The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 16. Sangre y oportunidades #2
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Capítulo 16. Sangre y oportunidades #2

Ni cantos de pájaros ni el silbido del viento. Hasta el susurro de las hojas en las copas de los árboles se había detenido.

Se me puso la piel de gallina.

Un gruñido, grave y resonante, brotó de entre los árboles. Le respondió otro gruñido. Y luego otro.

Se me heló la sangre al ver aparecer unos ojos relucientes en la oscuridad que nos envolvía. No un par de ojos, ni tampoco unos pocos. Al menos una docena de miradas abrasadoras se materializaron a mi alrededor entre las sombras.

—No te muevas. —La voz de Aelix se abrió paso por el pánico que sentía crecer en mi interior—. Ni siquiera respires.

La bestia de mayor tamaño salió a un claro iluminado por la luz de la luna, y al verla me quedé sin aliento.

Era enorme, al menos como un caballo pequeño; estaba cubierta de pelo del color de la medianoche y sus ojos eran de oro fundido.

Cuando separó los belfos, dejó a la vista una dentadura hecha para triturar.

Me martilleaba el corazón con tanta fuerza que pensé que se lo iba a tomar como una provocación.

El gran animal clavó los ardientes ojos en los míos y se acercó un paso, lo suficiente para que pudiera verle los músculos que se tensaban bajo el oscuro pelaje.

Las orejas de aquel ser se plegaron sobre el cráneo.

Y, de pronto, todos ellos se movieron.

—Thais —oí la tensa advertencia de Aelix—. Quédate justo donde estás.

Pero el sabueso más grande seguía avanzando, y su enorme silueta tapaba la luz de la luna. Había inteligencia en aquellos ojos brillantes, una consciencia que lo hacía mucho más aterrador que si se tratara de una bestia irracional.

«Joder». Me iban a hacer pedazos unos lobos, y ni siquiera habían empezado los Juicios.

Pese a mis esfuerzos por controlarme, cada vez respiraba con más dificultad. Un paso más y tendría aquellos dientes en la garganta.

Me dispuse a hacer acopio de mi poder…

Marx dio un paso al frente.

Al instante estaba a mi lado y atraía la atención hacia sí. Levantó las manos muy despacio, curvó los dedos de modo casi imperceptible y trazó dibujos invisibles en el aire.

El sabueso mayor giró la cabeza hacia ella y entornó los abrasadores ojos.

Una tenue distorsión permeaba el aire que rodeaba a Marx, como el calor de una carretera en verano. De ella brotó un hedor pútrido y penetrante. A podredumbre.

El gruñido del sabueso se interrumpió. Ladeó la inmensa cabeza, con las aletas de la nariz dilatadas.

Los labios de Marx esbozaron una leve sonrisa. Seguía callada e inmóvil, al margen de los ligerísimos movimientos de los dedos; pero el aire que la envolvía se espesó, cargado de un poder que me hizo sentir como si se me pasearan arañas por la piel.

El sabueso más grande dio un paso atrás.

Fuera lo que fuese lo que estaba haciendo Marx, funcionaba. Los otros sabuesos empezaron a moverse, incómodos, y su postura, hasta entonces agresiva, se hizo vacilante. Uno por uno, se fueron retirando y se fundieron con el bosque tan en silencio como habían llegado.

Pero el coste era evidente. Pese a la fresca brisa nocturna, Marx tenía la frente perlada de sudor y su respiración se había vuelto entrecortada. Tenía que esforzarse al máximo para mantener activo aquel poder que estaba canalizando.

El gran sabueso permaneció allí unos momentos más, con la ardiente mirada clavada en el rostro de Marx. Luego, también él se volvió y, con pasos suaves, se adentró en las sombras. Y a mí se me escapó un enorme suspiro.

Hasta que desapareció el último par de ojos brillantes, Marx no dejó que colapsara aquel poder que mantenía activo. Se tambaleó un poco y se apoyó con una mano en un árbol cercano. Aelix dio un paso apresurado hacia ella.

—Marx…

—Estoy bien. —Tenía la voz ronca pero firme. Poco a poco se irguió, y luego se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Gracias, Marx —logré decir cuando por fin encontré las palabras—. Estaba segura de que me…

Guardé silencio unos instantes.

—Vaya —comentó Marx por fin, con un deje de humor en la voz—. No me habían mirado tantos ojos a la vez desde mi última orgía.

Se me escapó una risita, y luego otra, y en pocos segundos estaba doblada, presa de un ataque de risa incontrolable; la adrenalina, que buscaba una salida. Me dolían los costados, pero no podía parar. Todo aquello era absurdo. Una locura. Ella estaba chalada.

Los labios de Marx se torcieron en un gesto que quizá fuese de satisfacción.

—Ha sido una imprudencia —dijo Aelix, más molesto que enfadado—. Podrías haber muerto.

Marx se mostró de acuerdo con un encogimiento de hombros.

—Pero no ha sido así. Y ahora estamos todos aquí, vivos y coleando, en vez de decorar el suelo del bosque.

—No vas a llegar a los Juicios si sigues haciendo esas cosas, Marxene.

—No me llames así —respondió ella con el ceño fruncido. Se apartó del árbol, al parecer recuperada del esfuerzo que le había supuesto usar su magia—. Teníamos un problema y lo he resuelto. Y los tres hemos sobrevivido. ¿Qué más quieres?

Aelix se alisó el pelo; la frustración era evidente en cada línea de su cuerpo.

Marx echó a andar de vuelta al castillo, y nosotros la seguimos. Pero, cuando se apartó un mechón suelto de la cara, me fijé en que le temblaba la mano.

—¿Siempre es así? —le pregunté a Aelix en voz baja mientras caminábamos detrás de Marx.

—Por desgracia, sí. —En su voz había una nota de admiración—. Marx no solo arriesga la vida, se la juega.

La estudié mientras se movía entre las sombras delante de nosotros, grácil y silenciosa.

—¿Por qué? ¿Qué le pasa?

Aelix guardó silencio unos instantes.

—Tendrá que ser ella quien lo cuente —respondió por fin—. A mí, desde luego, no me lo ha explicado.

Seguimos caminando, sumidos en un agradable silencio, mientras las luces del castillo asomaban cada vez más intensas entre los árboles.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dije por fin.

—Depende. —Sonrió.

—¿Cómo es que sabes hacer todo eso? Seguir pistas, sobrevivir… ¿Por qué aprendiste a seguir el rastro de los animales y a moverte en silencio por el bosque?

La risa de Aelix fue cálida y sincera.

—¿La verdad? Porque me encanta. Es una afición mía, y siempre lo ha sido.

Resulta muy satisfactorio seguir el rastro a una presa, medirse con un animal que no quiere que lo encuentren.

—Señaló con un gesto el bosque que nos rodeaba—.

No me costaría nada percibir la situación de cada animal de este bosque, pero ¿qué gracia tendría?

El reto consiste en perseguirlos sin recurrir a los puñeteros sentidos divinos.

Fruncí el ceño, confusa.

—Pero podrías saber… dónde está todo. Al instante.

—Podría, sí —convino. Pasó la mano por la corteza de un árbol—. A veces, la forma mortal de hacer las cosas es más satisfactoria que los atajos divinos. —Se limpió las manos antes de seguir hablando—. Supongo que hay cierta pureza en ello.

Asentí.

—Me resulta extraño pensar que los aesymar puedan tener aficiones.