Capítulo 16. Sangre y oportunidades #3
—En algunos aspectos no somos muy diferentes de los humanos. —Aelix miró de reojo el castillo. Por las ventanas del comedor se derramaba una luz cálida—. Tenemos intereses, pasiones, relaciones que nos hacen cambiar.
Lo dijo de un modo que me despertó la curiosidad.
—¿Hace mucho que conoces a Xül?
—En realidad, desde que éramos niños. —El cariño asomó a sus facciones y luego desapareció—.
Crecimos juntos en Draknavor. Mis padres eran consejeros de Morthus, así que nos hicimos amigos de muy pequeños.
—Esperé, convencida de que iba a añadir algo—.
Xül no fue siempre así —dijo al fin—. Cuando éramos jóvenes era…
diferente. Aunque siempre estuvo más fascinado por la investigación y los libros que por experimentar el mundo que nos rodea.
—Ah, por eso es un capullo pretencioso, ¿no?
Se rio.
—Yo me lo pensaría antes de hablar con tanta sinceridad.
—De todos modos, voy a morir. —Me encogí de hombros—. ¿Para qué reprimirme?
—Supongo que tienes razón. Y debo reconocer que es agradable ver lo mucho que lo saca de quicio tu osadía.
—Me odia. —Suspiré y pateé una roca suela—. Y el sentimiento es mutuo.
Aelix estuvo tanto rato callado que me pregunté si había dado por terminada la conversación.
—Las cosas no han sido fáciles para él. Crecer en Voldaris siendo mortal fue… complicado. Al menos, en ocasiones.
—Seguro que ser príncipe resultaba estresante.
—Los niños pueden ser muy crueles. Y más si son divinos.
—¿Por eso está tan…?
—¿Amargado? ¿Receloso? ¿Dispuesto a aislarse de las demás Leyendas pese a los deseos de su padre? —Aelix se encogió de hombros.
—¿Y qué espera Morthus de él?
—Me temo que ya he hablado más de la cuenta. —Aelix se detuvo ante las puertas del castillo y esbozó una sonrisa—. Pero puede que descubras que tienes más en común con el guardián de los condenados de lo que te imaginas.
—Huy, lo dudo mucho.
—A él también lo obligaron a pasar los Juicios. —Su mirada se tornó melancólica—. Olinthar se negó a dejarlo ascender hasta que hubiese luchado con los demás mortales.
Sopesé aquellas palabras en silencio.
—Ahora que ha ascendido, los otros herederos han empezado a tratarlo con el respeto que siempre mereció.
Y, claro, le parece algo vacío e hipócrita.
¿Qué va a pensar si no? —Aelix se quedó pensativo—.
Sabe a qué se debe el cambio de actitud.
Ha pasado a ser el heredero legítimo del segundo mayor dominio del reino.
Asimilé lo que me decía, pero seguía sin sentir ninguna lástima por el dios, y menos con todo lo que había hecho.
—Lo que estás diciendo es que está de vuelta de todo. Comprendido.
—Es una forma de expresarlo. —Aelix sonrió con tristeza y miró hacia atrás—. Y aquí te dejo por esta noche, señorita Morvaren. —Giró en redondo y echó a caminar por donde habíamos llegado.
—Gracias —le grité—. Por llevarme hoy.
Se limitó a saludarme con la mano y desapareció en la oscuridad acompañado de Marx.
En plena noche, los pasillos del castillo se veían distintos; las sombras eran más pronunciadas; los pasos resonaban en las paredes de piedra. El agotamiento se había apoderado de mis miembros, pero mi mente era un torbellino de recuerdos de todo lo que había pasado.
Doblé en la esquina para dirigirme a mis estancias y me detuve en seco.
Xül estaba recostado contra mi puerta, cruzado de brazos, con un hombro apoyado en el marco.
Había cambiado la chaqueta de vestir por una camisa escarlata que se ajustaba a su esbelta figura.
Tenía las mangas remangadas y se veían los anillos de oro que le adornaban los dedos.
Me taladró con la mirada y en sus labios se dibujó la habitual mueca de suficiencia.
—Vaya, vaya. —Arrastró las palabras en voz baja—. Pero si has regresado. Dime, estrellita, ¿has aprendido algo útil esta noche o solo has entretenido a los vecinos?
Entrecerré los ojos.
—Cosas más útiles que nada que tú te hayas molestado en enseñarme.
—Mmm. —La mueca se convirtió en una sonrisa—. Qué pasión. Espero que Aelix no te haya mimado mucho.
Parecía deseoso de hablar conmigo.
Me acerqué a él, tanto que vi el reflejo de la luz de las velas en los anillos de sus trenzas.
—¿Qué quieres?
—Qué desconfiada. —Se apartó de la puerta—. ¿Es que un tutor no puede pasarse a ver cómo está su fiel discípula?
—Hasta ahora, nunca habías venido.
Capté un destello de sus ojos dorados.
—Tal vez sea más sutil de lo que tú te imaginas.
Antes de que me diera tiempo a sopesar las inquietantes implicaciones de semejante idea, ya se alejaba por el pasillo.
—Ven conmigo, estrellita.
—¿Adónde…?
—Al laboratorio. —Volvió la cabeza para mirarme, con aquella sonrisa pérfida todavía en los labios—. A menos que pretendas ir tan a ciegas en la lección de mañana como has ido esta noche en la excursión para seguir pistas.
Me lo quedé mirando, sin saber qué pensar. ¿Cómo podía saber…?
—¿Vienes o no? —La voz, profunda y demasiado satisfecha, recorrió el pasillo. Como si tuviera la certeza absoluta de que iba a obedecer—. ¿O debo suponer que jugando en el bosque ya has aprendido todo lo que necesitas saber?
Maldito sea. Lo seguí.