—. Tenemos que hablar. Te buscaré».

«Más te vale», repliqué, y vi que se reunía de nuevo con Chavore.

Me volví de inmediato hacia Xül.

—Tienes las manos muy largas —siseé.

Su sonrisa podría inducir al pecado.

—A lo mejor es que no he podido contenerme.

Una luz destelló en el claro, brillante, divina, implacable. En el extremo del prado se abrió un portal cuyos bordes soltaban una lluvia de chispas.

Xül se inclinó hacia mí una vez más. Cómo odiaba la reacción de mi cuerpo cada vez que lo tenía cerca.

—Sobrevive, estrellita —me dijo con los labios contra mi pelo. Luego me empujó en dirección a mi destino.

La transición fue como si me arrastrara la luz estelar.

En un instante estaba en el claro, y al siguiente me rodeaba la espesura de un antiguo bosque.

Los árboles se elevaban a alturas imposibles, con copas tan espesas que creaban un mundo de sombras esmeraldas y luz atenuada.

Todo latía con el poder de Davina, tan diferente de las costas de Draknavor tocadas por la muerte.

Un paraíso, lo bastante hermoso para morir por él.

Como nos ocurriría a muchos de nosotros.

—Bienvenidos, competidores bendecidos —saludó una voz que brotaba del bosque—, al primer Juicio de Ascensión.

Me giré y rebusqué en las sombras, entre los troncos, pero no vi más que un verde inacabable que se perdía en el horizonte. Ni competidores, ni a Thatcher, ni a Marx, ni la más mínima señal de las otras treinta y siete personas que habían llegado a la vez que yo.

Estaba totalmente sola.