Capítulo 17. Alquimia
D urante todas mis exploraciones anteriores del castillo, siempre me había encontrado esa ala cerrada a cal y canto.
En aquel momento, mientras seguía a Xül por el pasillo abovedado, me preguntaba por qué habría decidido al fin permitirme acceder a lo que fuera que se encontrase tras aquellas gruesas puertas.
Pero entonces entramos en la sala y se me aceleró el corazón.
Era enorme y formaba un círculo perfecto, lleno de mesas con aparatos de cristal que no había visto en mi vida.
Extraños matraces conectados mediante tubos retorcidos, balanzas que parecían mucho más delicadas que nada que hubiéramos usado para pesar ostras, hileras de frascos llenos de líquidos diversos.
Pero lo que me cautivó fue el techo en cúpula, con intrincados paneles que casi parecía como si pudieran…
—¿Eso se abre? —pregunté con voz cargada de asombro.
—Esta sala también sirve de observatorio. —Xül accionó una palanca empotrada en la pared y, con un suave chirrido de engranajes, los paneles empezaron a retraerse.
El firmamento nocturno se reveló en todo su esplendor: estrellas dispersas, nubes bajas que se deslizaban frente a la luna…
Seguía mirando hacia arriba cuando algo suave me golpeó el pecho. Unos guantes de cuero.
—Hay que proteger esa delicada piel mortal —dijo Xül, que ya iba de un lado a otro con paso decidido, recogiendo suministros.
Me puse los guantes y me acerqué a la mesa. Sus movimientos eran fluidos, seguros, muy distintos de los del aburrido aesymar que me había estado entrenando en combate. No, esto le interesaba, y, a juzgar por su expresión, tenía experiencia.
—¿Vamos a realizar un ritual? —pregunté. Lo observé mientras medía un polvo cristalino.
—Estamos haciendo alquimia, Thais. No te despistes. —Su tono era severo, pero había algo más, puede que entusiasmo. Como si por fin estuviera haciendo algo que de verdad le apetecía.
Pero yo seguía desconfiando. Con él, todo era una trampa, una prueba o las dos cosas. Pero la curiosidad pudo más que la cautela. Por desgracia, siempre me pasaba lo mismo.
—¿Qué vamos a preparar?
—Había pensado en empezar con algo sencillo. —Señaló todos los productos esparcidos por la mesa—. Esta noche vamos a hacer una guarda de repulsión.
—Bien. Suena divertido.
Un breve destello de impaciencia le cruzó el rostro, pero siguió organizando lo que fuera.
—La alquimia se basa en tres principios —explicó—.
Resonancia simpática: lo similar atrae lo similar.
Frecuencia armónica: cada material vibra en una frecuencia determinada, y deben coincidir o complementarse para lograr reacciones estables.
Y un aglutinante vivo: un catalizador que crea una fusión permanente entre los compuestos y quien los usa.
Cogí uno de los frascos y me quedé mirando los remolinos que formaba el líquido plateado de su interior.
—Así que solo consiste en seguir una receta.
—Ni mucho menos. Cualquier idiota puede mezclar ingredientes. La verdadera alquimia requiere una comprensión de la naturaleza de aquello con lo que se trabaja. —Me quitó el frasco de las manos y nuestros dedos se rozaron—. Cada sustancia tiene una función.
—Como usar distintos tipos de cebo según lo que se quiera pescar —dije sin pensármelo mucho.
Xül hizo una pausa, con expresión de auténtica sorpresa.
—Eso es… bastante acertado.
—No soy un caso perdido del todo, ¿sabes?
—Cogí otro frasco, lleno de algo que parecían perlas trituradas—.
Puede que en Cresta Salada no tuviéramos un equipo tan completo, pero entendíamos la interacción entre las cosas.
Qué mareas traían qué peces, cómo afectaban las fases lunares a los criaderos de ostras, qué combinaciones de sal y humo conservaban mejor la carne…
—No lo había pensado. —Me observó con renovado interés—. Tu comprensión de los procesos naturales se podría trasladar a la alquimia.
La aprobación que oí en su voz me provocó una calidez inesperada.
—¿Y en qué se diferencia de lo que hacen los mortales?
—Sobre todo en la escala y la permanencia, además del acceso a materiales mágicos que no existen en Elaren.
Un mortal puede crear un ungüento curativo que funcione unos días; pero, con las técnicas alquímicas adecuadas, se puede crear algo que dure indefinidamente.
—Se puso a organizar los ingredientes—. Cuanto más poderoso es el alquimista, más espectaculares son los resultados.
—Pareces saber mucho de esto.
—Desde luego —afirmó sin falsa modestia—. Estudio alquimia desde que era pequeño. Mi padre tiene una amplia colección de textos sobre el tema.
Su tono me despertó la curiosidad.
—Pasarías mucho tiempo en bibliotecas.
—Supongo que más del que debería. —Una sombra le cruzó la cara—. Pero los libros no comparten el juicio de los vivos.
—Me imagino que te debió de resultar difícil criarte en Voldaris —dije recordando lo que me había dicho Aelix—. Mitad mortal, mitad aesymar.
Xül permaneció en silencio un largo rato, con las manos inmóviles sobre las sustancias.
—Demasiado poderoso para un mundo, no lo bastante para el otro.
—Eso suena solitario —dije al fin.
—El conocimiento era lo único que podía controlar. —Reanudó sus preparativos.
Quería preguntarle más, comprender ese atisbo de vulnerabilidad que me mostraba, pero la rigidez de su postura me indicó que era mejor que no insistiese, de modo que lo observé mientras depositaba ingredientes en platillos de cristal.
—La medición es crucial —dijo tras decidir que, de momento, ya habíamos compartido bastantes detalles personales—.
Si la cantidad de un producto no es suficiente, la reacción no tiene lugar.
Si se pone de más, se corre el riesgo de saltar por los aires.
Vamos a intentar evitarlo. —Me entregó una balanza mucho más compleja que ninguna otra que hubiera usado—.
La base de cualquier guarda es una combinación de sal y metal.
Para esta hay que usar cuatro partes de limaduras de hierro por cada una de sal.
Medí con cuidado, muy consciente de su presencia mientras me guiaba en cada paso.
—Este hierro en concreto procede de armas forjadas en la era de los Primigenios —me explicó Xül mientras me miraba trabajar—. Conserva trazas de la energía que fluía por él en aquel entonces. Por eso es un canalizador tan eficaz.
—¿Y la sal?
—Cada dominio tiene su propia variante. —Levantó un tarro lleno de cristalitos iridiscentes—. Son lágrimas, destiladas y secadas a lo largo de siglos.
Hice una pausa en mi medición.
—¿En serio?
—El dolor es una de las emociones más puras. Si se cristaliza como es debido, crea un componente alquímico de excepcional potencia. —Se fijó en mi expresión y una mueca divertida se dibujó en su rostro—. No es para tanto.
—¿Las recoges en persona? —bromeé—. Seguro que eres experto en hacer llorar a la gente.
—No me importa ensuciarme las manos si es necesario. —Me dedicó aquella media sonrisa.
—Tomaré nota.
Di media vuelta para que no me viera sonreír. No. No iba a volver a caer, a permitir que su agudeza y aquella exasperante expresión me nublaran el juicio. Respiré a fondo para calmarme y lo miré de nuevo. Había cogido dos frascos más.
—La segunda parte de la creación de una guarda consiste en decidir para qué servirá. Los ingredientes naturales, como hierbas, raíces, aceites o resinas, tienen ciertas propiedades que reflejan la intención. —Los dejó delante de mí—. Aquí tenemos musgo de piedragrís y raíz negra.
El primer tarro contenía unos hilillos plateados de aspecto casi metálico.
—El musgo crece en unos acantilados en los que anidan aves. Se alimenta de la materia descompuesta que impregna la roca, y revuelve el estómago con solo acercarse a él. El hedor por sí solo mantiene lejos a casi todas las criaturas, por lo que es el repelente más potente de la región.
—¿Y la raíz negra? —pregunté examinando el segundo frasco, lleno de polvo oscuro.
—La planta crece en lo más profundo de las cuevas de la montaña, y sus raíces pueden llegar hasta el núcleo del dominio.
—Midió una pequeña porción—. Tarda decenios en alcanzar la madurez necesaria.
El polvo actúa como estabilizador: evita que la reacción de los otros componentes sea demasiado violenta.
—Así que equilibra las cosas —dije, y medí una porción a mi vez—. Igual debería echártelo por encima.
—Estoy perfectamente equilibrado, gracias. Sois todos los demás quienes parecéis tener problemas de volatilidad.
—Claro. ¿Practicas para ser así de insufrible o te sale natural?
—Es un talento innato. —Se acercó, al parecer para comprobar mis mediciones—. Y me viene muy bien. Me pareces mucho más entretenida cuando estás irritada.
—Entretenida —repetí con sequedad—. El sueño de cualquier chica.
—Se me ocurren otras palabras —dijo con voz más baja mientras estiraba un brazo más allá de mí para coger otro frasco, rozándome la cintura, pero entonces se detuvo como si esperase algo o aguzara el oído.
No dio un paso atrás, sino que se giró para mirarme de frente, tan cerca que tuve que subir la cabeza.
—¿Sabes lo que me parece? —Su voz era suave, peligrosa—. Que disfrutas con esto más de lo que demuestras.
—¿Con la alquimia?
—Te atrae la oscuridad, estrellita. —Su mirada bajó y volvió a subir—. Tu cuerpo siempre reacciona cuando me acerco demasiado.
—Menuda imaginación, principito. —Sabía que me estaba sonrojando, y eso lo empeoraba todo.
—¿De verdad? —Puso las manos a mis lados, inmovilizándome contra la mesa—. Tu pulso dice lo contrario.
—Puede que reaccione a la presencia de un completo imbécil. —Le dediqué una sonrisa empalagosa mientras trataba de liberarme. Estaba muy cerca. Demasiado.
Pero él no se movió; tan solo me miró satisfecho.
—Puede —repitió, y clavó los ojos en los míos un instante más antes de apartarse y volver a sus mediciones. Solté un suspiro silencioso, intentando refrescar con él mis mejillas sonrojadas.
—¿Sabes? —dijo—. Casi todos los mortales se acobardarían teniéndome tan cerca. Tu indiferencia me intriga.