The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 15. Los condenados #3
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Capítulo 15. Los condenados #3

Y le clavé la espada en el corazón. Abrió la boca como si quisiera hablar, pero solo salieron sombras y un estertor que parecía proceder de un millón de gargantas torturadas a la vez.

El cuerpo, todavía ensartado en mi espada, empezó a disolverse y se convirtió en cenizas arrastradas por el viento. Me corrió una lágrima por la cara mientras los últimos restos de él se desperdigaban empujados por una extraña brisa.

«No es real. No es real. No es real».

Un aplauso lento resonó en la playa. Xül se interpuso en mi campo visual, con una oscura satisfacción en el rostro.

—Esa es mi asesina —dijo, y, por primera vez desde que había llegado a su dominio, la voz pareció reflejar auténtica aprobación.

Aquel sonido, el placer que sentía por lo que me había obligado a hacer, acentuó aún más mi dolor.

Pasé a su lado sin decir nada y me dirigí de regreso al castillo.

No aguantaba estar a su lado ni un puto segundo más.

Mientras caminaba, rebusqué en el vínculo que me unía a Thatcher y sentí su presencia familiar.

Allí estaba, vivo, a salvo, un latido en algún lugar de Bellarium.

Cuando por fin encontré un pasillo a oscuras en las profundidades del castillo, me derrumbé contra la pared y bajé hasta quedarme sentada en el suelo.

Recogí las piernas contra el pecho y me las rodeé con las manos para encogerme sobre mí misma tanto como pude. Cerré los ojos con fuerza, pero no me sirvió de gran ayuda. Lo único que veía era cómo mi espada atravesaba el corazón de mi hermano, una y otra vez.

Las lágrimas se secaron y me dejaron en las mejillas rastros de sal que me tiraban de la piel. Me ardía la garganta de ahogar los sollozos con la manga para no darles a Xül y a sus sirvientes la satisfacción de oírme llorar.

El objetivo de aquel encuentro no había sido prepararme para los Juicios. Ni poner a prueba mi resistencia o mi capacidad de supervivencia, ni cualquier otra excusa que se le ocurriese a Xül. Solo quería saber cuánto dolor podía soportar antes de hacerme pedazos.

Una prueba. Un experimento. Un entretenimiento.

Me puse en pie, aunque todavía me temblaban las piernas.

Según avanzaba, los pasillos de piedra negra parecían retorcerse a mi alrededor; mi propio reflejo se asomaba, fragmentario, a las superficies pulidas.

Me costaba reconocer a la mujer que me devolvía la mirada; le brillaban demasiado los ojos, apretaba los dientes e irradiaba una sensación salvaje y peligrosa.

Mejor. «Que vea lo que ha creado».

Al llegar al estudio de Xül no llamé a la puerta; la empujé y entré sin más.

Estaba sentado al escritorio. No se molestó en levantar la vista.

—Hay un protocolo para entrar en mis estancias privadas, estrellita.

—Mírame. —La palabra se abrió paso entre mis dientes apretados.

Me miró de reojo, pensativo.

—Estás enfadada. Qué previsible.

Mi aplomo saltó en pedazos.

—¿Eso era lo que pretendías? —Me acerqué a él y le hablé con voz grave y letal—. ¿Hacerme pedazos?

—Confundes la preparación necesaria con la crueldad. Los Juicios te exigirán cosas más terribles que nada de lo que yo te haya pedido.

—Lo de antes no ha tenido nada que ver con los Juicios. —Golpeé el escritorio con las palmas y los pergaminos se desperdigaron—. Ha sido cosa tuya, tu enfermiza necesidad de controlar, de dominar, de hacer sufrir.

—No sabes nada de mí. —Habló con voz queda, pero a sus ojos asomó una amenaza.

—Déjame que adivine, entonces. Te escondes detrás de esa crueldad porque te aterroriza que alguien pueda verte tal como eres.

Apartas a los demás antes de que tengan ocasión de rechazarte.

Tratas a las personas como piezas en un tablero, porque es más seguro que tratarlas como si pudieran llegar a importarte.

—Cuidado, estrellita. —Las sílabas eran cortantes como el hielo—. Estás a punto de traspasar un límite de insolencia que no podré pasar por alto.

—Adelante. —Me abrí de brazos—. Castígame. Tortúrame. Mátame si es lo que necesitas para volverte a sentir poderoso. Pero los dos sabemos que eso no llenará ese vacío que hay en tu interior.

Se levantó con un movimiento grácil y el poder fluyó de él en oleadas.

—Creo que olvidas quién soy.

—No. —Le sostuve la mirada sin vacilación—. Sé con toda exactitud quién eres. Tu máscara perfecta no me engaña, porque yo he llevado una así toda mi vida. Conozco cada grieta, cada juntura por la que se escapa la verdad.

—Soy la mismísima muerte —siseó con el rostro casi pegado al mío.

—Puede ser. —Las palabras se abrieron paso en mis labios—. Pero también estás asustado.

Flexionó los dedos y creí que iba a aferrarme, pero entonces retrocedió como si se hubiera quemado.

Me dio la espalda, un gesto tan poco habitual en él que me dejó sin palabras un instante.

—Crees que me comprendes. —Su voz era distinta, desprovista de la fría perfección habitual—. Ves partes de mí y crees que has completado el rompecabezas.

—Demuéstrame que me equivoco —lo reté. Lo rodeé para mirarlo a la cara.

Se acercó a la ventana, con los hombros tensos, y durante largo rato no dijo nada.

—Preséntate al alba para seguir con el entrenamiento.

Era una obvia despedida, pero, cuando giré para marcharme, su voz me siguió, y en ella había un matiz que no supe identificar.

—No eres lo que me esperaba, Thais Morvaren.

Me detuve en el umbral.

—Ni tú tampoco —respondí sin dar la vuelta, y cerré la puerta al salir.