Capítulo 17. Alquimia #2
Fui a contestar, pero me contuve. ¿Se trataba de algún tipo de prueba que yo no alcanzaba a comprender? ¿Me estaba provocando?
Xül cogió un crisol y recordé dónde nos encontrábamos, qué estábamos haciendo.
—Ahora tenemos que calentarlo. —Su voz había recuperado el tono calculado, como si ya hubiera olvidado los últimos minutos.
—¿Cuánto tiempo? —acerté a preguntar, aún sacudiéndome el nerviosismo.
Señaló lo que parecía una fragua en miniatura, con llamas que ardían sin que se viera ningún combustible.
—Hasta que alcance el color adecuado.
—¿Cuál es? —pregunté peinándome con los dedos.
—Lo sabrás cuando lo veas —dijo ladeando la cabeza.
La mezcla se puso incandescente a medida que el calor se acumulaba debajo. Primero emitía un resplandor naranja, y, luego, amarillo.
—Ya está. —Xül retiró el crisol de la llama—. Ahora hay que esperar a que se enfríe.
—¿Cuánto tarda? —pregunté.
—Lo suficiente para tomar algo. —Se dirigió a una zona con sillones de cuero dispuestos alrededor de una mesita. Sirvió dos vasos de un líquido burbujeante y me entregó uno antes de tomar asiento.
—Bueno —dijo tras beber un trago—. Cuéntame cómo era tu vida antes de todo esto.
Aquello me pilló desprevenida. En todas nuestras interacciones, jamás había mostrado el menor interés por mi pasado.
—¿Qué quieres saber?
—Cualquier cosa. Todo. —Se recostó en su sillón y, por una vez, toda su atención se centró en mí y no en un libro o en algún comentario despectivo—. Eres de la costa.
—De Cresta Salada. Una aldea de ostreros. —Tomé un trago de mi bebida, que me produjo un agradable cosquilleo en la lengua—. Pescábamos, buceábamos en busca de perlas y vendíamos nuestras capturas en el mercado. Mi hermano y yo trabajábamos juntos en los criaderos casi a diario.
—¿Thatcher y tú estáis muy unidos?
—Somos mellizos. Nunca habíamos estado separados más de un día o dos. —Sentí una opresión en el pecho—. Estoy preocupada por él.
—¿Por qué? Mató a una Leyenda durante la Prueba. Yo diría que sabe defenderse.
—Precisamente por eso me preocupa. —Me quedé mirando mi vaso, observando las burbujas que subían a la superficie—. Ese poder… salió de la nada. No había mostrado ninguna habilidad hasta entonces. ¿Y si no puede controlarlo?
Xül se quedó en silencio un momento, y después apuró su vaso de un largo trago.
—Yo no me preocuparía. Chavore es un incordio, pero tampoco es tonto del todo. Se asegurará de que tu hermano aprenda a controlarlo.
—A ti también te hicieron participar en los Juicios. —No me di cuenta de lo que decía hasta que las palabras salieron de mi boca.
—En cierto modo. —Me miró a los ojos—. Aunque sospecho que mis circunstancias eran considerablemente más cómodas que las tuyas.
—Probablemente —reconocí, y se me encogió el corazón al recordar aquellos últimos momentos en la cueva—. ¿Cuántos años tenías cuando te presentaste?
—Veinticinco. —Me miró de reojo, con una ceja enarcada.
Asentí y aparté la vista. Veinticinco años. Llevaba diez de inmortalidad desde entonces.
—¿Querías ascender?
—Desde luego —dijo con calma—. Siempre pensé que lo conseguiría a mi manera, aunque en ocasiones no podemos elegir nuestro camino.
—Y a veces el camino nos elige a nosotros.
—Me terminé la bebida y sentí que mi cuerpo se relajaba en el sillón—.
¿Tuviste la impresión de que te cambiaba, de que en ti se producía una transformación fundamental?
—me sorprendí preguntando, aunque sospechaba que ya lo sabía.
El día en que invocó al doble de Thatcher me demostró lo que le había costado la ascensión: le había extirpado cualquier atisbo de mortalidad que tuviera para dejar aquel caparazón frío y calculador.
Tenía que recordarlo, sobre todo en momentos como aquel, en los que casi parecía una persona normal. ¿Era real ese indicio de humanidad o solo era sincero porque daba por supuesto que yo no viviría lo suficiente para repetir nada de lo que me dijera?
—Vuelve a preguntármelo cuando hayas sobrevivido a tus propios Juicios —fue todo lo que contestó, y después nos sumimos en el silencio.
Xül miró satisfecho hacia la preparación.
—Perfecto. Listo para el último paso.
Volvimos a la mesa, donde la mezcla ambarina parecía miel cristalizada. Era preciosa, y yo había contribuido en parte a su creación.
—¿Qué hacemos ahora con esto?
—Ya solo falta el aglutinante. —Abrió un cajón cercano y rebuscó en él—. Hay que aplicárselo a un talismán, normalmente algo pequeño que puedas llevar encima.
Volvió con una moneda de plata y la colocó junto a nuestra creación. Pero en la otra mano llevaba un estrecho puñal cuya hoja reflejaba la luz. Me eché a reír.
—¿Para qué quieres eso?
—Solo tú puedes proporcionar el aglutinante. —Apoyó los codos en la mesa y me tendió el arma—. Es lo que te conectará con la guarda.
Un escalofrío me recorrió la espalda cuando lo entendí.
Xül se acercó lentamente. Sin apartar la vista, me cogió una mano, llevó sus dedos al borde del guante de cuero y me lo quitó. Seguí sintiendo su contacto en la piel mientras me ponía en la palma el mango del puñal.
—Debería bastar con dos o tres gotas —dijo en voz baja.
Me lo quedé mirando.
—¿De mi sangre?
Pestañeó, con cara de absoluta inocencia.
—Obvio. ¿Para qué ibas a necesitar eso si no?
Levanté la hoja.
—Antes no has mencionado la sangre al explicarme el proceso.
—No creía que hiciera falta.
Me pinché el dedo y observé cómo brotaba una gota carmesí de mi piel. Sostuve la mano sobre la mezcla del color del ámbar y dejé caer la sangre.
—Ahora remuévelo —me indicó.
Obedecí y miré cómo se disolvían los hilillos rojos en el espeso líquido.
—Mete la moneda.
La sumergí en el líquido y vi que lo absorbía. En el momento en que se empapó de la última gota, el talismán estalló en un resplandor, un tono dorado que bañó de luz toda la estancia.
—Por los dioses —jadeé—. Es increíble.
Cuando por fin dejó de refulgir, levanté la vista y vi a Xül mirándome con una expresión indescifrable. No era triunfo. No era satisfacción. No; era algo mucho más aterrador.
—Cuéntame, estrellita —dijo muy despacio, saboreando cada sílaba como si fuera un buen licor—, ¿cuál de tus padres es una divinidad?