The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 18. Jaque mate
23%

Capítulo 18. Jaque mate

N o paraban de temblarme las manos.

Me las apreté con fuerza contra los muslos, intentando aplacar los estremecimientos mientras miraba fijamente la maldita moneda. Emitía una luz de otro mundo, y latía al ritmo frenético y aterrado de mi corazón.

Los ojos de Xül se clavaron en el talismán como los de un tiburón que huele la sangre. Poco a poco, su sonrisa se volvió letal.

—Me encanta que mis hipótesis resulten ser acertadas.

Sentía la garganta llena de arena.

—No sé de qué hablas.

Se acercó sigiloso, sin apartar esa mirada bicolor de la moneda.

—Solo un aesymar puede imbuir un objeto a este nivel.

—Su voz se apagó—. Los bendecidos no tienen la…

capacidad necesaria para semejante creación.

—Entonces aquellos ojos se posaron en mí y me diseccionaron hasta la médula de los huesos—.

Por tus venas corre sangre divina, estrellita. Tan seguro como que corre por las mías.

Contemplé mi creación, maldiciéndome en silencio por haber caído en la trampa.

Aquello, ¡aquello!, era lo que me había traicionado.

No mi fuerza antinatural ni las proezas de que era capaz, sino aquel maldito círculo metálico en el que había volcado demasiado de mí misma.

Mi mente se afanaba desesperadamente por encontrar alguna explicación, alguna coartada.

Pero ya había caído en la red.

—Y bien —dijo mientras caminaba despacio a mi alrededor—, ¿quién es?

Levanté la cabeza en un intento de adoptar la actitud desafiante con que había logrado desconcertarlo.

—Ya te he contado mi historia.

La risa de Xül tenía un filo cortante.

—Bueno, está claro que te has saltado algunos detalles de cierta importancia.

—Se puso a caminar de un lado a otro, con las manos a la espalda, mientras exponía sus argumentos—.

La verdad es que la Prueba ya fue suficiente para hacer saltar las alarmas.

Pero también está tu fuerza. —Sus ojos me recorrieron, evaluándome—.

Y no olvidemos tu belleza antinatural. De esas que distraen, que deslumbran. Ese rubor divino.

Tragué saliva a duras penas. ¿Podría verme el pulso en el cuello?

—Supongo que es tu padre —continuó como quien habla del tiempo—. En Voldaris es difícil ocultar un embarazo.

La sangre me rugía en los oídos. Apreté los labios hasta que me dolieron, luchando contra cualquier impulso de confirmarlo o negarlo.

—Y sé qué libros has estado devorando en la biblioteca.

—Su tono se volvió burlón—. Una coincidencia fascinante: hace poco consulté esos mismos textos.

Pero ya lo sabías, ¿verdad? —La oscuridad se apoderó de su expresión—.

Tu hermano posee habilidades de las que no existía constancia desde que los Primigenios caminaban entre nosotros.

—Te equivocas. —Las palabras sonaron huecas, patéticas.

Xül se adelantó. Demasiado cerca. Siempre se acercaba demasiado, maldita sea.

—No me gusta que me tomen por tonto —susurró, su aliento cálido contra mi oreja—. Y no soy célebre precisamente por mi paciencia. Así que dímelo ahora mismo, estrellita, antes de que informe a los Doce de que alguien anduvo metiendo la polla donde no debía.

Di un paso atrás, abrumada por lo ineludible. Mis secretos habían quedado al descubierto, bajo la mirada impertérrita de Xül.

Me había pasado la vida erigiendo muros alrededor de mi verdadero yo, aprendiendo qué sonrisas hacían olvidar las preguntas, qué palabras desviaban la atención. Ese estado de alerta se había convertido en parte de mí, tan natural como respirar.

Pero Xül había derruido esas defensas con una facilidad inquietante. Había encontrado la puerta oculta que nunca quise que descubriera nadie y la había cruzado como si siempre hubiera estado abierta. Me sentía desnuda.

Estaba mareada, sumida en una mezcla de pavor y peligroso alivio.

—No sé quién es mi padre —mentí a la desesperada—. El hombre que me crio era mortal.

Xül ladeó la cabeza y me examinó con esos ojos de una perspicacia inquietante.

—¿Y tu madre?

Bajé la cara y me brotaron las lágrimas a pesar de mis esfuerzos.

—Ah —dijo Xül en voz baja, como si las piezas de un rompecabezas acabaran de encajar.

Me quedé sin habla. Tenía un nudo en la garganta.

—Veamos —reflexionó, dándose golpecitos con los dedos en el muslo—.

¿Qué aesymar podría engendrar tanto a una portadora de estrellas como a un asesino de dioses?

¿Cuál quebrantaría una ley tan sagrada y divina?

No podría ser uno de los Doce, por supuesto.

—Le brillaron los ojos—. Sé mejor que nadie lo estrictos que son con esas cosas.

Me flaquearon las piernas. Retrocedí a duras penas hasta los asientos y me desplomé en el banco acolchado. Xül me siguió y se acuclilló delante de mí, intentando mirarme a los ojos.

—Dime lo que sepas —me pidió con voz más suave, pero no menos insistente.

Me obligué a levantar la vista.

—No sé nada.

—No te creo.

Apreté los labios, negándome a decir una palabra más.

—¿Sabes? —reflexionó—, existen otros métodos alquímicos para revelar esta clase de verdades, aunque, por supuesto, requieren bastante más sangre.

Se inclinó hacia mí y su voz adoptó un tono apremiante—.

Si de verdad no lo sabes, ¿no ardes en deseos de descubrir qué aesymar tomó a tu madre como amante y después la abandonó a su suerte?

Aquellas palabras se me introdujeron bajo la piel. El peso de mis opciones me oprimía, dejándome sin aliento. Podía ver en los ojos de Xül que no se daría por vencido hasta haber obtenido las respuestas que buscaba.

Al final, con un murmullo tan bajo que casi no pude oírme ni yo, le dije lo que quería saber. El nombre que me había atormentado toda mi vida. El que rara vez pronunciaba en voz alta.

—Olinthar.

Xül se quedó paralizado, con el rostro inmóvil.

Nunca había visto al guardián quedarse sin palabras.

—Tiene que ser una broma —acertó a decir al cabo de un rato.

—Fue él —confesé. Decir la verdad fue como quitarme una armadura—. Fue Olinthar.

Eché la cabeza hacia atrás para apoyarla en el respaldo y contemplé las estrellas esparcidas por el firmamento.

Xül se puso en pie sin previo aviso, con un movimiento tan repentino que me sobresaltó.

Se dirigió a la mesa de las bebidas con pasos controlados.

El silencio se prolongó mientras seleccionaba una copa y la llenaba.

Después hizo lo propio con otra, se me acercó decidido y me la colocó entre los dedos entumecidos.

Apenas podía sentir el frío del hielo, las tallas del cristal.

Cuando por fin se sentó, se llevó las manos a la boca, pero la risa se le escapó de entre los dedos.

Una carcajada sorprendida, vengativa, casi embriagada por las implicaciones que le rondasen la mente.

El sonido me arrancó del estupor.

—El mismísimo rey del orden —dijo sacudiendo la cabeza con evidente complacencia—. Menudo giro argumental.

Bebió un largo trago de su copa, saboreando tanto el alcohol como el momento, antes de preguntarme sin disimular el regodeo:

—¿Te apuntaste a los Juicios para reunirte con tu padre?

La pregunta me cortó la respiración. ¿Cómo se atrevía a tomarse a la ligera todo lo que había soportado, todo lo que había perdido? Una oleada de rabia disipó los restos de mi entumecimiento.

—Olinthar no sabe que existimos —espeté con la voz quebrada por la ira.

Xül enarcó una ceja, incrédulo.

—¿Estás segura? Olinthar no es conocido precisamente por su… mala memoria.

—¿Por qué iba a acordarse? ¿Crees que lleva un registro pormenorizado de todas las mortales con las que…?

No pude terminar la frase. Las palabras se me atascaron en la garganta.

—Seguro que recuerda haber dejado embarazada a una —insistió Xül inclinándose hacia delante, sin parpadear, con la persistencia de un cazador que ha percibido el olor de la sangre—. Ni siquiera para un dios sería fácil de olvidar.

Apreté los puños sobre el regazo.

—Ella volvió a Elaren antes de saber que estaba embarazada. —Cada palabra era como una piedra lanzada con violencia—. El encuentro no fue consentido.

Xül se quedó paralizado, con la copa a medio camino de los labios. Ninguno de los dos respiraba. La risa que había estado bailando en sus ojos se apagó como si yo hubiera soplado una vela.

Dejó la copa en la mesa con un suave tintineo. Cuando por fin habló, su voz se había reducido a un gruñido sordo que parecía brotar desde lo más profundo de su pecho.

—Lo siento.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Giré la cabeza, incapaz de mirarlo, incapaz de procesar la tormenta de emociones que se agitaban en mi interior. Vergüenza, rabia, alivio… Todas chocaron y se fundieron hasta que sentí que podría ahogarme en ellas.

No había más sonido que el leve tintineo del hielo que se movía en la copa abandonada de Xül. Conté mis latidos: treinta, cuarenta, cincuenta . Cuando por fin reuní valor para hablar, solo me salió un débil y exasperante hilo de voz.

—¿Qué piensas hacer con esa información?

Xül permaneció en silencio largo rato, con la vista clavada en la pared.

—Bueno —dijo al fin—, es evidente que no podemos contárselo a nadie. Todavía.

Lo taladré con la mirada mientras el corazón amenazaba con salírseme del pecho.

—¿Todavía?

—No, no, no. Eso sería demasiado aburrido.

Mi mente se desplazó de inmediato a mi verdadero objetivo: el pacto que había hecho con Thatcher, la promesa de acabar con el reinado de Olinthar para siempre. Se me hizo un nudo en la garganta. ¿Acababa de entregar a Xül las armas con que destruirme?

—No lo entiendo —dije al fin, tratando de mantener un tono neutro.

—Los secretos son mucho más valiosos cuando se guardan bajo llave —replicó Xül—. No hay que sacarlos a la luz hasta que llega el momento.

Durante un instante me pregunté si Xül y yo podríamos estar del mismo lado.

El enemigo de mi enemigo y todo eso. Pero enseguida me recordé que una cosa era tener influencia sobre el rey de los dioses y otra muy distinta era matarlo.

Xül quería herir el orgullo de Olinthar. Yo quería detener su corazón.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Qué significa eso para mí?

Xül se recostó en su sillón, con un brillo en los ojos. Era la mirada de alguien que acababa de descubrir una pieza de ajedrez de valor incalculable.

—Eso significa, estrellita —dijo lentamente; su voz resonaba en la silenciosa estancia—, que nos aseguraremos de que no mueras en los Juicios. Y de que, además de sobrevivir…, asciendas.