The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 16. Sangre y oportunidades
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Capítulo 16. Sangre y oportunidades

H abía transcurrido casi una semana desde la brutal lección de la playa, y cada uno de esos días me había dejado huellas en el cuerpo.

Los hematomas se extendían sobre las costillas como manchas purpúreas.

Los cortes y arañazos nuevos tapaban otros a medio curar y formaban un mapa de dolor que me cubría los brazos y los hombros.

Me ardían los músculos al menor movimiento.

Pero, de algún modo, me iba haciendo más y más fuerte.

Cada mañana se repetía el mismo ritual: Xül se recostaba sobre las rocas y yo me enfrentaba a los horrores que él invocaba desde la arena negra. Los condenados se abrían paso uno tras otro desde el subsuelo, con las armas preparadas. Y, día tras día, yo los hacía pedazos.

Ni una sola vez había vuelto a aparecer Thatcher desde aquella primera lección. Solo almas vacías e inconscientes.

Mis habilidades habían mejorado de modo espectacular, más deprisa de lo que cabría esperar. Mi cuerpo aprendía la danza mortal del combate. Parar, contraatacar, golpear. Esquivar, rodar, presionar. La espada estelar se movía como una encarnación de mi voluntad.

Al menos, Xül mantenía su promesa. Me estaba forjando para convertirme en algo mortífero.

Pero yo odiaba cada minuto. Lo odiaba a él por sus comentarios sarcásticos mientras yo sangraba.

Odiaba su forma de contemplar mis esfuerzos con distante diversión.

Odiaba que el día anterior, cuando el acero de un condenado me llegó a la garganta y yo, exhausta, dejé caer la espada, el ser solo…

se detuvo. Se retiró, en vez de acabar conmigo.

No quería morir, pero vivir gracias a la misericordia de Xül tampoco me atraía mucho, la verdad.

En aquel momento me encontraba sentada en un extremo de una enorme mesa de comedor y jugueteaba con la carne asada, sin el menor apetito. Xül ocupaba el extremo opuesto, con las largas piernas sobre la madera pulida, concentrado en el libro que absorbía su atención esa noche.

Ninguno de los dos hacía el menor intento de entablar conversación.

Una sirviente llegó desde el pasillo y se acercó a Xül con un sobre cerrado. Él lo aceptó sin levantar la vista del libro; pero, cuando la sirviente se fue a toda prisa, me fijé en que enarcaba ligeramente una ceja.

El sonido del papel rasgado rompió el silencio. Xül, con expresión impasible, deslizó el ojo dorado por el mensaje que contenía. Luego, con indiferencia, tiró la carta a la mesa. Resbaló por la superficie pulida y se detuvo justo a mi alcance.

—El primer Juicio —me informó sin molestarse en mirarme—. Davina y Thorne.

Me quedé mirando la elegante caligrafía mientras intentaba extraer algún sentido de aquel lenguaje tan formal.

—¿Qué quieres decir?

El suspiro de Xül reflejó una profunda irritación.

—¿Tengo que explicártelo todo como si fueras una niña?

Me tragué el comentario mordiente que pugnaba por escapárseme de los labios. Mi necesidad de información era mayor que la satisfacción que obtendría al explicarle con todo lujo de detalles lo que pensaba de su actitud.

—Los Juicios —dijo con palabras secas y precisas— están supervisados por parejas de miembros de los Doce. —Pasó página con deliberada lentitud—. Cuatro parejas, ocho dioses en total para cada ciclo. Los selecciona el mismísimo Olinthar; es un privilegio que se reserva como rey de los dioses.

—¿Solo ocho? —pregunté—. ¿No los doce?

—En cada ciclo se quedan fuera algunos. Es una cuestión…

política. —Torció la boca en una mueca de desagrado—.

Los que han perdido su favor quedan excluidos; se incluye a aquellos cuyos poderes desea exhibir Olinthar.

Las combinaciones cambian cada vez para asegurarse de que no sirva de nada saber lo que funcionó en Juicios anteriores.

—Entonces ¿cómo nos preparamos para algo que no podemos predecir?

—No podemos. —Pasó otra página—. Hacemos conjeturas basándonos en las personalidades y dominios involucrados, con la esperanza de que nuestras predicciones sean correctas.

Me incliné para estudiar la carta con más atención. El sello oficial, la caligrafía precisa, la fecha para la que faltaban siete días.

—Solo tenemos una semana.

—Tu capacidad de observación es asombrosa.

Su sarcasmo me hizo apretar los dientes.

—¿Qué pueden crear Davina y Thorne juntos?

Xül cerró el libro y lo apartó a un lado.

—En realidad, estamos de suerte con esa pareja. —Sus palabras rezumaban satisfacción—. Naturaleza y alquimia… Es algo para lo que puedo entrenarte y prepararte.

Enarqué una ceja, sorprendida por el repentino cambio de actitud.

—Casi se diría que te sientes optimista.

—No tomes mi pragmatismo por optimismo, estrellita. —Suspiró—. No me sorprendería que las combinaciones de los siguientes Juicios fuesen demasiado ambiguas como para poderte enseñar nada concreto como es debido. Tienen cierta tendencia a preferir que sea así.

—Entonces ¿en qué nos concentramos? —pregunté.

—Davina valora por encima de todo el respeto hacia el orden natural —me explicó, aunque su tono daba a entender que yo ya debería saberlo—.

Odia a quienes intentan dominar la naturaleza, en vez de estar en armonía con ella.

En sus Juicios suelen destacar las habilidades de supervivencia y adaptación, y que los competidores demuestren saber cuál es el lugar que les corresponde.

—¿Y Thorne?

—La astucia. La alquimia. La transformación de los materiales básicos en algo mayor.

—Tableteó con los dedos en la mesa—. Aprecia el uso ingenioso de las herramientas.

La innovación. Sus retos suelen requerir que los competidores modifiquen o combinen instrumentos mágicos de modos diferentes a aquellos para los que se idearon.

—Cogió el libro de nuevo—. Thorne es fácil de interpretar.

Es presuntuoso. Está obsesionado con demostrar su superioridad intelectual.

—A quién me recordará… —musité en voz baja, aunque sabía que me había oído—. Entonces ¿qué hacem…?

Unas voces en el pasillo interrumpieron mi pregunta. Xül miró la puerta de reojo con cierta irritación.

Aelix entró a zancadas en el comedor, con una luminosa sonrisa dibujada en la cara.

Lo seguía una mujer joven que reconocí de la Elección, alta y esbelta, con unos rasgos afilados y un largo pelo negro recogido en una austera trenza.

Su actitud irradiaba una amenaza controlada, desde la forma de moverse hasta los ojos de color gris pizarra, fríos y calculadores, que recorrieron la sala de punta a punta.

Cuando detuvo la mirada en mí me sentí como una presa a la que estuvieran evaluando.

No dijo nada, ni siquiera entró en la sala; solo se quedó apoyada en la jamba de la puerta.

—Me imagino que has recibido la carta —supuso Aelix mientras se sentaba en una silla sin pedir permiso.

—Por desgracia —respondió Xül con elegante desdén.

—Excelente. Se me ha ocurrido que esta noche podríamos llevar a Thais y a Marx a rastrear.

—Qué aburrimiento —murmuró Xül—. Seguro que podrás apañártelas sin mí.

La mirada de Aelix se desvió hacia mí, con una expresión de lástima contenida.

—Los sabuesos del dolor están muy activos esta noche. Son las condiciones perfectas para aprender a leer las señales y moverse en silencio.

—He dicho que no.

Que lo rechazase me sentó como una bofetada. Era una oportunidad de aprender algo de evidente utilidad, y se negaba por… ¿pereza?, ¿rencor? Me puse en pie antes de saber lo que hacía.

—Iré —dije con absoluta determinación—. Aunque él no quiera acompañarnos.

La mirada de Xül y la mía se cruzaron, y esbozó una ligera sonrisa.

—Pasadlo bien —dijo, al tiempo que se levantaba de la mesa—. Procurad que no os devoren.

Y, tras darnos ánimos de un modo tan encantador, se fue de la sala y me dejó sola con aquellos dos.

El camino que recorríamos había dejado de ser piedra bien cuidada para convertirse en tierra prieta, y serpenteaba entre los árboles que se elevaban muy por encima de nosotros. Las cortezas plateadas atrapaban la luz de la luna y proyectaban sombras extrañas que cambiaban según avanzábamos.

Los pasos de Marx, que iba detrás de mí, no hacían el menor ruido.

Me volví a ver si seguía allí y me la encontré mirándome con sus ojos oscuros.

Tuve un pequeño tropiezo con una raíz y ella no reaccionó.

Cuando Aelix señaló una rama quebrada y explicó que la ruptura indicaba la dirección del movimiento, ella asintió con un gesto seco.

Eso fue todo. Ni comentarios ni preguntas.

—Fijaos en el musgo. —Aelix se arrodilló junto a un árbol caído y pasó los dedos por la corteza—. ¿Veis que aquí está arrancado? Algo grande se ha frotado contra el tronco hace poco.

Me agaché a su lado y entorné los ojos para mirar con atención; yo no apreciaba nada que se saliera de lo normal.

—No lo veo. ¿Dónde…?

—Aquí. —Me guio la mano a un lugar concreto de la corteza.

Al posar la palma noté la diferencia: una zona desnuda—.

Los sabuesos del dolor se refugian en la zona más frondosa del bosque.

No tienen por qué ser hostiles, pero no les gustan los intrusos.

Y son bastante grandes para hacer pedazos a un mortal sin el menor esfuerzo.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo de grandes?

Marx, en vez de responder, emitió un sonido similar a un suspiro, pero supuse que era una muestra de diversión. O tal vez de burla.

—Seguir huellas requiere práctica —comentó Aelix. O no la había oído o prefirió ignorarla—. Hay que buscar lo que no encaje en las pautas naturales.

Las dos horas siguientes se fundieron en un borrón de ramitas quebradas y piedras fuera de sitio que, a mis ojos no entrenados, parecían todas iguales. Aelix, dotado de una paciencia al parecer infinita, iba indicando una señal tras otra que yo no conseguía ver.

Nos adentramos más en el bosque, siguiendo lo que Aelix nos aseguró que era el rastro de algún animal. Estaba a gatas en el suelo y miraba unas marcas en la tierra blanda, cuyo origen podría ser cualquier cosa, cuando de pronto el bosque quedó en silencio.